Detonante TERCERA PARTE #4
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TERCERA PARTE #4

Parecía un video premeditado, como si alguien hubiera calculado los movimientos desde antes y así logró el encuadre preciso.

En el transcurso de la mañana la grabación alcanzó miles de reproducciones, y aunque varias veces fue censurado por tener contenido explicito, nuevamente diferentes usuarios lo volvían a subir.

Adonilson desconocía cómo había ocurrido ello, al principio pensó que lo había hecho su amiga Lorena, pero le tenía más confianza de la que imaginaba, y no le encontraba beneficio alguno para ella por mostrar ese video.

Al final del día, gracias a otra publicación de internet, logró comprender quiénes habían sido los autores de su desgracia.

Se trataba de un grupo de hackers que se hacían llamar Los Justicieros, iban por la vida detectando actuaciones desafortunadas de personas reconocidas.

Adonilson logró un respiro al enterarse de que varias celebridades ya habían sido víctimas de ellos; evasión de impuestos, abusos sexuales, pedofilia y corrupción eran los casos más recurrentes.

Pero la rabia fue mayor al enterarse que aquel mencionado hacker era el exnovio de Catarina, el mismo que había jurado venganza desde su juventud.

Cuando entraron al salón insonorizado Santiago comenzó la transmisión en vivo.

—Bu-bu-buen-nos d-días, seño-ras-se-señoress —saludó Santiago en voz alta, como nunca se había atrevido.

Ninguno intentaba interrumpirlo o burlarse de él, como solían hacer.

Sus compañeros miraban expectantes, otros estaban nerviosos, pánico escénico le llaman—.

Es-esta es u-una demos-demostra-ción de cómmo se d-debe com-comba-tir el mato-neo, lo-lo que llam-manbull-bullying, lo que, lo que está tan de m-moda en la ac-actua-lidad y que mu-muchos chi-cos no saben c-cómo mane-manejar.

Cuando dijo esto El Gordiflón se alertó, Caremuslo y Cocodrilo también, pero ellos se quedaron parados en la puerta que ya estaba asegurada por fuera por Miguel. Santiago cambióla cámara del teléfono y enfocóa todos sus compañeros que no se atrevían a moverse.

—Co-como ya vie-ron en oca-sio-nes ante-ante-anteriores —continuó Santiago—, ten-goalgunnnos compa-compañeros a-ami-gos de lo aje-no, ento-nces, hoy ense-ñaré una tec, una téc-nica para corre-gir es-te com-compor-tamiento.

Para eso; mi ami-go el Gordi-flón, tam-bién conocido como Puer-co, Lechón, Grasa Andan-te o simple-simplemente el Chancho; nos va a servir de mode-lo —el Gordiflón se paró derecho, se acomodó el uniforme, pensó que su momento de estrellato había llegado—.

Sién-tate en tu puesto —le dijo—, saca un cua-derno, pon-ponlo en el pupi-tre y pon la mano dere-cha sobre él.

El maldito Puerco siguió todas sus indicaciones al pie de la letra, estaba intimidado por la cámara y la grabación en vivo no le daba margen para pensar.

Santiago ubicó el móvil en el sitio que había medido previamente y de un zarpazo sacó la pequeña pero filosa hacha que le había comprado al carnicero minutos antes.

Hizo el movimiento con toda la fuerza y agilidad que le faltaba a su voz; y la sangre, pedazos de piel y los gritos de sus compañeros salieron disparados hacia todas direcciones.

También un par de dedos que aún palpitandoenvió con Miguel al rector desentendido de la prepa para que pusiera más cuidado en la educación y no en sus amoríos.

Lo demás fue vértigo, shock, una lluvia de manotazos y empujones, gritería… Justicia a mano propia lo llaman.

—¡ Gran hijueputa! —palabras sagradas que llegaron ambientadas con plenos planazos en la espalda de Luis Eugenio.

El gordo aprovechó esa desatención para darle uno más en la pierna derecha y de no haber sido por la mano de Luis Eugenio que se interpuso entre el cuello y la mohosa hoja, su yugular habría explotado.

Luis Eugenio se trepó en el barranco y desde allí le tiró dos pedradas, una le dio en el pecho al gordo, otra pegó en un camión que avanzaba lentamente.

El gordo trató de subir al barranco pero su panza le pesaba y sus rodillas no le permitían dar una larga zancada.

Desde su posición, Luis Eugenio parecía tener ventaja, salvo las molestas heridas que cada vez ardían más y por esa sangre tan escandalosa que ya le había manchado toda la ropa.

El sonido de unas sirenas se intensificaba, los carros que quedaban en el trancón se orillaron para darle paso a la ambulancia; el gordo, en medio de la desconcentración de Luis Eugenio, le tiró el machete como última opción.

El tiro no fue efectivo. A cambio, Luis Eugenio tomó prestada una pala de unos trabajadores que veían la pelea desde la primera fila.

El primer palazo dio en una pierna y lo desestabilizó, el segundo se lo acertó pleno en la cabeza, el último golpe fue con el filo en el cuello del gordo.

Fue el último, porque el gordo cayó arrodillado y luego se desplomó de frente contra la tierra.

Fue el último, porque los sonidos de sirena no eran de ambulancia, eran de la policía.

Luis Eugenio no huyó.Vomitó la cerveza que se había tomado junto con una mezcla que no recordaba haber comido.

Levantó las manos en señal de sometimiento. Respiró profundo cuando ya era en vano.