Detonante TERCERA PARTE
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TERCERA PARTE

LA DETONACIÓN

Después del episodio de matoneo con los tres chiflados en el baño, Santiago regresó a clase, se imaginó que lo de ellos era envidia y querían mostrar que eran mejores que él.

Terminadas las clases, cuando salieron hacia las casas, lo abordaron en la calle y lo llevaron abrazado hasta un pastizal cercano.

Lo esculcaron, vaciaron todo su bolso con los útiles y se quedaron con su móvil.

Al principio pensó que solo querían amedrentarlo, sin embargo, el juego se hizo más pesado, uno se lo tiraba al otro y este al otro, querían que Santiago corriera tras ellos para tratar de recuperarlo.

No cayó en su juego, cogió el maletín, recogió los cuadernos regados, empacó todo y se sentó un rato en el suelo.

Lo miraban con extrañeza, Caremuslo y Cocodrilo también miraban al Gordiflón buscando el próximo paso a seguir.

Se notaba que era el líder entre ellos. Santiago no quiso esperar más, se incorporó y se fue a casa.

Esperaba que lo siguieran pero no fue así, miró de reojo y únicamente se le quedaron viendo, como si no entendieran su reacción.

Al llegar a casa no soportó, se tiró en la cama y lloró un rato.

Lloró, no por sentirse vulnerable, siempre lo había sido.

Lloró de impotencia, lloró por no saber identificar lo que estaba ocurriendo; lloró, más que todo, por no entender su reacción, aunque luego, con más calma, aceptó que esa había sido la mejor manera de reaccionar, al menos la más madura.

Si se hubiese enfrentado a ellos, claramente lo habrían hecho pedazos; tres contra uno, además más grandes que él, no era una pelea justa.

Correr o gritar hubiese sido estúpido. Ahora, lo que debía pensar, era una solución y una salida no cobarde para librarse de esa situación.

Si le contaba a sus padres, seguramente directivas de detractores, lo negarían todo, o simplemente tomarían nuevas represalias contra él.

Pero al día siguiente los medios de comunicación dieron el empujón definitivo.

Cuando llegó al colegio, algunos compañeros le mostraron los videos en redes sociales, supo que los periodistas irían por él de nuevo, esta vez en manada.

Fue hasta el televisor de la cafetería y en los canales colombianos también era la noticia del día.

Manuela Andrade no había aceptado los cargos por homicidio, el juicio en su contra seguía avanzando y todo apuntaba a una condena de veinticinco años de prisión.

Antes de entrar a la primera clase, lo llamaron a la oficina de la rectoría, ya ni siquiera se imaginaba para qué lo necesitaban, podía ser para felicitarlo o para regañarlo.

Cuando llegó, el rector Eduardo Maldonado le estiró el teléfono, tenía una llamada.

Cuando saludó, al otro lado estaba el periodista colombiano con el que se había escrito días antes.

Le dijo que desde el día anterior estaba tratando de comunicarse con él, le explicó que aunque Manuela Andrade no quería aceptar cargos, el juicioya casi llegaba a su fin porque las pruebas eran demasiado contundentes para declararla culpable;

por eso necesitaba un vídeo en el que Santiago le diera algunas declaraciones de cómo se sentía o qué pensaba; algo que mostrara su lado más humano y sirviera de inspiración a los jóvenes.

Santiago le dijo que su teléfono móvil se había averiado y el periodista colombiano se quedó en silencio un momento pensando en una solución.

irían corriendo a poner la queja con las

la prepa, luego ellos llamarían a sus tres Le dijo que lo volvería a llamar, pero antes de Santiago decirle que era incómodo recibir llamadas en la oficina del rector, le pidió algunos datos, nombre completo, dirección…

Luego se interrumpió y le dijo: «No, no, ya sé qué puedo hacer».

Le colgó y Santiago quedó sin entender. Ser adulto es cosa rara.

Volvió a clases, quería terminar todas las materias lo más pronto posible, vivir una vida tranquila.

Luego de varias sesiones con las que Adonilson logró altas dosis de excitación y Lorena altos ingresos en su cuenta bancaria, él le pidió ir más allá, intentar un placer por otro lado, a lo que ella se sobresaltó, siempre hay límites, aunque no lo parezca.

Sin embargo, siempre hay ambición, y no dudó en intentarlo al ver la cifra que Adonilson le ofreció.

Comenzó echando un poco del lubricante, tanto en la prótesis como en la abertura de su agujero más delicado; con movimientos circulares rodeó la hendidura de sus nalgas y gimió como nunca para que Adonilson entrara en calor.

Lorena no sabía cómo dar el siguiente paso, estuvo así algunos minutos, iba y venía con recelo, se metió un par de dedos como antesala hasta que el momento llegó...

El momento de salvación. Porque escuchó una voz femenina al otro lado, alguien había entrado a la habitación de Adonilson y lo había sorprendido con su amigo en la mano y la mirada puesta en la pantalla donde Mich Bunny trataba de introducirse un pedazo de plástico y metal en medio de sus piernas.

Hubo una agitada conversación, parecía que Adonilson trataba de dar explicaciones, luego sonó un grito, un golpe, algo, un toque de violencia.

No escuchó nada más. Al otro lado se desconectaron y tampoco volvió a saber nada de Adonilson Lausada, hasta que lo encontró en redes sociales como protagonista de un escándalo internacional.

