Detonante PRIMERA PARTE #3
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PRIMERA PARTE #3

Satisfecho, fue a casa. La curiosidad a veces lo hacía perder tiempo, sin embargo, repitió el video una y otra vez hasta el cansancio.

Buscaba algo sin saber qué. En el video se veía a la mujer inyectando algo a una botella de tequila.

Eso, si lo hubiese hecho un habitante de calle, no tenía problema; pero una mujer, aparentemente refinada, haciendo tal cosa en un parque, le generaba algunas sospechas.

Quiso contarle a alguien, pero lo venció el sueño antes de encontrar una persona de confianza.

Suinstitución educativa llevaba casi tres meses en boca de todos los noticieros del país por cuenta del estudiante que descubrió a la enfermera asesina de Colombia.

El colegio había sido un hervidero de periodistas, envidias y tensiones mal resueltas.

Sin embargo, esa mañana a Eduardo Maldonado no le preocupaba la prensa ni el juicio que estaba sepultando lentamente a la mujer; le asombraba y perturbaba el sospechoso silencio en los pasillos.

Fue entonces cuando le tocaron la puerta tres veces, duro, con desespero.

Por el resquicio inferior se vio que alguien salió corriendo.

Eduardo Maldonado se levantó de inmediato y fue a abrir.

El pasillo estaba desolado. Recogió el sobre que le habían dejado en el suelo y entró de nuevo a su oficina.

Era un sobre de papel, internamente tenía una pequeña caja de cartón del tamaño de una cajetilla de cigarrillos.

Al abrirla, aparecieron dos dedos humanos casi que palpitando, con sangre aún fresca.

Eduardo, asustado, soltó todo lo que tenía en las manos.

Caminó hasta la esquina que conducía a la escalera, nadie había allí.

Miró por las ventanas que daban al parqueadero, una motocicleta ruidosa salía en ese momento.

Suficiente para resguardar sus sospechas, su temor, su venganza.

Todos temen, todos esperan una señal para atacar.

Todos, tan prevenidos y a la defensiva, tienen un punto débil que los vuelve vulnerables, o que los vuelve salvajes.

Eduardo Maldonado recogió los dedos, los metió en el sobre de papel y los guardó en el bolsillo de su chaqueta; la cajetilla de cartón quedó debajo del escritorio, ni siquiera había leído la nota escrita en ella: «ASÍ SE COMBATE EL BULLYING».

Salió dando un portazo, bajó rápidamente la escalera y decidió evitar la algarabía que venía de los salones bajando por el sótano que casi nadie visitaba, allí había una puerta que daba al estacionamiento.

Su Toyota negra quemó parte de las llantas cuando aceleró con furia.

Conectó con la avenida Insurgentes Sur y fue directo a la Universidad Autónoma.

En el camino repasó los hechos, no le quedaba duda: eran los dedos de su hijo, esa cicatriz que se había hecho de niño en el nudillo del dedo medio era inconfundible.

Se le hizo extraño que nadie lo hubiese llamado a avisar.

Él tampoco se atrevía a llamar, antes de eso tomaría venganza.

Llegó al estacionamiento de la Universidad Autónoma, apagó el carro, del baúl sacó una cruceta, la puso en el asiento del copiloto, se montó de nuevo, subió los vidrios y se quedó allí, decidido a esperar a John Melgar.

Era el responsable, más que obvio, sus múltiples hostigamientos así lo confirmaban; le hervía la sangre, quería tenerlo al frente y acabarlo a golpes.

Eduardo Maldonado, aparte de ser rector de una preparatoria de la ciudad, era maestro en la Universidad Autónoma de México.

John Melgar era su estudiante más conflictivo, por una simple razón: su exnovia lo había dejado porque estaba enamorada de su profesor.

Eduardo, hasta el momento, no había perdido la compostura y seguía respetando su matrimonio, aunque había accedido a salir un par de veces con Maryluz, únicamente para causarle celos a John, que no perdía oportunidad de sabotear su clase.

Un día, en el mismo estacionamiento donde Eduardo estaba esperando a John, se toparon cuando el estudiante entraba en su motocicleta, Eduardo estaba retrocediendo para salir y por poco se tocan. John se pegó del pito y Eduardo frenó en seco. Cuando miró por el retrovisor se encontró con un grito:

—¡Fíjese, imbécil!

Eduardo se bajó de la Toyota con la intención de disculparse, sin embargo, cuando vio que dentro del casco estaba la cabeza de John Melgar, rio y regresó al vehículo.

—Quítate de mi camino —masculló, y dio una vuelta de 180 grados en su camioneta para irse a su casa a descansar.

No se imaginaba que los problemas apenas comenzaban.

Lorena García se quitó el traje de Mich Bunny, lo guardó en su maleta mientras revisaba sus cuentas, salió al salón lo más de contenta y se despidió de sus compañeras.

Hacía un sol radiante, justo para tomarse un par de cervezas después del almuerzo.

Caminó hasta el centro comercial Plaza Manzana y en un pequeño restaurante pidió una sopa azteca y unos frijoles refritos con muchas tortillas y abundante salsa.

