Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 3. Maddie
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3. Maddie

Maddie

La típica noche de viernes en el End Zone.

Está a reventar, pero una de las ventajas de que Sienna esté casada con el dueño es que siempre tenemos a nuestra disposición nuestro reservado VIP favorito.

Me dejo caer en el sofá de cuero negro y admiro la selección de chupitos que hay sobre las mesas de oro y la gigantesca botella de champán que lo preside todo.

Tras el altercado con Grayson, necesito mucho alcohol.

Ese hombre enciende un fuego en mi interior que no consigo sofocar. Por eso me encuentro así otra vez, con una enorme frustración sexual por culpa de un hombre que no puedo tener.

Me bebo un tequila de un trago y noto que el líquido me abrasa la garganta.

—¿Qué te ha pasado antes con Grayson? —pregunta Sienna mientras se sirve una copa de champán.

—No tengo ni idea. Ese tío está mal de la cabeza.

Mi amiga sabe lo del beso y que me quedé muy afectada después, pero creo que he conseguido ocultar muy bien mis verdaderos sentimientos durante el tiempo que ha transcurrido desde entonces.

Grayson no se equivocaba con lo de que tenía las bragas empapadas. Solo verlo ya me provoca ese efecto.

—Los dos habéis estado muy raros desde el beso. ¿Eres consciente de que él no había besado a nadie desde hace... no sé, años? Keller no tiene ni idea de por qué.

Casi escupo mi champán por toda la mesa.

—No digas bobadas. Sabes tan bien como yo que ese hombre se tira a cualquiera que tenga vagina.

Menos a mí, al parecer.

—No he dicho que no se haya follado a nadie, sino que no ha besado a ninguna mujer, Maddie.

Bueno, ya empezamos. Desde que se lo conté, no ha parado de agobiarme para que admita lo que siento y deje de salir con Gregory. Pero no hay nada que admitir. Grayson no es el hombre que me va a dar lo que quiero: matrimonio, una familia y amor incondicional.

—Sienna, Grayson no es el hombre que busco para una relación larga.

—¿No crees que tal vez deberías dejar de obsesionarte con hacer feliz a todos los demás y hacer algo por ti? Puede que haya una razón para que las cosas no te funcionen con nadie: que eso no es lo que te conviene.

Mierda.

Decido centrarme en lo que sé hacer bien: cojo otro chupito y me lo bebo de un trago. Le paso uno a Sienna, esperando que la distraiga y así se olvide de los consejos maternales.

—Vamos, Sienna, es la primera noche de chicas que tenemos desde hace muchísimo. Olvidémonos de los tíos un rato y dediquémonos a beber y bailar. Eso es lo que mejor me vendría ahora mismo —pido, y le doy un sorbo al champán para quitarme el sabor del vodka que todavía noto en la lengua.

Asiente, con aire de derrota, se bebe el chupito y tose. Yo me echo a reír porque empiezo a notar que el alcohol por fin me está haciendo efecto.

Dos horas después, todos los chupitos de la mesa y la botella de champán están vacíos. Yo no me puedo mantener erguida en el asiento y no paro de reírme. Hace mucho que no estaba tan borracha. Sienna está entretenida escribiéndole mensajes en medio de la borrachera a Keller que la hacen sonrojarse.

—Sienna, voy al baño un momento —anuncio, y cojo el bolsito, que está en sofá.

No sé cómo puedo formar una frase entera, y mucho menos caminar recto. Con las piernas tambaleantes y apoyándome en la pared, logro llegar hasta el baño.

Me siento en el váter con la tapa cerrada y me sujeto la cabeza entre las manos. Con los codos apoyados en las rodillas, intento concentrarme en conseguir que la habitación deje de dar vueltas. Tengo que salir de aquí y llevar a Sienna a casa. Ella está aún peor que yo.

Busco mi bolso por el suelo pegajoso y de repente me doy cuenta de que lo tengo en el regazo.

