Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2) Prólogo. Grayson
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Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2)

Detonate. Disparo al alma (Bajo la máscara 2)

Por Luna Mason

© inepub.com

Prólogo. Grayson

Prólogo

Grayson

Durante diez años he respirado, he vivido y he sobrevivido en una guerra.

Es lo único que conozco.

Cazar, disparar, matar.

Me encamino al edificio en ruinas. La información de inteligencia confirma que el par de cabrones terroristas a WWcon los dedos el M4 Carbine mientras sigo caminando bajo el calor abrasador de Afganistán.

Casper, mi mejor amigo de toda la vida, está a mi izquierda.

Nos alistamos en los marines juntos y hemos ido subiendo de rango a la vez.

Joder, si no fuera porque los dos estábamos todo el tiempo metiéndonos en peleas cuando éramos adolescentes, nuestros padres no nos habrían enviado al ejército.

Tengo que agradecérselo a él. ¿Dónde habría encontrado una forma de aplacar mi enorme necesidad de dar salida a toda mi ira?

Una forma que no esté fuera de la ley, se entiende.

Las bisagras de la puerta de madera están medio arrancadas. Dos de los nuestros, Chase y Paul, vienen corriendo desde el otro lado del edificio.

Estos terroristas son los responsables de los bombardeos en el aeropuerto de Kabul, que acabaron con la vida de cientos de inocentes. Han estado fuera de nuestro radar durante los tres años que han pasado desde el ataque.

Abro la puerta de una patada y apunto hacia delante mientras examino lo que hay alrededor.

A mi izquierda, unas escaleras que se caen a pedazos, y a mi derecha, lo que queda de ese estercolero. Piso trozos de espuma que se han escapado de un desvencijado sofá. Veo papeles tirados por todas partes, libros destrozados y trozos de los electrodomésticos destruidos.

¿Cómo demonios ha podido vivir aquí alguien durante tanto tiempo?

—Las imágenes de la cámara térmica indican que hay alguien arriba —me confirman los de inteligencia por el pinganillo que llevo en la oreja.

—Recibido —respondo, y le señalo a Casper las escaleras.

Subo con cuidado y giro la esquina para revisar la zona. El hedor insoportable que sale del baño me provoca una arcada. Solo se ve una puerta cerrada. Tienen que estar ahí dentro.

Le hago una seña a mi amigo y la abro bruscamente.

En un rincón que hay a la derecha, una mujer con apariencia frágil abraza a un niño pequeño contra su pecho. Sus gritos me taladran los oídos.

Algo no va bien. ¿Qué es esto? ¿Una distracción?

Mierda.

Recorro la habitación en busca de algún lugar donde puedan estar escondidos, pero no hay nada.

Joder.

—¡Fuera! ¡Ya! —le grito a Casper, que está de guardia junto a la puerta.

¿Dónde coño están Chase y Paul?

Casper baja las escaleras a la carrera, conmigo pisándole los talones. En cuanto entiendo qué pasa, aviso a mi amigo.

—Casper, para. No salgas de...

Los disparos ahogan mis palabras. Me agacho bajo un agujero que hay en la pared. Se oye el eco de más disparos y una bala silba sobre mi cabeza antes de impactar en la piedra destrozada que tengo detrás.

Veo algo blanco que cruza la habitación. Me pongo en cuclillas y voy hasta el extremo del lugar, más allá del sofá hecho pedazos, y espero. Uno de ellos tiene que salir enseguida. Por la mira del M4 veo a un hombre con una túnica blanca que lleva un arma.

Aprieto el gatillo y el cabrón cae al suelo. Chase y Paul asoman por la esquina. Me hacen un gesto para que vuelva adentro mientras resuenan más disparos.

Casper... Tengo que encontrar a Casper.

Voy a cuatro patas hasta la entrada, con el arma lista para disparar.

El sol me ciega cuando salgo al exterior. Es un desierto. Hacía tiempo que no se me presentaba una oportunidad tan divertida. Me encanta salir a cazar.