Comió despacio, el mediodía era su hora preferida para meditar, casi que era su único momento de tranquilidad.

Ese día, más que nunca, tenía motivos para pensar.

La noche anterior le habían hecho la propuesta más tentadora de su vida.

Un agente de una productora de entretenimiento para adultos la había contactado para decirle que era el perfil perfecto que ellos estaban buscando desde meses atrás.

Sin dar rodeos le hizo la oferta, se trataban de unos ingresos seguros estables, más unas jugosas comisiones por hacer trabajos extras como sexo oral, anal, BDSM y esas cosas que requerían de un esfuerzo diferente.

Lorena, habituada a su trabajo como modelo webcam, no se sorprendió, varias veces le habían ofrecido ese tipo de trabajo, desde productoras de cine para adultos, hasta hombres que querían un servicio privado por solo una noche.

Pero esta vez era diferente, se trataba nada más y nada menos que de la productora más importante del mundo, y hacer parte de su staff de actrices latinas era todo un privilegio.

Terminó de almorzar sin darse cuenta, estaba sumida en sus pensamientos, ni siquiera tocó las salsas que había pedido.

Pidió la primera cerveza y mientras bebía analizaba la situación.

A la mierda, no había nada que analizar.

Sacó su móvil y le escribió al agente, él le hizo una llamada en el acto; luego del saludo correspondiente, Lorena le dijo que aceptaba.

El productor le informó que precisamente estaban grabando algunas escenas en Ciudad de México, por eso la habían contactado aprovechando el viaje.

Acordaron una cita en un sitio cercano en una hora y media, tiempo suficiente para tomarse otra cerveza, o algo más fuerte y caminar un poco.

Lorena salió entusiasmada, tal vez era la última vez que visitaba un establecimiento de mediana categoría, ya podría frecuentar ese restaurante de talla mundial del tal chefAndy Shelberg, se convertiría en una porn star y eso le elevaría el status; su dieta cambiaría,

ya lo había consultado varias veces, las productoras importantes ponen ciertos requisitos a las actrices: una alimentación estricta, la higiene personal, el ejercicio, una cláusula de exclusividad y confidencialidad, compromisos que ella ya había sopesado.

Lorena tenía un único requisito, que la dejaran seguir con su nombre artístico: Mich Bunny, ese que no le gustaba a su madre y por el que habían peleado tantas veces.

En realidad el nombre era lo de menos, la profesión era el motivo.

Pero ahora tendría el dinero suficiente para por fin comprarle una casa, al menos para dar la cuota inicial y las mensualidades; era una buena manera para que su madre aceptara su profesión.

Mientras pensaba esto, no se percató del tráfico denso de la ciudad justo en la hora después del almuerzo cuando todos van adormilados.

Lorena sintió un rechinamiento en el pavimento, cuando volteó vio una sombra negra que la golpeaba, el impacto la lanzó contra una fachada de vidrio de un local comercial. Un golpe que la dejó inconsciente.

Todo estaba siendo grabado por un hacker desde la sombra.

El famoso pastor cristiano Adonilson Lausada, llevaba días de lujuriosa amistad con la modelo para adultos Mich Bunny.

Pero el detonante de Adonilson no fue ese, llegó cuando su hija lo encontró autocomplaciéndose mientras en la pantalla del computador se veía a la webcamercon un extraño artefacto entre sus piernas.

El problema, en realidad, fuela reacción de Adonilsonal tratar de explicar lo sucedido.

Adonilson Lausada, privilegiado por su don de gentes, al principio tuvo inconvenientes para afianzarse, uno de los requisitos en una iglesia ejemplar es que los pastores que profesan la palabra pertenezcan a una familia bendecida por el Señor; Adonilson estaba solo,

ni siquiera conocía una mujer que le gustara como novia y esposa; y así luchó dos años, intentando reclutar personas en un salón, únicamente gritando los domingos en las mañanas, porque ni un parlante había comprado.

A las primeras reuniones asistían sus padres y un par de vecinos, luego la voz a voz se encargó de llamar más personas y vio la necesidad de hacer dos sesiones los domingosy una los miércoles en la noche.

Su éxito atrajo envidias. Un grupo de desadaptados que vivían en barrios cercanos se enteraron de las reuniones y lo esperaban en Llenaron las las afueras de la iglesia para hostigarlo.

paredes de grafitis y sonaban música estruendosa mientras Adonilson compartía la palabra.

Estuvo a punto de dejarlo todo y dedicarse a estudiar una carrera decente, pero apareció ella: el mejor invento de Dios.

Fue uno de esos miércoles, mientras Adonilson explicaba la parábola del hijo prodigo, vio en una de las bancas traseras a una joven que le llamó la atención; de hecho, era la primera joven de su edad que asistía a la congregación, el resto eran adultos,

casi ancianos y un par de niños que no entendían qué hacían allí, como alguna vez le ocurrió a él.

La joven acompañaba a su madre, incluso se le veía distraída, mirando las instalaciones del recinto con aparente desconfianza y sin prestar atención a las palabras de Adonilson, que se apuró a terminar su retahíla y antes de que alcanzaran a salir, corrió a saludar a la joven y a su madre.