Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 10. Maddie
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10. Maddie

Maddie

Dejamos atrás las luces brillantes de Times Square hace mucho rato. No tengo ni idea de dónde vive, pero creía que era cerca de allí.

Aunque ¿qué sé de Grayson en realidad?

Aparte del zumbido del motor, lo único que se oye es su respiración profunda.

No me atrevo a mirarlo, porque si lo hago no sé si podré evitar lanzarme sobre él y tirármelo aquí mismo.

Todo en él me pone cachonda, incluso la forma que tiene de agarrar el volante, que hace que las venas de las manos sobresalgan.

—No sabía que vivías tan lejos —digo por fin, y me vuelvo para mirarlo.

—No vamos a mi casa. —Su voz, grave y un poco ronca, hace que se me acelere el corazón.

—¿Adónde vamos entonces? ¿A un hotel?

—No. —No aparta los ojos de la carretera.

Varios minutos después, Grayson gira a la izquierda de repente, hacia la más profunda oscuridad. No hay ni una sola farola que ilumine los alrededores. Siento un hormigueo de miedo por todo el cuerpo al pensar en el tipo de hombre que tengo al lado en este coche.

Uno que trabaja para la mafia. Mierda, alguien que mata para ellos.

—No tiene gracia, Grayson. Me estás asustando. Llévame a mi casa. —El pánico tiñe mi voz.

Él sonríe burlón, como si disfrutara de ese miedo.

Reduce la velocidad cuando nos acercamos a lo que parecen las ruinas de un edificio industrial. Entorno los ojos para ver mejor, pero allí no hay más luz que la que emiten los faros del coche.

Estoy sola con él en vete a saber dónde.

El silencio es demasiado.

Me está mirando muy fijamente y veo en sus ojos un deseo sexual que me llega al alma. Acerca los dedos a mi cara y me acaricia. Yo me aparto un poco al notarlo, pero siento que el deseo crece en mi interior y hace que tenga que cruzar las piernas con más fuerza.

—Grayson, ¿qué estás haciendo? —Mi cuerpo entra en alerta máxima cuando la luz del interior se apaga y nos quedamos envueltos en la oscuridad.

—¿Quieres saber dónde estamos?

Asiento.

—Ahí delante hay un almacén que hice arder hasta los cimientos el día que te vi en casa de Keller. Y dentro hay tres cadáveres calcinados. —Habla con voz firme.

¿Debería temerle aún más? Seguramente.

Pero da igual lo que diga o haga, mi corazón no deja de sentir una extraña atracción hacia él.

—¿Y? Sabes que entiendo lo que eres. Y que no me das miedo. ¿Por qué me has traído entonces?

—Necesito que seas consciente de que no soy tu príncipe azul, cielo. No hay nada romántico aquí. Quiero follarte. He deseado hacerlo desde la primera vez que te vi, hace meses. Pero no puedo amarte. Y la verdad es que no quiero romperte el corazón.

Espero a digerir esas palabras. Duelen, pero sé que es cierto lo que dice. Me estremezco por el aire frío que se cuela en el coche. Por una vez en mi vida, voy a hacer algo solo por mí. Esto es lo que quiero.

—Pues hazlo... —Antes de que me dé tiempo a terminar la frase, me agarra por la parte de atrás de la cabeza y me besa con brusquedad.

Me posee por completo. Su lengua da vueltas alrededor de la mía y noto el sabor del whisky.

Le rodeo el cuello con los brazos y tiro de él hacia mí. Él sonríe contra mis labios, pero se aparta. Sigue la silueta de mis labios con los dedos y tira del labio inferior hacia abajo suavemente con el índice.

—Chúpamelo —ordena, y me mete el dedo en la boca, tan adentro que casi choca con el fondo de la garganta.

Yo se lo muerdo y él suelta una exclamación.

—He dicho que lo chupes, no que lo muerdas, cielo. —Su aliento me roza la mejilla y provoca un estremecimiento que me recorre la espalda. Sus labios suaves me van dando besos por toda la mejilla y yo obedezco.

—Muy bien. Imagínate que es mi polla. Visualiza cuánto te voy a llenar esa boca preciosa cuando te la meta ahí —susurra, y me muerde el lóbulo de la oreja. Mi ropa interior se empapa al instante.

