Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 8. Maddie
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8. Maddie

Maddie

Es el viernes antes de San Valentín. Una noche perfecta para salir a cenar con mis padres. Todavía soltera. Y no solo eso, sino que tengo que ver a mi madre, que está obsesionada con mi vida amorosa, o, más bien, la falta de ella.

No he visto a Grayson desde ese momento tan raro y a la vez tan excitante que tuvimos en casa de Sienna.

Eso fue hace más de tres semanas. Desde entonces me he estado concentrando en olvidarme de él y del maldito beso.

He salido con unos cuantos tíos, pero con ninguno sentí esa chispa al conocerlos.

Todos me aburrieron soberanamente. Tuve que oírlos hablar sin parar de su trabajo y su situación financiera. ¡Qué rollo!

Todavía me da vergüenza recordar que le dije a Grayson, el implacable sicario de la mafia, que tuviera cuidado. No sé en qué estaba pensando. Fue algo demasiado personal.

Me pongo un vestido de punto negro con cuello vuelto, medias y un par de botas de cuero con tacón.

Y termino con un poco de rímel en las pestañas largas y espesas, solo lo justo para que destaquen mis ojos verdes.

Me he pasado una hora alisándome el pelo; tengo tanto y lo llevo tan largo que tardo muchísimo.

Pero tengo que conseguir que mi madre no me mire con desaprobación.

Si estoy perfecta, una cosa menos que podrá criticar. «Dios, ¿por qué accedí a esta cena?».

Me bebo lo que queda del prosecco y dejo que las burbujas me cosquilleen en la lengua.

Voy a necesitar bastante alcohol para aguantar esta noche.

Mi teléfono, que está en la encimera, pita para avisarme de que ha llegado mi Uber.

Cuanto antes pase esta noche, mejor. Suspiro, cojo el bolso y la chaqueta de cuero, que está colgada en el taburete.

El trayecto hasta La Brasserie, en Midtown, es rápido y sin contratiempos. Cuando salgo del coche, el aire frío que me envuelve el cuerpo hace que me estremezca.

Abro la puerta de cristal del restaurante y me recibe una adolescente muy sonriente, demasiado animada para mi estado de ánimo actual. Me embargan el miedo y la ansiedad.

—Buenas noches, señorita, ¿tiene usted reserva? —pregunta tocando la pantalla de su iPad.

Examino el comedor y es imposible no ver a mis padres sentados justo en el centro. Mi padre me sonríe y me saluda con la mano, mientras mi madre levanta la vista de lo que supongo que es la carta de vinos y enseguida vuelve a centrarse en ella.

Buen comienzo.

Sonrío a mi padre y lo saludo también, después miro de nuevo a la chica de la entrada.

—Voy a cenar con mis padres —respondo señalándolos.

La camarera me saca la silla de madera oscura. Yo me quito la chaqueta y me siento, colocándola con cuidado, junto al bolso, en la silla que tengo al lado. En la que se suponía que debería sentarse mi novio.

—Hola, cariño. Estás muy guapa —dice mi padre, y le da un codazo a mi madre con la intención de conseguir que me preste atención.

—Hola —contesto, intentando que no se me note el malestar en la voz.

—¿Qué tal Gregory? ¿Alguna novedad? ¿Por qué no lo has invitado a venir? —pregunta mi madre con voz aguda.

Yo me masajeo el puente de la nariz, anticipando el dolor de cabeza. ¿Por qué le he hablado de él? Ya lo sé: porque me paso la vida tratando de impresionarla.

—Hemos salido unas cuantas veces, mamá. Todavía no estoy segura de nada. Es agradable. Simpático.

—Maddie, por favor, baja de las nubes. Agradable es suficiente. Es estable. Es lo bastante bueno para ti. Me refiero a que no eres más que una maquilladora, por Dios.

—¡Carol! —la reprende mi padre, y me mira con cara de disculpa.

—¿Qué? —Ella se encoge de hombros, indiferente.

Mi padre siempre me apoya y hace todo lo que puede por defenderme. Pero ella es incansable, tengo que reconocérselo; no hay gran cosa que él pueda hacer. No quiero que se pelee con ella por este tema tampoco. Lo único que hace mi padre es quererme como soy.

—Tengo mi propio negocio y mi apartamento. Me va bien, muchas gracias —contesto. Me empieza a hervir la sangre.

La puerta se abre y entra una ráfaga de aire frío en el restaurante, acompañada de una risa falsa que me llama la atención, y no puedo evitar girarme.

Me quedo sin aliento cuando lo reconozco.

De repente el comedor se ha convertido en una sauna.

Cada vez que lo veo, se me acelera el corazón por mucho que intente evitarlo.

La chica que va con Grayson parece una modelo y lleva un vestido con mucho escote del que prácticamente se le escapan las tetas operadas.

No hace más que acariciarle el brazo musculoso.

Él está guapísimo con su traje a medida negro, lo bastante ajustado para que se le marquen los músculos.

La camisa blanca impoluta hace que destaque su piel, un poco bronceada, y su pelo rubio y corto.

Quiero apartar la vista, pero no puedo. Como en un trance, contemplo cómo agacha su enorme cuerpo para susurrarle algo al oído.

