Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 4. Grayson
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4. Grayson

Grayson

Las suaves ondas de su pelo rubio me rozan la nariz e inhalo su aroma a vainilla. El ritmo lento de su pecho al subir y bajar me indica que sigue profundamente dormida. Yo ya he descansado las cuatro horas que necesito y estoy listo para cualquier cosa, igual que mi polla, al parecer.

Será mejor que salga de aquí antes de que acabemos haciendo algo de lo que nos vamos a arrepentir.

No dejo de pensar en el cambio de actitud de Maddie conmigo.

La distancia desapareció y lo que salió a la luz fue su parte divertida.

No me odia tanto cuando se ha tomado unas copas, está claro.

Esa forma de humedecerse cuando me quité la ropa...

Joder, ahora tengo grabadas en mi cerebro esas tetas respingonas.

He necesitado de toda mi fuerza de voluntad para no meterme esos pezones rosas en la boca anoche.

Y ahora la tengo aquí, acurrucada bajo mi brazo, con la espalda contra mi pecho y mi mano a punto de rozarle una teta. Esto no tiene nada que ver con sus ganas de apuñalarme.

Saco despacio el brazo de debajo de su cabeza, intentando no despertarla. Necesito largarme de aquí. El autocontrol de todo hombre es limitado, sobre todo cuando tengo a la mujer que llevo meses soñando con follarme desnuda y con el culo pegado a mi entrepierna.

Ruedo para apartarme y ella se revuelve a mi lado. La tapo otra vez y le doy un beso suave en la coronilla.

—Adiós, cielo.

Ni siquiera sé por qué; ya ha reventado mi norma de no dar besos a nadie. Y ahora parece que no puedo parar. Esos labios carnosos son los únicos que quiero.

Y los únicos que no puedo tener.

Por eso tengo que interrumpir esto ya. No puedo seguir haciendo el tonto con ella más tiempo, sobre todo ahora que sé que ella está tan pillada como yo.

Anoche noté el cambio total en el ambiente entre nosotros.

Una discusión más y las cosas podrían pasar el punto de no retorno y destrozarnos a los dos.

Esa sensación tan rara que tengo cuando está cerca, como si el corazón tirara de mí desde dentro, casi hace que no me vista de nuevo.

Pero lo hago. Me pongo la ropa y me dirijo a la puerta del dormitorio sin mirar atrás.

—¿Ya podemos volver a odiarnos? —Su voz pastosa por el sueño hace que me detenga.

Apoyo el brazo en el marco de la puerta y la observo. Sus mejillas sonrosadas la traicionan enseguida.

—No te haces una idea del efecto que tiene en mí verte cabreada, Maddie.

Levanta las dos cejas y se queda con la boca abierta. He conseguido dejarla sin palabras.

—Nos vemos, cielo. Y no cojas por costumbre lo de enviarle mensajes borracha a los tíos y después enseñarles las tetas. Tienes mucha clase para eso.

Ella coge una almohada y me la tira. Cae a un metro de mí. Miro primero el objeto que me ha arrojado y luego su cara con el ceño fruncido.

—Créeme, va a ser la última vez que las veas.

Ojalá no lo fuera.

—Tengo la imagen grabada en mi cerebro para siempre, no te preocupes —contesto burlón.

—Adiós, Grayson —dice con un resoplido, y se oculta bajo la colcha.

—Hasta luego, cielo.

Creo que anoche me acerqué demasiado al sol.