— Aló.

—Buenas tardes, ¿hablo con Oswaldo Valencia? —Sí, con él.

—¿Cómo me le va? Habla con el intendente Emiliano

Granada.

—¿Pasa algo?

—¿Usted es familiar de Daniela Aguirre?

—Sí, ella es mi esposa.

—Lo llamo porque ella está en este momento en el

Hospital Central…

—Pero, creo que está equivocado, ella trabaja en el

Hospital Universitario —dijo Oswaldo con una voz

ensayada pero con el teléfono temblando en su mano

derecha.

—Creo que no me ha entendido, ella está en el hospital, la

están atendiendo, su estado es delicado.

—Debe haber un error —yo la dejé muerta hace algunas horas,

quiere decir Oswaldo—. Daniela en este momento está con

una de sus compañeras, terminando un trabajo de la

universidad.

—Creo que hay una confusión, pero con mayor razón, es

mejor que usted venga. En los documentos que tenemos

figura Daniela Aguirre Amador,

señales particulares aparece que

palabra namastédebajo del seno izquierdo, y un ángel en la

pantorrilla derecha. ¿Aló? ¿Me escucha?

—Sí, aquí estoy. Creo que es mejor que vaya hasta allá. de treinta años, como tiene un tatuaje con la Ambos cuelgan la llamada. Mientras Oswaldo buscaba

ropa decente, el intendente Granada se arrepentía de no

haberle dicho la verdad desde un principio, indudablemente

en persona era más difícil. Granada salió del hospital, caminó

tres cuadras hasta encontrar un bar de mala muerte y se

tomó un aguardiente doble. A pesar de estar en servicio

necesitaba algo que le despejara la mente, el caso le hacía

recordar la traición de su esposa, pero el licor le intensificaba

los recuerdos.

Oswaldo decidió llamar a Patricia, la amiga donde estaba

Daniela, necesitaba una coartada que lo hiciera parecer un

hombre inocente, una víctima más de las mujeres. —Hola. ¿Hablo con Patricia?

—Sí, con ella.

—¿Cómo estás?, hablas con Oswaldo, el esposo de

Daniela.

—Ah, hola.

—Disculpa por molestarte, es que tengo una inquietud.

¿De casualidad, Daniela está contigo?

—Eh, no. En realidad ya terminamos todas las clases,

todo el tiempo lo dedicamos ahora a terminar el trabajo final. —Lo sé, por eso supuse que estaba contigo, ella me dijo

que pasaría estos dos días dando los últimos retoques al

trabajo.

—¿Y no se supone que esta semana está trabajando en las

noches? La pobre no va a dormir.

—Así es ella —le dijo Oswaldo más por rellenar el

silencio que por sostener la conversación. No quiso decirle

lo de la llamada del policía informando que Daniela estaba

internada en el hospital, eso sería prevenirla.

—Oye, podrías llamar a Luis Eugenio —le sugiere

Patricia.

—¿Quién es? —lo dijo titubeando, se imaginó que era el

hombre que había dejado tirado fuera del yacusi.

—El compañero con el que ella hizo el trabajo. —¿Y tienes el número de él?

—La verdad no, yo casi no habló con él, es un señor —se

arrepintió de haber dicho esto último, teniendo en cuenta

que Oswaldo también era un señor.

Oswaldo le agradeció, colgó, se vistió, sacó la camioneta

del garaje y condujo hasta el Hospital Central. Lo mejor era

enfrentar la realidad.

—Tranquilo, loco, no pasa nada —le dijo Luis Eugenio para tratar de calmarlo.

Pero sí pasaba. El tipo de la tractomula, moreno, alto y gordo, se metió entre los angostos espacios que había entre carros y motos; nadie se atrevía a hablarle y detenerlo. El único que observaba sus movimientos era Luis Eugenio, pero era para huir de él.

A orilla de la carretera Luis Eugenio encontró una pila de piedras que seguramente estaban utilizando en la obra, no lo dudó y cogió una roca redonda de la medida de su mano, la lanzó sin pensarlo y el tipo de la Kenworth logró desviarla con la cacha del machete.

La segunda piedra llegó sin aviso, esta le pegó en el pecho y la próxima sí le acertó en la frente.

De haber llevado más fuerza lo habría noqueado.

Para desgracia de Luis Eugenio no fue así, el de la Kenworth se recuperó, al tocarse la frente resultó con la mano ensangrentada, motivo para correr detrás de su agresor, más rápido y con más rabia.

—¡Dele, dele, dele!

Los gritos venían de todas partes, no se sabía si estaban apoyando a Luis Eugenio o al gordo de la Kenworth, o simplemente estaban pujando porque querían ver sangre.

Sangre que manchó el pavimento cuando el gordo logró acertar el primer machetazo en el antebrazo derecho de Luis Eugenio.

Los gritos de las mujeres se hicieron desesperantes.

Uno que otro niño lloraba. «Llamen a la policía», decía algún adulto conciliador.

«¡Duro, hijueputa. Dele duro!», decían otros que disfrutaban el combate amateur.

Distracción que aprovechó Luis Eugenio para coger una estaca de madera que estaba clavada en un barranco y con ella intentó defenderse de los lances que le daba el gordo.