Saca el dedo despacio, con un ruido seco. Tiene esa sonrisa torcida suya en la cara perfecta.

Yo estiro la mano por encima del cambio de marchas para desabrocharle los pantalones.

Él se tumba más en el asiento, para facilitarme el acceso.

Le bajo la cremallera y veo su grueso miembro apretado contra la tela de los calzoncillos.

Me humedezco los labios y lo miro con una sonrisa tentadora.

Él se pasa la mano por la cara, gruñe y se baja los pantalones y la ropa interior para dejar al aire la erección.

Se la envuelvo con los dedos y me pongo a subir y bajar.

Con el pulgar de la otra mano le limpio una gotita blanca que asoma en la punta, y después me lo llevo a la boca y me lo chupo para saborearlo. El sabor salado me inunda la lengua.

—Joder, cielo —gruñe mientras yo sigo con el movimiento. Echa la cabeza atrás, contra el reposacabezas. Tiene los párpados cerrados con fuerza.

De repente extiende el brazo izquierdo, me rodea el cuello con los dedos y aprieta.

Le suelto el pene y me aferro a su antebrazo musculoso para intentar apartar la mano que me presiona la tráquea, pero sin éxito.

Trato de echarme atrás, zafarme. Él sonríe al ver mi intento de huida y me acaricia el cuello con la nariz.

Una parte de mí quiere escapar, pero sobre todo lo que quiero es que siga, porque me pone muchísimo.

No puedo pensar en otra cosa que no sea su miembro hundiéndose en mi interior y haciéndome chillar hasta que ya no pueda más.

Entonces me libera la garganta e inspiro hondo. Siento un gran alivio, que enseguida queda reemplazado por puro deseo.

«Lo necesito. Ya».

—¿No me habías prometido que me ibas a follar, Grayson? —digo con la respiración entrecortada.

Él se envuelve un dedo con un mechón de mi pelo y tira, provocándome una punzada de dolor en la cabeza. Me obliga a mirarlo y a estirar el cuello, que queda totalmente expuesto.

—Mi chica me pide que me la folle. Qué mujer más guarra e indecente. —Su voz ronca reverbera en esa piel tan sensible y hace que me hormiguee todo el cuerpo.

«Joder, ha dicho que soy su chica».

Le agarro la cara y le chupo el labio inferior. Coloca la mano en mi nuca y me tira del pelo tanto que hace que me arda el cuero cabelludo. El dolor solo intensifica el deseo abrasador que siento por él. Sus manos suben por debajo de mi vestido hasta la cintura de las medias.

—Estas putas medias... —refunfuña irritado, y me las rompe.

Después me arranca los zapatos y me levanta el vestido hasta la cintura—.

Hay muy poco espacio aquí, joder. Necesitamos más para lo que tengo en mente —anuncia.

Se aparta y vuelve a sentarse en el asiento del conductor, dejándome medio desnuda, jadeando y a punto de explotar.

—¿Estás hablando en serio?

Él ríe entre dientes, abre la puerta del coche, sale y la cierra.

«Pero ¿qué coño...?».

Un segundo después se abre la puerta del acompañante, sobre la que estoy apoyada, y me caigo para atrás.

—¡Grayson! —chillo, y me preparo para el golpe que se va a dar mi cabeza contra la gravilla.

Pero me coge en volandas con sus fuertes brazos y me saca del coche. En su cara tiene una expresión perversa. Yo le rodeo la cintura con las piernas y su durísima erección se me clava en el culo.

Le da la vuelta al coche conmigo en brazos. Los faros son la única fuente de luz en ese descampado. Me sienta despacio sobre el capó caliente y noto el motor encendido, vibrando bajo mi cuerpo. Me obliga a echarme hacia atrás y se cierne sobre mí.

—Mucho mejor. Así puedo follarte bien —murmura. Me da un beso suave en los labios y me acaricia la mejilla con el dorso de la mano.

—Por favor, Grayson —suplico.

Él chasquea la lengua y me recorre todo el vestido con un dedo hasta llegar a la ropa interior. Cierro los ojos y echo la cabeza atrás. Me arranca el tanga y noto el aire helado en la piel cuando me separa las piernas y me deja completamente expuesta.

—Dios, estás bien mojada y preparada para recibirme, ¿eh, cielo?

