5. Maddie
Maddie
Gruño y ruedo hacia el lado frío de la cama. Me masajeo el puente de la nariz pensando que ojalá parara el dolor de cabeza que noto detrás de los ojos. Aparto la colcha de mi cuerpo y, en cuanto el aire frío me toca la piel, se me endurecen los pezones.
Hay un vaso de agua y dos analgésicos en la mesita de noche.
Yo no los he dejado ahí. Después de unas cuantas copas, a la Maddie borracha no le importa una mierda la resaca de la Maddie sobria a la mañana siguiente.
«Grayson».
Ya me ha visto las tetas dos veces. Me doy una palmada en la frente por el cabreo y ese gesto me provoca una mueca de dolor.
Me da la sensación de que el aire que me rodea acaba de salir de un horno cuando me siento en la cama, desnuda y a punto de morirme de vergüenza.
Joder, si se lo cuenta a Keller, Sienna no me va a dejar en paz.
Pero no se lo va a contar, ¿verdad?
Cojo las pastillas que hay en la mesita y me las trago con un sorbo de agua.
Gimo encantada, porque el líquido fresco me calma la garganta seca.
Pero no es el café que el cuerpo me pide a gritos ahora mismo.
Con un suspiro, salgo de la cama, me pongo la sudadera con capucha negra y grande que está tirada en el tocador y voy a la cocina.
Desde que Sienna se fue de la casa, aquí hay demasiado silencio. No necesito una compañera de piso, pero me vendría bien tener compañía para que me distrajera de la vida y de lo sola que me siento.
Cuando doblo la esquina para ir a la cocina, me quedo parada, sin poder creérmelo. Joder, ¿ha limpiado? Tengo las encimeras resplandecientes. La cafetera tiene delante una taza con una carita sonriente estampada. Demasiado alegre para mí ahora mismo.
La verdad es que debería darle las gracias.
Me trajo a casa, borracha como una cuba, me acostó y al parecer me ordenó el apartamento en plena noche.
Coloco la taza debajo de la máquina, que cobra vida, y el líquido negro empieza a llenarla.
Dios, estoy deseando tomármelo. Saco el teléfono del bolso plateado que hay sobre un taburete y miro las notificaciones.
Veinticinco matches nuevos en mi perfil de la aplicación de citas. Puede que el hombre perfecto sea uno de ellos. Reviso la avalancha de perfiles, ojeando las fotos.
Poco después suspiro y cierro la aplicación.
Estoy demasiado cansada y resacosa como para enfrentarme a eso hoy; como si no fuera suficiente con la ansiedad postalcohólica por haberme quedado casi desnuda delante de Grayson otra vez.
No puedo añadirle a eso la preocupación por no encontrar al «hombre adecuado».
Oigo el pitido del teléfono que indica que tengo un mensaje y el corazón se me acelera cuando lo leo.
Grayson: Buenos días, cielo. ¿Qué tal esa cabeza? Tus pendientes se quedaron en mi coche.
Acabo de recordar por qué me saca de mis casillas ese hombre. Actúa todo el tiempo como si fuera un regalo de Dios para cualquier mujer. Y se tira a todo lo que se mueve, menos a mí. Aunque tampoco es que yo quiera acostarme con él. Pero que me rechace me duele un poco.
Yo: Los pendientes no son míos, capullo.
La respuesta no tarda ni un segundo.
Grayson: Ups.
¿Lo dice en serio?
Cuando voy a dejar el teléfono, me llega otro mensaje.
Grayson: ERA brOMA. No te preocupes;)
Niego con la cabeza cuando me doy cuenta de que le estoy sonriendo al teléfono como una adolescente enamorada. «No es un buen hombre, Maddie».
Yo: Me da igual a quién te tires. Después de todo, saliste huyendo después de un simple beso.
Sienna no debería haberme dicho lo de su regla de no besar a nadie. Me imagino su cara de concentración mientras busca algo que decirme que me cabree. Esto ya casi se ha convertido en algo habitual en mi vida: nos dedicamos a picarnos hasta que uno de los dos acaba lo bastante cabreado y para.
Grayson: Hasta ahora no he recibido quejas sobre lo que soy capaz de hacer con la boca.
Yo: Yo tampoco.
¿Está la calefacción puesta o es que yo estoy a punto de explotar?
Necesito frenar todo esto. Ya. Este intercambio de mensajes es la prueba de que ese hombre es un peligro con patas y de que tengo que tacharlo de mi lista inmediatamente.
Si quiero encontrar un hombre para mí y demostrarles a mis padres que soy respetable, tengo que parar de hablar con este imbécil.
Me distrae. Aquel beso me distrae. Si lo dejo correr, podré relajarme y ser feliz.
Al menos voy a estar una temporada sin encontrármelo. Y pensando eso me voy a la ducha y abro el grifo del agua caliente.
Nada más quitarme la ropa, oigo que llega otro mensaje. Salgo del baño para leerlo.
Grayson: Te veo el fin de semana que viene, cielo.
¡Joder! Echo atrás la cabeza y oigo la señal de que tengo otro mensaje. Dios, ¿es que no me puede dejar todo el mundo en paz en el estado en el que estoy?
Mamá: Hemos reservado una mesa en La Brasserie el viernes 12 de febrero. Como está tan cerca de San Valentín, puedes traer a alguien. Supongo que a estas alturas ya estarás viendo a algún chico.
Suelto un gruñido al leerlo. ¿No me puede dar un respiro? Está obsesionada. No tengo fuerzas para contestarle. No podría soportar su sermón sobre que sigo soltera y que mi reloj biológico no se para.
Esa discusión se va a quedar para otro día.
Tiro el teléfono a la cama y me meto en la ducha.