CAPÍTULO 34 — Alianzas rotas
POV: Aurora
No dormí esa noche. Me quedé despierta en la oscuridad repasando cada palabra de Frida, buscando las señales que debí ver y no vi. A las seis me rendí y bajé a hacer café. Carolina ya estaba en la cocina dándole de comer a Mateo y me miró con preocupación.
—Te escuché caminar toda la noche. ¿Estás bien?
—No. Hay cosas que no cuadran. La forma en que Frida me buscó tan rápido. Lo fácil que aceptó todo, como si me hubiera estado esperando.
Carolina dejó la cuchara en el aire.
—¿Crees que sabía de ti desde antes?
—Voy a averiguarlo.
Llamé a Frida a las siete y le exigí que viniera a mi casa, que no habíamos terminado, que había preguntas que tenía que responderme en persona o nuestra alianza moría ahí. Protestó —la prueba de ADN era en dos horas, tenía que preparar a Emma—, pero acabó cediendo: vendría después, a las once.
Sarah llegó a las ocho con la dosis diaria de malas noticias.
Máximo había sido arrestado en la madrugada y esperaba su audiencia de fianza esa tarde, pero desde la celda seguía filtrando veneno a la prensa: que Frida lo había engañado con lo de Emma, que ella y yo habíamos conspirado para destruirlo.
Y funcionaba. Los comentarios en redes ya habían girado; ahora la gente se preguntaba si éramos víctimas o villanas.
Dante, que había pasado la noche en el cuarto de huéspedes para evitar más fotos, entró con más café y una recomendación que no quise oír.
—Necesitas alejarte de Frida en público. Cada vez que la defiendes, te hundes con ella. No te pido que la abandones; te pido que dejes claro que sus mentiras no son las tuyas.
Tenía lógica, y aun así se sentía como una traición. Le dije que lo pensaría.
A las once en punto, Frida llegó con Emma dormida en brazos; la prueba había agotado a la niña. La acostó en el sofá de la sala y vino a mi oficina, donde la esperábamos Carolina y yo.
—¿Para qué está ella? —preguntó, mirando a Carolina.
—Para tener un testigo. Ya no me basta tu palabra.
Frida se sentó, resignada, y me invitó a preguntar. Así que pregunté lo único que de verdad importaba: desde cuándo sabía de mí, desde cuándo sabía que Máximo estaba casado. Otra vez el silencio largo. Otra vez la voz plana cuando por fin habló.
—Desde hace dos años. Una amiga en común mencionó que conocía a Máximo Torres, que estaba casado con una editora en México, que tenían una hija. Me enseñó fotos de tus redes. Tú y Valeria.
El mundo se detuvo un instante.
—¿Y no dijiste nada.
—Porque Máximo me había convencido de que estaban separados. De que el divorcio iba en camino. De que tú solo seguías usando su apellido por conveniencia. —Tragó saliva—. Quise creerle. Porque aceptar la verdad era aceptar que yo era la amante. La otra. Y no podía ser eso.
Carolina se inclinó hacia ella, incrédula.
—Si sabías la verdad, ¿por qué seguir con él?
—Por Emma. Y porque mis padres jamás habrían aceptado que el verdadero padre de mi hija era el chofer de la familia.
El silencio en la oficina se volvió absoluto.
—¿Qué? —susurré.
Y entonces Frida desarmó la última versión de sí misma.
Javier Mendoza no era ningún novio: era el chofer de su familia.
Su padre, Patricio Villarreal, era uno de los hombres más conservadores y clasistas que existían; ella debía casarse con alguien de su mismo apellido, de su misma sangre.
Pero hubo una fiesta, demasiado alcohol, Javier llevándola a casa, una cosa que llevó a la otra, y un despertar al día siguiente con el horror de lo que había hecho.
Cuando supo que estaba embarazada, entró en pánico: no podía decirle a su padre que el padre de su nieta era el empleado, porque la habría desheredado, expulsado de la familia.
Así que despidió a Javier, le pagó para que se fuera de la ciudad y lo amenazó con arruinarle la vida si volvía o decía una palabra.
Dos meses después conoció a Máximo en una gala.
Guapo, exitoso, encantador. Le contó del embarazo omitiendo quién era el padre; solo dijo que escapaba de un ex abusivo.
—Lo amenazaste —dijo Carolina, con asco—. Al padre de tu hija.
—Funcionó. Se fue. —Frida ni parpadeó—. Máximo creyó la historia del abuso, o fingió creerla. Con él nunca se sabe.
Me costó respirar para hacer la siguiente pregunta.
—¿Y cuando descubriste que yo existía, hace dos años, por qué no me contactaste?
—Porque te necesitaba exactamente donde estabas.
