DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 27 — El lado oscuro de Dante
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CAPÍTULO 27 — El lado oscuro de Dante

POV: Aurora

Después de la confesión de Dante, pasé el resto del día como zombie. Carolina intentó distraerme con conversación sobre las demandas, Rosa preparó mi comida favorita, pero nada funcionaba. Mi mente seguía procesando cada palabra que Dante había dicho.

Dos años observándome. Ochenta millones gastados. Mi padre involucrado de alguna forma.

Por la noche, cuando todos dormían, bajé a mi oficina a revisar documentos para la demanda del día siguiente. Necesitaba enfocarme en destruir a Máximo, no en descifrar a Dante.

Estaba revisando transferencias bancarias cuando mi laptop hizo un sonido. Email nuevo de un remitente desconocido. Asunto: “La verdad sobre Dante Rivas.”

Debí borrarlo. Probablemente era spam o algún reportero buscando información. Pero algo me hizo abrirlo.

El mensaje era corto: “Investiga quién es realmente antes de confiar en él. Adjunto evidencia que deberías ver.”

Había tres archivos PDF. Los abrí con manos temblorosas.

El primero era un artículo de periódico italiano de hace quince años. Traducción automática, pero suficientemente clara. “Joven vinculado a la familia Rivas bajo investigación por extorsión.” Una foto borrosa de un Dante más joven siendo escoltado por policías.

El segundo documento era un reporte policial. Nueva York, hace diez años. “Dante Rivas interrogado en conexión con desaparición de socio comercial. Liberado por falta de evidencia.”

El tercero era reciente. Hace dos años. “Empresario investigado por presuntos lazos con crimen organizado. Caso cerrado sin cargos.”

Cerré la laptop sintiendo náusea. ¿Quién era Dante realmente? ¿El salvador generoso que me ayudaba o alguien con un pasado que no conocía?

Mi teléfono sonó. Número bloqueado.

—¿Hola?

—¿Recibiste mi email? —Voz masculina, acento que no pude ubicar.

—¿Quién eres?

—Alguien que quiere que sepas la verdad antes de que sea demasiado tarde.

—¿Qué verdad?

—Dante Rivas no es quien dice ser. Tiene conexiones con la Camorra napolitana. Su dinero no es tan limpio como aparenta.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque estás en peligro. Él es peligroso.

—¿Quién eres? Dame tu nombre.

—Eso no importa. Solo aléjate de él antes de que te arrastre a su mundo.

Colgó. Me quedé mirando el teléfono con el corazón acelerado.

Llamé a Maxwell. Contestó adormilado.

—¿Aurora? ¿Qué pasa? Son las dos de la mañana.

—Necesito que investigues a Dante Rivas. Todo. Su pasado en Italia. Conexiones familiares. Negocios sospechosos. Todo.

—¿Pasó algo?

—Recibí información anónima. Artículos sobre investigaciones policiales. Necesito saber si es verdad.

—Te mando lo que encuentre mañana en la mañana.

—No, ahora. Págalo urgente si es necesario.

—Está bien. Dame dos horas.

Colgué y esperé. Cada minuto se sentía como una hora. Revisé los archivos otra vez, buscando detalles que hubiera pasado por alto.

El artículo italiano mencionaba la familia Rivas como una de las organizaciones criminales más poderosas de Nápoles. Extorsión, tráfico, control de puertos. Y Dante había crecido en medio de eso.

¿Por eso se fue a Estados Unidos? ¿Estaba huyendo o expandiendo operaciones?

A las cuatro de la mañana, Maxwell envió un archivo de cincuenta páginas. Lo abrí con manos temblorosas.

Los primeros veinte años de Dante eran un desastre. Nació en Nápoles en una familia de la Camorra. Su padre, Antonio Rivas, era un capo menor que murió asesinado cuando Dante tenía ocho años. Su tío Marco tomó control de las operaciones y crió a Dante dentro del negocio familiar.

