Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 2. Grayson
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2. Grayson

Grayson

Mientras estoy empapando el almacén con gasolina, me distrae el zumbido constante que noto en el bolsillo. Miro a los tres hombres que están un poco más allá, atados y amordazados. La sangre que les cae por la cara se mezcla con sus lágrimas.

«Sí, soy un puto monstruo. No queda más remedio que aceptarlo».

Paro un momento de verter el líquido, porque los efluvios hacen que me arda el interior de la nariz. El subidón de adrenalina que te da saber que estás a punto de quemar todo un edificio hasta los cimientos es una pasada.

Saco el móvil del bolsillo de atrás y veo el nombre de Keller parpadeando en la pantalla. Él es la única persona a la que siempre le cojo el teléfono cuando me llama, pase lo que pase.

—Frankie, tengo que contestar. Sigue tú con la gasolina —le grito a mi compañero y le tiendo el bidón.

Está metiendo las drogas en el coche. No quería mancharse su traje azul marino nuevo. Es la última adquisición de Luca. Al parecer estaba de guardaespaldas de los Capri en Italia, pero ha tenido que volver a Nueva York por no sé qué rollo familiar.

Frankie viene hasta donde estoy yo y se remanga.

—Vamos a prenderles fuego a estos cabrones. —Su fuerte acento italiano es música para mis oídos, y en sus ojos grises veo la misma oscuridad que hay en los míos cuando me da la espalda y sigue esparciendo el líquido por el espacio.

Me río para mis adentros y le cojo el teléfono a Keller.

—El mismísimo Asesino. —No puedo evitar utilizar su famoso apodo de boxeador para picarle.

Keller Russo, el Asesino, es el nombre con el que jaleaban miles de fans a un asesino de verdad, un sicario de la mafia.

Aunque ya eso quedó atrás y ahora se ha convertido en un hombre de familia.

Y lo cierto es que nunca lo he visto más feliz.

Cuando abandonó la oscuridad, me dejó vía libre a mí para entrar en ella.

Luca, el capo, me ofreció una forma de dar salida a toda esta rabia acumulada.

La vida tan bien construida que le muestro al mundo, la del entrenador de boxeo de las estrellas, el mujeriego, el multimillonario, no es más que una máscara que oculta mi yo auténtico y la oscuridad que me consume.

Estoy entrenado para matar.

Es lo que se me da bien.

Hasta aquel día había conseguido mantener la fachada indiferente y profesional que me había creado cuando le di la espalda a la vida que tenía en Chicago y me mudé a Nueva York.

Pero, cuando salvé a Sienna tras matar sin pestañear a cinco de los hombres que la retenían, Luca vio la rabia que había en mí y reconoció mi potencial.

Y ahora lo utiliza para su beneficio. Bueno... , y también para el mío.

Desde entonces, no he mirado atrás ni una sola vez.

—Grayson, ¿qué haces? —me interroga Keller.

—No preguntes, Keller, porque si te lo digo te va a dar envidia.

—Lo dudo —contesta entre risas, y después añade—: ¿Quieres venir a casa a tomarte una cerveza? Sienna va a salir con Maddie esta noche y voy a acostar a Darcy enseguida.

Maddie... Mierda. Mi entrepierna reacciona solo con oír su nombre.

No puedo evitar las imágenes que inundan mi cerebro al recordarla corriendo hacia mí, delante del apartamento de Jamie, para lanzarse a mis brazos y abrazarme con fuerza mientras mis manos se posaban en su trasero como si estuvieran hechas para estar allí.

No me podía creer que la mujer que pensaba que no me soportaba acabara de tirarse a por mí de esa forma.

Y, cuando sus labios se encontraron bruscamente con los míos, todo cambió.

Hacía siete putos años que no besaba a una mujer.

Y, madre mía, fue el beso más increíble que me habían dado en la vida, y sigue siéndolo.

No he conseguido olvidarlo, por muchas duchas frías que me he dado.

Así que recurrí a lo que siempre hago después de estar con una mujer. Ignorarla.

Pero esa mujer que irradia tanta luz como el sol no tiene intención de desaparecer. No se va a ir a ninguna parte. Y no deja de iluminarme, aunque yo prefiera permanecer en las tinieblas. No me gusta la luz, pero es que no puedo sacármela de la cabeza.

Aunque no somos compatibles, no consigo librarme de este deseo imparable de poseerla. Cuando la tengo cerca, lo único que quiero es obligarla a agacharse y follármela hasta hacerla callar.

No puedo evitarlo.

Es como una adicción. Totalmente inaceptable.

—Claro, te veo dentro de un rato. Que esas cervezas estén bien frías.

—Sí, tranqui —asegura y cuelga.

Saco el mechero del bolsillo interior de la chaqueta del traje y le echo un último vistazo al almacén. La verdad es que es una ruina. Si no fuera por los tres cadáveres del interior, les estaría haciendo un favor.

Los Falcone se habrán pensado que habían ganado cuando nos robaron este cargamento, pero no tenían ni idea de lo fácil que ha sido recuperarlo y acabar con sus hombres. Gilipollas.

