Detonante
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PRIMERA PARTE
LA CHISPA
—¡No! —gritó Daniela cuando Camilo se desplomó contra
el suelo después del brutal impacto que Oswaldo le propinó con furia.
El siguiente grito se apagó con la mano abierta de Oswaldo contra su mandíbula.
Su esposo la empujó dentro de la espuma del yacusi y le oprimió el cuello con salvajismo.
Daniela se quedó sin reacción, todo fue tan rápido e imprevisible que no le dio tiempo de arrepentirse ni pedir perdón.
Solo chapoteaba con las piernas mientras el aire de los pulmones se le agotaba.
Un día antesla paciencia de Oswaldo Valencia se había consumado por completo.
—¿Puedes hablar? —preguntó Camilo Muñoz sin saludarla.
—Sí, Oswaldo está en el garaje lavando el carro —dijo Daniela Aguirre al escuchar el chorro de agua que salía por la manguera, sin percatarse de la presencia de su esposo, más cerca de lo que debería.
—Perfecto, ya tengo todo organizado. ¿Tú ya empacaste?
—A ver, Camilo. Yo no puedo hacer eso, tengo que hacerlo mañana, cuando Oswaldo se vaya para el trabajo.
—¿Al fin qué le dijiste? Si quieres cambio la reserva del hotel.
—Claro que no, simplemente le dije que tengo turno nocturno, y aparte de eso debo viajar para sustentar el trabajo de grado, cosa que no es del todo mentira.
Lo que no sabe es que me dieron permiso en el hospital durante dos días, supuestamente para terminar todo lo de la universidad, pero mi compañero Luis Eugenio ya está encargado de eso. Pobre, ha hecho casi todo.
—Mejor dicho, Daniela, piensas en todo.
—Por eso es que te gusto. Sé lo que tengo, conozco mis poderes.
—¿Como cuáles?
—Me muevo rico, hago buenos masajes, no soy tóxica, cocino como los dioses… ¿Sigo?
—Eso no lo sabía.
—¿Qué cosa, lo de cocinar rico?
—Hasta ahora no he probado tu sazón culinaria. —Para todo hay niveles. ¿Te gusto para cocinar o para comer? Espera un momento, no cuelgues…
—¿Qué pasó?
—Ya me encerré en el baño, venía el que me quiere únicamente para que le cocine, y tiene muy buen oído.¿En qué íbamos?
—Pues, que me pones a pensar, y me dan ganas de comer…te, en todos los sentidos.
—Um. Mañana en la noche tal vez te sorprenda.
—A propósito, ahora que estamos hablando de eso. ¿Qué has pensado?
—¿Pensado de qué?
—De separarte, de oficializar conmigo.
—La verdad, Camilo, no tengo que pensarlo. Aquí tengo todas las comodidades, sería una idiota si dejo a Oswaldo para comenzar de cero contigo. Ahora…si tú crees que si nos seguimos viendo de vez en cuando puede traerte problemas, lo mejor es que…
—¿Problemas?
—Sí, problemas: enamoramiento, falsas expectativas, ilusión.
—No, no, Daniela. No hay problema, me queda claro que lo nuestro es netamente sexual. Eso lo tenemos claro desde el principio.
—El que se enamore pierde, esa fue la condición.
—El que cocine primero, pierde.
—Te quedó sonando lo de la cocina. Tal vez te prepare algo si te portas bien.
—Parece un reto, para subir de nivel.
—Tengo que colgar, me está llamando mi compañero Luis Eugenio, mañana nos desquitamos —Daniela colgó al mismo tiempo que Oswaldo separó la oreja de la puerta para seguir con sus supuestas labores, mientras cavilaba su venganza.
—¡Hijueputa! —fue la última palabra decente que escuchó
Luis Eugenio antes de perder el control.
Su taxi quedó atravesado en medio de un trancón de carretera.
El inclemente sol hacía hervir el pavimento y el conductor grande y gordo de una tractomula que transportaba chatarra descendió con machete en mano golpeando el capó de su taxi.
Luis Eugenio bajó del vehículo, se armó con una roca que encontró en una zanja y de un golpazo cerró la puerta.
Luis Eugenio había ajustado la puerta con delicadeza veinticuatro horas antes, atrás quedaron los salones de la universidad, respiró hondo; si no hubiese estado en un sitio público hubiera saltado hasta el techo y hecho mil piruetas con su cuerpo.
Suspiró, lanzó un agradecimiento mental a la memoria de Daniela Aguirre.
Aunque fue poco lo que ayudó en el trabajo antes de su trágica muerte dos semanas atrás, en algo había servido.
Ahora Luis Eugenio sentía que un ángel lo guiaba desde el cielo, o el infierno, o un poco más allá.
Guardó la compostura mientras atravesaba la cafetería, vio a un par de compañeros sentados en una mesa cercana, por fortuna estaban embelesados con el televisorviendo un partido del Manchester United donde resaltaba aquel popular jugador Aldineber Atapuma,
campesino ecuatoriano que se había convertido en figura mundial y ejemplo de superación para los pobres.
Luis Eugenio continuó su camino,en sus gestos no mostró su alegría interna, y aunque moría por contarle al mundo su proeza, se había prometido que los primeros en enterarse serían sus familiares.
Timbró su móvil y rechazó la llamada, era su esposa pero queríadarle la noticia personalmente; ya varias veces le había comentado sobre esos sueños trágicos en el carro, María Angélica se merecía una buena nueva que la alejara del nerviosismo de sus premoniciones.
