CAPÍTULO 26 — Dante revela sus cartas
POV: Aurora
La mañana después del consejo de guerra amaneció con resaca brutal. Bajé a la cocina con los ojos hinchados y encontré a Carolina preparando desayuno mientras Mateo dibujaba en la mesa.
—Buenos días. Encontré café.
—Gracias. Lo necesito.
—Yo también. Tres botellas de vino fue mala idea.
Nos reímos a pesar del dolor de cabeza. Rosa entró con Valeria. Mi hija me miró con desprecio antes de sentarse lo más lejos posible de Mateo.
—Buenos días, Valeria.
Silencio. Rosa me lanzó una mirada de disculpa.
El timbre sonó. Dante. Puntual como siempre, con café de Starbucks y bagels.
—Pensé que necesitarías esto después de anoche.
—¿Cómo supiste de anoche?
—Frida me mandó mensaje. Dijo que las tres acabaron borrachas planeando la destrucción de Máximo. Sonaba divertido.
—No recuerdo mucho después de la segunda botella.
—Eso también me dijo.
Carolina apareció en la puerta. Dante la miró con sorpresa.
—Tú debes ser Carolina.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Porque Aurora no guarda secretos conmigo. Soy Dante Rivas.
—El jefe que financia todo esto.
—Entre otras cosas.
Dante entró a la cocina como si fuera su casa. Sirvió café para todos, distribuyó bagels, le dio jugo a Mateo. Actuaba natural, cómodo, como si hubiera hecho esto mil veces.
Valeria lo observaba con curiosidad mezclada con resentimiento.
—¿Ahora vienes a desayunar también?
—Si tu mamá me lo permite.
—Ella no es mi mamá ahora mismo.
—Valeria, suficiente.
Mi hija se levantó y subió a su cuarto. Otra puerta azotada. Dante me miró con compasión.
—Dale tiempo.
—Todos dicen eso pero el tiempo no está funcionando.
Carolina tomó a Mateo de la mano.
—Vamos arriba a jugar. Dejemos que los adultos hablen.
Cuando nos quedamos solos, Dante se sentó frente a mí con expresión seria.
—Necesitamos hablar.
—¿De qué?
—De nosotros. De por qué hago todo esto.
—Dante, ya hablamos de esto. Eres mi amigo. Me estás ayudando.
—No. Necesitas saber la verdad completa antes de que esto vaya más lejos.
Su tono me puso nerviosa. Me serví más café solo para tener algo que hacer con las manos.
—¿Qué verdad?
Dante respiró profundo, como preparándose para algo difícil.
—Compré Vesper & Blackwell por ti. Solo por ti.
—¿Qué? Ya sabía que querías invertir en publicaciones latinas.
—Eso fue la excusa. La razón real fuiste tú.
—No entiendo.
—Hace dos años. Miami. Conferencia de Editores Latinos. Tú diste una charla sobre el futuro de la literatura en español en Estados Unidos.
El recuerdo me golpeó. Esa conferencia. Mi primera presentación internacional grande. Estaba aterrada pero salió bien.
—¿Estuviste ahí?
—En la última fila. Fui porque buscaba oportunidades de inversión. Pero cuando empezaste a hablar, olvidé todo lo demás.
—Dante, eso fue hace dos años. Apenas me conocías.
—Exacto. Por eso investigué todo sobre ti. Leí cada artículo que publicaste. Vi cada entrevista. Seguí tu carrera obsesivamente durante dos años.
Las palabras me cayeron como cubetas de agua fría. Investigó. Siguió. Obsesivamente.
—Eso suena a acoso.
—Lo sé. Y probablemente debería disculparme pero no voy a hacerlo porque no me arrepiento.
—¿Por qué yo? Había cientos de personas en esa conferencia.
—Porque hablabas con pasión real. Porque no te disculpabas por ocupar espacio. Porque cuando mencionaste un libro que amabas, tus ojos se iluminaron de una forma que me dejó sin aire.
Se levantó y caminó hacia la ventana, dándome la espalda.
—Supe que estabas casada. Vi el anillo. Investigué a tu esposo también. Máximo Torres. Exitoso. Guapo. Aparentemente perfecto.
—No era perfecto.
