6. Grayson
Grayson
Entre el trabajo en el gimnasio todos los días, donde no paro de darles caña a los nuevos alumnos, y que Luca me tiene vigilando a la hija mayor de Marco Falcone la mayoría de las noches, estoy hecho una mierda.
Pero me siento aliviado de que todo eso me mantenga la mente ocupada con algo que no sea Maddie.
No sé si me voy a recuperar tras pasar la noche junto a su cuerpo desnudo, delgado y perfecto acurrucado contra mí.
Por eso tengo esa norma de no besar a las mujeres.
Es para evitar la intimidad. Desde que la zorra de mi exmujer me hizo polvo, juré que no iba a volver a dejar que otra mujer llegara hasta mi corazón.
Pero, cada vez que estoy con Maddie, siento como si su presencia fuera erosionando ese juramento un poco más.
Cuando la veo humedecerse los labios, quiero tenerlos para mí.
Los he probado ya y sé que son una delicia.
Y, cuanto más intento alejarla, más la cabreo. No puedo mantenerla a distancia, ni seguir aguantando sin tocarla. Es una tentación insoportable todo el tiempo, y no sé cuánto más voy a poder resistirme.
Me pongo unos vaqueros y una camisa blanca. Incluso me peino el pelo y me recorto la barba. Siempre me he preocupado de ir arreglado, pero, como sé que voy a ver a Maddie esta noche, quiero esmerarme un poco. No puedo evitarlo cuando se trata de ella.
Tras aparcar el Audi delante la mansión de Keller, voy hasta la puerta y llamo.
Me pregunto si ya habrá llegado. No tengo ni idea de cómo actuar después de lo del fin de semana pasado.
Y nunca puedo predecir cómo se va a comportar cuando está conmigo.
Pero la verdad es que hoy estoy nervioso.
Sobre todo ahora que sé lo bien que encaja su cuerpo con el mío y lo mucho que me gusta dormir abrazado a ella.
La puerta se abre y aparece una Sienna radiante con un vestido azul marino vaporoso y una chaqueta gris. Lleva apoyada en la cadera a la pequeña Darcy, que se queda observándome.
—¡Grayson, has conseguido venir! Pasa.
—Hola, Sienna. Hola, pequeña Darcy. —Cruzo el umbral y le acaricio el pelo negro a la niña, que se echa a reír—. Eres la cosa más bonita del mundo. Te he echado de menos —digo, haciéndole arrumacos a Darcy—. Estás preciosa, Sienna.
—Gracias, Grayson —responde con una sonrisa.
En este último año, ella se ha convertido en parte de mi familia. Siempre le estaré agradecido por salvar a mi mejor amigo de todo, incluso de sí mismo.
—¿Dónde está el hombre de la casa?
—En la cocina. Me he cansado de que me diga cómo hacerlo todo, así que lo he dejado allí para que se las apañe solo. Aunque para vosotros es una suerte, porque él cocina mucho mejor. —Se le ilumina la cara cuando habla de él.
Cierro la puerta y cruzo el salón. Veo a Keller junto al fogón, con una cuchara de madera en la mano. Luca y la señora Russo están charlando en italiano, sentados a la mesa.
—Hola, Luca.
—Bienvenido al caos —responde.
—¡Tío Grayson! —grita Max, que salta de la silla, viene corriendo hacia mí y me abraza.
—¡Mi estrella del boxeo favorita! —lo saludo, y le alboroto el pelo.
—He estado practicando los ganchos con Keller como me dijiste.
—Muy bien. Así puedes enseñarme el jueves lo que has aprendido —digo sonriendo, y él se va.
Keller se gira. Tiene la camisa negra manchada de una salsa blanca.
—Grayson, ¿me traes una cerveza, por favor? Me muero de sed —pide.
Niego con la cabeza mientras me río de camino a la nevera, de donde saco tres botellines.
—Keller, ve a sentarte con tus amigos, yo me ocupo de la comida. Llévate a Darcy, por favor. —Sienna le pasa a la niña a Keller, que la coge en brazos, y le arrebata la cuchara.
Cuando ella pasa por su lado, Keller la agarra por la muñeca, la acerca a su costado, la envuelve con un brazo y le besa la coronilla.
Cuando se pone a susurrarle al oído, yo me esfuerzo por no oírlos.
El rubor que le sube a Sienna por el pecho me basta para saber qué le está diciendo.
Abro las cervezas y voy hasta el comedor.
Me siento entre Keller y Luca, con la señora Russo un poco más allá, a mi izquierda, presidiendo la mesa.
Echo atrás la cabeza y le doy un trago largo a la cerveza. La puerta principal se abre de repente y aparece Maddie.
—Ay, Dios, perdón por llegar tarde. Es que a mi cliente no le ha gustado el tono del maquillaje dorado que le he puesto. —Pone los ojos en blanco en un gesto muy dramático. Después va a la cocina y le da un abrazo a Sienna—. Huele delicioso —añade antes de mirar a los que hay en la mesa.
Está hecha un desastre, pero igual de guapa que siempre.
Un desastre precioso.
Me revuelvo en la silla porque noto el pene apretándome contra la cremallera de los pantalones, como me ocurre cada vez que la tengo cerca. Esa mujer tiene algo que me afecta.
Me mira, pero enseguida sus ojos pasan a Luca y después a la señora Russo, que está sentada en la cabecera de la mesa.
