6. Grayson #2
—Dios, tengo que encontrar una mujer que sepa cocinar así. —Las palabras salen de mi boca sin que me dé cuenta de lo que estoy diciendo y, cuando lo hago, casi me atraganto. No me atrevo a mirar adonde está Maddie.
—¿Y para eso no tendrías que salir con alguien primero? —interviene Keller, levantando una ceja con gesto divertido. Será capullo.
—Creo que estoy bien así. —Me encojo de hombros y sigo comiendo, a pesar de que se me ha quitado el apetito de repente.
Maddie me mira de vez en cuando. Terminada la comida, abandona la mesa y empieza a recoger los platos. Primero se ocupa de los de los demás y al final se detiene a mi lado.
Lo bastante cerca para que pueda inhalar ese olor que se ha convertido en mi favorito.
El suyo.
Cojo mi plato para dejarlo sobre los demás, y le rozo la mano a propósito después de hacerlo.
Una decisión de la que me arrepiento en cuanto nuestras pieles entran en contacto.
Noto una corriente eléctrica que me recorre la mano.
Y por la forma en que ella arquea las cejas, veo que lo ha sentido también.
Luca, que está a mi lado, se revuelve en su asiento, busca en los bolsillos y saca un paquete blanco de tabaco. Me ofrece un cigarrillo.
—Gracias —digo, cogiendo uno por el filtro marrón y colocándomelo en la oreja.
Maddie se da la vuelta y se dirige a la cocina. Luca se pone de pie y me da un golpecito en el hombro. Yo aparto la vista de Maddie a regañadientes y salgo con él al jardín.
Veo que tiene una mirada muy similar a la que le vi la noche que lo conocí. Sentado en un pub irlandés de Times Square, solo, bebiéndose una copa de whisky. Me pareció que los dos compartíamos estado de ánimo, así que pedí otras dos copas de su mejor whisky.
—Me parece que los dos nos sentimos igual. Toma. —Le pongo un vaso lleno al lado del suyo que está casi vacío.
Me mira con los ojos inyectados en sangre y me señala un asiento que tiene enfrente.
—Siéntate. Podemos sentirnos como una mierda en silencio los dos juntos.
Me río entre dientes, saco el taburete tapizado de verde oscuro y dejo en el suelo la bolsa de deporte en la que llevo todo lo que poseo en la vida.
Luca mira la bolsa y me observa con recelo.
—No has venido a matarme, ¿verdad?
Pero ¿qué coño...?
—No. Si así fuera, ya estarías muerto.
Se encoge de hombros y apura lo que le queda de la copa.
—Tampoco sería tan malo.
—Venga, no puede ser para tanto.
Examina la sala antes de inclinarse sobre la mesa y decir:
—Acabo de perderlo todo.
—Sé lo que es eso, créeme. Acabo de mudarme aquí después de enterarme de que mi mujer se estaba tirando a mi mejor amigo, que ahora está muerto.
Él se atraganta con el whisky.
—Espero que lo mataras tú.
—Un disparo en Afganistán. Me lo contó cuando estaba agonizando.
—Qué dos hijos de puta. Pero, bueno, si quieres que alguien mate a tu mujer, dímelo. Estás hablando con el nuevo capo de la mafia. Supongo que a eso es a lo que me dedico ahora.
Veo claramente el conflicto en su mirada. No es un asesino por elección. No como yo. No disfruta quitándole la vida a otra persona con sus propias manos.
—¿Y por qué no estás contento? Creía que ser el pez gordo es lo que quieren todos los que se dedican a eso.
Él suelta una risa amarga.
—No he tenido elección. Yo no pertenecía a ese mundo.
Estaba en las calles, peleando con mi hermano e intentando convertirme en profesional.
Hasta que aparecieron los esbirros de mi padre, que me abandonó al nacer, y me sacaron de las calles contra mi voluntad.
Resulta que el cabrón de mi padre no estaba contento con joderme la infancia solamente, sino que también me ha condenado a una vida en el infierno de adulto.
—¿Has dicho que participabas en peleas callejeras? Yo fui boxeador y entrenaba a los hombres de mi batallón.
Parece quedarse pensativo.
—¿Necesitas trabajo?
¿Trabajar para la mafia? ¿Quiero hacer eso? Lo que pretendo es reconstruir mi vida, empezar de nuevo, intentar controlar esta sed de sangre, calmar esta ira.
—¿Qué tipo de trabajo?
—Entrenar a mi hermano. Es bueno, acaba de hacerse profesional.
Peso pesado. Aunque te aviso que no te va a hacer ni puto caso.
Pero yo sé que puede conseguirlo. Solo necesita un buen entrenador.
Necesita alguien que invierta en su gimnasio de boxeo, un socio.
Yo te puedo dar alojamiento en uno de mis apartamentos.
Me froto la barba. No tengo otras opciones y dispongo del dinero para poder invertir.
A la mierda.
Saca su teléfono y me lo acerca. Veo en la pantalla a un tío más o menos de la misma altura y corpulencia que yo, que entra en un ring de boxeo destartalado. Va tatuado del cuello a los pies y tiene una expresión asesina en la cara.
—Acepto. —Le tiendo la mano—. Me llamo Grayson, por cierto. Grayson Ward.
Él me estrecha la mano con firmeza.
—Luca Russo. Y el de la pantalla es Keller Russo.
Solo llevo treinta minutos en Nueva York y ya estoy relacionado con la mafia.
¡De puta madre!
Luca abre su mechero Zippo, se enciende el cigarrillo y me lo pasa. Yo acerco la llama al mío y doy una calada. Las sustancias químicas tóxicas me queman los pulmones.
—¿En serio no te la has follado todavía? —pregunta Luca y suelta el humo.
—No.
—No lo entiendo. ¿Por qué no lo hacéis y os olvidáis del tema, para que no sigas obsesionado con ella? Sería lo mejor para ti. Es obvio. —Se encoge de hombros.
No puedo hablar de esto con Keller, porque me arriesgo a que se entere Sienna.
Y esa mujer no sabe guardar un secreto, aunque le vaya la vida en ello.
Así que Luca es el único que lo entiende.
Ha confiado en mí durante siete años, tanto para entrenar a Keller como para ser su mano derecha. Le confiaría mi vida a ese cabrón.
—No podemos follar y ya está. No quiero hacerle daño.
—Todos sabemos que tienes la polla muy grande, Grayson, pero no creo que a ella le importe estar un poco dolorida después. —Me guiña un ojo.