8. Maddie #3
Esas palabras y el tono autoritario me provocan corrientes de placer que van directas a mi sexo.
Él acelera la velocidad de los dedos. Yo me muerdo el labio muy fuerte para no emitir ningún sonido, tanto que estoy segura de que me estoy haciendo una herida.
Traza círculos con el pulgar alrededor del clítoris.
El ruido que hacen mis fluidos cuando él entra y sale es lo único que se oye en ese espacio.
Estoy muy cerca del clímax, tanto que casi se lo digo.
—Quiero probarte. Me muero de hambre. Los camareros aquí van lentísimos —asegura.
Revisa el baño, como si notara mis dudas sobre el sitio en el que estamos. Vuelve a ponerme las manos en las caderas y yo lo aprieto más con las piernas. Me lleva hasta la puerta de entrada al baño y me empuja contra ella. Lo miro sorprendida y él me contesta con esa sonrisa suya.
Me apoyo en el suelo, con las piernas temblorosas, y él se pone de rodillas delante de mí, observándome con un deseo abrasador. De repente me siento un poco insegura.
Aunque tampoco es que me dé mucho tiempo para pensar. Me sube el vestido y me baja las medias y las bragas de un tirón.
—Joder, no te vuelvas a poner medias —refunfuña.
Me coge un pie y me quita una bota y después hace lo mismo con el otro. Luego se deshace de las medias y la ropa interior y mis piernas quedan al aire.
—Ponme las piernas en los hombros —me ordena cuando retoma su posición. Me las coge y me las coloca donde me ha dicho.
Todo el peso de mi cuerpo descansa sobre él y me apoyo con la espalda en la puerta. Sitúo las manos a ambos lados para sostener la parte superior de mi cuerpo.
—Dios, no sabes cuántas veces me he imaginado haciendo esto —asegura.
Me llena de besos el interior de los muslos y eso vuelve a encenderme de puro placer.
Su lengua entra en contacto con el clítoris y empieza a lamerlo. Va alternando entre lamer y chupar, pero de repente me introduce los dedos, pillándome por sorpresa, y comienza a meterlos y sacarlos de mi interior. Yo me llevo el antebrazo a la boca y me lo muerdo para acallar los gemidos.
La presión aumenta, siento la sangre atronándome en los oídos y todo el cuerpo me arde. Cierro los ojos con fuerza y dejo que la sensación me recorra el cuerpo.
—Mírame. Quiero que veas cómo te como entera mientras te corres en mi cara. —Su aliento me acaricia el sexo.
Abro los ojos para mirarlo. Sus impresionantes ojos azules están llenos de puro deseo mientras continúa. De repente todo se vuelve demasiado. Encuentra el punto clave y mi interior se tensa a su alrededor mientras él disfruta de mi orgasmo y lame el resultado.
—Dios mío, Grayson —grito. A la mierda las reglas. Mi orgasmo no cesa.
Él baja el ritmo y yo sigo jadeando apoyada en la puerta.
Joder.
Cuando saca los dedos, siento un enorme vacío. Me deja despacio en el suelo, para que me apoye en las piernas inestables. Estoy hecha un desastre.
Me baja el vestido para taparme y se levanta, pero se queda a pocos centímetros de mí. Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, acerca los labios a los míos, que están ya hinchados, y noto el sabor dulce de mis fluidos que le cubren la boca.
—Yo... yo... —Estoy sin palabras. Sus dedos me las han arrebatado todas. Le pongo la mano en la bragueta, encima de su enorme erección, y pregunto—: ¿Y tú?
—¿Crees que solo lo he hecho para que disfrutes tú?
Su risa profunda resuena en el baño vacío y hace que el estómago se me llene de mariposas.
—Esto lo vamos a repetir, cielo. Puedes hacer conmigo lo que quieras. —Se pasa la mano por la cara y resopla.
¿Qué demonios está ocurriendo?
Le rodeo el cuello con los brazos y lo acerco a mí. Intento acercar los labios para darle un beso suave, pero gira la cabeza y mis labios aterrizan en su barba.
—¿Qué coño te pasa, Grayson? Me acabas de masturbar hasta dejarme sin palabras y ahora me apartas la cara cuando te intento besar. ¿En serio?
Veo dolor en su cara cuando le apoyo la mano en el pecho para empujarlo, pero él se niega a alejarse.
—Quítate, Grayson. Da igual, no tenemos que volver a hacerlo. Lo entiendo, seguro que tienes también la norma de hacerlo solo una vez y yo ya he tenido mi oportunidad. No te creas que voy a llorar por eso. Vuelve con la chica esa. Puedes metérsela a ella para acabar la faena.
Me agacho para coger la ropa y las botas del suelo y paso por su lado en dirección a los cubículos.
—Por el amor de Dios —murmura detrás de mí.
Yo pongo los ojos en blanco y sigo mi camino.
Abro la puerta del cubículo, entro y me vuelvo para cerrarla, pero el brazo fuerte de Grayson aparece y la mantiene abierta. Me mira como un loco.
—Fuera —le grito.
—No.
—Hemos terminado.
Se cierne sobre mí.
—Maddie, te deseo. Eso no lo dudes —asegura, y se queda a solo unos centímetros de mí.
—¿Y por qué no me quieres besar?
—Es complicado, cielo.
—Pues yo no quiero saber nada de cosas complicadas.
—Creo que sí. Pero deja que te facilite un poco las cosas —susurra contra mis labios. Me cubre las mejillas enrojecidas con las manos y eso hace que un hormigueo me recorra el cuello.
Cierro los ojos y me dejo llevar por el beso más suave del mundo. Nuestras bocas se exploran la una a la otra de una forma muy sensual.
Podría seguir haciendo esto toda la vida.