Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 13. Grayson
27%

13. Grayson

Grayson

En cuanto Luca me dijo que habían asesinado a Nico, me vino a la mente la imagen de Casper y el momento en el que, agonizando en mis brazos, destrozó mi vida al tiempo que exhalaba su último aliento. No veía nada más y el dolor me atravesó el corazón y me impedía respirar.

La ira, el sufrimiento y la ardiente necesidad de matar se apoderaron de mí y desconecté de todo lo demás que había en mi vida.

Hasta que Maddie me pidió que le prometiera que iba a tener cuidado.

Su cara de preocupación y la ternura de sus gestos me sacaron a la fuerza de lo más profundo del infierno.

Por eso he mantenido la distancia con ella esta semana. No está bien que se preocupe por mí y por mi seguridad. La verdad es que quiero a Maddie lo más lejos posible de mí, sobre todo ahora. No puedo soportar ni pensar en que le pase algo.

Nos ha llegado una información a través de Carlo, que se ocupa de nuestros cargamentos de droga.

Por ahora. A pesar de que en el pasado hizo negocios con los Falcone, ha aprendido la lección y ha demostrado ser una buena fuente de información desde entonces.

Nos ha contado que los Falcone se han puesto en contacto con él esta mañana para pedirle que se reuniera con ellos para hablar de futuros cargamentos.

Luca le ha dicho que accediera para tenderles una trampa.

Si acaban con la vida de uno de los nuestros, nosotros nos vengamos matando a dos de los suyos.

Voy en coche hasta al almacén de los Falcone en silencio. Cada vez que mi mente se acerca a la oscuridad, pienso en la luminosa sonrisa de Maddie. Ella me mantiene alejado del abismo.

Veo el Bentley plateado de Luca nada más entrar en el aparcamiento.

Dejo el coche al lado del suyo, apago el motor y me estiro para abrir la guantera y sacar la pistola y el cuchillo.

Cuando salgo del coche, encuentro a Luca allí, fumando un cigarrillo y soltando el humo por la nariz.

Le da una calada larga y veo la punta iluminarse hasta alcanzar un color rojo brillante, y después lo tira al suelo y lo aplasta con uno de sus mocasines de cuero negro.

Frankie está detrás, con los brazos cruzados y uno de sus característicos trajes azul marino.

Con el pelo negro y engominado hacia atrás, Luca y él parecen hermanos.

—Hola, jefe —le digo a Luca y saludo con un gesto de la cabeza a Frankie.

Luca me responde con un leve asentimiento y expulsa el humo hacia arriba.

—¿Listo?

—Siempre. Esos cabrones deben morir.

—Parece que cada vez que matamos a uno, salen otros dos. —Se nota la irritación en su voz.

Se ha esforzado mucho por consolidar su posición como capo de la organización. Pero esta no es la vida que él eligió, sino la que le impusieron.

—Está todo controlado —le contesto para tranquilizarlo, pero la verdad es que no sé cómo terminará esto.

Frankie le da una palmada en el hombro a su jefe.

—Nosotros, juntos, somos imparables. Vamos a demostrárselo a esos hijos de puta.

—Acabemos con esto y después vamos a tomarnos una copa —ordena Luca, que saca el arma de la chaqueta de su traje de Armani, se gira y se dirige a la puerta del destartalado almacén.

Yo lo sigo, apretando la culata de la pistola y notando el cuchillo en el bolsillo de atrás. Pero, antes de llegar a la entrada, agarro a Luca por el codo. Si fuera por él, entraríamos ahí como una tromba, sin siquiera saber cuántos hombres hay en el interior.

—No podemos fiarnos de Carlo. Espera aquí. Nosotros vamos a echar un vistazo para comprobar que solo hay dos Falcone dentro. —Después digo, dirigiéndome a Frankie—: Tú por el lado derecho y yo por el izquierdo.

—Entendido —responde Frankie.

Luca nos mira y pone los ojos en blanco.

Tras diez años de entrenamiento militar, no tengo intención de meterme de cabeza en una trampa mortal.

Con la pistola por delante, me acerco a la puerta.

Unas voces resuenan en el edificio. Hablan bajito en italiano; desde aquí solo veo tres personas.

La puerta lateral metálica está ligeramente entreabierta.

Me asomo un poco por la rendija y miro. Inmediatamente veo a Carlo y a su mano derecha, Dimitri.

Hay otros dos, que llevan trajes grises y camisas blancas. Parece que Carlo quiere compensar los errores que ha cometido en el pasado con nosotros.

Me giro y le indico a Luca con un gesto de la mano que se acerque. Veo una sonrisa en su cara cuando saca la pistola, viene hacia la puerta y pasa por mi lado. Frankie dobla la esquina y se reúne con nosotros.

—Todo bien por mi lado.

Luca abre la puerta de una patada.

—Toc, toc, pedazo de cabrones —grita mientras golpea el marco metálico de la puerta con la pistola.

—Por el amor de Dios —murmuro, y sacudo la cabeza. No habría durado ni diez minutos en el ejército, estoy seguro.

Entro detrás de él, con el arma apuntando al Falcone que está a la izquierda, mientras Frankie hace lo mismo con el de la derecha.

—¡Hijo de puta! —grita uno, que se lanza a por Carlo y lo agarra del cuello.

