9. Grayson
Grayson
La forma en que sus labios carnosos bailan con los míos y cómo gime en respuesta es perfecta. Y peligrosa.
No sé qué me ha hecho seguirla al baño. Verla pasar corriendo junto a mi mesa, conteniendo las lágrimas, me ha hecho sentir raro.
Tengo que reconocer que hacerme tropezar delante de mi «cita» ha sido una jugada maestra.
No puedo esperar menos de mi rubia despampanante.
Ambos sabemos que no me odia. Joder, me acaba de dejar lamerle el sexo de arriba abajo contra una puerta, maldita sea.
Dios, si eso ha sido el aperitivo, estoy deseando probar el primer plato.
Va a reventar cuando le enseñe lo que es que te follen bien.
Sé que no debería estar haciendo esto, pero después de casi un año acumulando tensión sexual, era inevitable que terminara así. No había otra forma.
Ha pulverizado mi norma de no besar a ninguna mujer, y ahora no hay más que verme, acariciándole los labios con suavidad y explorando toda su boca con la lengua, percibiendo el sabor del dulce prosecco.
Creo que esta mujer va a acabar con todas las normas.
Me separo de ella y veo que me mira con el ceño fruncido. La beso en la frente y acerco su cuerpo menudo al mío para distraerla y que me deje escuchar.
Tengo el presentimiento de que algo no va bien.
Tras años de entrenamiento en las fuerzas especiales, he aprendido a confiar en el instinto.
Noto el peligro antes de que aparezca. Y hoy he salido a cenar con Amara, la prima de Marco.
Sabíamos que eso los provocaría, pero que Maddie estuviera en el restaurante era algo que no estaba en los planes.
Ella es la última persona que quiero ver metida en esto.
Oigo unos gritos furiosos en italiano y eso hace que acerque la mano a la pistola semiautomática que llevo en la cintura de los pantalones.
Estoy deseando sacarla. Me llega el eco de disparos en el comedor.
Maddie hace una mueca cuando resuenan en el baño.
La abrazo más fuerte contra mí y envuelvo la culata de la pistola con los dedos.
—Grayson, ¿qué ha sido eso? Mis padres están ahí —dice con voz temblorosa.
Está temblando como una hoja contra mi cuerpo.
Esto es lo normal en mi día a día.
—Me aseguraré de que están bien. Tengo que irme. No salgas de este baño bajo ninguna circunstancia. Echa el pestillo y no abras a nadie más que a mí, ¿entendido?
Ella asiente mientras le caen lágrimas por la cara.
—Cielo, estoy entrenado para esto. Voy a salir, eliminar el problema y después te llevaré a casa. —Debo conseguir que ella aguante. No puedo permitir que se exponga a ningún peligro.
—¿Y si acabas herido? —susurra.
—No pasará. No tienen nada que hacer conmigo. —Le guiño un ojo, le doy un beso breve en los labios y saco la pistola de los pantalones.
Ella abre los ojos como platos al ver el arma que tengo en la mano.
Salgo rápido del cubículo y me acerco a la puerta del baño que da al restaurante para escuchar. Necesito saber cuántos gilipollas hay, antes de decidirme a hacer nada en un comedor lleno de civiles inocentes.
—Señor, por favor, vamos a tener que llamar a la policía si no baja el arma —le pide una mujer al hombre que hay allí. Por ahora voy a pensar que solo hay uno.
—Amara, ven aquí ahora mismo. Pero ¿qué coño crees que estás haciendo? Menuda imbécil estás hecha, joder —grita un hombre con un fuerte acento italiano. Se oyen exclamaciones por todas partes cuando se le acerca. Este era el plan.
Esa chica es la rebelde que se niega a obedecer a su primo. He podido examinar el restaurante en muchas ocasiones. He elegido la mesa perfecta, cerca de los baños. Tenía previsto ir al baño, pero la presencia de Maddie no estaba en los planes. Ha sido una feliz distracción.
No hago ningún ruido para poder oír los pasos.
Justo cuando llegan adonde estoy, abro la puerta de repente y agarro al italiano bajito por el cuello.
Veo miedo en sus ojos mientras levanta desesperado el arma hasta que me pone el cañón delante de la cara.
Le tiembla la mano, así que le aprieto más la garganta.
Él no me va a disparar por la misma razón por la que yo no lo he matado allí mismo. Hay demasiada gente observándonos.
—No se te ocurrirá —le digo con los dientes apretados y un tono cargado de violencia.
Por mucho que me gustaría reventarle la cabeza, no puedo.
Aquí no, al menos. He venido a trasmitir un mensaje porque, al parecer, reducir a cenizas su almacén con tres de sus hombres dentro y recuperar nuestro cargamento de cocaína no ha sido suficiente.
Han sido tan idiotas como para vengarse secuestrando a Nico.
Le golpeo la mano de la pistola con la mía y el arma acaba tirada en el suelo.
Saco un cuchillo del bolsillo de atrás y se lo coloco en la frente.
Hago la fuerza suficiente para atravesarle la piel y unas gotas rojas empiezan a salir de la herida.
Después sigo rajando la piel de la frente hasta llegar a la mandíbula.
Él inspira bruscamente y se muerde el labio. Noto que ha comenzado a temblar.
Tiene que parpadear para apartar la sangre que le cubre los párpados. Entonces lo agarro para acercarlo, me agacho un poco y le digo al oído:
—Cuéntale a Marco lo fácil que ha sido para mí tener a mi merced a uno de sus familiares sin que él haya podido hacer nada.
