12. Maddie
Maddie
La luz del sol me calienta los párpados. Ruedo para ponerme de costado, esperando encontrar a Grayson dormido a mi lado, pero solo veo la almohada vacía y la soledad me embarga. Dormir rodeada por sus fuertes brazos ha sido genial. Me sentía segura.
Me incorporo, me desperezo y bostezo. No tengo ni idea de a qué hora nos dormimos. La verdad es que no recuerdo haberme metido en la cama.
Solo sé que el sexo con Grayson me hizo olvidarme de todo.
Y ahora estoy aquí, en su cama, bajo el edredón negro y suave.
Lo aparto y voy a mirar los cajones. Tiene toda la ropa doblada y en montones ordenados por colores.
Y lo cierto es que me gusta. Después de vivir con la caótica Sienna durante años, estoy acostumbrada a que todo esté como si acabara de estallar una bomba, pero he encontrado un hombre que se preocupa de hacer la colada y doblar bien todo. Tal vez me he equivocado con él.
Me pongo una de sus camisetas negras. Yo soy bastante alta, pero me queda como si fuera un vestido. Bueno, me ha visto peor vestida.
Voy a baño y me encuentro un cuarto blanco inmaculado.
Tiene ventanas murales con unas impresionantes vistas del perfil de la ciudad.
No tenía ni idea de que Grayson fuera rico.
Veo una deslumbrante ducha con cascada al fondo, en un rincón.
Como no quiero tomarme demasiadas confianzas, me conformo con lavarme la cara y cepillarme los dientes.
Después voy a la cocina. He oído ruidos que vienen de ahí y eso me ha despertado la curiosidad.
—Joder, ¿dónde está la puta espátula? —grita Grayson.
Yo me acomodo en un taburete y lo observo. Todavía no se ha dado cuenta de que estoy delante de él, porque está agachado abriendo cajones y armarios.
—Buenos días —saludo alegremente.
Asoma desde detrás de la encimera con cara de vergüenza.
Solo lleva puesto un pantalón corto. Le examino el cuerpo, fijándome en cada músculo fuerte y en los tatuajes oscuros que le recorren los brazos y los pectorales.
Un momento, ¿lleva un piercing en un pezón?
Me humedezco los labios solo de pensar en morderle el pendiente.
Dios, incluso tiene una uve perfecta en el vientre.
—Buenos días, cielo. —Me mira con esa sonrisa que le haría perder las bragas a cualquiera, esa que antes odiaba.
—Vaya, así que también hay desayuno —bromeo—. Creía que no dejabas que nadie se quedara a dormir, así que de lo del desayuno ni hablamos. Dios, sí que debo de ser especial —comento con una sonrisa burlona.
—Hmm... —Es lo único que dice, y después se centra en el contenido de la sartén.
«Qué raro».
Un teléfono vibra en la encimera.
—Es el tuyo —me dice Grayson.
Dios, ni me he acordado de mi teléfono. Me inclino y lo cojo. El nombre que parpadea en la pantalla es el de Gregory. Mierda.
Descuelgo.
—Hola, Maddie, ¿qué tal?
—Hola. Muy bien, gracias. ¿Y tú?
—También bien.
Grayson gira la cabeza de repente y me fulmina con la mirada.
Ay, mierda. Y ahora tose, será capullo... Sabe perfectamente lo que hace.
—¿Dónde estás? —sigue preguntando Gregory.
—Eh... En casa de un amigo.
—¿Qué amigo?
No me gusta el rumbo que está tomando esta conversación.
—Grayson.
—Pero si no lo soportas.
—Se ofreció a llevarme a casa —miento—, pero estaba tan borracha que me he quedado dormida en la suya.
—Ah. Pero ¿no ibas a cenar con tus padres?
Ups.
—Sí. ¿Te veo luego? —pregunto, porque me siento culpable.
Él suspira.
—Vale. ¿Te apetece comida italiana?
—Sí, genial. Hasta luego entonces —respondo antes de colgar.
Mientras pienso en cómo enfrentarme a Grayson ahora, lo oigo decir:
—¿Todavía me odias, cielo? La cantidad de veces que gritaste mi nombre anoche me pareció una prueba de que no.
—No me lo recuerdes —contesto.
Él chasquea la lengua y me coloca delante un plato de huevos revueltos. El olor hace que me ruja el estómago y de repente me acuerdo de que estoy muerta de hambre.
—Gracias. —Me pongo a comer enseguida.