—Hmm... —ronroneo.

Me acaricia el interior del muslo, apenas rozándome la sensible piel del sexo, y no me queda más remedio que gemir por la frustración.

—Ya veo que todavía quieres más. —Desliza el dedo índice desde el clítoris hasta mi entrada y esa sensación ya consigue que me tiemblen las piernas.

Él vuelve a reír y mete los dedos en mi interior con fuerza.

—¡Oh, joder, sí! ¡Más, Grayson! —le pido a gritos entre gemidos, arqueando la espalda. La brusquedad de sus movimientos me está llevando al límite.

—¿Mi putita ya está lista para que le meta la polla?

Nunca me han dicho cosas como esas y la verdad es que me gusta. No me importaría ser su putita cuando quiera.

—Por favor...

Saca los dedos de repente, y me deja con una sensación de vacío.

Me agarra la cintura con una mano fuerte y me gira para ponerme bocabajo.

Me apoyo en las palmas para amortiguar el impacto contra el capó caliente que no para de vibrar.

Siento que desliza el pene por mi sexo, de arriba abajo, y tengo que morderme con fuerza el labio inferior para contenerme.

Se envuelve el puño con mi pelo, tira para obligarme a echar atrás la cabeza y dejar el cuello expuesto. El dolor me hace gritar. Al mismo tiempo me penetra con fuerza y todo mi cuerpo se estremece por el placer.

—Madre mía, Grayson.

Se inclina sobre mi espalda, me acerca los labios a la piel sensible del cuello y muerde con energía, sin dejar de embestirme con furia.

Allí, en medio de la nada, solo se oye el ruido de su cadera al estrellarse con mi culo y los jadeos de los dos.

Noto que empieza a temblarme todo el cuerpo.

Baja la otra mano para agarrarme una nalga y tirar de mi cuerpo hacia él, sin parar de morderme y chuparme el cuello.

—Joder, eres perfecta, cielo —consigue decir entre embestidas.

—Me falta muy poco —advierto jadeando. Aprieto los párpados mientras disfruto de las oleadas de placer que me invaden.

Al oírme, me voltea de nuevo para ponerme bocarriba, mirándolo. Tira de mí para penetrarme otra vez, acerca su cuerpo musculoso y coloca las dos manos a ambos lados de mi cabeza, atrapándome entre ellas.

Con su rostro a solo centímetros del mío, murmura:

—Quiero verte esa bonita cara cuando te corras, cielo. —Y me besa con fuerza, lo que necesitaba para alcanzar el clímax.

La sangre me atruena en los oídos y el corazón está a punto de salírseme del pecho mientras él sigue embistiéndome y poseyendo mi boca al mismo tiempo. Yo gimo dentro de la suya y le muerdo el labio.

—Grita, cielo. Quiero que todos los demonios del infierno te oigan gritar mi nombre —me pide.

Yo le agarro la cabeza entre las manos y me dejo llevar. Mi cuerpo se sacude violentamente y chillo su nombre a pleno pulmón.

—¡Joder! —ruge él, y alcanza también la liberación, derramándose en mi interior.

Entonces baja el ritmo, aunque sigue entrando y saliendo perezosamente. Mis piernas, que le rodean el cuerpo, no han parado de temblar.

—Joder, cielo. Eso ha sido... Joder —repite.

Lo miro y lo veo pasarse una mano por la cara y resoplar despacio. Él me sonríe y me da un beso suave en la frente.

—Venga, vámonos de aquí. —Me tiende la mano y yo se la cojo.

No me puedo creer que hayamos hecho esto precisamente aquí. Pienso en los cadáveres y decido soltarle la mano y pasar por debajo de su brazo tendido. Él me observa con una ceja levantada, confuso. Yo pongo los ojos en blanco y me dirijo hacia la puerta del acompañante, la abro y entro.

Él se acomoda tras el volante y cierra la puerta con una mirada salvaje.

—¿A qué ha venido eso?

—A nada. —De repente se me cae el mundo encima, con el peso de una tonelada de ladrillos. Este ha sido, con diferencia, el mejor polvo de mi vida. Pero siento una gran tristeza cuando me doy cuenta de que...

No podemos volver a hacerlo. Él nunca será el hombre que yo necesito, así que no puedo dejar que me llegue al corazón.