Salió de la universidad y se fijó en la hora: tenía el tiempo justo.
Caminó ocho cuadras que lo separaban del local donde debía recoger el traje.
Atravesó el andén y un par de cuadras más allá entró en la panadería La Cremosita, sabía que era de las más costosas de la ciudad, pero la ocasión lo ameritaba.
Pidió cuatro cruasanes y un pan de jamón y queso; en casa prepararían café o chocolate, y a celebrar, porque hacía mucho tiempo no había un motivo.
Cuando Luis Eugenio abrió la puerta, encontró a toda su familia en la sala; callados, expectantes, deseosos de conocer el resultado del trabajo final.
La familia de Luis Eugenio se conformaba por su esposa María Angélica, su hija Jessica y su hijo Leandro.
Lo saludaron, Luis Eugenio le entregó la bolsa de panadería a María Angélica, pero nadie se atrevía a moverse.
—¿Y? —preguntó María Angélica.
—Y, bien —y aunque Luis Eugenio quería dar un toque de misterio al momento, no fue capaz de mentir y a la vez fingir seriedad—, creo que lo logramos.
—¿Crees? —preguntó su esposa.
—Pues… hice la sustentación, me hicieron un par de preguntas y creo que quedaron conformes. Debo esperar sus comentarios finales y la recopilación de todas las notas.
—¿Entonces por qué traes el vestido de una vez? —le preguntó Leandro con voz de malicia.
—Siempre es bueno sentirse seguro de sí mismo —se adelantó María Angélica.
—Sí, además, en este momento es más fácil graduarme que perder todos los diez semestres. Mejor dicho, celebremos, ¡porque estamos muy cerca!
—¡Sí! —gritaron al unísono.
María Angélica sirvió el jugo de manzana que llevaba todo el día en la nevera, lo había preparado porque era el favorito de su esposo; buen aliciente para un hombre que no toma licor.
Mientras sus hijos debatían sobre un video de Norman Kane, comediante inglés de voz chillona del que no entendían bien los chistes por ser un humor de otra cultura, sin contar la velocidad con la que pasaban los subtítulos;
Luis Eugenio fue a la habitación para colgar el traje de graduación en el closet.
Tuvo el tiempo suficiente para sonreír solo, agradecerse, felicitarse, recordar todo su esfuerzo y, sobre todo, vanagloriarse por haberlo logrado a pesar de tantos obstáculos, burlas y comentarios mala leche, no solo de sus compañeros de estudio,
también de sus colegas por atreverse a estudiar una carrera universitaria con cuarenta y tantos años.
—Papá, te está timbrando el teléfono...
Cuando contesta se encuentra con la voz de Gustavo Villegas, su jefe.
Luis Eugenio llevaba quince años trabajando paraGustavo Villegas y ninguno tuvo queja del otro.
Cuando Luis Eugenio le mencionó que quería estudiar algo, no solo para ser un buen ejemplo para sus hijos, también para darles un mejor futuro; Gustavo no dudó en apoyarlo, incluso lo asesoró y le recomendó estudiar administración de empresas.
Manuel, un hijo de Gustavo, le ayudó a encontrar la facultad que mejor se adaptara, tanto en reconocimiento, precios de matrículas, horarios y ubicación.
Para Luis Eugenio parecía un sueño encontrar personas tan buenas, su oficio como taxista le había enseñado que el mundo iba en declive: personas afanadas por doquier, de mal genio, ambiciosas, en busca de éxito y fama sin siquiera encontrar un propósito que los haga felices.
—Cuéntame. ¿Cómo estuvo todo?
—Lo más de bien. Lo más seguro es que el grado sea el viernes.
—Eso me parece maravilloso, felicitaciones. Mis hijos le envían un saludo.
—Muchas gracias, don Gustavo. Como se lo he dicho tantas veces: sin la ayuda de ustedes no lo hubiera logrado. Prácticamente les debo media carrera.
—No diga eso, hombre. El esfuerzo que usted hizo no lo hace cualquiera. Esas madrugadas, esas trasnochadas. A nuestra edad eso es un suicidio.
Ambos rieron y Luis Eugenio aprovechó para ir a la cocina, después de tapar el orificio del micrófono, le dijo a su esposa que era Gustavo.
Ella puso cara seria, sabía que cuando lo llamaba era para encomendarle algún trabajo especial fuera de la ciudad.
Al menos tenía la excusa de los preparativos de la graduación y le diría que mandara a otro de sus empleados.
Efectivamente, Gustavo disparó:
—Hombre, Luis. Lo llamaba, aparte de saludarlo y preguntarle lo de la universidad, para ponerle un trabajito.
—Claro —ya me lo imaginaba, quiere decir Luis Eugenio—. Para qué soy bueno. Aunque… esta semana, como usted entenderá, debo hacer algunas vueltas respecto a la graduación.
—Tranquilo, yo lo entiendo. Esto es cuestión de un rato; es ir, llevar unas cajas con unos libros. ¿Conoce a Adonilson Lausada?
—¿El pastor? No lo conozco pero lo he visto en videos.
—Ese mismo. Tiene presentación de su libro y usted se los va a llevar en el carro y regresa tranquilo para que descanse. Es más, pensaba darle el resto de semana libre para que haga sus trámites y le quede tiempo para celebrar. ¿Qué le parece?
—Pues, usted sabe cómo es conmigo, no me le voy a negar. ¿Y cuál es la ciudad?