En cuanto esa delicia me toca la lengua, tengo que soltar un gemido.
—Sí, justo así eras anoche: «Hmm, Grayson, más, por favor» —dice, imitándome.
Coge su plato y se sienta en el taburete que tengo al lado. En pocos minutos se lo ha terminado.
—Me siento culpable —reconozco, y fijo la mirada en el suelo. Aunque Gregory no es mi novio; hemos salido unas cuantas veces, nada más.
—¿Por qué?
—Por acostarme contigo cuando debería estar esforzándome en conocer mejor a Gregory, supongo.
Se pone tenso.
—¿También estás follando con Gregory? ¿Y quieres seguir haciéndolo?
No nos hemos acostado y no tengo ganas de hacerlo. Pero no hace falta que Grayson lo sepa; esto es un rollo de una noche que no se va a repetir.
Se baja del taburete. En sus ojos veo rabia. Me coge por la cintura, me levanta de un tirón y mi trasero aterriza sobre la encimera de la isla. Mi cara queda a la altura de la suya. Se me acelera la respiración cuando me acerca la boca a la oreja.
—Vamos a dejar algo claro desde ya, cielo. Si quieres que siga follándote hasta que veas las estrellas, no te puede tocar ningún otro tío. Te lo voy a decir en pocas palabras: Yo. No. Comparto.
¿Por qué demonios esto me está poniendo cachonda?
Su aliento cálido me roza la piel sensible de debajo de la oreja. Tengo que contenerme para no rodearlo con las piernas y suplicarle que me coma entera.
Pero sé que no puedo.
Un hombre como Grayson no va a querer quedarse conmigo. Cierro los ojos y suspiro. No me puedo creer que haya sido tan idiota para meterme en esto. Después de ese beso debería haber sabido que no iba a poder parar.
—Pues entonces supongo que esto definitivamente ha sido solo un rollo de una noche —murmuro.
—Bien. —Se aparta de la isla y de mí.
Tiene la mandíbula tensa cuando me mira, solo un segundo, antes de sacudir la cabeza y marcharse en tromba por el pasillo.
Cojo el teléfono, que está en la encimera, y le envío un mensaje rápido a mi recepcionista para enviarle mi ubicación.
Evie: Llego en quince minutos. ¡Me muero por hacerte UN MONTÓN de preguntas, Maddie!
«Mierda».
—Grayson —grito. Hoy no tengo energía para andar persiguiéndolo. Me duele todo el cuerpo y me explota la cabeza—. Me voy ya. Nos vemos.
Como no me responde, suspiro, me visto rápidamente, cojo el bolso y meto dentro el teléfono. Me dirijo al ascensor con pasos lentos y vacilantes. Estoy a punto de pulsar el botón cuando una mano me agarra la muñeca y tira de mí.
—Pero ¿qué coño...?
Me obliga a girarme hacia él. Veo dolor en su cara; casi parece torturado.
—No está bien —dice.
—¿El qué? —pregunto y alzo la barbilla para mirarlo. No tengo tiempo para estos cambios de humor.
—No creo que pueda dejar que te vayas sin más. Ni tampoco que te tires a nadie más, Maddie. —Apoya la frente contra la mía.
Su confesión me llega al alma y me quita el aliento.
En lo más profundo, sé que yo tampoco quiero parar esto.
Y que Gregory no es mi hombre ideal. Es majo y fiable, pero no es para mí.
No me despierta lo mismo que Grayson. Y, bueno, ¿qué hay de malo en que una chica aproveche la oportunidad de tener lo que quiere?
Le pongo las manos en las mejillas.
—Te voy a proponer algo: nosotros seguimos con lo que quiera que sea esto de forma exclusiva.
Ninguno de los dos puede acostarse con nadie más, pero yo voy a seguir saliendo con otros tíos.
Nadie podrá tocarme, pero quedaré con otros.
Y, cuando encuentre a alguien que merezca la pena de verdad, paramos esto —digo señalándonos.
—¿Eso significa que puedo follar contigo cuando y donde quiera? —pregunta mientras acerca los labios a los míos.
Asiento.
—¿Como ahora, por ejemplo? —continúa, me muerde el labio inferior y desliza los dedos por debajo de mi vestido.
«Mierda, Evie...».
Me mira con una ceja levantada cuando lo aparto de un empujón.