Si sigue por el mismo camino, acabarán en mis manos todas las personas que le importan, una por una.
Tiene doce horas para devolvernos a Nico, ileso.
Si no lo hace, ya puede despedirse de la preciosa Amara, que nos acompaña hoy aquí —advierto señalando con la cabeza a una Amara indiferente, que se está mordiendo las uñas con una manicura perfecta.
Aparto su arma de una patada y lo suelto. Él se lleva la mano a la garganta y boquea para introducir aire en sus pulmones. Asiente, me da la espalda y sale corriendo hacia la puerta de atrás del restaurante.
Los padres de Maddie lo han estado contemplando todo con horror.
Durante la interacción de solo dos minutos que he tenido con su madre ya me he dado cuenta de que no me cae bien.
Supongo que es porque Maddie se ha levantado de la mesa llorando.
Una vez oí a Sienna hablar con Keller de lo preocupada que estaba por Maddie.
Decía que su madre la presionaba demasiado para que encontrara un novio y se casara.
Yo diría que ha tenido suerte por haber evitado el matrimonio hasta ahora.
Inspiro hondo y sonrío para tranquilizar a Maddie. Pero no tengo ni la más mínima intención de dejarla irse con ellos. Si la tratan así, no se merecen a una mujer con tanta luz como Maddie.
Me acerco a su mesa y su madre me recibe con una sonrisa tensa, pero su mirada la delata. Me tiene miedo. Como debe ser.
—Señor Peters. Señora Peters —los saludo y les tiendo la mano. Tengo sangre en los dedos, así que me la limpio en el pantalón y se la ofrezco de nuevo.
El padre de Maddie me la estrecha, a pesar de su cara de horror.
—Llámeme Robert —responde.
—Grayson, ¿no? ¿Sabe dónde está Maddie? —pregunta su madre con tono condescendiente.
—Está en un sitio seguro. La voy a llevar a su casa.
—No podemos dejarla ir con este loco. ¿Has visto lo que acaba de hacer? —le grita la madre a Robert.
—Le aseguro que estará a salvo conmigo. Y no les estaba pidiendo permiso. Que tengan buena noche —contesto. Necesito interrumpir esta conversación, que ya me está aburriendo, y volver con Maddie.
Me dirijo al baño y le guiño el ojo a Amara al pasar. Ella alarga un brazo y me agarra la mano, pero yo la aparto inmediatamente.
—No me importa lo que diga mi primo. Ven, siéntate y tómate una copa conmigo. Después podemos follar hasta reventar —propone, y cruza las piernas en un extraño intento de seducción.
—No, gracias —respondo, y ella me mira con la boca abierta.
Sigo hacia el baño y abro la puerta. Me consume una necesidad imperiosa de llegar hasta Maddie.
—Cielo, soy yo. Puedes abrir la puerta.
Oigo el pestillo y ella sale, con los ojos hinchados y rojos y todo el maquillaje corrido. Me mira a los ojos y después me examina el cuerpo, como si quisiera estar segura de que de verdad estoy delante de ella.
—Gracias a Dios que estás bien. Estaba muy preocupada. —La veo hundir los hombros por el alivio, con la mano apoyada en mi pecho.
—¿Estabas preocupada por mí?
No recuerdo cuándo fue la última vez que alguien se preocupó por mi bienestar.
—Claro que estaba preocupada. ¡Has salido corriendo hacia un hombre con una pistola! —Se oye claramente el pánico en su voz.
Abro los brazos.
—Ven aquí, cielo.
Ella se apresura a lanzarse a mis brazos, me rodea la cintura con las piernas y apoya la cabeza contra mi cuello.
—¿Ves por qué esto es tan mala idea? —Me destroza decir esas palabras, pero es cierto. Mi vida es así.
Me mira con una expresión muy seria en sus bonitas facciones.
—Esto sigue siendo lo que quiero.
Tiene la entrepierna contra mi bragueta y eso hace que mi pene vuelva a la vida. Juraría que noto incluso el calor que irradia. Le agarro las nalgas, le pego los labios al cuello y chupo.
Deja escapar un gemido y yo sonrío.
—Grayson, quiero..., no, necesito que me folles. Pero si se te ha pasado por la cabeza siquiera hacérmelo en un baño, no sabes la que te espera.
Ah, mi chica peleona.
—Pues entonces será mejor que salgamos de aquí antes de que te ponga contra el lavabo y te lo haga aquí mismo. Porque, como sigas apretando tu entrepierna contra la mía un minuto más, no voy a poder hacer otra cosa —le digo bajito, y eso le provoca otro gemido.
Creo que oficialmente ya hemos pasado el punto de no retorno.
Ella baja las piernas y yo la sujeto por las caderas hasta que apoya los pies en el suelo de baldosas.
—Tengo que despedirme de mis padres —anuncia mordiéndose el labio.
—No hace falta. Ya les he avisado de que te venías conmigo.
Alucinada, se queda clavada en el sitio.
—Estoy deseando hundirme hasta lo más profundo dentro de ti. Vámonos. —Le ofrezco la mano y ella me la coge con una sonrisa en los labios.
Me dirijo a la salida trasera, que da al aparcamiento. Le abro la puerta del acompañante y la ayudo poniéndole la mano al final de la espalda. Resulta raro ser tan amables el uno con el otro.
Ella no deja de sonreírme desde el otro lado de la ventanilla y no necesito más para apartar todas las dudas de mi mente.
Sabe que soy un monstruo y quiere acostarse conmigo de todas formas.