TERCERA PARTE #3
La siguiente fue más sencilla: subió por la escalera que daba al segundo piso y en una pequeña luz que, al parecer, servía como paso de aire, estaba la conexión; con sus propias manos la desconectó y regresó al estacionamiento antes de que alguien lo viera.
En ese momento entraba el auto de uno de sus colegas, Eduardo tuvo que entrar a su camioneta y encenderla.
Se tardó un momento dando reversa hasta que el maestro Hidalgo se perdió por la escalera donde segundos antes había estado Eduardo.
Sin moros en la costa, Eduardo volvió a bajarse de la camioneta y con cruceta en mano fue hasta la motocicleta de John.
Revisó que nadie estuviera cerca y se agachó a un costado de la rueda delantera.
La tuerca estaba más dura de lo que imaginó, pero con una patada logró aflojarla.
La giró varias veces pero no la quitó del todo.
Tuvo tiempo de echarle una mano a los frenos; al ver que no aflojaban fácil, fue hasta el baúl de su carro y sacó un alicate.
En ese momento timbró su móvil, era Lucía, su esposa.
Eduardo rechazó la llamada, ya sabía de qué se trataba y no quería detenerse en su venganza.
No alcanzó a caminar hasta la motocicleta, John Melgar venía a paso aligerado y le dio dos patadas de arranquemientras se ponía el casco.
Aceleró su moto ruidosa y Eduardo hizo lo propio, hirviéndole la sangre como nunca.
Avanzaron varias manzanas uno detrás del otro.
John nunca se percató de su perseguidor, Eduardo esperaba el sitio propicio para rebasarlo y atravesarle la camioneta, quería, antes que nada, molerlo a golpes, pero todo fue muy rápido.
Mich Bunny vio la camioneta conducida por Eduardo Maldonado embistiendo por detrás la motocicleta donde venía John Melgar, quien salió dando volteretas sobre el asfalto y la moto ruidosa golpeó a Lorena por el lado izquierdo a la altura de las rodillas y la lanzó contra el vidrio fachada de un
local comercial.
El golpe la dejó inconsciente. Todo se volvió negro.
Fue descuido de él ponerse en esas sin asegurar la puerta, estaba tan acostumbrado a las citas con su Mich Bunny que una de esas noches se conectó sin pensar nada más que en sus ganas de verla con su prótesis dentro.
Era su admirador número uno, pero tenía sus dudas de ser el mejor cliente; así como él se conectaba cada noche y pagaba por verla, otros hombres podrían dedicarle más tiempo, y más dinero.
Adonilson se conformaba con que ella le cumpliera sus caprichos, y los que no, quedaban en la imaginación.
Y así se quedó desde el momento en que Rosa María lo sorprendió.
—¡Papá! —gritó ella tan pronto lo vio. Se dio la vuelta y salió del estudio, asustada, eran cosas que no sabía que existían, pero algo dentro de su inocente intuición le decía que eran malas. Catarina pasaba por el vestíbulo, bastante cerca para escuchar y ver los movimientos de su hija.
—¿Pasa algo? —le preguntó, pero la respuesta fue Adonilson con el pene todavía colgando, rumbo a la flacidez—. ¿Pero qué es esto?
Al principio Catarina se imaginó que Adonilson estaba abusando de su hija, la abrazó, giró alrededor de ella buscando muestras de violencia.
Nada. Le preguntó qué había pasado, la niña no pronunció palabra pero señaló la entrepierna de su padre que aún no se guardaba las pruebas.
Adonilson reaccionó y metió su pene entre los pantalones.
La niña seguía señalando al interior de la habitación, donde Mich Bunny, sin enterarse de la ausencia de Adonilson, seguía con sus movimientos eróticos en un tira y afloja entre su entrepierna y su prótesis.
Catarina no alcanzó a ver, porque Adonilson la detuvo, la empujó, también a Rosa María.
Había perdido el control, temblaba y sudaba; titubeaba cuando trataba de hablar.
—Me haces daño —le dijo Catarina, asustada, como nunca.
Antes de que Oswaldo preguntara en la recepción, el intendente Granada se adelantó para saludarlo.
Le había puesto cuidado desde la entrada, suponía que era él y no quería complicar las cosas.
Oswaldo lo saludó de mano sin fingir su impaciencia.
Para Granada era un caso especial, no por la complejidad de los hechos, parecía más una muestra de empatía con el implicado, pero aparte de ocultarle que su esposa ya estaba muerta, también se estaba guardando la escena de la infidelidad.
—Buenas noches, soy el intendente Granada, hablamos hace un rato.
—Sí, señor, mucho gusto.
Granada no supo interpretar eso del gusto en esa situación, le hizo un gesto para que lo siguiera, y mientras avanzaban por el pasillo esperaba que los aguardientes lo iluminaran hasta encontrar las palabras precisas.
—Cuénteme qué es lo que ocurre, no me gusta tanto hermetismo —le dijo Oswaldo sin fingir su molestia.
—Mire, lo que pasa es que su esposa fue traída de urgencia por síntomas de asfixia, está delicada —Granada decidió no guardarse nada, igual se trataba de un extraño, uno más en esa sociedad malagradecida.
—¿Pero dónde estaba? No entiendo.
—Por eso estoy aquí, para investigar la situación. Su esposa fue encontrada en un hotel, en Los Cedros.
