PRIMERA PARTE #2
—Medellín. Ya sabe cómo está el tráfico en esa carretera, por lo de los trabajos que están haciendo. Por eso es mejor enviar un carro pequeño, para que le rinda más.
—No hay problema, yo trato de agilizar lo más que pueda.
—Perfecto, lo espero a primera hora en la empresa. Y prepárese, porque le tengo una sorpresa.
Decidió no mencionar nada a su esposa; luego, cuando la sorpresa se materializara, la mostraría al público indicado.
Finalmente fueron todos a descansar, y María Angélica, como primer regalo de graduación, intentó deleitarlo con una felación, cosa que rara vez se veía en esa casa.
Al menos lo intentó, hasta que Luis Eugenio se quedó dormido, tan rápido como su miembro.
María Angélica cambió sus intenciones por algunos padrenuestros y una plegaria al cielo para que su esposo terminara con éxito esa encomienda, un presentimiento la seguía perturbando.
El trajín de Manuela Andrade no le permitía pensar en algo diferente al trabajo.
Terminó de suturar a Luis Eugenio, se había demorado más de lo habitual, en primera, porque las heridas de machete eran largas y profundas; pero más que todo, quería hacer algo de tiempo, esperando un milagro o alguna reacción de su paciente.
Una fuga como en las películas de acción sería lo ideal, sin embargo, esa no parecía la intención de Luis Eugenio, meditabundo desde que llegó, arrepentido, pero dispuesto a afrontar su situación.
Lo cierto es que afuera del consultorio de procedimientos lo esperaban dos agentes policiales, y afuera del hospital una patrulla, que lo llevaría directamente al calabozo. Sus opciones eran nulas.
Manuela llamó a dos auxiliares para que limpiaran todo, se retiró los guantes, se secó el sudor y fue hasta su escritorio para redactar el informe. Antes revisó su móvil, las reproducciones del vídeo de la riña de Luis Eugenio se contaban por miles, mejor se enfocó en el mensaje de su novio:
«Madrugaste mucho.
Ni siquiera alcancé a desearte FELIZ ANIVERSARIO con el desayuno.
En la noche lo celebramos. Besitos».
No es que Manuela lo hubiese olvidado, lo suyo era falta de tiempo.
En su nuevo puesto tenía más responsabilidades, por eso prefería llegar más temprano al hospital y tratar de ponerse al tanto.
Las auxiliares de enfermería a su mando, en su mayoría jóvenes inexpertasno a la altura de la sección de urgencias, aún no le generaban tranquilidad y Manuela prefería cerciorarse de cada una de sus labores.
Antes de servirse la primera taza de café del día, escuchó de nuevo ese sonido que le alteraba los nervios, se trataba de la sirena de la ambulancia; dio un ligero vistazo por la ventana, pero se distrajo viendo a Luis Eugenio, su anterior paciente; los policías no lo dejaron descansar,
ya lo llevaban esposado y de un empujón lo metieron en la parte trasera de la patrulla, ya se conocía el destino de sus próximos años.
Manuela se alistó tras la puerta que sostenía el letrero de urgencias, los paramédicos se demoraron más de lo habitual en bajar al paciente, y para sorpresa de Manuela, se desviaron por la puerta que conducía a obstetricia.
La urgencia no era más que un embarazo, otro embarazo.
Decidió darse un respiro yatravesó el prado que la dejaba en la puerta lateral de la cafetería, una vez a la semana rompía la dieta para comerse un par de pasteles de atún de los que preparaba Melva.
—Hola, señorita —la saludó Melva tan pronto la vio—. ¿Cómo le ha ido con su puesto de jefa?
—Es algo nuevo para mí, pero es una oportunidad que debo aprovechar.
—¿Usted la va muy bien con el director, cierto? —le preguntó Melva, tratando de confirmar esos chismes de pasillo, mientras bajaba el volumen del pequeño televisor donde en las noticias anunciaban al cocinero inglés, Andy Shelberg, como el mejor chef del mundo.
—No, normal. Creo que él confía en mis capacidades y yo no lo pienso defraudar.
Los rumores de pasillo decían que el director del hospital, Juan José Ibarra, vivía enamorado de Manuela Andrade; o no tanto enamorado; atraído, seducido, tal vez obsesionado.
Por eso la había ascendido al urgencias, aun teniendo puesto de enfermera jefe de varias compañeras con más experiencia y tal vez más capacidades que podían cumplir con ese cargo con solvencia.
Manuela había cometido dos errores que se complementaban, uno: salir a cenar con Juan José Ibarra un mes atrás.
Esa noche él entendió esa salida como una puerta abierta para una relación clandestina.
Él era casado; ella no, pero llevaba año y medio con su novio.
Desde ese día Juan José le ofreció varios privilegios, y aunque no lo dijo explícitamente, el único requisito era portarse bien.
El otro error fue algo más placentero, Manuela le tenía una sorpresa de aniversario a su novio, se irían de viaje a Cancún.
El error había sido comprar el viaje con su colapsada tarjeta de crédito, que al principio creyó saber manejar gracias a su aumento de salario, pero que ya iba hasta el tope, como sus demás deudas, por eso ponía tanto esmero en su trabajo, no podía darse el lujo de perderlo,
pero tampoco debía utilizar su influencia con el director.
