Detonante SEGUNDA PARTE #4
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SEGUNDA PARTE #4

Por los lados de Lorena García, las noticias no eran más alentadoras; el impacto con las barras delanteras de la motocicleta le habían cortado la pierna izquierda unos diez centímetros debajo inmediata.

Lorena impacto o por el dolor; y cuando reaccionó se encontró con esa noticia, tan dolorosa e impactante, que casi la hace desmayar de nuevo.

Repasó sus últimos acontecimientos, su trabajo y su nueva oferta.

Preguntó por su teléfono móvil y nadie le dio razón.

De hecho, los paramédicos que la atendieron en el lugar del accidente no encontraron su teléfono móvil y no habían podido llamar a ningún familiar o amigo.

Lorena tampoco sabía a quién llamar, su madre era la de la rodilla, su amputación fue

había quedado inconsciente, por el única familiar cercana, o al menos la única que vivía en la ciudad, sin embargo, desde que la señora se enteró de la clase de trabajo que ejercía su hija bajo el nombre de Mich Bunny, cortó toda relación.

Lorena no dio mucha importancia a no tener alguien de confianza para llamar, lo que de verdad le dolía era haber perdido el contacto del agente de la productora porno, aunque, si lo pensaba bien, era obvio que ya no deseaban saber nada de una actriz que le faltaba una pierna.

Lorena se resignó a afrontar su vida tal como le tocaba.

En el hospital, a través de la dependencia de trabajo social, le brindaban los implementos de aseo personal y toda la alimentación.

Además, le habían comentado que el seguro de tránsito correría con sus gastos médicos y ya le habían tomado medidas para comenzar con la fabricación de la prótesis que iría atornillada a su rodilla izquierda.

Lo demás serían terapias, tanto físicas como psicológicas, entrenamiento y práctica para aprender a caminar de nuevo, esta vez con un implante de poliuretano y titanio.

A la semana de estar internada en el hospital, a la espera de unos últimos resultados para saber cómo su cuerpo estaba reaccionando al implante, apareció Mónica Estupiñán, la administradora del studio web donde Lorena trabajaba.

—¿Pero qué te has creído, chica? —le preguntó Mónica con su peculiar acento venezolano y sus típicos modales estrafalarios.

Lorena se limitó a sonreír, al menos alguien había aparecido, al menos a alguien le importaba.

Mónica descargó un puñado de flores que traía y dejó un reguero de tierra en el nochero y parte del suelo; se notaba que las había robado en algún jardín cercano.

Lorena volvió a sonreír y se corrió para el rincón dejando un espacio para que Mónica se sentara.

—¿Cómo te enteraste de que estaba aquí?

—Chica, saliste en la prensa. Casi que eres famosa. Mónica le contó que había leído un periódico viejo de

unos cinco días atrás, en realidad Lorena no era tan famosa, ni siquiera había aparecido su nombre, pero el chico de la motocicleta sí fue noticia nacional debido a lo extraño del accidente.

En el texto también se hablaba de la gravedad de las heridas del conductor y de una mujer atropellada, e informaban del hospital donde los estaban atendiendo.

Mónica no logró dilucidar mucho por la foto borrosa que aparecía en el periódico, pero al consultar en las redes sociales se encontró con fotos de una mujer con la misma vestimenta de Lorena García.

—Acaba de morir —le dijo Mónica.

—¿Quién?

—El chico que te arrolló, tenía heridas muy graves. —Pues mira esta —le dijo Lorena mientras corría la

sábana para mostrarle la pierna izquierda.

—¡Cónchale, vale! ¿Esto qué fue?

Lorena volvió a sonreír, hacía días que no sonreía, y las

expresiones de sorpresa de Mónica le causaban mucha gracia. Era una mujer simpática que a todo reaccionaba con sorpresa, claro que esa de verdad lo era.

—Es mi nueva pierna —ya te puedas enterar de que tan fuerte fue el golpe.

—Golpe moral, ¿no?

—Pues cómo te parece que me pusieron psicóloga y todo, para recuperarme de la situación, para encontrar las ventajas en esta dura prueba… Cosas así. Más de seis meses me llevará la recuperación.

—Claro, chica.

—Pero ya qué, lo que necesito es recomponer mi vida, buscar otro trabajo en el que esta extremidad no se interponga.

—No chica, cómo crees. Si tú eres la mejor que tengo. Podemos inventar algo para que tu pierna pase desapercibida, o… podemos aprovecharla, hay hombres con ciertos gustos…

El avión rondaba los cuarenta mil pies de altura, era un viaje tranquilo, todo lo contrario a lo que pasaba por la mente de Adonilson Lausada, quien por un momento deseó que uno de los motores se fundiera o una de las alas se despedazara y todos cayeran a tierra estrepitosamente.

Sería una buena salida, la mejor, al menos la más digna; pero qué culpa tenía toda esa gente de sus errores y de su frustración; nada tenía que ver ese montón de personas exitosas, alegres, indiferentes Adonilson: Borrar sus pensamientos.

—Su atención, por favor —se escuchó la voz gangosa de una auxiliar de vuelo saliendo por los parlantes—, nos tomamos el atrevimiento de interrumpir su viaje por un par de minutos para dar un anuncio importante —Adonilson sintió que se le había cumplido el milagro, que Dios lo había escuchado,

la azafata anunciaría que las turbulencias derribarían el avión y ni las máscaras de oxígeno ni los chalecos salvavidas servirían de algo.