Sonrío a los esbirros, abro el Zippo y observo la llama bailar ante mis ojos. Después lo tiro al suelo, a su lado, y unas llamas furiosas les envuelven el cuerpo. Ha llegado la hora de largarme de allí.

Frankie sale detrás de mí, riéndose.

Me acomodo en el asiento del conductor de mi Audi RS 6 blanco.

Frankie se sitúa en el del acompañante.

—Joder, esa forma de morir es una mierda —apunta.

—Se me ocurren otras peores. Las pondremos en práctica la próxima vez.

El motor ruge cuando arranco y salgo en dirección a las luces parpadeantes de Manhattan.

Aparco delante del maldito casoplón de Keller. Hasta el camino de entrada de gravilla es extravagante. Tras dejar el coche al lado de la enorme fuente, apago el motor, sacudo la cabeza y me echo a reír. Sí que se ha empleado a fondo para darle a esa mujer todo lo que podría desear.

Llamo a la puerta de madera y meto las manos en los bolsillos. Siento unos nervios que no sé de dónde salen. No me gustan. Nada de nada.

Pasan un par de minutos sin que me abran. Llamo más fuerte.

Sé que ella está ahí dentro. Lo noto.

Casi tiemblo por la anticipación y tengo el corazón acelerado. El efecto que tiene esa mujer sobre mí es inquietante.

—¡Un momento, ya voy! —Oír su voz hace que me quede sin aliento.

Sé que va a estar cabreada conmigo, más arisca de lo normal. Ella no sabe nada de mi norma de no dar besos, ni tampoco de mi pasado. Pero, aunque acababa de matar a los secuestradores de Sienna y estaba cubierto de sangre, ella no dudó lo más mínimo. No le doy miedo, ni le asusta quién soy.

Tampoco es consciente de que, cuanto más se enfada, más me pone. Ver cómo intenta resistirse con todas sus fuerzas hace que mi miembro reaccione.

La puerta se abre de par en par y sus ojos se topan con los míos. Sus sentimientos son más que evidentes cuando arruga la nariz y entorna los párpados.

Vaya, está muy enfadada.

Me la como con los ojos. Esta mujer está mucho más que buena.

Va con un vestido corto, ceñido y brillante que le llega justo al final de los muslos, y apenas le cubre ese sexo con el que llevo soñando desde hace meses.

Subo la vista un poco más y me encuentro con unas tetas que llenan el vestido a la perfección y se unen en un escote delicioso.

Cuando por fin llego hasta su cara, la veo cruzar los brazos a la altura del pecho y observarme con el ceño fruncido.

Se ha puesto ese collar de plata con un sol sobre las clavículas.

Es una belleza incluso en este momento en que da la impresión de que quiere ahogarme con sus propias manos.

Su mirada esmeralda me llega al corazón y esos labios carnosos parece que están pidiendo envolverme la polla.

Mierda, necesito echar un polvo. No puedo seguir pensando en ella así. Aunque tampoco es que eso me haya ayudado hasta ahora.

—Joder, cielo, estás increíble —reconozco con la voz ronca.

Ella levanta una ceja.

—Vaya, gracias.

Veo que se le enrojece el pecho. Por lo visto tengo el mismo efecto en Maddie que ella en mí.

—¿Te vas a quedar ahí plantada o piensas dejarme entrar? —pregunto sonriendo.

Sus dedos delgados agarran con fuerza la puerta y tiran de ella para abrirla un poco más.

Yo paso por su lado. Mi brazo derecho le roza el costado y siento corrientes eléctricas por todo mi cuerpo.

Inspiro bruscamente con los dientes apretados al notar ese contacto mientras ella cierra la puerta y se vuelve para mirarme.

—Menudos zapatos. Creo que podrías sacarle un ojo a alguien con ellos si fuera necesario. —Le hago un guiño. La verdad es que una parte de mí piensa de verdad que algún día llegará a hacerlo.

—Te lo voy a sacar a ti como no te calles ahora mismo, porque la niña está dormida —replica—. Un momento... Se me había olvidado que ahora eres uno de esos malos de la mafia, así que tal vez debería callarme yo. —Y entonces pone los ojos en blanco.

De verdad que esta mujer sabe cómo sacarme de quicio.

Quizás debería dejarle ver lo que puede ocurrir si se pasa de la raya.

Voy directo hacia ella, que da un paso atrás y choca con la puerta. Yo estrello ambas manos contra la madera, por encima de su cabeza, y sus labios forman una O perfecta.

—Será mejor que no me pongas a prueba, cielo.

Ella levanta la barbilla, desafiante. Me mira a los ojos y sonríe con picardía.

«A ver qué va a soltar».

—Teniendo en cuenta que me lo dice un hombre que no tiene los cojones para hablar con una mujer después de un beso, vamos... No te tengo ningún miedo —asegura.

—Pues deberías —le susurro al oído, y veo que se le pone la carne de gallina en el cuello.

—Venga, Grayson. De todas formas, fue un error. —Ha dudado al decir la última parte.

