Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) 1. Maddie
3%

1. Maddie

Maddie

Cierro los ojos y acerco los dedos al borde de mi ropa interior. La única forma que tengo de lograr llegar al clímax es imaginarme a Grayson y todas las cosas sucias que sabe hacer con la boca.

Subo y bajo, deslizando los dedos por mi sexo, mientras recuerdo el día en que Grayson salvó a mi mejor amiga.

Aparcamos delante del apartamento del exprometido de Sienna, el cabrón que la había secuestrado. Veo a Keller sacar a Sienna y meterla en otro coche para llevarla al hospital. Nico, el guardaespaldas taciturno que la acompañaba, me ha dicho que está bastante mal.

La lluvia repiquetea contra la ventanilla del coche y yo no le quito ojo a la entrada del apartamento de Jamie. Aparecen hombres por todas partes y entran en el edificio.

Grayson sale por la puerta con gesto impasible. Se pasa la mano por la cara y acaba esparciéndose la sangre que le cae del pelo. Su camisa blanca está manchada de rojo.

Siento un gran alivio cuando veo que está bien. A pesar de que llevo varios meses peleándome constantemente con él, nunca he querido que le ocurriera nada, aunque tampoco estoy dispuesta a dejar de sacarlo de quicio. Me encanta ponerlo de los nervios.

¿Por qué demonios me importa tanto?

Durante todo este tiempo su existencia me ha irritado. Pero ahora mismo solo me preocupa su seguridad.

Luca le grita desde detrás, Grayson se gira y veo que lleva un arma plateada en la mano.

Agarro el tirador de la puerta del coche e intento abrir, pero está cerrada. Me invade el impulso de correr hacia él. Necesito su consuelo, y saber que Sienna está bien. Tengo que enterarme de lo que ha pasado. Ha sido todo culpa mía.

—¡Nico, abre la puerta! —grito.

—No es seguro, Maddie. Ni siquiera debería haberte traído aquí. El jefe me va a matar.

—Abre la maldita puerta o te mato yo —lo amenazo.

Oigo el ruido del cierre automático y salgo a toda prisa del vehículo.

Debido a las prisas, solo me ha dado tiempo a ponerme unos vaqueros y una camisa blanca.

La lluvia me cae con fuerza sobre la piel y me empapa por completo.

Voy corriendo hacia Grayson. Él se queda helado cuando me ve.

La sangre y el agua le resbalan por la cara y su pelo rubio mojado se ve más oscuro que de costumbre.

Incluso en ese estado está guapísimo. Su cuerpo alto y poderoso me hace sentir segura al instante.

Sé que no me puede pasar nada si él está a mi lado.

Me lanzo a sus brazos y acerco mi cara a la suya.

—Cielo, ¿qué haces aquí? No es seguro —murmura.

Un cosquilleo me recorre todo el cuerpo cuando su aliento cálido me roza el cuello.

—Tenía que asegurarme de que Sienna y tú estabais bien. Todo esto ha sido culpa mía. No debería haberla dejado sola. No sabía lo que estaba ocurriendo —digo con voz quebrada.

Él me acaricia el pelo para calmarme.

—Tranquila. Sienna se va a recuperar. Y te prometo que yo estoy bien. Nada de esto es culpa tuya.

Nuestras narices se rozan. Siento el cuerpo lleno de deseo por este gigante tatuado tan sexy y protector al que he estado deseando desesperadamente en secreto.

Su mirada baja a mis labios y después vuelve a mirarme a los ojos.

A la mierda todo. Estoy loca por este hombre.

Aprieto mis labios bruscamente contra los suyos y noto que todo su cuerpo se queda rígido. Cuando me aparto, siento vergüenza y giro la cara para que no me vea.

—A tomar por el culo —exclama.

Entonces me coloca la mano en la parte de atrás de la cabeza y me devora la boca. El sabor metálico de la sangre se cuela en nuestro beso. Me atrae hacia él, y su lengua no para de bailar con la mía.

Ese beso hace que me lata la entrepierna y que se me curven involuntariamente los dedos de los pies.

Es uno de esos que te quitan el aliento.

—Grayson, tenemos que irnos, ¡ya! —ordena alguien detrás de nosotros.

Él se aparta, sacude la cabeza y acerca su frente a la mía.