—Pero yo no lo sabía entonces. Solo sabía que estabas fuera de mi alcance. Casada. Con hija. Con vida establecida en México.
—Entonces ¿por qué compraste la editorial?
Se giró hacia mí, esos ojos negros clavándose en los míos.
—Porque soy egoísta. Porque quería una excusa para estar cerca de ti. Gasté ochenta millones de dólares en una operación hostil solo para poder trabajar contigo.
La cifra me dejó sin aire. Ochenta millones. Por mí.
—Eso es una locura.
—Lo sé. Pero cuando quiero algo, no me detengo hasta conseguirlo.
—¿Y qué querías conseguir exactamente? ¿Qué pasaba si yo era feliz en mi matrimonio? ¿Si nunca hubiera descubierto las mentiras de Máximo?
—Entonces habría sido tu jefe. Tu amigo. Nada más. Me habría conformado con eso.
—No te creo.
—Deberías. Porque cuando te vi esa noche en el bar, rota y llorando, no me aproveché. Podría haberlo hecho. Estabas borracha y vulnerable. Pero no lo hice.
Tenía razón. Esa noche me cuidó sin pedir nada a cambio.
—Entonces ¿por qué me lo dices ahora? ¿Por qué arruinar esto con confesiones que no pedí?
—Porque estoy cansado de mentiras. Toda tu vida ha sido mentiras de Máximo. No voy a agregar las mías.
—Pero esto es manipulación de otro tipo. Compraste mi lugar de trabajo. Orquestaste mi transferencia a Nueva York.
—Sí. Y merezco que me odies por eso.
—No te odio. Estoy confundida. Asustada.
—¿De qué tienes miedo?
—De que seas otra versión de Máximo. Otro hombre que me controla sin que me dé cuenta.
Dante caminó hacia mí. Se arrodilló frente a mi silla, tomó mis manos entre las suyas.
—Escúchame bien. No soy Máximo. Nunca voy a mentirte sobre quién soy o qué quiero. Sí, compré la editorial por razones egoístas. Sí, manipulé situaciones para estar cerca de ti. Pero nunca te mentí sobre mis intenciones una vez que nos conocimos.
—¿Cuáles son tus intenciones exactamente?
—Quiero que cuando esto termine, cuando estés libre de Máximo, me des una oportunidad. Una oportunidad real de demostrarte que puedo ser el hombre que mereces.
—No sé si puedo confiar en alguien otra vez.
—No te pido confianza inmediata. Te pido tiempo. Paciencia. Una oportunidad de ganármela.
—¿Y si no funciona? ¿Si trato y no puedo?
—Entonces aceptaré que lo intenté y falté. Pero al menos sabré que fui honesto.
Me levanté, necesitaba espacio para pensar. Caminé hacia la ventana que él había dejado vacante.
—Dos años. Me seguiste durante dos años sin que lo supiera.
—Sí.
—Eso no es romántico. Es aterrador.
—Lo sé. Pero prefiero que lo sepas ahora que descubrirlo después y sentirte traicionada otra vez.
Tenía sentido de una forma retorcida. Preferir la verdad incómoda que otra mentira bonita.
—¿Hay algo más que deba saber? ¿Más secretos que revelar?
Dante dudó un momento demasiado largo.
—Hay una cosa más.
—Dios. ¿Qué?
—Tu padre. Ricardo Domínguez. Lo conocí.
El mundo se detuvo.
—¿Qué dijiste?
—Hace veinte años. Yo era un inmigrante sin papeles tratando de comprar mi primera propiedad. Ningún banco me prestaba. Tu padre me dio cincuenta mil dólares. Sin garantías. Solo un apretón de manos.
Las lágrimas empezaron a caer sin permiso. Mi padre. Muerto hace diez años.
—No puede ser coincidencia.
—No lo es. Cuando investigué tu apellido de soltera y vi que eras hija de Ricardo, casi me caigo de la silla. El hombre que me salvó la vida era tu padre.
—¿Por eso me ayudas? ¿Por deuda con un muerto?
—Al principio tal vez. Pensé que era destino. Que podía devolver el favor ayudando a su hija. Pero cuando te conocí realmente, cuando vi quién eras más allá del apellido, dejó de ser sobre él. Se volvió sobre ti.
Me senté en el piso. Literalmente me dejé caer porque las piernas no me sostenían. Dante se sentó a mi lado.
