7. Grayson
Grayson
Me acomodo en el sofá de cuero negro que hay en el centro de la habitación de la mansión de estilo gótico de Luca.
Él no para de deambular de un lado a otro.
El día de la reunión familiar, los Falcone consiguieron secuestrar a Nico, nuestro hacker, sacándolo de su casa.
Desde entonces, no hemos parado de buscar en todos los sitios que se nos han ocurrido donde podrían tenerlo escondido. Pero hasta ahora no ha habido suerte.
Han pasado dos semanas, pero todavía no hemos encontrado ningún cadáver, así que es probable que siga vivo. Los Falcone no desperdiciarían la oportunidad de regodearse si hubieran logrado acabar con uno de los nuestros.
—Tenemos que demostrarles que para nosotros es muy fácil llevarnos a uno de los suyos en plena calle —afirma Luca, sin dejar de caminar.
—Pues hagámoslo.
No será difícil. Seguro que para llevarse a Nico necesitaron meses de planificación.
—Tenemos que atraerlos para que salgan de sus guaridas. Marco es un puto psicópata. Pero ¿de dónde saca a todos esos hombres? Cada vez que acabamos con alguno, parece que se multiplican —dice con rabia.
—No debemos subestimarlos. Sobre todo después de lo que le hicieron a Sienna.
Son descuidados, pero son muchos. Hasta este momento hemos neutralizado todos sus ataques.
Ahora tenemos que demostrarles que podemos llegar hasta alguien que esté muy cerca de él.
¿Y si les hacemos llegar una amenaza y exigimos la liberación de Nico a cambio?
Si cometemos un error, pondremos en riesgo la vida de Nico. Los Falcone son unos ignorantes, pero justo por eso son más peligrosos.
—¿Qué opinas de acercarte a su querida prima, Amara? Es la pariente rebelde, ya lo sabes. Sal con ella un par de veces. Eso hará que respondan y así podremos hacerles llegar el mensaje.
«Genial, salir por ahí con una Falcone. ¡Justo lo que necesito!».
Como si notara mi desagrado, continúa:
—Tampoco te va a costar tanto. Está buenísima.
A mí solo me interesa esa rubia despampanante y un poco salvaje que parece ocupar todos mis pensamientos.
—Vale, utilizaré mis encantos a ver qué consigo —acepto con un resoplido y cojo la taza de café de la mesa.
—Venga, no será para tanto. Y tampoco te vendría mal echar un polvo, la verdad. —Ríe.
No se equivoca. Pero, aunque sea cierto, no me va a servir de nada a menos que lo haga con Maddie para quitarme esta obsesión de la cabeza. Y eso no va a pasar.
—¿Algo sospechoso con el cargamento de droga de anoche? —pregunto para cambiar de tema.
—No, parece que las cosas se han calmado en ese frente.
Estupendo. Al menos tenemos una parte del negocio bajo control.