SEGUNDA PARTE #2
—Hombre, me halagan esas palabras. Entonces lo espero para que comencemos con la inducción y todos los trámites de su nuevo puesto. Y pilas, esos libros deben llegar antes de las cuatro de la tarde, dependemos mucho de esta para futuras encomiendas.
Luis Eugenio colgó, y lanzó un suspiro. La vida le estaba dando un vuelco después de casi cincuenta años de lucha; después de todo, Dios se estaba acordando de él.
Pensó en llamar a su esposa y contarle la sorpresa, en ese momento se escucharon varios sonidos de motores arrancando, al parecer, ya habían habilitado el paso.
Consultó el reloj: una hora y diez minutos sin moverse.
Alcanzaron a avanzar unos seis kilómetros cuando los autos que iban adelante de él comenzaron a disminuir la velocidad.
Parecía un déjà vu, un flash back, algo que ya había vivido antes.
Por supuesto, se trataba de otro trancón por culpa de las obras.
Debió averiguar desde el día anterior, buscar vías alternas, para eso se habían inventado tantas aplicaciones para verificar el tráfico y estado del tiempo antes de viajar.
Luis Eugenio sintió una ligera punzada en la boca del estómago al mirar el reloj avanzando, no sabía si era irritación o hambre; para aliviarse de ello bajó el vidrio y con un leve pitido llamó a uno de los vendedores ambulantes que abundaban de arriba abajo en la carretera.
Se acercó un hombre moreno, luciendo un sombrerón con el que desafiaba el inclemente sol.
Tenía acento extranjero y le ofreció obleas, pandebonos, corchos, bebidas hidratantes y cerveza.
Luis Eugenio compró un paquete de pandebonos y una cerveza, tal vez era el momento de celebrar y hacer cosas que nunca se había atrevido, se sentía llegando a la gloria.
—Amigo, una pregunta.
—Dígame, patrón.
—¿Estos trancones cuánto se demoran? ¿Hasta dónde está así?
—Uy, patrón. Pues esto aquí a veces se demora unas dos o tres horas sin avanzar. Y más adelante hay otros dos tacos. Es mejor que se arme de paciencia.
Luis Eugenio no le agradeció, la respuesta fue mirar la hora en los números titilantes incrustados en el odómetro: le quedaban unas dos horas para llegar a tiempo a su destino; ahora sí estaba en una carrera contrarreloj, sin los libros que llevaba en el baúl, no habría ninguna presentación,
todo dependía de él.
Se imaginó llegando tarde, o no llegando, qué le diría a esa gente, y qué le diría a Gustavo Villegas; adiós a la oferta de trabajo que Entonces decidió seguir avanzaban por el carril izquierdo, y aunque era avanzar en le había hecho minutos antes.
a un par de motocicletas que contravía, del otro lado tampoco había tránsito, seguramente los autos también estaban retenidos metros más adelante.
Logró adelantar bastante, superando decenas de vehículos estancados.
No demoraron en escucharse algunos pitidos, silbidos y gritos de reclamo.
Luis Eugenio les devolvió una sonrisa nerviosa, sabía que estaba obrando mal; pero, incluso las buenas personas no son siempre buenas.
Cuando Luis Eugenio vio la fila de vehículos que avanzaban de frente en el carril contrario, buscó un hueco para ingresar al sitio que le correspondía.
Había avanzado un gran tramo, sus cálculos decían que se había ahorrado más de media hora de espera.
Sin embargo, el único espacio que divisó, fue tapado por una tractomula Kenworth de la Montaña, lo hizo adrede, de eso no tenía duda Luis Eugenio.
Pero, ¿quién estaba actuando mal? Así que trató de orillarse lo más que pudo, casi tocando la cabina de la tractomula; en respuesta recibió un tremendo bocinazo que lo dejó aturdido.
Al fijarse en el retrovisor de la tractomula vio cómo el conductor le hacía gestos con los dedos medios de ambas manos.
Para completar, había obstaculizado el paso de los vehículos que venían del carril contrario.
El ambiente se llenó de pitidos y le recordaron la madre a Luis Eugenio como nunca.
Intentó pegarse más a la tractomula, avanzar un poco y tomar una posición donde no estorbara.
—¿Qué le pasa, idiota? —gritó el de la Kenworth.
Ahora estaban uno al lado del otro, pero Luis Eugenio, desde su postura, parecía una hormiga discutiendo con un elefante.
Atrás también comenzaron a pitar, algunas motos avanzaban por las orillas, aun así Luis Eugenio, obstinado, apagó el carro y fingió esperar a que dieran vía para poder avanzar.
Ya había aprendido la lección, sabía que no lo volvería a hacer.
El arrepentimiento no sirvió, la tractomula fue avanzando poco a poco, empujando y remangando la parte derecha del parachoques del taxi.
Luis Eugenio pitó con ganas, pero su pitido se confundía con los de los demás autos, porque los demás conductores también estaban perdiendo la paciencia.
La única opción que contempló fue salir del auto, salvar su vida; ofrecer disculpas…
Nada de eso. El conductor de la Kenworth también descendió, cuando tocó pavimento, desenfundó un machete y para hacerse sentir le dio un planazo al parabrisas del taxi, luego otro al capó.