—Sé que es mucho. Sé que probablemente quieres que me vaya y nunca vuelva.
—No sé qué quiero. Mi cabeza está explotando.
—Tómate el tiempo que necesites. Pero ahora sabes todo. No hay más secretos.
—¿Prometes que no hay nada más?
—Lo prometo. Esa es toda la verdad.
Nos quedamos sentados en el piso de mi cocina en silencio. Procesando. Respirando.
—Mi padre te dio dinero.
—Me cambió la vida. Sin ese préstamo, nunca habría tenido mi primer edificio. Nunca habría construido mi empresa.
—¿Le pagaste?
—Tres años después. Con intereses que él no pidió. Intenté agradecerle más formalmente pero murió antes de que pudiera.
—Cáncer de páncreas. Seis meses desde el diagnóstico hasta el final.
—Lo siento. Sé que lo amabas.
—Era el único hombre en quien confiaba completamente. Y luego Máximo apareció y pensé que había encontrado otro como él. Qué equivocada estaba.
Dante me pasó el brazo por los hombros. Esta vez lo permití.
—Tu padre sería bueno. Amable. Generoso con personas que no podían pagarle. Como yo.
—Sí. Así era él.
—Entonces cuando vi lo que Máximo te estaba haciendo, lo que te estaba robando, me enfurecí. Porque tu padre te dejó ese dinero para protegerte. Y ese bastardo lo usó para destruirte.
—Por eso contactaste a Maxwell. Por eso financiaste todo.
—Sí. Tu padre me salvó cuando nadie más lo haría. Lo mínimo que podía hacer era salvar a su hija.
—Pero ya no es solo por mi padre.
—No. Ahora es por ti. Porque me importas más de lo que debería.
Me giré para mirarlo. Realmente mirarlo. Este hombre que había orquestado tanto. Que confesaba obsesión como si fuera normal. Que admitía manipulación pero juraba honestidad.
—No sé si puedo con esto ahora mismo. Con todo lo que estás diciendo.
—Lo sé. Por eso me voy a ir. Te voy a dar espacio. Pero necesitaba que supieras la verdad antes de que fuéramos más lejos.
—¿Más lejos a dónde?
—A donde sea que esto vaya. Porque cuando me besas, cuando me miras como me miraste la otra noche, sé que sientes algo. Y no quería que ese algo se construyera sobre secretos.
Se levantó. Me ofreció la mano. La tomé. Me ayudó a pararme.
—Piénsalo. Procésalo. Y cuando estés lista, hablamos.
—¿Y si decido que no quiero nada contigo?
—Entonces respeto esa decisión. Pero seguiré ayudándote legalmente porque eso ya lo prometí.
—¿Sin expectativas?
—Sin expectativas.
Se fue. La puerta se cerró suavemente detrás de él. Me quedé parada en la cocina procesando todo.
Dante Rivas había comprado una editorial de ochenta millones por mí. Me había seguido durante dos años. Conoció a mi padre. Orquestó mi traslado a Nueva York.
Y parte de mí quería odiarlo por eso. Pero otra parte, una parte que me asustaba admitir, estaba halagada. Deseada. Vista.
Carolina bajó con Mateo.
—¿Se fue?
—Sí.
—¿Estás bien? Te ves rara.
—Acaba de confesarme que está obsesionado conmigo desde hace dos años y compró mi empresa para estar cerca.
Carolina silbó bajo.
—Eso es intenso.
—Sí.
—¿Qué vas a hacer?
—No tengo idea.
Mateo jaló la mano de su mamá.
—Tengo hambre.
—Claro, mi amor. Vamos a prepararte algo.
Los vi moverse por mi cocina con familiaridad que no deberían tener. Esta familia rota viviendo en mi casa. Esta vida que no planeé.
Y Dante, confesando amor de una forma que debería aterrarme pero solo me confundía.
Todo era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado complicado.
Pero no tenía opción más que seguir adelante.
Porque mañana teníamos que presentar las demandas coordinadas.
Y pasado mañana, enfrentar a Máximo en corte otra vez.
La guerra apenas comenzaba.
Y ahora tenía que pelearla mientras procesaba que el hombre que me ayudaba lo hacía por razones que no entendía completamente.
* * *