DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 35 — El golpe maestro de Máximo
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CAPÍTULO 35 — El golpe maestro de Máximo

POV: Aurora

La entrevista de Frida en TMZ se incendió en redes en cuestión de horas.

Para el mediodía mi nombre era tendencia en Twitter, y no de la buena: ¿víctima o villana?

, editora acusada de conspirar con la amante de su esposo, ¿y si Máximo Torres es la verdadera víctima?

Cada titular era una piedra más sobre el mismo montón.

Sarah llegó a las dos con una cara que no presagiaba nada.

—Máximo presentó una contrademanda esta mañana desde la cárcel.

Difamación, conspiración para cometer fraude, y malversación de fondos corporativos.

—Abrió la laptop—. Alega que tú y Dante desviaron recursos de Vesper lo detuve. Si aparecíamos juntos, confirmábamos la narrativa de Máximo de que éramos cómplices. Vi el dolor cruzarle la cara, pero asintió y me dejó ir sola.

Llegué a la editorial a las tres y media. La recepcionista me miró con una lástima que dolía más que el desprecio. En la sala de juntas me esperaban los ocho miembros de la junta, y Robert Chen presidía con expresión de funeral.

—Vamos al punto, señora Torres. ¿Autorizó transferencias de fondos corporativos por cuatrocientos mil dólares para pagar sus gastos legales personales?

—Nunca. Esas firmas son falsificadas, igual que las que mi esposo ya falsificó antes en mi divorcio.

—¿Tiene cómo probarlo?

—Trabajo con un perito en análisis de firmas. El mismo que probó las falsificaciones del fideicomiso. Sus resultados estarán en dos días.

—No podemos esperar dos días. El FBI ya investiga. Los medios ya reportan. Nuestra reputación está en juego.

Margaret Walsh, desde el otro extremo de la mesa, fue por el flanco que de verdad les interesaba.

—¿Y su relación con Dante Rivas? Si están involucrados, y él es el dueño mayoritario, eso es un conflicto de interés enorme. Sobre todo si usaron recursos de la empresa para asuntos personales.

—Dante pagó todo de su dinero. No de la empresa. Tiene los recibos de sus cuentas personales.

—Pero las transferencias corporativas también existen. Revisamos los libros. El dinero salió de nuestras cuentas.

—Entonces alguien accedió a ellas de forma fraudulenta. Máximo tiene gente que puede fabricar evidencia.

—O ustedes cometieron fraude y ahora intentan cubrirlo —remató ella.

Les recordé mis quince años en la empresa sin una sola queja, les pregunté por qué arriesgaría todo ahora. Robert levantó la mano para cerrar la discusión.

—Entendemos su posición. Pero tenemos que proteger a la compañía. Queda suspendida sin goce de sueldo, efectivo de inmediato. La investigación la hace el FBI; esperaremos sus resultados. Mientras tanto, no puede entrar a las instalaciones ni representar a la empresa.

—¿Sin investigación interna? Es injusto.

—Es necesario. No es personal, señora Torres.

—Por supuesto que es personal. Pero está bien. Cuando el FBI confirme que las firmas son falsas, espero una disculpa formal.

Salí con una dignidad que no sentía. En el elevador, por fin dejé caer las lágrimas. Había perdido el trabajo, la reputación y la credibilidad de una sola sentada, por documentos que un hombre incapaz de aceptar la derrota había mandado fabricar.

Afuera me esperaban los reporteros; alguien había filtrado la reunión.

Gritaban sobre fraude, sobre mi amante, sobre cuánto dinero había robado.

Los ignoré, subí al auto y manejé sin rumbo durante una hora, llorando y golpeando el volante.

Cuando llegué a casa, había más cámaras; Viktor las contuvo mientras yo entraba corriendo.

Valeria estaba en la sala con Rosa. Me vio destruida y, por primera vez en semanas, corrió a abrazarme.

—Vi las noticias. Dicen cosas horribles. ¿Te van a meter a la cárcel?

—No, mi amor. No hice nada malo.

—Pero papá tampoco hizo nada malo y está en la cárcel.

—Tu papá sí hizo cosas malas. Yo no. Hay diferencia.

—¿Y cómo sé cuál de los dos dice la verdad?

No tenía respuesta. Para una niña de nueve años, dos padres acusándose de delitos deben sonar exactamente igual.

Dante llegó media hora después, entrando sin tocar, ignorando a los reporteros.

Me encontró deshecha y me prometió que no dejaría que Máximo me destruyera, que pelearía con todo lo que tenía.

Le dije que sus recursos eran parte del problema, que su pasado en Italia me convertía en cómplice a los ojos de todos.

No lo negó. Solo se sentó a mi lado y me sostuvo la mirada.

—Si caemos, caemos juntos. Pero no te voy a abandonar.

—Tal vez deberías. Tal vez si te alejas, Máximo deja de atacarme.

—No funciona así. Ya estás marcada. Que me aleje ahora no cambiaría nada.

Tenía razón. El daño ya estaba hecho. El teléfono vibró: un mensaje de número bloqueado. «Jugada y jaque mate. Disfruta la cárcel. —MT.» Máximo, celebrando desde su celda. Le mostré la pantalla a Dante.

—Todavía no es jaque mate —dijo—. Apenas vamos por la mitad del juego.

Se sentía como el final. Pero esa noche, acostada en la oscuridad, lo que de verdad me quitaba el sueño no era el mensaje. Era darme cuenta de que Máximo no me estaba derrotando con verdades, sino con mentiras tan bien armadas que parecían reales.

Y yo todavía no sabía cómo se peleaba contra eso.