—Tienes que irte, Maddie. —Suspira—. Joder —murmura entre dientes justo antes de darme la espalda y alejarse, dejándome bajo la lluvia, con los labios hinchados. Lo veo meterse en un Mercedes negro y desaparecer, todo sin mirar atrás ni una sola vez .

Me muerdo el antebrazo para contener los gemidos cuando se acerca la liberación. No estoy acostumbrada a vivir sola y no tener que ocultar el ruido de mis orgasmos. En mi mente, el beso no para ahí, sino que a continuación él me lleva a casa y me folla hasta la extenuación.

Y ahí está mi problema: no puedo dejar de imaginarme en la cama con Grayson.

Aunque Gregory, el contable, me ha besado hace un rato.

Yo esperaba un beso de esos que te cambian la vida y te estremecen de la cabeza a los pies, como el que tuvimos Grayson y yo el año pasado.

Pero, en cuanto los labios de Gregory han tocado los míos, mi cerebro ha vuelto a aquel día.

Ese que parece que ha gafado mi vida amorosa y que además me ha dejado muy frustrada sexualmente.

Desde entonces nadie es capaz de excitarme.

Cada vez que lo intento, veo los intensos ojos azules de Grayson y su cara manchada de sangre.

Por eso decidí quedar con Gregory esta noche, para intentar pasar página.

Ahora que él ya no está, la soledad y la frustración me van a consumir una noche más.

La felicidad de Sienna es contagiosa, pero estoy harta, porque tres son multitud.

Suspiro mirando mi copa de vino blanco, apoyada en la barra de desayuno de su extravagante cocina azul medianoche.

Keller abraza fuerte a Sienna. Creen que no oigo las palabras guarras que le está susurrando al oído.

Su hija de cuatro meses, Darcy, un verdadero rayito de sol, está acurrucada junto al costado de Keller.

—A ver, chicos, que algunas seguimos estando solteras y solas en la vida, y no necesitamos precisamente presenciar estas cosas —digo con un mohín exagerado.

—Ay, Maddie, pero ¿no estabas con Gregory? —pregunta Sienna, todavía rodeada por los brazos de Keller.

—Por ahora no es nada serio, solo estamos viendo a ver qué tal.

Yo ya sé qué tal. Fatal, pero no quiero renunciar a él todavía. Es majo y nos llevamos bien, pero únicamente como amigos.

—¿Y Grayson? —interviene Keller y finge toser. Sienna le da un codazo en el vientre a su marido cubierto de tatuajes—. ¿Qué? —Mira a Sienna con una ceja levantada.

Solo oír su nombre me produce una enorme frustración.

Grayson Ward, que es todo lo contrario a lo que yo necesito: un donjuán mujeriego que me saca absolutamente de quicio.

Lo ha hecho desde que lo conocí el año pasado en el club de Keller, el End Zone.

Nos ponemos de los nervios el uno al otro.

Al menos así era hasta el beso que no voy a volver a mencionar. Desde entonces me ha estado evitando.

—¿Maddie?

Oír a Sienna decir mi nombre me saca de mi ensoñación.

—¿Qué?

—Te he preguntado si has sabido algo de Grayson últimamente —repite con una sonrisa amable.

—No. ¿Por qué iba a saber algo yo? —Fulmino a Sienna con la mirada. Ojalá dejara el tema.

—No sé. Keller dice que ha estado raro desde el día del secuestro.

—El día del secuestro... —Me río nerviosa—. ¿Te refieres al día en que estuviste a punto de morir por culpa de tu exprometido loco? —Ese día todavía me atormenta. Si no la hubiera dejado sola, seguramente no habría pasado nada.

—Maddie... Míranos: estamos a salvo y bien, y nunca hemos sido más felices. Para de culparte. Solo me alegro de que no te hiciera nada a ti.

Es la mujer más fuerte que conozco. Son una pareja perfecta, destinados a estar juntos, verdaderas llamas gemelas. La prueba viviente de que el amor puede con todo. Ella ha aceptado que su marido y su hermano controlaban a la mafia y le parece bien. Es una locura.

—Pero ¿por qué el humor de Grayson va a tener algo que ver conmigo? —pregunto, deseando cambiar de tema de conversación.

Ojalá no le hubiera contado a Sienna lo del beso con ese hombre al que me niego a nombrar.

Han pasado cuatro meses desde la última vez que lo vi, el día que vine a conocer a la pequeña Darcy.