«Dios, Maddie, céntrate». Saco el teléfono y entorno los ojos para distinguir los botones. Pulso el icono verde y aparece la pantalla para escribir un mensaje. Seguro que Gregory viene a buscarnos, es un encanto. Se lo voy a pedir.

Selecciono su nombre y empiezo a escribir sin saber bien lo que hago. No veo del todo claro, así que me guío un poco por instinto.

Yo: Hola, cariño. Estoy borrachísiiima. Necesito que me lleves a casa, pro favro.

No necesito decirle nada más.

Me paso un buen rato sentada en el baño, mirando fijamente al suelo, pero no me llega ninguna respuesta, así que suspiro y me levanto. Parece que ha dejado de darme vueltas todo. Abro el grifo, me echo un poco de agua en la cara y bebo directamente del chorro.

Cuando consigo volver al reservado, me quedo parada en seco.

Está aquí. Despatarrado en el sofá, con los brazos apoyados en el respaldo, la pura imagen del dios del sexo que sé que es.

Aunque va con vaqueros y una camiseta blanca ceñida, los músculos que se le marcan me hacen babear.

Tengo que reconocer que, por mucho que me irrite, está buenísimo.

Y me encanta su pelo: ya no lo lleva rapado corto, como antes.

Se lo ha dejado un poco más largo por arriba y le sale una onda. Perfecto.

Inspiro bruscamente e intento contener el deseo que hace que me hierva la sangre. Estoy borracha y cachonda y sigo excitada por sus palabras de antes. Madre mía, esa forma de invadir mi espacio como si fuera de su propiedad... Me ha puesto a su merced sin apenas tocarme.

—Ah, ya has vuelto. Puedes dejar de mirarme así y venir a sentarte aquí, Maddie. No te voy a morder, al menos no para hacerte daño —dice burlón, señalándome su regazo.

Me está comiendo con los ojos y eso hace que me derrita allí mismo. Entonces me recuerdo que ese hombre es todo lo que no quiero en mi vida, y sacudo la cabeza para salir de esa ensoñación provocada por la lujuria.

Ignoro su gesto y me acomodo al lado de Sienna.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto a Grayson.

—Me has mandado un mensaje, cielo. Y aquí estoy, a tu servicio —continúa de coña, observándome con una de sus sonrisas sexis que dejan ver sus dientes blancos. No puedo parar de mirar esos labios que tantas ganas tengo de besar.

«Ya basta, Maddie, estás muy borracha».

—No, le he escrito a Gregory —contesto, saco el móvil y abro el último mensaje. Mierda, sí que se lo he mandado a él.

—Hola, Maddie —saluda una voz grave masculina detrás de mí. No la reconozco.

Un tío con el que he estado bailando hace un rato se me acerca sonriendo. Yo le devuelvo la sonrisa con dulzura, y siento que Grayson me fulmina con la mirada.

—Hola.

El hombre, cuyo nombre no recuerdo, echa un vistazo a Grayson y duda antes de continuar.

—¿Te apetece otra copa y bailar un rato? —pregunta sin dejar de sonreír.

Solo oigo el irritante carraspeo de Grayson. Tiene la mandíbula tensa y los puños cerrados sobre la mesa. Lo miro con una ceja levantada, intentando trasmitirle que se vaya a la mierda sin tener que decírselo delante del hombre que quiere bailar conmigo.

—Ya se iba —contesta Grayson sin apartar los ojos de mí, y eso hace que me revuelva en el asiento.

—¿Ah, sí?

Recurro a mi amiga en busca de apoyo, pero ella se encoge de hombros, mira a Grayson y se ríe.

«Muchas gracias por la ayuda, Sienna». Grayson da un golpe seco con los puños en la mesa y se levanta.

Es tan alto y corpulento que mi compañero de baile parece diminuto en comparación.

Se me acerca con una expresión que dice claramente: «No me toques los cojones, anda».

Lo cierto es que no tengo fuerzas para meterme en medio de esta competición de machos ahora mismo. Suspiro y me dirijo a mi nuevo amigo:

—Perdona, pero es verdad. Nos vamos ya. Tendremos que dejarlo para otro día —me disculpo.