—Uf, eso ha dolido, nena. —Le rozo con el dedo índice la suave piel de la mejilla y después bajo por el cuello—. Es una pena que tu cuerpo te traicione. Estoy seguro de que si te meto mano por debajo de ese vestidito ceñido que llevas, me encontraré que estás empapada solo con verme.

Ella abre la boca y enseguida la vuelve a cerrar. Creo que he conseguido por fin que se calle sin tener que llenarle esa boca seductora con mi miembro.

Maddie se sobresalta cuando oye a Keller carraspear detrás de mí. Se pone roja como un tomate y se le ve la misma cara de culpabilidad que a un niño cuando lo pillas robando caramelos.

Suspiro y me aparto de ella. Maddie se agacha rápidamente para escabullirse bajo mi brazo y se tira del dobladillo del vestido, incómoda. Yo paso por su lado, mientras ella sigue ruborizada, para ir a darle un gran abrazo a la mujer de mi amigo.

—Estás preciosa, Sienna —digo cuando me separo de ella.

No me hace falta verlo para saber que Keller me estará fulminando con la mirada. Nunca ha conseguido superar que técnicamente yo conocí a Sienna antes que él.

—Querido Asesino, ¿dónde está esa cerveza? Estoy un poco acalorado. —Me giro y le guiño el ojo a Maddie, que me atraviesa con una mirada letal.

La risa grave de Keller resuena en la habitación y Sienna se gira hacia su amiga con cara de no entender.

—Ven por aquí —responde Keller, sin dejar de reír.

Pero entonces coge a su mujer y empieza a meterle la lengua hasta la campanilla delante de nosotros. Yo echo un vistazo a Maddie y levanto las dos cejas, divertido. Ella se muerde el labio inferior para contener la risa.

Y en ese momento el corazón comienza a latirme con fuerza en el pecho. Como me ocurre siempre que ella sonríe.

Me lo tomo como una señal para quitarme de en medio.

Me despido con la mano mientras me dirijo a la cocina.

—Pasadlo bien, chicas —grito para indicarle a Keller que mueva el culo y venga conmigo.

—Joder, qué maravilla —exclamo con un gruñido cuando la cerveza fría me baja por la garganta.

—Oye, ¿qué coño hacías con Maddie? —pregunta Keller cuando pasa a mi lado para ir a coger el botellín que he sacado de la nevera para él.

—Tomarle un poco el pelo.

—Entonces, ¿no tiene nada que ver con el beso? —sigue interrogándome Keller con una sonrisa burlona.

Escupo la cerveza al oírlo. Pero ¿cómo coño sabe...? «Claro, Maddie...».

—Eso no fue nada.

—No me puedo creer que no me lo hayas contado. ¿Qué tal fue tu primer beso en..., cuánto, ocho años?

—Siete —respondo muy serio.

Debería habérselo dicho; es mi mejor amigo.

Joder, he estado entrenando con él prácticamente todos los días durante los últimos seis años.

Juntos hemos conseguido que lograra ser el campeón mundial indiscutible de los pesos pesados.

A estas alturas quedan muy pocas cosas que no sepamos el uno del otro.

Pero no me parecía bien contarle cosas de Maddie.

—Fue un beso, nada más —insisto, aunque no estoy seguro de a cuál de los dos quiero convencer.

—Sí, por eso llevas huyendo de ella como de la peste desde hace meses. Vamos, tío, los dos sabemos que estás loco por ella. Es evidente desde la primera vez que la viste.

Sí, me vuelve loco, y ese es el puto problema.

Nunca he querido estar con una mujer más de una noche. Pero Maddie me hace imaginar todas las formas en que podría follármela y fantasear con ella gimiéndome al oído y gritando mi nombre. La única estrategia que se me ocurre para frenarme es evitarla. Cuanto más la veo, más la deseo.

—Déjame en paz, Keller —respondo, y agarro el botellín con más fuerza antes de dar otro sorbo.

—Vale —dice levantando ambas manos en un gesto de rendición—. ¿Y qué tal te van las cosas con Luca? Parece que os lo habéis estado pasando en grande.

—Es una verdadera carnicería. Y me encanta.

—Quién lo habría dicho... Mi entrenador ocupando mi puesto como sicario de la mafia. No sabía que tenías eso dentro. Al menos todo ese entrenamiento en las fuerzas especiales te ha servido para algo. Pero te necesitamos en el King’s Gym, coño. Tenemos inscripciones nuevas todos los días.

El King’s Gym es nuestro bebé, el resultado de todo el trabajo de nuestra vida.

Desde que Keller se convirtió en el campeón mundial indiscutible de los pesos pesados el año pasado, hemos tenido boxeadores aficionados haciendo literalmente cola en la puerta del gimnasio para apuntarse y poder entrenar y pelear con el mejor del mundo.

—Estoy en ello. He tenido una semana muy ajetreada. Ya sabes que no te voy a dejar tirado.

Asiente.

—Venga, vamos a ver el combate de Andre —propone.

Me masajeo el puente de la nariz para aliviar parte de la tensión acumulada, porque sigo pensando en Maddie.

Tengo que largarme de aquí antes de que Sienna y ella vuelvan a casa.