8. Maddie #2
Aprieto las piernas y cruzo los pies. Ese es el efecto que tiene en mí, sobre todo cuando invade mi espacio. Su olor fuerte se me cuela en la nariz. Es demasiado. Me hierve la sangre por el deseo, algo peligroso si lo sumamos a la furia y los celos.
—Ha sido un accidente —explico, encogiéndome de hombros y apartando la mirada.
Me coloca el dedo índice bajo la barbilla y se agacha para poner su cara junto a la mía. Veo deseo en sus ojos. Se me acelera la respiración cuando empieza a inclinarse hacia mí.
«No, Maddie. Está teniendo una cita con otra mujer».
Cierro los ojos y giro la cara. Él inspira hondo, acerca los labios a mi oreja y me acaricia la piel sensible de la zona.
—No creo que lo fuera. Me parece que estás un poco celosa.
No se equivoca.
El cerebro me grita que me vaya de allí, que lo mande a la mierda y me olvide de él. Pero las palabras de mi madre resuenan en mi cabeza: «Agradable es suficiente».
Vuelvo a mirarlo y veo sus labios muy cerca de los míos.
—¿Y qué pasa si lo estoy? —pregunto, y me muerdo el labio inferior.
—Creía que no te acostarías conmigo aunque fuera el último hombre de la tierra. Recuerdo que me dijiste esas mismas palabras la Navidad pasada, en la mesa, justo antes de amenazarme con apuñalarme con el cuchillo de trinchar si me atrevía a tocarte otra vez. —Se echa a reír.
—Y lo habría hecho. —Sé que no sueno ni remotamente convincente, porque se me ha quebrado la voz a la mitad de la frase.
—¿Y por eso te sonrojas? ¿Tanto te cabreo? ¿O es que quieres follar conmigo?
—Las dos —respondo con total sinceridad.
Él levanta una ceja.
Hasta ahora nunca he sido tan sincera sobre lo que me provoca. Durante el último año he estado dándole caña sin parar, esperando que me dejara en paz y así desaparecieran esos sentimientos. Pero no se han ido.
Me agarra la cintura con las manos y me acerca a él.
—Esto es una muy mala idea, cielo —susurra.
—Lo sé. —Le rodeo el cuello con los brazos y le sonrío con dulzura.
Él se humedece los labios y fija la vista en los míos. Dios, esa boca...
—Ya sabes que yo no salgo con nadie.
—Teniendo en cuenta que has venido con una cita, permíteme que lo dude —contesto.
—Maddie, ya sabes a qué me refiero —replica.
Suspiro, derrotada, y aparto las manos de su cuello, pero él me las agarra antes de que lleguen a sus pectorales.
—Mira, no pasa nada. Olvidémoslo. Volvamos a lo de no llevarnos bien. Es más fácil.
—Solo uno de los dos está jugando a eso, cielo.
Lo que yo siento por ti es justo lo contrario, ese es el problema.
No puedo dejar de pensar en tus labios perfectos y en esas tetas respingonas.
Cada vez que te cabreas conmigo, solo quiero meterte la polla en esa boca deliciosa para hacerte callar.
He permitido que intentaras alejarme, porque no creo que podamos parar esto si empezamos.
Al oírlo, un escalofrío me recorre la espalda. Todo este tiempo él me ha estado apartando por la misma razón. Le encanta sacarme de quicio.
—Esto es lo que quiero. Enséñame todo lo que tienes, grandullón.
Y un segundo después me empuja contra la pared cubierta de azulejos.
—Deberías tenerme miedo. Sabes quién soy y lo que hago.
Pero no puedes evitar sacarme de mis casillas.
Es una estupidez por tu parte —me provoca mientras me sube el vestido y me agarra las caderas.
Me clava los dedos en la carne para levantarme apoyada en la pared.
Yo le rodeo con las piernas y su erección aprieta contra mi sexo.
Al notar ese contacto, se me escapa un gemido.
—Dime que pare, cielo. Que esto es una idea terrible.
Me mira a los ojos, pero no encuentra lo que busca en ellos.
—No puedo. No te atrevas a parar.
No dejamos de mirarnos a los ojos durante lo que parece una eternidad, con su pene apretándose contra mí y la respiración trabajosa de los dos llenando el aire.
—No digas que no te lo advertí.
Tras decir eso, mis pulmones se quedan sin aire cuando sus labios se estrellan contra los míos.
El beso se vuelve desesperado enseguida y su lengua atrapa la mía.
Yo entierro los dedos en su pelo y él gime.
No puedo respirar, pero ahora mismo me da igual.
Me cubre la cara con la mano áspera y me muerde el labio.
—¡Ay!
—Cállate, nena. Te encanta —responde antes de volver a pegar sus labios a los míos.
Tengo la espalda aplastada contra la pared y él me sostiene por el trasero con la otra mano.
—Dios, tienes un culo perfecto. Estoy deseando follártelo —murmura contra mis labios y yo gimoteo.
«Vaya, es un hombre al que le gusta hacerlo por el culo».
Desplaza los dedos hacia la parte de delante. La sensación hace que me estremezca. Llega a la cinturilla de las medias.
—Precisamente hoy te has tenido que abrigar. —Se ríe entre dientes, mete la mano bajo la goma y me envuelve con ella el sexo ardiente por encima del tanga de seda—. Joder, cielo, estás empapada —dice con voz grave, entierra la cara en mi cuello y me besa la clavícula.
Yo echo la cabeza atrás para que llegue mejor y me olvido de todo, incluso de dónde estamos.
Me aparta la ropa interior y me abre los labios con los dedos. Después me acaricia despacio desde la entrada hasta el clítoris. Es una sensación increíble y tengo que poner los ojos en blanco.
—Hmm, sí, sigue —digo entre jadeos, moviendo la cadera al ritmo que él marca—. Dios, joder —grito cuando introduce dos dedos en mi interior. Mi cuerpo se tensa y los aprieta. Él levanta la otra mano y me tapa la boca para amortiguar mis gemidos.
—Mantén esa preciosa boca cerrada por una vez —me dice. Yo asiento y él quita la mano—. Lo digo en serio. Si no, tendré que encontrar otra forma de mantenerte calladita.