SEGUNDA PARTE
LA MECHA SE QUEMA
—¿A nombre de quién está la reserva?
—Camilo Muñoz.
—Sí. La habitación con yacusi, terraza y fogata.
Esta es la llave, acompáñenme por este lado —dijo la recepcionista mientras salía de su cubículo y a través de una pequeña ventana veía pasar a Oswaldo Valencia en medio de los arbustos que rodeaban el hotel.
No le dio importancia, podría tratarse de un trabajador de alguna finca cercana, pero no, era un esposo celoso que los había seguido todo el trayecto hasta allí.
Daniela encuentro contaban por decenas, no solo con Camilo.
Se sentía traicionando a su esposo, más que nunca, porque era la primera vez que pasaba dos noches seguidas fuera de casa.
Camilo notó su vaguedad y la abrazó por detrás tan pronto entraron a la habitación.
Sintió deseos de preguntarle qué pasaba, pero prefirió besarle el cuello, a lo que ella respondió con un jadeo de placer y una leve inclinación que Camilo interpretó como una puerta abierta para lamer sus orejas mientras le apretaba la cadera con fuerza.
No esperaron a desempacar las maletas ni a llenar el yacusi, fueron directo a la terraza, en la incomodidad de la hamaca iniciaron los besos; él, con magistral habilidad, le alzó el vestido hasta el abdomen y jugueteó con los dedos en medio de las nalgas sin dejar de besarla.
Les gustaba mantenerse al filo, en riesgo, no podía ocultar su nerviosismo, no por el sexual que se aproximaba, sus encuentros se pensar y sentir que alguien los estaba viendo, tal cual como Oswaldo Valencia lo hacía en ese momento oculto tras los arbustos.
Si Daniela hubiese sido sincera, habría confesado que era lo único que le gustaba de Camilo, esa atracción por la adrenalina, casi rayando con la inmadurez; esas ganas de disfrutar el momento sin pensar en las consecuencias.
Todo diferente a Oswaldo, un esposo racional, calculador de sus acciones, falto de expresividad y originalidad, poco o nada excitante; pero profesional y exitoso en sus negocios.
Daniela se desplomó y se recostó en el pecho de Camilo segundos antes del orgasmo.
—¡Espera, me está dando un calambre!
A Camilo le dio risa pero luego vio que era cierto, los gemidos de placer se volvieron muecas de dolor.
Cuando Daniela recuperó la postura el pene de Camilo ya estaba flácido y prefirieron entrar a la habitación, donde el frío no les jugaría mal.
Decidieron desempacar maletas y ordenar su equipaje en el clóset.
Daniela descubrió una botella de tequila y bebieron sendos tragos.
Camilo buscó una emisora con música de su preferencia sin lograr éxito, mejor encendió el televisor y estaba en un canal de noticias donde anunciaban la presentación del libro del pastor Adonilson Lausada en quince días.
Apagó el televisor y cambió el control por su teléfono, donde puso reguetón y todos felices.
—Hace frío —dijo Daniela—, pensé que era afuera únicamente.
Camilo cerró la puerta y revisó las ventanas, todas estaban cerradas; corrió las cortinas buscando un ambiente más acogedor en la habitación.
No se percató de la sombra sobre el prado que producía la barriga pronunciada de Oswaldo, oculto tras un tronco de pino a medio cortar.
Camilo, sintiéndose observado, atravesó el pasillo que llevaba al baño y descubrió que el viento entraba por el espacio de una loseta encima del yacusi.
Abrió las llaves y se encaramó para mirar por el hueco rectangular que había en la pared, no había forma de cerrarlo, afuera se veía un pequeño patio y los restos de una fogata húmeda.
Daniela le ofreció una cerveza y le dio varios besos en medio de risas.
Luego prendieron un porro y se quedaron un rato mirando las paredes.
—¿Y el yacusi?
—Se está llenando, es un poco lento.
Daniela salió de la habitación, fue a la cocina y removió unas bolsas que habían llevado dentro del equipaje. Camilo la miraba desde la cama.
—Por fin voy a conocer tu sazón —le gritó.
Ella no le respondió, eran unos simples sándwiches y no había mucha sazón en poner queso y jamón en medio de tajadas de pan.
Camilo entró sonriente con una chimenea portátil en la mano, Daniela estaba acomodando los platos en una barra americana de madera, pero no había sillas ahí.
—Vamos al yacusi —le dijo Camilo y descargó la chimenea en un tronco de madera que servía de asiento en un rincón de la sala.
Probaron el agua y estaba más caliente de lo que podían soportar, se sentaron en la orilla y comieron los sándwiches que pasaron con cerveza.
En medio del chapuceo terminaron dentro del yacusi con las piernas de él entre las de ella.
La calentura era otra. Oswaldo Valencia observaba por un resquicio de las cortinas, lamentó no haber invitado nunca a Daniela a un fin de semana de fogata y yacusi, pero ya estaba, no había marcha atrás, el papel de espectador era el que mejor le quedaba.
Hubo un vaivén dentro del agua, Camilo terminó exhausto y Daniela quedó iniciada, con dolores por la mala postura y nuevamente con amenazas de calambre, lo suyo era deshidratación.
Al fin se acomodaron y se quedaron dormidos hasta que el agua se enfrió. Hasta que Oswaldo los despertó.
Oswaldo agarró la botella de tequila casi llena y la estrelló contra la sien izquierda del amante de su mujer.
