11. Grayson
Grayson
Me cago en...
Sabía que el sexo con Maddie iba a ser increíble. Pero ¿esto? Ha sido impresionante. Todo en ella me atrae. Y es como si estuviera hecha únicamente para follar conmigo y solo conmigo.
Ahora que lo he probado, estoy seguro de que no voy a poder renunciar a esto. No soy capaz.
Mientras voy conduciendo hacia mi ático, no puedo evitar echarle un vistazo. No ha dicho ni una palabra desde que entró en el coche, solo ha estado mirando por su ventanilla. Tiene el pelo rubio alborotado y despeinado y solo lleva la mitad de la ropa. Se la ve recién follada y perfecta.
Después de ese maldito beso, debería haber sabido que esta mujer iba a cambiar mi mundo. Le pongo la mano en el muslo y ella suspira. Tiene los ojos hinchados y rojos.
Igual que me ha ocurrido antes, al verla sufrir siento como si me clavaran un cuchillo en el corazón.
Joder, creo que esto es peor que cuando me enteré de que mi mujer se había estado tirando a mi mejor amigo.
Sabía que eso no era amor. Lo que me pasó el día que me besó Maddie solo lo confirmó.
Cuando mi mujer me besaba, nunca sentí ni una pizca de amor.
He mantenido las distancias con Maddie porque no quiero arriesgarme a hacerle daño.
Este corazón tan negro que tengo no es capaz de amarla como ella necesita, como desea desesperadamente que la quieran.
Pero soy un capullo egoísta, y mientras me deje seguir acostándome con ella, yo pienso hacerlo.
Veo que le cae una lágrima. Se la limpio con un dedo y ella me mira con una sonrisa triste.
—Cielo, ¿qué te pasa?
—Ha sido un día muy largo. Creo que me está superando todo un poco. ¿Me llevas a casa? —pide.
—No. Quiero verte en mi cama esta noche. Está más cerca, además. Te llevo a casa por la mañana, ¿vale? —Las palabras salen de mi boca antes de que me dé cuenta de lo que estoy diciendo. He sonado como un idiota cursi, pero es que una gran parte de mí quiere dormir abrazado a ella.
Maddie asiente y apoya la cara en mi mano.
—Eso es, pórtate bien.
Y en ese momento desaparece la tristeza de sus ojos y lo que veo es que se despierta en ellos un deseo.
Sonrío y empiezo a bajar la mano por su cuerpo, hasta dejarla apoyada en su muslo.
Vuelvo a notar la erección dentro de los pantalones.
Agarro con fuerza el volante y piso a fondo el acelerador.
Tengo que llegar a casa rápido, porque si no voy a acabar follándomela otra vez en algún aparcamiento.
Noto los nervios en el estómago cuando aparco en el garaje subterráneo de mi edificio después de saludar a los dos guardias de seguridad, que me abren la barrera.
Llevar a Maddie a mi casa me da miedo.
—Sabes que los edificios son elegantes cuando hay un guardia de seguridad para abrirte la puerta. —Se ríe bajito.
—Elegante es poco decir. Espera y verás —respondo, y le guiño un ojo.
Cuando dejé Chicago y me vine a Nueva York, conocer a Luca y a Keller me cambió la vida. Aparco en mi plaza y apago el motor.
—Vamos, a la cama —ordeno, y su risa resuena dentro del coche.
Salgo del vehículo, le doy la vuelta por delante y voy al lado del acompañante. Le abro la puerta, me agacho y la cojo por la cintura. Ella me rodea con las piernas y me abraza el cuello. Su aliento me roza la piel.
—¿Tienes que llevarme en brazos? Puedo caminar, ¿sabes?
—He visto cómo te temblaban las piernas, cielo. Creo que te estoy haciendo un favor.
—Qué gilipollas eres.