El hombre asiente y sale del reservado.

—O mejor no —añade Grayson con los dientes apretados, y me tiende la mano.

Su forma de comportarse no tiene nada que ver con lo que dice. La mayor parte del tiempo me evita como hace mi padre con el abogado de divorcios, pero cuando hay otros hombres cerca, se vuelve muy posesivo.

—Grayson, vete a la mierda —contesto molesta, me levanto sin su ayuda y le aparto la mano de un manotazo—. Sienna, ¿estás lista?

Ella asiente, sale del reservado, viene a mi lado y entrelaza su brazo con el mío.

—Vosotros dos tenéis que follar de una vez para que se os quite la tontería. Cuanto antes —me dice al oído, claramente borracha, y se echa a reír.

Sacudo la cabeza y me dirijo con ella a la puerta de atrás y después al elegante Audi blanco de Grayson, que cobra vida cuando nos acercamos.

—Entrad —farfulla malhumorado, pasa con prisa por mi lado y nos abre la puerta de atrás y la del acompañante. Nos mira y alarga la mano para apartarme con cuidado el pelo de la cara.

—Tú delante —me ordena, y enseguida se va.

Casi echo de menos que me acorrale, como antes. Sienna ríe entre dientes y se sienta atrás. Yo me quedo mirando fijamente la puerta que tengo abierta delante. «¿Por qué tengo el presentimiento de que esto es una muy mala idea?».

Hacemos el trayecto en silencio. Grayson está agarrando el volante con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos.

Nada más llegar, Keller abre la puerta del coche y saca en brazos a Sienna, que se ha quedado dormida.

—Gracias por traerla. Vosotros dos, divertíos —añade riendo.

A mí se me cierran los ojos. Con la calefacción calentándome la cara, me cuesta mucho seguir despierta. Me sujeto la cabeza con la palma de la mano y me apoyo contra la fría ventanilla del coche.

—Cielo, ¿tienes a mano las llaves?

Estoy tan cansada que apenas puedo levantar la cabeza, así que solo asiento. Lo siguiente que noto es que estoy flotando, rodeada por sus fuertes brazos, y el latido rítmico de su corazón hace que quiera volver a dormirme.

—Hmm, qué bien hueles.

—Gracias, cielo, tú tampoco hueles mal. Una mezcla de algo dulce y tequila —murmura.

—Me gusta cuando no eres tan quejica e irritante —confieso. El filtro que normalmente tengo entre el cerebro y la boca no está funcionando.

—Y a mí cuando tú no amenazas con matarme o no paras de mandarme a la mierda.

Cuando subimos la escalera hasta mi apartamento, me deja en el suelo despacio.

—¿Tienes café decente? —pregunta con una media sonrisa.

—Vivo básicamente de eso, de modo que sí —contesto mientras abro la puerta—. Aaah, esta sensación es casi orgásmica —gimo por el alivio de quitarme por fin los tacones.

Grayson tose detrás de mí al intentar contener una carcajada.

—Cielo, si eso te parece orgásmico, no sabes cuánto lo siento por ti.

—No, haces bien. —Voy hasta la cafetera y de camino cojo dos tazas rosas.

Veo en el reloj del horno que son las 3:09 de la madrugada.

«Mierda, qué tarde es».

Bostezo mientras contemplo cómo el líquido oscuro llena la taza. Necesito descansar los ojos un par de minutos.

—Vamos, cielo, tienes que irte a la cama.

Abro los ojos y me encuentro acurrucada contra su pecho, otra vez.

Me deja con mucha delicadeza sobre la cama y noto que mi cabeza se hunde en la almohada. Cuando me arropa con la manta y me aparta el pelo de la cara siento algo raro. Le agarro por la muñeca antes de que pueda alejarse.

—Quédate.

—¿Me prometes tener quietas esas manos? —pregunta con sorna.

—Lo prometo. —Hago un mohín.