Él me mira con ojos de súplica. Para ser un tío que se dedica a traficar con drogas, es un blandengue.

El otro Falcone saca una pistola y encañona a Luca.

Antes de que tenga oportunidad de encontrar el ángulo, yo apunto y aprieto el gatillo.

La bala le atraviesa la frente y la sangre sale disparada por detrás de su cabeza antes de que caiga al suelo.

El Falcone restante suelta a Carlo, que se derrumba en el suelo, para poder coger el arma que lleva en la cintura.

—Yo no lo haría —recomiendo. Ahora tengo el arma apuntándolo a él.

No se mueve, pero no pienso correr ningún riesgo.

Le disparo al pecho. No quiero que sea una muerte rápida. Se lleva las manos a la zona y se queda pálido. Una mancha roja se extiende por su camisa blanca impoluta. Cae de rodillas. Me acerco y le apoyo el cañón de la pistola contra la sien.

—Por favor —suplica.

Esto es por Nico.

Saco el cuchillo del bolsillo de atrás, se lo pongo en la garganta y se la rajo de izquierda a derecha.

La sangre aparece tras el paso del cuchillo y le resbala por el cuello.

El hombre se lleva las manos al cuello y se oye un gorgoteo.

La doy una patada en el pecho con la pierna izquierda.

Cae desmadejado y se desangra en el suelo de gravilla.

Me vuelvo hacia Carlo.

—Ocúpate de que se los entreguen a Marco esta misma noche.

Él asiente enérgicamente, mirando horrorizado a los dos muertos tirados en el suelo, con los ojos como platos.

—Un placer hacer negocios contigo. Te veo la semana que viene para recoger el cargamento —le dice Luca. Después continúa, dirigiéndose a nosotros—: Vamos. Tenemos que tomarnos un whisky y tirarnos a alguna tía —asegura, y se dirige a la puerta.

Frankie se echa a reír y sale detrás. Yo le hago un gesto con la cabeza a Carlo antes de salir también.

—Te veo en el local, jefe. Voy a limpiarme un poco. Si Keller me ve entrar allí cubierto de sangre, me mata.

Luca se va riéndose entre dientes.

Paso por mi casa para ducharme y ponerme un traje gris oscuro y una camisa blanca. Me dejo el pelo alborotado, pero me retoco la barba. Tengo tiempo; el End Zone no se anima hasta después de las diez.

Aparco junto a la puerta de atrás y abro con mi tarjeta.

Recorro el pasillo, ignoro las puertas negras del despacho y me dirijo en la zona VIP. Saludo con la barbilla a los dos guardias de seguridad que hay junto a la puerta y que me permiten pasar al instante.

Veo a Luca nada más entrar. Se lleva la copa a los labios, echa la cabeza para atrás y se bebe el contenido de un trago, para después dejar el vaso bruscamente sobre la mesa de nuevo.

Niego con la cabeza. Voy al reservado y me acomodo.

La camarera rubia viene enseguida y nos pone otro whisky con hielo delante, y al lado un chupito de un licor trasparente.

Me mira con una sonrisa tímida y juguetea con un mechón de pelo.

Dios, lo único que quiero es ir a buscar a Maddie y hundirme en su sexo perfecto.

Inspiro hondo, cojo mi copa y dejo que el líquido me queme la garganta al tragar.

Frankie viene de la barra con una bandeja de chupitos y una sonrisa maliciosa en la cara.

—¿Preparado para emborracharte, Grayson? Me han dicho que cuando sales por las noches eres un animal. —Frankie me guiña el ojo, deja los chupitos en la mesa y me acerca uno.

—Soy un ángel —contesto con una media sonrisa, me bebo el chupito de un trago y alzo el vaso vacío en dirección a Frankie. La sambuca con sabor a regaliz me revienta la garganta. Qué asco.

Frankie se sienta junto a Luca y se toma su chupito.

Mi jefe le da un codazo en las costillas sonriendo con picardía. Miro hacia donde lo hace él y veo a tres mujeres muy poco vestidas, con las tetas postizas casi al aire, que vienen directas hacia nosotros.

—¿En serio, Luca?

—¿Desde cuándo no te apetece echar un polvo? —pregunta con una ceja levantada.

Ha dado en el clavo: desde que cierta mujer llena de luz se coló en mi vida. Desde ese beso no me ha vuelto a interesar divertirme con otras mujeres. Lo he intentado, pero, haga lo que haga, no me puedo sacar a Maddie de la cabeza.

—No estoy de humor esta noche —contesto, y me encojo de hombros, pero evito mirarlo a los ojos.

—Ni de coña. Es por Maddie, ¿verdad?

—No —miento con la cara imperturbable.

Me da una palmada en el brazo y se echa a reír.

—Grayson está encoñado. ¿Quién lo diría?

Frankie gira la cabeza bruscamente para mirarme y suelta una risita.

—¿Y de quién se trata entonces? ¿Tiene alguna amiga que esté buena? —pregunta mientras sube y baja las cejas, divertido.

—Cállate, coño —le digo de malos modos.

—Bueno, pues más para mí. —Luca centra toda su atención en las chicas que se acercan al reservado.

Las dos que tienen el pelo castaño se lanzan inmediatamente a por Luca y Frankie y se acomodan en sus regazos, encantadas de recibir sus atenciones.