A los dieciocho, Dante robó medio millón de euros de su propio tío y huyó a Estados Unidos. Marco mandó gente a matarlo. Tres intentos fallidos. En el tercero, Dante terminó con una navaja en las costillas, la cicatriz que yo había visto.

Después de eso, aparentemente cortó lazos con la familia. Construyó su imperio inmobiliario desde cero, todo legal según los reportes. Pero había sombras. Inversiones que no cuadraban. Socios que desaparecían. Negocios que cerraban misteriosamente después de que Dante los adquiría.

Y luego estaba el caso más reciente. Hace dos años, el FBI investigó posibles conexiones con lavado de dinero. El caso se cerró abruptamente sin explicación.

La última página del reporte de Maxwell era una nota: “No puedo confirmar actividad criminal actual, pero sus conexiones pasadas son innegables. Procede con cautela.”

Cerré el archivo sintiéndome enferma. Dante había omitido todo esto. Me contó sobre su padre muerto y su huida de Italia, pero no mencionó que su familia era mafia. Que había robado de ellos. Que posiblemente todavía tenía negocios sucios.

El timbre sonó a las seis de la mañana. Bajé a abrir, esperando encontrar a Rosa temprano.

Era Dante.

—Necesitamos hablar.

—¿Cómo supiste que estaba despierta?

—Porque te conozco. Sabía que después de ayer no dormirías.

Lo dejé pasar porque no tenía energía para pelear en la puerta. Subimos a mi oficina. Él vio mi laptop abierta con el reporte de Maxwell en pantalla.

—Así que ya lo sabes.

—¿Sabías que recibiría ese email anónimo?

—No. Pero sabía que eventualmente investigarías mi pasado.

—¿Por qué no me lo dijiste ayer? Cuando confesaste todo lo demás.

—Porque ayer fue sobre nosotros. Esto es diferente.

—¿Diferente cómo? Omitiste que tu familia es parte de la mafia.

—Era parte. Pasado. Hace veinte años que no tengo contacto con ellos.

—¿Y las investigaciones del FBI? ¿Los socios que desaparecen?

Dante se sirvió whisky del bar de mi oficina a pesar de la hora temprana.

—Los negocios competitivos son sucios, Aurora. A veces la gente pierde y no lo acepta bien.

—Eso no responde mi pregunta.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que soy un santo? No lo soy. ¿Que todo mi dinero es completamente limpio? No puedo garantizarlo. ¿Que nunca he hecho cosas de las que me arrepiento? Sería mentira.

—¿Mataste a alguien?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Dante me miró con esos ojos negros imposibles de leer.

—¿Realmente quieres saber la respuesta?

—Sí.

—Entonces sí. Maté al hombre que intentó asesinarme. El tercero que mi tío mandó. Fue él o yo. Elegí vivir.

El aire salió de mis pulmones de golpe. Sabía que debería sentir horror, pero solo sentía una extraña calma. Legítima defensa, no asesinato a sangre fría.

—¿Hay algo más que deba saber?

—Probablemente muchas cosas. Pero las importantes ya las sabes.

—¿Las importantes según quién?

—Según lo que te afecta directamente ahora mismo.

Me levanté y caminé hacia la ventana, necesitaba distancia para pensar.

—¿Estoy en peligro por estar cerca de ti?

—No. Mi tío y yo tenemos un acuerdo. Él se queda con Nápoles, yo me quedo con Nueva York. No se mete conmigo, yo no me meto con él.

—¿Y si decide romper ese acuerdo?

—Entonces me encargo. Pero no va a pasar.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque le mandé un millón de dólares hace diez años con una nota que decía estamos a mano. Y Marco entiende el lenguaje del dinero mejor que nadie.

—Eso no significa que no vaya a cambiar de opinión.

—Ha pasado una década. Si quisiera matarme, ya lo habría intentado.

La lógica era sólida pero no reconfortante.

—¿Por qué el FBI cerró la investigación?

—Porque no encontraron evidencia de nada ilegal.

—O porque alguien pagó para que cerraran el caso.

