CAPÍTULO 33 — Prueba de paternidad
POV: Aurora
Dos horas después de ganar la custodia, Frida me llamó. Su voz venía rota de un modo que no le conocía, temblando bajo cada palabra.
—Necesito verte. Ahora. Ven a mi apartamento. Sola.
—Me estás asustando.
—Deberías estar asustada. Solo ven.
Colgó y me dejó con el teléfono en la mano y un pánico que me trepaba por el pecho. Le dije a Sarah que tenía que salir, dejé a Valeria con Rosa y manejé hasta Park Avenue.
El portero me dejó subir sin anunciarme.
Frida abrió antes de que terminara de tocar.
Estaba destrozada: el pelo revuelto, sin maquillaje, los ojos rojos e hinchados de horas de llanto.
Me jaló adentro y echó el seguro. El apartamento era un caos de papeles regados y cajas a medio empacar; Emma dormía en su cuarto, ajena al desastre de su madre.
—Máximo demandó —soltó—. Dos horas después de mi entrevista. Fraude, difamación, y custodia de Emma.
—¿Custodia? Si acabas de confesar en televisión que no es su hija.
—Por eso. Quiere su propia prueba de ADN, supervisada por la corte, no la mía. Mañana a las nueve, en un laboratorio en Queens. Emma y él tienen que presentarse.
Me senté en el sofá porque las piernas no me respondían.
Le pregunté qué ganaba con una niña que no era suya, y Frida, retorciéndose las manos, me lo explicó con la voz cada vez más baja: cinco años de pensión retroactiva, cinco años de beneficios fiscales fraudulentos, todo argumentando que ella lo había engañado para sacarle dinero.
Y cuando le pregunté si eso era cierto, dejó la respuesta colgando en el aire demasiado tiempo.
—Parcialmente.
Esa palabra lo cambió todo. Frida me contó la versión que aún no era la verdadera: que al conocer a Máximo huía de Javier, su ex; que estaba embarazada y desesperada; que cuando él se ofreció a criar a Emma como propia, ella no lo rechazó, aprovechó la oportunidad.
Después dejó que le comprara la clínica, que pusiera el apartamento a su nombre, que depositara cientos de miles de dólares en cuentas para la niña —todo sabiendo que Emma no era suya.
Él también lo sabía, juraba, le había dicho desde el principio que lo sabía; pero no tenía cómo probarlo.
Ni un mensaje, ni un correo. Su palabra contra la de él.
Y, después de confesar en cadena nacional, ella era la que parecía mentir.
—Me está demandando por trece millones de dólares —dijo, mostrándome los documentos legales con manos que no paraban—. La clínica, el apartamento, daños punitivos. No tengo trece millones. Si pierdo, me quedo sin nada. Y podría enfrentar cargos penales por fraude.
Hablé de Javier, el padre biológico. No sabía de él hacía cinco años, dijo; ni siquiera sabía que Emma existía.
Había huido antes de decírselo porque era violento, porque la había golpeado durante dos años, porque al descubrirse embarazada supo que tenía que escapar.
Tomó lo que pudo y desapareció, cambió de ciudad, de nombre, de todo.
Y entonces apareció Máximo. Le había contado del abuso, lo suficiente para que él se ofreciera a protegerlas.
O eso dijo él. Ahora usaría esa misma historia en su contra: diría que se la inventó para justificar su fraude, que era una mentirosa calculadora que lo engañó desde el primer día.
El teléfono vibró. Sarah, con la copia de la demanda en la mano.
—Es brutal. Trece millones más punitivos, y pide custodia temporal de Emma mientras se resuelve, argumentando que Frida es una madre inestable que mintió cinco años sobre la paternidad. ¿Está contigo? Dile que necesita un abogado serio. Ya. Esto no lo maneja sola.
Le transmití el mensaje. Frida negó con la cabeza: no podía pagarlo, todo su dinero estaba en la clínica y el apartamento que Máximo ahora reclamaba como suyos. Le ofrecí pedirle ayuda a Dante; me cortó antes de terminar.