Pongo los ojos en blanco y le doy un azote en el culo. No puedo evitar fijarme en el gemido que suelta, que revela lo que siente en realidad. Voy hasta el ascensor, lo llamo y enseguida se oye un pitido y se abre. Entro, pulso el botón del piso cincuenta y dos y las puertas se cierran.
Maddie alza la cabeza, que tenía apoyada en mi hombro, y contempla el ascensor lleno de espejos. Levanta una ceja y me mira con una sonrisa seductora.
Un momento después el ascensor se abre, yo inspiro hondo y la bajo al suelo.
—Anda, vaya... Esto es... muy tú —dice Maddie mientras examina el piso.
El ático es un espacio muy abierto, con ventanas murales con vista a los edificios de luces parpadeantes de la ciudad.
El interior es oscuro, como a mí me gusta.
Todo en blanco y negro. Limpio y ordenado.
Le pongo la mano en la parte baja de la espalda y la llevo por el salón hasta la cocina.
Ella se acomoda en uno de los taburetes junto a la barra, apoya los codos en la encimera y la barbilla en las palmas y no me quita ojo mientras saco dos vasos.
—¿Algo de beber? —pregunto, tendiéndole uno de los vasos de cristal.
—Agua, por favor.
Se lo lleno de agua fría y se lo pongo delante.
—Hmm —gime de satisfacción mientras se bebe toda el agua.
Le resbalan unas gotas por la barbilla. Alargo la mano y le agarro la mandíbula. Pasan los segundos, los dos con la respiración acelerada, pero ninguno dice nada.
No tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo.
Pero esos labios tentadores y brillantes me están pidiendo a gritos que los bese. Me agacho, le pongo la mano en la nuca para acercar su cara a la mía y atrapo sus labios. Es como si fuera adolescente y volviera a vivir un primer beso. Ahora no puedo parar.
Lo hago más profundo y recorro con la lengua toda su boca, que sigue fresca por el agua.
Ella gime dentro de la mía. Responde a la perfección a todo lo que le hago.
La erección me aprieta tanto contra los pantalones que me duele.
Estoy deseando hacérselo otra vez. Bajo la mano por su vestido hasta llegar al dobladillo, interrumpo el beso y se lo quito por la cabeza.
Me paro un momento para admirar la vista que tengo delante: la única mujer que hace que mi corazón se acelere, la que nunca creí que llegaría a probar, a tener, está aquí, en mi ático, esperando a que me la folle. Otra vez.
«Esto es lo que quería, ¿no?». Entonces, ¿por qué me siento como una mierda aceptando algo de ella cuando sé que no puedo darle lo que quiere? La mente no deja de darme vueltas, pero su voz me devuelve a la realidad.
—Grayson, ¿estás bien?
Sacudo la cabeza y enredo los dedos en su pelo. Ella levanta una ceja, suspira impaciente y se lleva las manos a la espalda. Los tirantes del sujetador le caen por el brazo y se lo quita, lo sostiene con el índice y el pulgar en el aire delante de ella y después lo deja caer al suelo.
Sabe muy bien que me encantan sus tetas.
Una sonrisa traviesa aparece en su boca y cruza las piernas.
—¿Te vas a quedar ahí mirándome o me vas a follar de una vez? Si prefieres la primera opción, te sugiero que me lleves a la cama.
No necesito más para volver a por ella. La deseo como no lo he hecho con nadie en mi vida. Pero esa vocecita insistente que hay en mi cabeza no quiere callarse. Sin decir nada, la cojo en brazos.
La llevo al dormitorio y abro la puerta de una patada.
Aparto el edredón, la tumbo sobre las sábanas y la arropo.
Ella me mira confundida. Me quito la ropa rápido, la doblo y la dejo en la silla del rincón.
Me meto en la cama, la abrazo y la aprieto con fuerza contra mí.
Me roza el miembro con su increíble culo.
Le envuelvo un pecho con la mano y le doy un beso en la nuca.
El dulce sonido de su gemido gutural resuena en mi habitación.