Sus bíceps se tensan cuando se agarra el dobladillo de la camisa y se la quita por la cabeza para dejar al descubierto su cuerpo cincelado.

En ambos pectorales tiene unos tatuajes oscuros, parecidos a unos tribales.

Sabía que era musculoso, pero, joder, ese cuerpo es una verdadera obra de arte.

Solo quiero recorrer con las manos la perfecta uve que se le ve por encima de la cintura de los pantalones.

—Mírame a los ojos, cielo. —Su voz grave me saca de mi ensimismamiento.

Se quita los vaqueros y veo otros tatuajes que salen de debajo de los bóxeres y bajan por sus fuertes muslos hasta los tobillos.

Abro los ojos como platos cuando veo la silueta de su pene empujando la tela.

«Joder, no puede ser tan grande». Él se echa a reír y niega con la cabeza mientras dobla la ropa y la deja sobre mi cómoda.

Luego viene hacia mí con los ojos llenos de deseo.

—Vaya, vaya, veo que el tamaño no es un problema para ti. Aunque estoy segura de que no sabes usarla, es una pena —lo provoco mientras me tapo hasta el cuello con la colcha.

Noto mariposas en el estómago cuando se acerca a la cama.

—Uy, Maddie, sé muy bien qué hacer con ella. Lo que es una pena es que tú nunca lo vayas a comprobar —asegura apartando la colcha—. Déjame sitio.

Me quedo mirándolo inexpresiva. No puedo concentrarme en nada que no sea en lo atractivo que es. Mi cerebro está hecho un lío y el latido que siento en la entrepierna no me ayuda precisamente a pensar con claridad.

Ruedo para desplazarme al otro lado de la cama.

El lado frío en el que nunca duerme nadie.

Las lentejuelas del vestido se me clavan en los brazos.

Bueno, si él se ha quedado en ropa interior para meterse en la cama, lo normal es que yo haga lo mismo.

Sonrío cuando levanto las caderas, me bajo la cremallera del vestido y me lo bajo por el trasero para luego sacármelo por las piernas y dejarlo caer al suelo.

Mierda, se me ha olvidado que no llevo sujetador.

Me ruborizo, pero ya no puedo hacer nada para remediarlo. Además, ya me ha visto las tetas antes..., por accidente, pero bueno.

Él retira la colcha y los pezones se me endurecen al instante.

Mantiene la ropa de cama levantada y, cuando sus ojos se topan con mis pechos al aire, se queda mirándolos con la boca abierta. Se pasa la otra mano por la cara y gruñe.

—Joder, cielo. Estás decidida a no ponérmelo fácil, ¿no?

No tengo ni idea de lo que quiere decir. Cuando me rechazó después del beso, supuse que no le atraía. Pero sus acciones y sus palabras indican otra cosa.

—Métete en la cama, hace frío —pido, porque de repente me siento demasiado expuesta.

—¿Por eso tienes los pezones así de duros? —Se muerde el labio inferior. Sus ojos no se han apartado de mis tetas ni un segundo.

El colchón se hunde cuando su enorme cuerpo se tumba en la cama. Se gira hacia mí. Nuestras narices casi se rozan. En la habitación solo se oyen nuestras respiraciones aceleradas. Se nota una electricidad que llena el aire mientras los dos nos quedamos ahí tumbados, mirándonos a los ojos.

—Tienes que dormir, cielo —murmura.

Yo suspiro, decepcionada. No sé por qué me sorprende; a este tío no le intereso. Y yo tampoco quiero nada con él, ¿no?

Se acerca un poco y me da un beso en la frente. Sus fuertes brazos me rodean y me atraen hacia él. Yo le pongo una pierna sobre la suya y, al hacerlo, le rozo el miembro durísimo.

—Esta noche no, cielo —suspira.

Sé que eso es lo mejor, y además estoy demasiado cansada para discutir con él.

—Buenas noches, Grayson —murmuro, cerrando los ojos y acurrucándome contra él.

Su respiración tranquila me acompaña mientras me duermo plácidamente.