Entonces su mirada se encuentra con la mía. Pongo los ojos en blanco y él me sonríe. Solo con eso ya tengo la ropa interior empapada. No quiero darle la satisfacción de saber que estoy aquí babeando por él, así que me giro hacia mi madre. Que les den a él y a esa sonrisa tan sexy que tiene.

Cojo la carta y la abro para ocultar que me he ruborizado. Ahora mismo no podría soportar un interrogatorio sobre eso.

Unos pasos resuenan detrás de mí y vuelvo a oír esa risa irritante que está a punto de hacer que me sangren los oídos. Cuanto más se acerca, más electricidad me recorre el cuerpo. Saco un pie por un lado de la mesa.

Se tropieza con él y tiene que apoyar la mano bruscamente en nuestra mesa. Lo hace con tal fuerza que todos los cubiertos salen volando.

—¿Qué está pasando aquí? —grita mi madre, alterada.

Yo hago todo lo que puedo por contener la risa, todavía escondida detrás de la carta. No necesito mirar para saber que quiere matarme ahora mismo.

—Disculpe, señor. Ha tropezado con algo. ¿Se encuentra bien? —pregunta la camarera, sorprendida.

Yo bajo la cara despacio y me topo cara a cara con mi némesis, que es impresionantemente guapo.

Tiene la mandíbula tensa y me observa con una ceja levantada.

—Hola, cielo —saluda.

—Hola, Grayson —contesto con tono neutro.

Esperaba que estuviera enfadado, pero lo que me encuentro son sus ojos ardientes recorriéndome todo el cuerpo.

Acerca la cara y se detiene a solo unos centímetros de la mía.

No puedo respirar y el corazón está a punto de salírseme del pecho.

Aproxima los labios a mi mejilla y me da un beso casto.

Tengo que contenerme con todas mis fuerzas para no soltar un gemido.

Después se yergue de nuevo. Suelto un suspiro de alivio porque por fin ha salido de mi espacio.

—Perdonen, no sé lo que ha pasado. Les dejo para que cenen tranquilos —les dice a mis padres sonriendo.

Apoyo el codo en la mesa y la barbilla en la mano, mirándolo con una sonrisa dulce e inocente, pero todo el tiempo reprimiendo las ganas de saltarle al cuello y quitarle esa estúpida sonrisa de la cara.

Se va y la chica que lo acompaña lo sigue.

La nerviosa camarera nos toma nota. Yo pido un filete con patatas fritas y todas las guarniciones.

De vez en cuando miro de reojo a Grayson.

—Si te relacionas con hombres así, nunca vas a encontrar a uno que se comprometa contigo. Quiero decir, ¿cuántas citas has tenido y todavía no te ha salido nada? Es muy vergonzoso —refunfuña mi madre, y me saca de mi ensoñación.

No tengo fuerzas para discutir con ella ahora. Estoy concentrada en no echarme a llorar. Algo que a ella no le gusta nada.

—Perdonadme. Tengo que ir al baño.

Lo que significa que voy a tener que pasar al lado de Grayson y su espectáculo de seducción. Dios, ojalá no me afectara tanto ese hombre. Ojalá ese no hubiera sido el mejor beso de mi vida.

Mi padre me da un apretón en la mano cuando paso por su lado, y ese gesto hace que los ojos se me llenen de lágrimas. A pesar del tiempo que ha pasado, mi madre sigue sabiendo cómo hacerme daño y yo se lo permito. Estoy desesperada por demostrarle que soy especial.

Bajo la cabeza y paso corriendo junto a la mesa de Grayson. No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir guardando las distancias. No puedo negar que estoy celosa. Sobre todo de que no le importe tirarse a cualquiera menos a mí.

Cuando llego al baño, me encierro en un cubículo, echo el pestillo y se me escapa un suspiro de alivio.

Necesito un minuto de tranquilidad antes de la siguiente andanada de mi madre.

La cena no debería ser para tanto. Y no ayuda que los labios tan atractivos de Grayson no dejen de tentarme.

Ni tampoco ver la sonrisa torcida que tiene mientras flirtea con esa mujer, que es prácticamente lo opuesto a mí.

¿Es eso lo que le gusta? No debería dolerme, pero sí que lo hace.

El ruido de la puerta al cerrarse interrumpe mis pensamientos. Tengo la espalda apoyada en la puerta del cubículo.

—Cielo, ¿estás aquí?

Al oír esa voz masculina se me pone toda la carne de gallina. No puedo dejar que me vea así. Será mejor que no haya venido hasta aquí para provocarme.

Abro la puerta despacio y me pongo mi máscara de autosuficiencia para enfrentarme a él. Solo así puedo protegerme el corazón.

—¿Qué quieres, Grayson? —Salgo y me choco directamente con su amplio pecho.

Soy bastante alta para ser una mujer, pero es que él es enorme; debe de medir uno noventa y cinco. Me saca una cabeza. Y todo su cuerpo irradia fuerza y poder.

Me aparto un poco y alzo la barbilla para mirarlo a la cara. Me sorprende verla llena de preocupación.

—Cuando te has levantado de la mesa, parecía que estabas a punto de echarte a llorar.

Quería saber si estabas bien. —Alza ambas manos en un gesto de indefensión—.

No me grites, por favor. Ya estoy bastante avergonzado por haberme tropezado contigo delante de mi cita.

—Sonríe. Dios, qué capullo. Pero qué guapo.

Esa sonrisita hace que siempre acabe con la ropa interior empapada.