Su taza rebosada, su reacción y su próxima investigación por homicidio le borrarían esas preocupaciones.
Fue una gran idea haberlos convocado en el salón de medios de comunicación, la cabina insonorizada evitaba que los ruidos y gritos de las compañeras más escandalosas se escucharan en las demás instalaciones de la prepa.
Todos en el salón estaban aterrados, el estudiante más apelotardado e inofensivo de la clase se había convertido en un psicópata calculador.
La sangre chorreaba por todos lados cuando su cómplice salió con la encomienda en busca del profesor Eduardo Maldonado.
Santiago se paró en la puerta con el hacha en su mano, nadie se movía sin terminar su objetivo.
No se sentía culpable, todo fue producto de una acumulación de rabia.
Chispa, fuego, detonación. Una bomba de tiempo que no avisa cuándo va a explotar.
La envidia de sus compañeros había detonado tres meses antes, cuando su popularidad se disparó ylos videos en redes sociales seguían aumentando sus vistas.
Santiago encendió el televisor y en los canales colombianos también era la noticia del día: Manuela Andrade, presunta asesina del doctor Ibarra, había sido capturada, descubierta gracias al estudiante de Ciudad de México.
«Santiago Fernández, te necesita otro periodista», efectivamente, le pasaba a toda hora, en todas las clases. Los maestros ya estaban irritados, a sus compañeros ya se les notaba la desazón. Era el chico más popular del colegio en ese momento, el más popular de la ciudad, tal vez del país.
Todo comenzó ese día que venía del colegio, hacía mucho calor, y Santiago, aún con uniforme, parecía caminando en cámara lenta en medio del desierto.
Siempre le había gustado la arquitectura de las iglesias y cómo hacían juego con el cielo cuando el día estaba despejado.
Sacó el móvil y tomó un par de fotos. Antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo, observó en el parque a una mujer de unos treinta años.
La vio sentada en una de las bancas de cemento, con unos movimientos raros.
Lucía bien vestida, con un sombrero grande y llevaba una maleta de viaje, pero parecía estar haciendo algo prohibido, porque miraba sospechosamente hacia todos lados, pero a la vez no se fijaba en nada, porque no se percató de que el chico la grababa con descaro.
En realidad él filmaba todo lo que le parecía extraño.
Una vez grabó a dos perros que hacían el amor, pero en ese momento no lo sabía, pensó que eran perros siameses o que alguien los había pegado por las colas de maldad.
Luego, cuando le mostró a la maestra de biología, le explicó que era la manera como ellos se amaban; era, según ella, una especie de abrazo.
Por sus titubeos en su explicación supo que no le estaba diciendo la verdad completa, así que mejor investigó en internet, de ahí en adelante prefirió consultarlo todo en la web antes que en las personas.
Cuando Santiago grabó a la mujer ni siquiera sabía cómo se llamaba, ni quién era, ni dónde vivía.
La grabó por curiosidad, como todo. Una vez el maestro de humanidades le dijo que hacía bien, que se notaba su sueño de ser periodista y que le auguraba un buen futuro.
Sin embargo, le recomendó nunca grabar a menores de edad sin el consentimiento de sus padres; publicar fotos o vídeos de niños iba en contra de la ley.
Por eso en el colegio no se atrevía a sacar el móvil, para evitar problemas o malentendidos.
Ese día que grabó a la mujer en esa actitud sospechosa, decidió seguirla y saber cuáles eran sus propósitos.
Por fortuna se fue caminando, arrastrando su maleta sin ningún afán; de vez en cuando paraba para tomar fotos en algún monumento o edificio.
En realidad no sabía cuánto tiempo tardaría, ni siquiera sabía qué era lo que buscaba, su instinto de periodista investigativo solo se alimentaba de la curiosidad.
Decidió adelantarse; por sus movimientos, ya sabía que la extraña mujer tenía tiempo de sobra, por la dirección de sus pasos se intuía que se dirigía hacia el aeropuerto; además, su maleta de viaje lo confirmaba.
Así que Santiago fue hasta allí y la esperó en la sombra del paradero de camiones más cercano al parqueadero externo del aeropuerto.
Ahí tenía la mejor vista, ya fuera que llegara caminando o en taxi.
Santiago decidió que la esperaría unas dos horas, no quería que le cogiera la noche en un sitio contrario al de su casa.
Si no llegaba, la historia quedaría como anécdota y con el paso del tiempo se le olvidaría.
No fue así, al cabo de unos quince minutos la mujer descendió de un taxi y entró directamente a los módulos de las taquillas.
El chico se acomodó el uniforme lo mejor que pudo, se limpió el sudor y hasta se peinó.
El chico-periodista caminó mirando para todos lados, pero siguiendo a la mujer que era su objetivo mayor.
Hacía fila en la taquilla de Avianca y él se acercó por un lado, aguzó el oído y descubrió que se llamaba Manuela Andrade y se dirigía a Bogotá, Colombia.
Google decía que estaba aproximadamente a cuatro horas y media en avión.