No quiero simplemente follármela.
Quiero hacerla arder. Quiero tenerlo todo. Y que ella también lo tenga todo de mí.
Empiezo a darle besos por toda la columna.
Ella arquea un poco la espalda según voy bajando, hasta que me encuentro su culo delante de la cara.
Le muerdo una nalga con fuerza, la suficiente para que chille.
Me río y le froto la zona del mordisco. Ella se pone bocarriba.
Yo le abro las piernas, me coloco entre ellas y comienzo a besarle y lamerle el interior del muslo.
Ella reacciona alzando la cadera, pero yo se la empujo hacia abajo otra vez.
—Grayson, por favor —suplica, y vuelve a levantar la cadera para acercarla a mi cara.
Le pongo una mano sobre el vientre y le lamo desde su entrada hasta el clítoris con toda la delicadeza de la que soy capaz, y después bajo de nuevo. Con el más mínimo contacto, sus piernas tiemblan junto a mi cabeza.
Le introduzco el dedo, aunque sé que eso no es suficiente para ella. Lo empapo bien en sus fluidos, lo saco y lo deslizo despacio hacia la parte de atrás. Noto que su cuerpo se tensa cuando le masajeo el ano, esperando a ver su reacción.
Cuando vuelve a levantar las caderas para que tenga el acceso libre a su trasero, no necesito más indicaciones. Pego la boca a su clítoris y se lo chupo a la vez que deslizo el dedo dentro del culo.
—¡Más, Grayson, necesito más! —gimotea cuando empiezo a meter y sacar el dedo.
Lo acompaño introduciendo otros tres en su sexo y los muevo al mismo ritmo que el que tengo en la parte de atrás, sin dejar de lamerla entera a la vez.
Tengo el pene a punto de explotar al verla retorcerse contra mi cara, gritando mi nombre con todas sus fuerzas.
Me rodea el cuello con las piernas y su cuerpo se sacude.
Sé que no ha llegado al clímax, así que aprovecho la oportunidad.
Saco los dedos y me coloco encima de ella, que abre más las piernas para que tenga espacio.
Le agarro el muslo izquierdo, le doblo la pierna, se la acerco al pecho, y con la mano libre me sitúo en su entrada.
Con una embestida brusca, me hundo hasta el fondo en ella.
—¡Dios mío, Grayson!
—Joder —exclamo con los dientes apretados—. Dime que te falta poco —le pido jadeando.
—Muy poco.
Se retuerce y explota apretándome. Yo también me dejo llevar, y derramo todo lo que tengo dentro de ella, gritando su nombre como un animal.
Sin salir, me agacho y le doy un beso. Ella sonríe contra mis labios y yo le aparto un mechón de la cara.
A regañadientes salgo de su interior, ruedo para levantarme de la cama y voy directo al baño.
Necesito un momento para recuperar la compostura.
Abro el grifo del agua fría y me la echo en la cara, con la esperanza de que sirva para calmarme un poco.
Tengo el corazón a mil. «¿Por qué tiene que ser tan perfecta para mí?
¿Por qué no he podido dejar las cosas estar?
». Sé perfectamente que no voy a poder contenerme.
Desde la primera vez que la vi, tuve claro que era perfecta para mí.
Y ahora que la he tenido, no hay vuelta atrás. Al menos no para mi corazón.
Ese corazón que me va a destrozar cuando por fin encuentre a un hombre que la merezca, que le dé todo lo que yo no puedo.
Me echo un poco más de agua, cojo una toalla y regreso al dormitorio.
La respiración de Maddie es regular. Ni se mueve cuando entro. No se despierta cuando la limpio, así que con mucho cuidado me meto en la cama y me acurruco con ella. Esta ha sido la última vez, esto no va a volver a pasar.
Cuando cierro los ojos, noto que se cierne sobre mí una nube negra.
—Buenas noches, luz de mi vida —murmuro.