En México. Ignorante. —Lo dijo sin crueldad, que fue lo más cruel de todo—.
Si te enterabas y te divorciabas, Máximo habría tenido tiempo completo para mí.
Y yo no quería eso. Quería su dinero y su apellido para Emma, no el compromiso.
Sus viajes me daban libertad: mi clínica, mi vida, sin tenerlo encima.
Así que te mantuve en la oscuridad a propósito.
Y cuando por fin llegaste a Nueva York, con tu rabia fresca, tu investigador, tu evidencia legal, vi una oportunidad.
Si tú lo destruías legalmente, yo me quedaba con todo lo que me había dado, sin consecuencias.
Carolina se levantó de golpe.
—La usaste como un arma.
—Sí. Pero también era genuino. De verdad estaba furiosa con Máximo; de verdad quería que pagara.
Solo que mis razones no eran las que dije.
—Y soltó la última—: Meses antes de que aparecieras, Máximo me amenazó.
Dijo que si me portaba mal, si hacía algo que dañara su reputación, revelaría que Emma no era suya y destruiría mi clínica y mi nombre.
Me tenía atrapada. Planeé destruirlo primero.
Solo no sabía cómo, hasta que llegaste tú. Eras perfecta.
Hasta la entrevista, confesó, la había coordinado con su padre: Patricio tenía contactos en los medios, él arregló que fuera en Good Morning America porque sabía que ahí pegaría más fuerte.
Su padre sabía que Emma no era de Máximo, sabía que el padre real era Javier; lo único que no sabía era que ella lo había amenazado para que desapareciera.
Para Patricio, el villano era Máximo, el hombre que engañó a su hija; ella era apenas un daño colateral. Conveniente, dije. Sí, admitió. Lo era.
Me levanté porque, si seguía sentada, iba a estallar.
—Lo que importa —dije— es que traicionaste mi confianza. Igual que Máximo. Igual que Sofía. Vete. Llévate a Emma. Y no vuelvas a contactarme si no es a través de abogados.
—¿Vas a abandonarme? Con Máximo demandándome por todo.
—Tú me abandonaste primero. Hace dos años, cuando elegiste no decirme la verdad. No te debo nada.
—¿Y Emma? ¿Tampoco te importa?
—Emma es inocente. Pero no es mi responsabilidad. Es tuya. Y eso debiste pensarlo antes de levantar el castillo de mentiras que ahora se le cae encima.
Frida se levantó con lágrimas en los ojos, tomó a Emma dormida y, antes de salir, me lanzó una advertencia envenenada: que cuando Máximo la destruyera, cuando lo perdiera todo, recordara que pude ayudarla y elegí no hacerlo.
Le respondí que era exactamente lo que ella había elegido conmigo dos años atrás.
La puerta se cerró y me dejó temblando de rabia.
Carolina me abrazó y me dijo que había hecho lo correcto. Dante, que lo había oído todo desde el pasillo, fue menos consolador y más certero.
—Va a contraatacar. Lo sabes. Puede decir que tú sabías desde el principio, que fueron cómplices. ¿Y por qué te creerían a ti antes que a ella?
No tuve respuesta, porque en una guerra de palabras todos parecen igual de culpables. La confirmación llegó minutos después, con la llamada de Sarah.
—Frida acaba de darle una entrevista a TMZ. Dice que ustedes dos lo planearon todo juntas. Que coordinaron la destrucción de Máximo. Que tú sabías lo de Emma desde el primer día.
Busqué el video. Ahí estaba Frida, las lágrimas resbalándole por la cara, narrando una historia inventada de principio a fin en la que yo era el cerebro detrás de todo: que yo la había buscado meses atrás, que yo le había propuesto quitarle todo a Máximo, que ella solo había seguido mi plan.
—Perra mentirosa —susurré.
Carolina miraba la pantalla con horror; hacía una hora, esa misma mujer había estado en mi oficina confesándolo todo. Pero la entendí: Frida se dio cuenta de que la iban a destruir, así que decidió arrastrarme con ella. Dante me quitó el teléfono de las manos y lo apagó.
—No mires más. Solo vas a enfurecerte.
—Ya estoy furiosa. ¿Cómo peleo contra alguien que miente tan bien como Máximo?
—Con la verdad. Con evidencia. Con el hecho de que tú no ganaste un solo dólar con todo esto, y ella se quedó con millones. Úsala, Aurora. Pelea. No dejes que Frida reescriba la historia.
Tenía razón, otra vez, y dolía igual.
Porque por un momento creí que por fin tenía aliadas, mujeres que entendían mi dolor desde adentro.
Y resultó que solo había sido, una vez más, la pieza en el tablero de alguien más.