—No. No voy a pedirle más a Dante. Ya hizo bastante por ti. —Se quedó mirando la ventana que daba a la avenida, donde la ciudad seguía moviéndose como si nada—. Tal vez le dé lo que quiere. Le devuelvo todo y me voy con Emma a algún lugar donde no nos encuentre.
—Eso es volver a huir.
—Sí. Pero Emma estaría a salvo.
Le recordé que Máximo pronto estaría en prisión por los cargos penales, que desde ahí no podía tocarla.
Frida me miró con una sonrisa amarga y me preguntó si estaba segura, porque desde donde ella estaba parecía que el hombre podía hacer un daño enorme incluso sin libertad.
Y tenía razón. Las fotos, la demanda, todo era un contraataque coordinado, lanzado desde el borde mismo de su arresto.
Me levanté y caminé hacia el ventanal, dándole la espalda.
—¿Hay algo más que deba saber? ¿Otro secreto que vaya a estallarme en la cara?
El silencio de Frida se estiró demasiado. Cuando habló, su voz era apenas audible.
—Sí. Hay algo más. —Esperó a que me girara—.
La razón por la que acepté tu amistad tan rápido.
Por la que accedí a testificar. No fue solo solidaridad.
Pensé que si Máximo caía, nadie cuestionaría de dónde salió mi dinero.
Que las propiedades a mi nombre serían mías, legalmente, porque ya no habría nadie para reclamarlas.
El piso se me movió bajo los pies.
—¿Me usaste.
—Al principio, sí. —No lo negó, y eso fue peor—. Pero después te conocí de verdad. A ti, a Carolina. Vi el daño que hizo Máximo, y mi motivo cambió. Dejó de ser proteger mis activos. Empezó a ser justicia.
—Empezó como un plan para no perder tu dinero —corregí—. La entrevista también, ¿verdad? No la diste por mí. La diste porque tu abogado dijo que una confesión voluntaria se vería mejor que una exposición forzada.
—También. —Bajó la mirada—. Debí decírtelo antes.
Cada palabra era otra puñalada. Le pregunté por Carolina, y confirmó lo que ya empezaba a temer: la había contactado ella primero, le había sugerido venir a Nueva York, le había metido en la cabeza que si todas se unían podrían sacarle más a Máximo.
Lin había aparecido sola, dijo, pero la idea de hacer lo mismo con ella la había tentado.
La mujer que yo había creído mi aliada llevaba todo este tiempo jugando su propia partida.
—¿Quién eres realmente, Frida?
—Una sobreviviente. Como tú. Solo que sobreviví usando las mismas tácticas que Máximo usó conmigo. Manipular. Mentir cuando convenía. Aprovechar oportunidades sin pensar en el costo.
—No somos iguales.
—¿No? —Me sostuvo la mirada por primera vez—.
¿No aceptaste la ayuda de Dante sabiendo que tenía intereses contigo?
¿No dejaste que pagara tu defensa entera?
¿No te acostaste con él sabiendo que podía complicarte el divorcio?
Las dos hicimos lo que había que hacer para sobrevivir. La diferencia es que yo lo admito.
No tenía respuesta para eso, y el hecho de no tenerla me revolvió por dentro más que cualquiera de sus mentiras.
—Necesito irme —dije, y me fui aunque ella me llamó por el nombre, aunque me pidió que no la dejara sola justo cuando Máximo iba por todo.
Manejé a casa en piloto automático, con la cabeza dándome vueltas. Máximo me mintió. Sofía me traicionó. Frida me usó. ¿Dante será el siguiente? La pregunta se instaló y no quiso irse.
Dante me esperaba con Viktor. Se levantó en cuanto me vio entrar.
—Te ves terrible. ¿Qué pasó?
Se lo conté todo: la demanda, las confesiones de Frida, cada mentira que se había caído esa tarde. Cuando terminé, me abrazó fuerte y murmuró que lo sentía, que sabía cuánto había confiado en ella.
—Ya no confío en nadie —dije contra su pecho.
—¿Ni siquiera en mí?
La pregunta quedó suspendida entre los dos. Y lo más aterrador de todo no fue que no supiera contestarla.
Fue que, después de todo lo que había pasado, tampoco confiaba ya en mí misma.