Sus zapatos de tacón de aguja repiquetean contra el suelo de mármol cuando corre de esa manera tan rara en que lo hacen las mujeres que llevan tacones, como si fueran pingüinos, para acercarse a la señora Russo.
—Me alegro de verla otra vez, señora Russo —dice con una sonrisa deslumbrante y auténtica.
—Aaah, Maddie. Estás estupenda. ¿Ya te han cazado? —La señora Russo le coge la mano izquierda a Maddie, para ver si lleva anillo.
De repente tengo la sensación de que me aprieta el cuello de la camisa, porque asoma el fantasma de los celos.
—Todavía no —contesta ella con una risa nerviosa.
Todos sabemos que ese tema le afecta, así que carraspeo y ella se vuelve hacia mí. «Hora de jugar un poco, cielo».
Aparto la silla y me doy unas palmaditas en el regazo.
—¿Quieres sentarte aquí y contármelo? —pregunto, y me esfuerzo por contener la risa.
No me canso de sacarla de sus casillas. Ver cómo se le enrojecen las mejillas y sus labios hacen cada maldita vez ese gesto perfecto que parece que dice «fóllame» tiene en mí el efecto deseado. Me digo que lo hago para cabrearla, pero en realidad es porque me encanta cómo se pone.
Ahí está... Las mejillas se le han puesto de ese color rojo que tanto me gusta.
Me mira con el ceño fruncido.
—Preferiría sentarme en el suelo, gracias.
—Oye, creía que ya éramos amigos. —Me encojo de hombros y le pongo cara de perrito abandonado.
Alza la cabeza para mirar a Sienna, horrorizada.
—¡Un momento! ¿Vosotros dos habéis follado por fin? —pregunta Luca—. Keller, me debes diez mil pavos.
—Ese lenguaje, muchacho —le reprende la señora Russo con su fuerte acento italiano, y eso sirve para que todo el mundo se calme.
Apoyo los codos en la mesa, me inclino hacia delante y miro a mis dos amigos con las cejas levantadas.
—¿Me contáis lo de esa apuesta?
Antes de que tengan tiempo de responder, Maddie interviene.
—No, no hemos hecho nada de eso. Así que, Keller, no hace falta que le pagues. Creo que Luca nunca va a conseguir esa pasta. —Y se dirige muy decidida a la silla que tengo enfrente, la saca, se deja caer en ella con los brazos cruzados y me mira como si quisiera matarme.
Perfecto. Justo como más me gusta.
Yo vuelvo a acercarme a la mesa y le rozo la pantorrilla con el pie. Enseguida noto un dolor en la espinilla porque me ha clavado el tacón.
—¡Joder, Maddie! —exclamo, y ahora soy yo quien la fulmina con la mirada.
Veo la sombra de una sonrisa traviesa en su boca. Cojo la botella de champán que tenemos delante y le sirvo una copa.
Alarga una mano delgada y los anillos que lleva en la mayoría de los dedos brillan.
Mierda, si me da un puñetazo, creo que me haría daño.
Cuando rodea la copa con los dedos, le cubro la mano con la mía para detenerla.
En cuanto nuestras manos se tocan, noto que la sangre se me acumula en la entrepierna.
—Seguro que ahora me vas a decir «gracias, Grayson» —la provoco.
Ella intenta liberar la mano, pero yo se la aprieto más.
—Gracias —responde por fin, con una de sus sonrisas falsas.
El olor del pollo al ajillo hace que me ruja el estómago cuando Keller me pone un plato delante, sobre el mantelito de color azul marino, con un movimiento poco elegante.
—Gracias, tío. —Le hago un gesto con la cabeza.
Suelto la mano de Maddie a regañadientes. Ella resopla y se lleva la copa a los labios carnosos y brillantes mientras echa la cabeza atrás para tomar un sorbo.
Lo que daría por probar esos labios otra vez, joder.
Una gota de champán le cae por la comisura de los labios. Ella se la limpia con el dedo corazón. Tengo que morderme el interior de la mejilla para no gemir. No ha apartado sus ojos de los míos ni un segundo.
«¿Qué?», pronuncia en silencio con una sonrisita. Madre mía, se está metiendo en un juego peligroso.
Sacudo la cabeza, fingiendo que no me afecta.
Por suerte, no ve mi erección empujando la tela de los vaqueros.
Si fuera cualquier otra mujer de este planeta, ya me la habría tirado.
Pero no puedo hacerle eso. No es una mujer de una sola vez.
Seguiría yendo a por más hasta acabar destrozándola.
Y entonces perdería a mi familia. Todos los que están en esta mesa ahora mismo me odiarían.
Así que, si tengo que masturbarme como un loco bajo una ducha de agua helada cada vez que la vea, es lo que hay.
—¿Estás bien, tío? Pareces un poco nervioso —dice Luca.
No necesito mirarlo para saber que está sonriendo de oreja a oreja, disfrutando de llamar la atención sobre lo mal que lo estoy pasando. Ese hombre es inteligente, demasiado. No se le escapa nada.
—Estoy perfectamente bien —contesto sin apartar los ojos de Maddie.
Después cojo el cuchillo y el tenedor y me pongo a comer. Doy el primer bocado y el pollo se me funde en la boca.
—Joder, Sienna, esto está buenísimo —reconozco sin dejar de masticar.
—La señora Russo me ha enseñado un par de cosillas. —Sienna me mira con una sonrisa de orgullo.
Keller acaricia con la mano tatuada el largo pelo oscuro de su mujer, con una expresión de obvia adoración en la cara.