—Eso es un motel.
—Bueno, sí. Es lo que llaman un hotel ecológico.
Es como un hospedaje en el campo —Granada no sabía cómo amortiguar lo bochornoso de la situación, y lo peor era que no sabía cómo describir todo el acto sexual que se había imaginado con el tema de la asfixia, por fortuna apareció el médico Jaramillo para ayudarle con la cuestión.
—Buenas noches, caballeros.
—Él es el esposo de la paciente.
—Caballero, lo lamentamos mucho. Infortunadamente cuando trajeron a su esposa, ya no tenía signos vitales.
—¿Cómo ocurrió? —preguntó Oswaldo fingiendo inocencia pura, pero sintiendo alivio al escuchar la mención de la muerte.
—No puedo lanzar conjeturas sin realizar las pruebas.
Pero sí puedo darle una opinión como amigo del mismo género: esto parece un caso de asfixia erótica, seguramente estaban excitados y ella le pidió ahorcarla en medio del encuentro sexual.
En realidad se excedieron un poco. Bastante… ¿Conoce usted al muchacho?
—¿Cuál muchacho?
—Al otro paciente que trajeron con ella.
—La verdad, no creo.
—Camilo Muñoz —dijo el médico—. Por fortuna no murió.
—¿Entonces debemos hablar con él —interrumpió el agente Granada—. Él lo sabe todo.
— Es un magnífico detalle —dijo el médico Juan José Ibarra acercándose a la puerta de su oficina. Cerró por
dentro y abrió la botella que había recibido de Manuela Andrade—. Te faltaron las copas, pero tengo vasos. Juan José sirvió dos vasos medios con tequila y le ofreció uno a Manuela.
—No puedo beber, debo trabajar más tarde —dijo ella evitando recibirlo.
—Tómate el día libre, al fin y al cabo estás en vacaciones.
Manuela recibió el vaso, lo olfateó y se acercó íntimamente a Juan José para brindarle un sorbo con su propia bebida.
El trago estaba más fuerte de lo que el médico suponía, pero no le importó, no hizo gestos y aprovechó su cercanía para tomar a Manuela por la cintura.
Otro trago más. Juan José deslizó la mano hasta llegar a la nalga.
¿Cuánto más trato indebido debía soportar Manuela hasta que su cóctel hiciera efecto? No lo había calculado.
Andy nunca había disparado un arma, por esta razón titubeó pero no quería mostrar su inseguridad, sin pensarlo le impactó la rodilla al futbolista, al exfutbolista. El sonido seco retumbó dentro del baño, haciendo que los comensales salieran
Salieron
del establecimiento y dejaran el lugar desolado.
todos, menos Atapuma, quien se quedó inmovilizado al ver la sangre manchando las nuevas zapatillas que había presumido en sus redes un par de horas atrás. Quedó inmovilizado, más que todo, porque su pierna más hábil ahora era su pierna más inútil.
Cuando Norman Kane vio a su amigovio sangrando, devastado en el suelo, volteó la mirada y salió del restaurante como si la cosa no fuera con él.
Lo suyo era la diversión y no los problemas, y si los había, lo suyo era burlarse de ellos y no el lamento.
Entró a un bar cercano y pidió un cóctel, luego un trago de vodka y luego otro más.
Algunos de sus seguidores se acercaban de vez en cuando a saludarlo, le ofrecían un trago y le pedían una foto.
Su detonante llegó cuando salió del bar, subió a su auto sin medir su nivel de alicoramiento, y aceleró con confianza, atropellando a tres transeúntes que no deberían estar en la calle en ese momento, pero estaban.
—¡ Me haces daño! —le dijo Catarina cuando él la sujetó del brazo.
Al soltarla, ella intentó ingresar al estudio pero una bofetada y un empujón la mandaron al suelo.
La niña gritó, lloró; Adonilson le tapó la boca lo más fuerte que pudo, no quería que los vecinos del edificio escucharan el escándalo.
Escándalo que al otro día fue monumental.
Adonilsonno durmió pensando en sus errores; también había gastado más de tres horas intentando convencer a Catarina de que no había intentado algo morboso con su hija, fue sincero y le contó la verdad, a medias, le dijo que se estaba masturbando mientras veía un video porno.
En ningún momento mencionó la existencia de su amiga Mich Bunny, mucho menos confesó que le pagaba buenas sumas de dinero para que le hiciera ciertos shows.
Ambos pasaron la noche en vela, pero Catarina aceptó que era verdad cuando el video se viralizó en redes sociales.
El clip mostraba al famoso pastor Adonilson Lausada manoseando sus testículos mientras su mirada de éxtasis se enfocaba en la pantalla que tenía al frente y que al mismo tiempo lo estaba grabando.
Se escuchaban algunos gemidos femeninos descaradamente fingidos; a veces unas frases cortas, susurradas, casi inaudibles e inentendibles.
Luego su pene entró en acción, afortunadamente interrumpido por Rosa María, que apareció con el rostro sombreado para cubrir su identidad, pero sí se escucharon un par de gritos de sorpresa y el posterior cruce de palabras entre Adonilson y Catarina, incluso,
después de que la puerta quedó completamente abierta, la cámara enfocó perfectamente los golpes que el macho de la casa le había propinado a su esposa y su hija.