A pesar de su obesidad, fue ágil y se lanzó contra Daniela mientras Camilo se desplomaba fuera del yacusi,Daniela no alcanzó a gritar, quedó en shock al ver a su ingenuo esposo convertido en una furiosa tormenta.
El cuello de Daniela sintió la presión, las manos de Oswaldo, aquellas que nunca la buscaron ni para hacerle una caricia, ahora hacían un trabajo preciso y calculado.
Bastaron tres minutos para que Daniela perdiera el conocimiento, y aunque su chapaleo lo dejó exhausto, Oswaldo alcanzó a halar el cuerpo de su suplente y con las uñas postizas de Daniela le aruñó el cuello, el pecho y los brazos.
Oswaldo se detuvo cuando las uñas quedaron flotando sobre la espuma. Empujó de nuevo a Camilo hacia el suelo, le dio un par de patadas en medio del pecho y el estómago, al no encontrar reacción, dejó en paz a la pareja de tortolitos. Dormidos para siempre. Fríos como muertos.
Se trataba de cinco cajas de cartón repletas de libros.
Una nota decía que los necesitaban en el sitio antes de las cuatro de la tarde, hora de la presentación del libro de Adonilson Lausada en la sede de la Secretaría de Cultura.
Luis Eugenio calculó el tiempo, era suficiente para ir y volver; incluso, si le iba bien, cuando estuviera de nuevo en casa, apenas estarían mostrando los libros al público.
La importancia de madrugar y dejarse de Dios ayudar.
Salió en un Hyundai i25, tan pronto dejó los trancones de la ciudad y conectó con la carretera de doble calzada, se sintió libre.
De su bolsillo sacó una memoria USB y la introdujo en el reproductor, su música favorita era el metal; sin embargo, por cuestiones de ética laboral, no la sonaba cuando trabajaba en la ciudad, era obvio que cualquier pasajero se escandalizaría y preferiría irse caminando.
Su música era un gusto secreto, un fetiche del que solo su esposa conocía en los momentos de sexo salvaje del que sin duda surgieron sus hijos Leandro y Jessica, cosas que ya no se veían en casa, ni el sexo ni la música, y poco a poco los hijos también iban desapareciendo.
Al ritmo de Mayhem atravesó gran tramo de la carretera Panamericana, por momentos no se encontraba ningún vehículo en el carril contrario, se le hizo extraño pero no le dio importancia.
No obstante, metros adelante comenzó a leer varias señales de «HOMbrES TRABAJANDO», «ObrA EN LA VÍA», «UN SOLO CARRIL A 3 KILÓMETROS», «UN SOLO
CARRIL A 2 KILÓMETROS». Era verdad lo que Gustavo le había anunciado la noche anterior: sí había tráfico lento.
Luis Eugenio bajó el volumen de su black metal y decidió relajarse, la fila era tan larga que no se veía la supuesta obra en construcción.
Según su reloj, llevaba dos horas de recorrido y le restaban otras dos aproximadamente.
El sol de mediodía se anunciaba en todo su esplendor, Luis Eugenio bajó los vidrios, consultó su teléfono y al no encontrar movimiento, todo se volvió en cámara lenta.
Comenzó a fijarse en los demás autos en la cola, todos apagados, la mayoría de conductores y pasajeros estaban afuera de los vehículos, sentados a la orilla de la carretera, caminando a pasos cortos y lentos, dialogando y riendo unos con otros; lucían tranquilos,
como si aquel parón de tráfico fuera algo habitual.
Luis Eugenio apagó el taxi, inclinó la silla, no había motivo para estresarse, tenía tiempo de sobra para cumplir con su trabajo y regresar a casa donde todo sería felicidad.
Cuando casi se quedó dormido, timbró su móvil y lo sacó de su letargo, se trataba de Gustavo Villegas, su jefe:
—Don Gustavo, ¿cómo me le va?
—Muy bien, hombre, ¿y usted? Qué pena que cuando usted vino yo no había llegado.
—Tranquilo —raro fuera que no—, no hay problema.
—Hombre, Luis, yo quería hablar con usted antes de que saliera, por eso lo estoy llamando, quiero decirle algo y conocer su opinión.
Luis Eugenio se incorporó, abrió la puerta y salió a ponerle la frente al sol. No sabía si debía preocuparse, que él recordara no había hecho algo malo.
—¿Luis, está ahí? ¿Me escucha?
—Sí, sí. Tal vez no es tan buena la señal por aquí.
—Claro. Hombre, Luis, ¿se acuerda que anoche le dije que le tenía una sorpresa?
—Sí, señor.
—Bueno. Es que teniendo en cuenta que usted ya es todo un profesional, yo quiero ofrecerle un cargo a esa altura.
Yo quiero que usted sea uno de mis administradores.
Puedo darle la sede del centro, o la del norte; como usted convenga.
Obviamente con mejor remuneración y bonificaciones.
Ya usted entiende cómo funciona este negocio.
Luis Eugenio no entendía del todo cómo funcionaba la empresa, pero ya tendría tiempo de ponerse al día. Para eso había estudiado, no solo para colgar un cartón en la sala y decirles a sus pasajeros que tenía un título universitario.
—¿Luis? ¿Qué opina? ¿Está de acuerdo?
—Claro que sí. Me sorprende su oferta, pero haré todo lo posible por aprender y dar lo mejor de mí. Usted es un hombre muy bueno, como pocos en este país.