El que se enoja pierde…
—¿Dónde demonios estás? —le preguntó Juan José Ibarra tan pronto Manuela le contestó desde la sala de espera del aeropuerto.
—Rumbo a Cancún. Ya vengo, voy al baño —esto último lo dijo apartando el teléfono de la boca.
Andrés encendió las alarmas de la sospecha.
Con esta ya eran dos situaciones extrañas que nunca había sentido con Manuela.
La noche anterior había recibido un mensaje que le cambió la cara y no quiso responder, y ahora era una llamada laxante que la hizo ir al baño, cosa que nunca ocurría.
Manuela sabía que estaba haciendo mal, necesitaba un escape urgente que le permitiera salir de esa incómoda situación.
—¿A quién le pediste permiso? —le preguntó Juan José con actitud altanera.
—Yo había tramitado mis vacaciones desde hace tres meses, con el departamento de nómina.
—Yo no sabía eso.
—Se supone que el departamento de nómina es el encargado de esa gestión, ellos no me pusieron problema.
—Pero en este hospital no se hace nada sin que yo autorice.
—Entiendo —aunque en realidad Manuela quería decir otras cosas, demasiado tarde o ya no importa—. Lo siento, tengo que dejarlo, me están llamando para abordar el avión.
—Yo te aconsejo que no te montes en ese avión, te necesito aquí —Manuela sonrió, imaginó que era una broma o fingíaun ataque de celos, pero la situación iba en serio—. Mañana te espero en el hospital a primera hora.
Manuela colgó y regresó a la sala de espera.
—¿Todo bien? —le preguntó Andrés.
—Sí. Todo bien.
Por fortuna, en ese momento exacto llamaron para abordar el vuelo A 3224 con destino a Cancún, México.
Las siguientes cinco horas se hicieron eternas para Manuela.
Todo el vuelo estuvo pensando en el accionar de Juan José.
¿En qué momento le había dado tanta confianza?
¿Qué había hecho para que él se ilusionara?
Desde la época de la universidad no había tenido un admirador así de obsesivo.
¿O simplemente la estaba probando? Tal vez sus intenciones no eran tan carnales como ella suponía.
De vez en cuando volvía la vista desde la ventanilla hacia el rostro de Andrés, seguía dormido y ojalá siguiera así hasta que todo se solucionara.
De algo había servido la trasnochada de sexo salvaje que habían tenido horas antes.
Aún se le notaba agotado, tiempo que aprovechó Manuela para pensar en un plan de escape.
Nada más entrar al hotel, su móvil recibió conexión y los mensajes represados llegaron.
No quiso revisar, suponía que en alguno de ellos aparecería el nombre de Juan José Ibarra.
Más tarde, cuando Andrés se ausentó para darse una ducha, comprobó sus sospechas.
Tenía varios mensajes de Juan José, pero antes se enfocó en el mensaje de Rosario Sepúlveda, la líder de nómina del hospital.
Decía que el director estaba furioso, que ella no podía sacar vacaciones cuando quisiera y que estaba amenazando con expulsarla del hospital si no regresaba inmediatamente.
Cuando abrió el chat de Juan José lo confirmó, además, lo más grave: se encargaría de manchar su hoja de vida para que ninguna institución la volviera a contratar.
Ibarra alegaría abandono de labores y desacato a las órdenes de los superiores.
—¡Maldito!
—¿Qué pasó, amor? —le gritó Andrés desde la ducha.
Indudablemente la había escuchado, necesitaba contarle la verdad y contar con su apoyo.
—Creo que debo regresar —no obtuvo respuesta, así que aprovechó para contarle la verdad—: el hospital tiene ausencia de personal, no da abasto, está en peligro de recibir una multa, una suspensión… o el cierre total.
Era algo que no sería capaz de decirle mirándolo a los ojos. Por eso aprovechó para devolver las pocas cosas que había sacado de la maleta, incluso se vistió de nuevo.
Cuando Andrés salió de la ducha ella ya estaba lista.
—¿Es en serio? Pensé que era una de tus bromas.
—Esta vez no estoy bromeando. Ya tendremos todo el tiempo del mundo para disfrutarnos.
Manuela Andrade viajó a Ciudad de México, tuvo que pagar una multa de casi cien dólares para que la dejaran cambiar la fecha del vuelo para ese mismo día.
Al fin le asignaron un cupo para seis horas más tarde.
Tuvo el tiempo suficiente para salir a caminar por la calles y disfrutar un poco del ambiente mexicano, se comió unos tacos al pastor en un pequeño restaurante y en un Oxxo compró la botella de tequila más barata que encontró.
Luego buscó una droguería y compró algunos medicamentos de venta libre pero que conocía muy bien y harían el efecto indicado.
Rogaba para que la rabia no se le pasara en el transcurso del viaje de regreso a Colombia, de regreso a ese hospital que ya estaba odiando.
Santiago le dio «Seguir» a todos los medios de comunicación colombianos que encontró en redes sociales.
Sabía que si la mujer que había grabado iba a hacer algo malo, sin duda saldría en las noticias, y en sus manos palpaba una prueba importante para descubrir la verdad.
Quería contarle a alguien y escuchar opiniones.
Por un lado deseaba encontrar apoyo, por otro, que alguien lo aterrizara y le dijera que estaba perdiendo el tiempo, que se dedicara a estudiar, que madurara.