Dante no negó ni confirmó. Solo tomó otro trago de whisky.

—Aurora, mi pasado es complicado. Mi presente es gris. No puedo prometerte que todo lo que hago es legal al cien por ciento. Pero puedo prometerte que nunca te pondría en peligro intencionalmente.

—Eso no es suficiente.

—¿Qué quieres entonces? ¿Que desaparezca de tu vida? Puedo hacerlo. Sigo financiando tu caso legal pero no vuelvo a contactarte.

La oferta debería haberme aliviado. Pero en su lugar sentí pánico.

—No sé qué quiero.

—Entonces tómate el tiempo para decidir. Pero mientras tanto, necesitas saber algo más.

—Dios, ¿qué ahora?

—El email anónimo. Fue enviado desde una dirección IP rastreada a las oficinas de Castellanos & Associates.

El abogado de Máximo.

—¿Máximo me mandó eso?

—O alguien trabajando para él. Quieren que desconfíes de mí. Quieren separarnos porque saben que juntos somos más fuertes.

—¿Cómo sabes de dónde vino el email?

—Porque tengo gente que rastrea estas cosas.

—¿Qué tipo de gente?

—El tipo que no hace preguntas.

Ahí estaba otra vez. Las sombras. Las cosas que no decía pero que implicaba.

—¿Tienes vigilancia sobre mí?

—Tengo vigilancia sobre Máximo. Y sobre cualquiera que intente lastimarte.

—Eso no es una respuesta directa.

—Sí, Aurora. Tengo gente vigilándote. Para protegerte. Desde que empezaron las amenazas.

Debería haberme enfurecido. Pero después de todo lo que había pasado, solo me sentí cansada.

—No sé si puedo con esto. Con toda la complejidad que traes.

—Lo sé. Y no te culpo si decides que no vale la pena.

Se levantó para irse. En la puerta se detuvo.

—Una cosa más. Quien sea que mandó ese email sabe cosas que solo Maxwell, Sarah y tú saben. Hay un filtro en tu equipo.

—¿Qué?

—Alguien está pasando información a Máximo. Ten cuidado en quién confías.

Se fue dejándome con esa bomba. Un filtro. Alguien traicionándome desde adentro.

Me dejé caer en la silla procesando todo. Dante con pasado mafioso. Asesinato en defensa propia. Negocios grises. Vigilancia sobre mí. Y ahora un traidor en mi equipo.

Carolina bajó a las siete encontrándome todavía en mi oficina.

—¿Dormiste algo?

—No.

—¿Qué pasó?

Le conté todo. El email, el reporte de Maxwell, la visita de Dante, la revelación del filtro.

Cuando terminé, Carolina silbó bajo.

—Ese hombre es peligroso.

—Lo sé.

—¿Pero?

—¿Pero qué?

—Hay un pero en tu voz. Sé que lo hay.

—Pero me siento más segura con él que sin él. Y eso me asusta más que su pasado.

—Porque Máximo te hizo desconfiar de tu propio juicio.

—Exacto. ¿Cómo sé que no estoy cayendo en otro patrón autodestructivo?

—Porque Dante te dice la verdad aunque sea fea. Máximo solo te dijo mentiras bonitas.

Tenía razón. Dante confesaba cosas horribles pero era honesto. Máximo había sido perfecto en apariencia y podrido por dentro.

—¿Qué hago?

—Eso solo tú puedes decidirlo. Pero pregúntate esto, ¿te sientes en peligro con él o te sientes protegida?

No tuve que pensarlo mucho.

—Protegida.

—Entonces tal vez vale la pena el riesgo.

El día continuó caótico. Sarah llegó a las nueve para prepararnos para la presentación de demandas. Frida llegó a las diez. Lin Chen por Zoom desde Miami. Las cuatro mujeres de Máximo coordinando el ataque final.

Pero todo el tiempo, mi mente estaba dividida entre destruir a mi esposo y descifrar si podía confiar en el hombre que me ayudaba a hacerlo.

* * *