Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 6. Grayson #3
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6. Grayson #3

—Joder, Luca, no me refiero a eso. Todos somos conscientes de que lo que busca no tiene nada que ver conmigo. Y no puedo tirármela una vez y dejarla. No sería capaz.

—Hasta ahora no te ha supuesto ningún problema tirarte a otras y dejarlas después.

—Pero ella es diferente, Luca.

—Has permitido que te bese —añade mientras apaga el cigarrillo.

—Ese día ya había perdido la cuenta de a cuántos hombres había matado. No estaba en mis cabales.

—Pero ¿no fue el mejor beso de tu vida?

—No puedo, tío. Dejémoslo así.

—Peor para ti. Alguien te la va a quitar y entonces te arrepentirás. Te lo prometo.

—Ya, puede ser.

Solo pensar en que alguien le ponga un dedo encima, que vaya a tenerla de todas las formas en que yo no puedo, hace que sienta una opresión en el pecho.

El sonido del teléfono interrumpe nuestra conversación.

—Es Nico —anuncia—. Se está ocupando de los Falcone. Llegará enseguida. Tenemos que irnos pronto. —Se acerca el teléfono a la oreja y se va hacia la zona de césped.

Yo apago el cigarrillo y vuelvo a entrar.

Maddie está tarareando una canción mientras friega los platos, y el resto, charlando en la mesa. Sin pensármelo, voy directo adonde está ella.

—¿Te ayudo? —pregunto tras situarme a su lado.

—No, gracias —contesta, muy concentrada en el cuenco que tiene en la mano. Se muerde el labio inferior y me mira de reojo.

Coge el trapo negro que tiene al lado para secar el cuenco con él. Después se pone de puntillas para llegar a la puerta del armario que tiene por encima de la cabeza. Yo la encierro con mis brazos y ella me roza la bragueta con el culo. «Joder».

—Déjame a mí —digo con voz áspera, estiro el brazo y le abro el armario. Maddie se entretiene frotando el culo contra mi erección.

—Para —le advierto.

Ella se gira entre mis brazos y apoya la espalda en la encimera de mármol. Le quito el cuenco de las manos y lo meto en el armario de arriba.

—Oblígame. —Alza la barbilla y cruza los brazos de una forma que hace que le sobresalgan las tetas por encima del escote de la camiseta.

Veo deseo en sus ojos. Ladeo la cabeza y me la como con los míos. Ella no se mueve ni un milímetro, porque no está dispuesta a ceder.

Su olor a melocotón me consume cuando inhalo bruscamente. Dios, es deliciosa.

Le acaricio la mandíbula con la nariz y voy subiendo hasta su oreja.

—No quieres que te obligue, te lo aseguro, cielo —le susurro.

Veo una sonrisa maliciosa aparecer en sus labios y frunzo el ceño. Arquea la espalda. Yo no puedo apartar la vista de sus tetas, hasta tal punto que no la veo llevar la mano izquierda detrás de ella, hacia el fregadero lleno de líquido jabonoso.

Entonces me abofetea con la mano mojada y después la baja por mi mejilla. El jabón hace que me escuezan los ojos. Tengo que cerrar los párpados con fuerza y dejo escapar el aire con los dientes apretados.

La risa histérica de Maddie me resuena en los oídos. Está agachada, agarrándose el vientre, porque le cuesta respirar. Noto que todos los presentes nos miran.

Yo me inclino sobre su cuerpo doblado por la mitad. Ella está distraída riéndose y no se da cuenta. Recojo la esponja empapada, me aparto un poco y levanto la mano, con el agua resbalándose entre mis dedos. Coloco la esponja justo por encima de su cabeza.

—¿Te hace gracia, cielo? —digo en tono divertido.

—No puedo... —contesta casi sin aire, abrazándose el pecho.

El mío también se agita cuando le escurro la esponja en la cabeza. Ella da un respingo mientras el agua le cae por la frente.

Me pone la mano en el pecho y me empuja. Yo no me muevo. Su camiseta blanca mojada ahora trasparenta. El sujetador blanco de encaje no puede ocultar sus pezones endurecidos que apuntan directamente hacia mí, tentándome.

No está enfadada. Ese tono rojo de sus mejillas no es por el cabreo; está cachonda. Veo que sus ojos me recorren todo el cuerpo para detenerse en la erección que no deja de latirme. Sé que estos pantalones no son capaces de esconder la reacción que me provoca.

—¡Grayson, tenemos que irnos! —grita Luca detrás de mí.

El cuerpo de Maddie parece hundirse contra la encimera. Joder, no sé qué hacer. Así que opto por lo que mejor se me da: huir.

—Nos vemos, cielo.

—¡Ya! —vuelve a gritar Luca, y eso hace que me ponga en marcha.

Maddie asiente, se muerde el labio inferior y me da la espalda. Yo cojo la chaqueta, que estaba colgada en el respaldo de la silla, y les doy un beso en la mejilla a Sienna y Darcy.

—Te veo el lunes —me despido dirigiéndome a Keller.

Veo que tensa la mandíbula cuando Luca sale corriendo de su casa. Sé que está preocupado por su hermano. Keller siempre lo ha protegido, y creo que ahora le resulta difícil no estar a su lado tanto como antes.

—Yo lo mantendré a salvo, Keller. Ya lo sabes.

Me mira con una sonrisa tensa y Sienna le envuelve la mano tatuada entre las suyas.

—Gracias. Nos vemos el lunes —contesta, y centra la atención en su mujer; el recordatorio de por qué no puede seguir protegiendo a su hermano.

Yo echo un último vistazo a Maddie. Ella pronuncia en silencio «ten cuidado» y no sé cómo reaccionar, joder. Me despido de la señora Russo con la mano y salgo corriendo.

No puedo soportar seguir ahí ni un minuto más.