—Tengo que escribirle a mi amiga —explico, y busco el teléfono en el bolso. Le mando un mensaje para decirle que no hace falta que venga y que no se preocupe. Ya aguantaré la bronca que me va a echar luego.
Mi teléfono pita para indicar que me ha llegado un mensaje y Grayson mira la pantalla.
Gregory: He reservado una mesa en Rico’s a las 7.
—Qué original —dice con mucho sarcasmo.
—Ya, claro. ¿Adónde me llevarías tú para una cita? —Me arrepiento al instante de haberle preguntado eso cuando lo veo levantar las cejas con cara de concentración.
—¿A qué lugar del mundo has querido ir siempre?
—A Londres.
—Pues ahí tienes la respuesta.
—Grayson, lo de las citas no funciona así. No coges a la chica y la subes a un avión para ir al otro lado del mundo. Con ir a un restaurante vale.
—Creo que en eso te equivocas, cielo. Si un hombre te quiere de verdad, no parará hasta que seas solo suya.
Pondrá el mundo a tus pies y hará cualquier cosa por conseguir que tu sonrisa ilumine la habitación.
Te adorará completamente. —Se acerca y noto el frescor de la puerta del ascensor en la espalda—.
Te querrá de todas las formas posibles y necesitará hacerte suya, poseerte y follarte como te mereces.
Un calor se me extiende por todo el cuerpo al oír esas palabras.
—Así lo haría yo —concluye, y me besa con pasión. Domina cada centímetro de mi cuerpo para tener todo lo que quiere y yo se lo permito.
El fuerte sonido que sale de su bolsillo le obliga a interrumpir el beso.
—Joder —murmura mientras lo saca—. Dos minutos. Tengo que cogerlo —dice, y me da un beso en la nariz.
Me duelen las mejillas de tanto sonreír.
—Luca —saluda por el teléfono.
Me quedo allí, con la espalda contra la puerta, con la respiración acelerada, y lo veo alejarse.
—¿Cómo que está muerto? —grita Grayson, y yo me sobresalto—. ¿Qué cojones ha pasado?
Durante un rato se me ha olvidado quién es y qué hace. Y también lo peligrosa que es su vida.
Ahora hablan en susurros. Dios, tengo que largarme de aquí. Grayson vuelve dando grandes zancadas y con los ojos llenos de furia.
—Tengo que irme. Te llevo a tu casa de camino.
—Vale.
Me mira de arriba abajo y un segundo después me coge en brazos. Cuando entramos en el ascensor, pregunto:
—¿Estás bien? ¿Qué ocurre?
—Han matado a Nico. Y han dejado su cuerpo mutilado delante de la verja de la casa de Luca.
—Lo siento mucho. Nico es el que vino a buscarme el día que secuestraron a Sienna, ¿no? El que me llevó adonde estabas tú.
Asiente despacio.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunto, porque me puede la curiosidad.
—Darles caza y matarlos a todos de una forma lenta y dolorosa.
—Ten cuidado, Grayson. Prométemelo.
Levanta una ceja.
—No te preocupes por mí. Sé lo que hago.
—Que me lo prometas.
Suspira y noto que aprieta un poco las manos con las que me agarra.
—Te lo prometo.
—Gracias —acepto, y le doy un beso en la mandíbula cubierta por la barba.
Hacemos el trayecto hasta mi apartamento en silencio. Cuando nos acercamos al edificio, reduce la velocidad. Hago amago de abrir la puerta, pero él me pone la mano en la nuca y me obliga a mirarlo.
—Te escribo luego, ¿vale?
Asiento. Le doy la espalda a regañadientes y abro la puerta. El aire frío me levanta el vestido y entonces recuerdo que no llevo bragas.
—Oye, ¿no me das un beso de despedida? —pide con una sonrisa traviesa.
Yo me encaramo al asiento del acompañante y lo beso. Él inhala con fuerza cuando nuestros labios se tocan.
Interrumpo el beso sonriendo, vuelvo a salir del coche y cierro la puerta. Noto que no aparta la vista de mí hasta que llego al edificio. Abro la puerta y me giro para despedirme con la mano. Necesito una ducha, dormir un rato y helado.
No tengo ni idea de qué estamos haciendo.
Tengo una cita con otro hombre, pero lo único que quiero es volver a meterme en la cama de Grayson.
No puedo parar de sonreír cuando recuerdo todas las formas en que consiguió que llegara al orgasmo anoche.
No puedo resistirme a él.
Tal vez me olvide de tener citas durante una temporada.