Pero el mundo se me cae encima cuando veo a mi amigo tirado sobre la arena en un charco de sangre que sale de su vientre. Se aprieta la herida con las manos y le cuesta levantar la cabeza.

Voy corriendo hasta él y caigo de rodillas.

—Joder, Casper. —Saco el kit de emergencias de mi chaleco.

Paul y Chase vienen también.

Paul monta guardia mientras nosotros ayudamos a Casper.

—Tenemos tres bajas confirmadas. No hay movimiento —informa Paul.

Abro la camisa de Casper de un tirón, buscando el origen de la sangre. Me tiemblan las manos mientras mi amigo hace lo que puede por respirar.

—Grayson, no —murmura entre jadeos irregulares.

Le quito el pasamontañas negro para que respire mejor.

—Casper, te vamos a ayudar.

Él niega con la cabeza y sus ojos castaños se fijan en los míos, casi suplicándome que pare. Le caen lágrimas sin parar.

—Grayson, lo... lo siento, joder. Es... Espero... que me per... perdones. Te... Te quiero, hermano.

¿Perdonarlo? ¿Por qué me está pidiendo perdón?

—No me pidas perdón. No te me vas a morir aquí. —Se me quiebra la voz al final de la frase.

Él tose y le sale sangre por la boca.

Lo apoyo en mi regazo.

—Lo... Lo siento —repite.

—¿Qué es lo que sientes? Todo va a salir bien.

—Siento haberme tirado a Amelia.

Una oleada de ira me hace apartar la pierna de debajo de su cabeza, que golpea el suelo con un ruido seco. Su confesión me atraviesa y veo ante mis ojos la cruda realidad.

Todas esas noches en que mi mejor amigo y mi mujer estaban ambos, casualmente, demasiado liados para quedar conmigo. Pero Casper no tiene ni siquiera la decencia de darme tiempo a odiarlo.

—¡No, no, no, no!

El mundo empieza a darme vueltas.

Me aparto de él y noto como el polvo me raspa el interior de la nariz mientras me quedo allí sentado, viendo a mi único amigo exhalar su último aliento. Sus últimas palabras siguen resonando en mi cabeza.

Mi mejor amigo. Que se ha estado follando a mi mujer durante Dios sabe cuánto tiempo.

—¡Apártate, Amelia! —le grito a la zorra de mi mujer.

No para de dar vueltas a mi alrededor, histérica, agarrada a mi manga, suplicándome que no la deje. Necesito todo el autocontrol que puedo reunir para no darle un golpe que la lance al otro lado de la habitación.

Guardo en la maleta toda la ropa que tengo.

—Grayson, no me abandones, por favor. Te prometo que no lo volveré a hacer. De todas formas, tampoco tienes nada de qué preocuparte, porque Casper está muerto.

Le arranco el tirador al cajón y lo tiro contra la pared de enfrente.

¡Pero qué gilipollas he sido! Esta mujer es despreciable, repugnante. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Casper era mi mejor amigo, el hermano que nunca tuve, y mi mujer y él lo han destrozado todo.

Me acerco a ella con los puños apretados. Ella se aparta hasta quedar contra la pared, con una expresión de miedo.

—Esta es la última vez que me vas a ver en tu vida, y no te atrevas a volver a pronunciar mi nombre. No lo mereces. Quítate de mi vista ya. Me das asco.

Ella se desploma en el suelo sin parar de sollozar.

Qué patético.

Me voy al aeropuerto decidido a empezar una nueva vida, dejando toda esa oscuridad atrás, donde pertenece. Ya me he despedido de mi mejor amigo. Era lo único que me retenía aquí.

En Nueva York voy a montar un gimnasio de boxeo. Con suerte, así tendré suficientes peleas para poder descargar parte de esta furia.

La nueva regla de mi vida: «Las mujeres, para una noche nada más».