Cuando escupió la cerveza y se marchó hecho una furia y sin mirar atrás después de que Sienna me preguntara por mi cita con Gregory. No comprendo a ese hombre.

—¿Vosotras dos no tenéis que ir a arreglaros? El taxi vendrá dentro de una hora —interviene Keller, interrumpiendo el incómodo silencio que reina en la habitación.

Asiento y vacío la copa. Las burbujas que bajan por mi garganta me dan el empujoncito que necesitaba. Es la primera noche de chicas oficial de Sienna desde que dio a luz, y estoy decidida a que sea una noche para recordar.

—¡Sí! —chilla ella, me coge la mano y me arranca de la encimera—. Me tienes que hacer un cambio radical. Parezco una mami —dice con ojos suplicantes y pasándose la mano por el pelo desaliñado.

Yo me echo a reír mientras me arrastra por el pasillo.

—Puede que sea porque eso es lo que eres, Sienna. Una madraza.

Sonríe y me abraza fuerte.

Yo hago lo mismo y suspiro contra su hombro. Echo de menos tenerla a mi lado todos los días.

—Gracias, Maddie. No sé qué haría sin ti.

—Ya te lo he dicho, estaré contigo siempre. Te quiero, mejor amiga.

—Yo a ti también.

Vamos al dormitorio principal. Mi amiga tiene una casa de ensueño. Es demasiado bonito que Keller le comprara esa casa para ella, para los dos, para que pudieran convertirla en su hogar. Es una maravilla, y en ella caben perfectamente los diez hijos que dicen que quieren tener.

Mientras Sienna se ducha, yo me pongo el vestido dorado de lentejuelas que me he traído. Se me ciñe al cuerpo en los lugares adecuados. Después, despliego todo mi arsenal en su tocador.

Para cuando termino, ya ha salido de la ducha. Me pinto los labios de un rojo fuerte para completar el conjunto. Tengo que reconocer que estoy para comerme entera.

—Vaya, Maddie, ¡estás espectacular!

—Gracias, Sienna. Vete a secarte el pelo para que pueda ponerte guapa.

Cojo el móvil y me acomodo en su cama, dejándome caer sobre el colchón. Mierda, creo que es la cama más cómoda en la que me he tumbado en la vida. Ahora solo quiero quedarme aquí tirada, mirando Instagram, aunque no me interese nada de lo que hay ahí.

—¿Has visto a tus padres últimamente? —me pregunta Sienna.

No puedo evitar poner los ojos en blanco al pensar en mi madre.

—Eh... No. Hace bastante que no los veo, gracias al cielo.

—Dios, Maddie. ¿Tu madre sigue con eso de «te tienes que casar antes de que se te pase el arroz»?

—No lo dudes. Está desesperada porque lleve a alguien a la comida familiar de San Valentín.

Te juro que creo que la organiza todos los años para recordarme que estoy soltera.

Nada de lo que hago es lo bastante bueno para ella, nunca.

No como Eddie, el capullo de mi hermano perfecto, con su mujer ideal y su trabajo maravilloso.

—No me gusta nada que sea así contigo, Maddie. —Se sienta al borde de la cama, a mi lado—. Estoy segura de que encontrarás al hombre perfecto para ti. No dejes que ella te empuje a hacer nada.

Ojalá no sintiera la necesidad de complacer a mi madre. De hecho, incluso he empezado a evitar a mi padre, aunque lo echo de menos. Pero es que no puedo soportar el incómodo juicio de mi madre sobre todos los aspectos de mi vida. Se mete en todo, hasta en lo que peso, por Dios.

—Sí, puede ser. —Es muy vergonzoso—. Solo quiero a alguien que me haga sentir segura y que me quiera, ¿sabes? Pero parece que no encajo con nadie, por muchas citas a las que vaya.

—Puede que estés buscando en el lugar incorrecto. —Asiente, me da una palmadita en la mano y después se levanta de la cama y regresa al baño.

¿Qué quiere decir con eso?

Un golpe en la puerta principal resuena en toda la casa. Sienna enciende el secador de pelo y yo bajo de la cama.

Los golpes no paran y se vuelven cada vez más fuertes. Me acerco a la escalera. Dios, alguien tiene muchas ganas de entrar. Si Keller ha logrado dormir a Darcy y quien sea la despierta, seguro que lo mata.

—¡Un momento, ya voy!

Estoy deseando soltarle un comentario de los míos a este imbécil.