Los pensamientos tienen poder. Pero a la vez estaba molesto, definitivamente no quería morir, al menos no tan fácil—: tal vez muchos no lo sepan, pero en este vuelo viaja con nosotros uno de los chefs más importantes del mundo,

es un honor tenerlo entre nosotros y que siempre prefiera nuestra aerolínea para sus viajes.

y adormiladas. Eso era lo que dormir. Dormir para siempre. No necesitaba despertar.

Adonilson se sintió aliviado y decepcionado a la vez, quería dejar de pensar, pero no dejar de vivir. Al menos la interrupción le sirvió para poner su mente en algo diferente. Sin mostrar mucho interés miró hacia los asientos delanteros buscando algún imaginó que iba anonimato.

—El cocinero Andy Shelberg —continuó la auxiliar de vuelo— acaba de ganar su estrella Michelin número treinta y nueve, lo que lo convierte en el mejor chef del mundo actualmente. Ofreceremos un brindis a manera de felicitación por sus logros y los de sus restaurantes.

Fue en ese momento cuando se escuchó un aplauso unánime, sin saber si en honor al cocinero o por haber anunciado el brindis.

Un hombre que estaba sentado justo enseguida de Adonilson se levantó.

Era rubio, robusto, entre cincuenta y sesenta años.

Ese era Andy Shelberg, estuvo todo el tiempo rozando su hombro.

Todos lo miraban con admiración, hasta llegar al punto en que Adonilson se sintió incómodo, seguramente muchos se preguntaban quién era ese hombre fracasado que estaba al lado del famoso chef.

Para su salvación llegó otra auxiliar de vuelo ofreciendo las bebidas para el brindis.

Les ofreció varias bebidas que Adonilson no prestó atención, Andy pidió algo que Adonilson no entendió, entonces le dijo a la auxiliar que le sirviera lo mismo.

Fue un trago fuerte, nunca supo cómo se llamaba, tampoco le interesaba saber.

Después de que varias señoras se acercaran a saludarlo personalmente, una joven le pidiera una firma en una servilleta y una que otra selfie con otros jóvenes más faranduleros.

Adonilson le extendió la mano para felicitarlo.

Definitivamente era un hombre sencillo, para la muestra movimiento del dichoso cocinero, se en clase preferencial y quedaría en el prefería viajar en clase regular y no ejecutiva, comentario que no se le escapó a Adonilson, quien en su época de gloria siempre elegía las sillas más privadas posibles.

—¿Por qué prefieres sentarte con nosotros y no en las sillas de clase privada?

—le preguntó Adonilson en inglés. La auxiliar de vuelo había dado el anuncio en ese idioma, se suponía que le entendería perfectamente.

Andy lo miró sonriendo y Adonilson se lamentó haber hecho esa pregunta tan estúpida para romper el hielo.

—Qué más da una silla o la otra… todos tenemos el mismo destino —Andy hablaba despacio, masticando las palabras, como si tuviera que pensar lo que iba a decir, o tuviera tal vez dificultades del idioma, o simplemente por dárselas de filósofo—.

Además, me gusta la gente, por ellos es que soy quien soy.

Me gusta mirar, escuchar, conocer sus costumbres, sus gustos, sus caprichos, sus obsesiones.

Adonilson se quedó un momento en silencio, meditando sobre su vida y su destino, quizá muchos lo vieron a él como un iluminado; tuvo una época de gloria, cuando era un ejemplo, cuando todos se preguntaban cómo había llegado hasta la cima del éxito.

Preguntas que él mismo se hacía con el cocinero que tenía al lado.

Quería saber cosas de él, entablar una amistad, encontrar algún secreto que lo regresara de nuevo a la felicidad.

No obstante, prefería mantener el silencio hasta bajarse del avión, no sabía qué decirle cuando el chef le hiciera preguntas, no tenía cómo explicar su viaje, solitario, huyendo a ninguna parte…

—¿Y tú a qué te dedicas, cuál es el motivo de tu viaje? — le preguntó Andy, interrumpiendo sus pensamientos y confirmando sus temores.

—En realidad no sé, estoy en un momento de confusión —le respondió Adonilson poniendo la mejor cara de tragedia que pudo—.

Tenía… tengo una empresa con mi esposa, el problema es que nos estamos separando, no sé qué vaya a pasar.

Se puede decir que es un viaje para olvidar todo. Un viaje de autoconocimiento.

Andy se quedó mirándolo y Adonilson bajó el cabeza, pensativo; se autofelicitó mentalmente por usar esa palabra. Autoconocimiento, qué maravilla de palabra, siempre funciona.

—Entiendo, y lo lamento —le dijo Andy—. Tal vez en unos cuantos días ella te extrañe, te busque y todo vuelva a ser como antes.

—Ya tiene otro hombre, ese fue el motivo principal de nuestra ruptura.

Lo he perdido todo. Con mis pocos ahorros decidí dispersarme, olvidarme de todo; pero aquí estoy, de los recuerdos y de la realidad no se puede escapar —fue una jugada maestra, Adonilson sabía que no había perdido el don de la palabra, o mejor, el don del engaño—. ¿Qué me aconseja hacer?