CAPÍTULO 25 — Consejo de guerra femenino
POV: Aurora
Esa noche, después de que Carolina acostara a Mateo en el cuarto de huéspedes y Valeria se encerrara en el suyo sin cenar, llamé a Frida.
—Necesito que vengas. Carolina está aquí.
—¿Carolina de Los Ángeles?
—Sí. Llegó esta mañana. Necesitamos hablar las tres.
—¿Cuándo?
—Ahora. Esta noche. Antes de que pierda el valor.
Frida llegó una hora después. Traía vino, tres botellas. Cuando Carolina la vio, ambas se quedaron mirándose en silencio. Dos mujeres que nunca debieron conocerse, unidas por el mismo engaño.
—Tú eres más joven de lo que pensaba —dijo Frida finalmente.
—Tú eres más hermosa —respondió Carolina.
—Y ambas fuimos igual de estúpidas.
Se abrazaron. Fue extraño, incómodo, pero real. Cuando se separaron, tenían lágrimas en los ojos.
—Vengan —dije—. Vamos a mi oficina. Rosa está cuidando a Mateo.
Nos encerramos en mi oficina con las tres botellas de vino. Frida sirvió copas generosas. Brindamos sin decir nada. ¿Qué se brinda en una situación así?
—Por las mentiras —dijo Frida finalmente.
—Por descubrirlas —agregó Carolina.
—Por destruirlo —terminé yo.
Bebimos. El vino bajó como fuego.
—Entonces —Frida se sentó en el sofá—. Comparemos notas. Veamos qué tan idénticas fueron sus mentiras.
Pasamos las siguientes dos horas destrozando cada promesa, cada historia, cada versión de Máximo que nos había vendido.
Frida sacó su teléfono primero.
—A mí me propuso matrimonio en París. Torre Eiffel. Anillo de tres quilates. Me dijo que era el amor de su vida.
Carolina respiró profundo.
—A mí me propuso matrimonio en Malibú. Puesta de sol. Anillo de dos quilates. Dijo exactamente las mismas palabras.
Me tocaba.
—A mí me propuso en Cancún. Hace quince años. Cena en la playa. Anillo de cuatro quilates. Y sí, amor de su vida también.
—Hijo de puta —susurraron las tres al unísono.
Frida siguió.
—Me dijo que su familia estaba muerta. Padres en accidente de auto. Sin hermanos.
Carolina asintió.
—A mí me dijo lo mismo. Huérfano desde los dieciocho.
—A mí me presentó a su familia —dije—. Madre viva en Guadalajara. Dos hermanas. Primos. Todos reales.
—¿Por qué a ti sí te presentó? —preguntó Carolina.
—Porque yo era la oficial. La legal. La que podía mostrar en México sin levantar sospechas.
Frida sirvió más vino.
—¿Y sobre hijos? ¿Qué les dijo?
—Que Emma era su primera hija —respondió Carolina—. Que nunca había querido hijos antes porque no había encontrado a la mujer correcta.
—Lo mismo —dijo Frida—. Que Mateo era un milagro. Su primer hijo.
Las miré.
—Valeria nació hace nueve años. Es la mayor de todos. Y él estuvo ahí en el parto. Llorando. Diciendo que era el momento más feliz de su vida.
—¿Cómo? —Carolina se inclinó hacia adelante—. ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo estuvo en todos los partos?
—No estuvo en el mío —dijo Frida—. Emma nació un mes antes de lo esperado. Máximo estaba en México. Llegó tres días después.
—En el mío tampoco —agregó Carolina—. Mateo nació de emergencia. Cesárea. Máximo llegó dos días después. Dijo que su vuelo se retrasó.
—Estuvo en el de Valeria porque fue planeado —dije—. Programamos la cesárea. Él organizó todo alrededor de esa fecha.
—¿Y con Lin? ¿El bebé de Miami? —preguntó Frida.
—Maxwell dice que tampoco estuvo. David nació hace ocho meses. Máximo llegó una semana después.
Carolina se levantó y caminó hacia la ventana.
—Entonces tú eras la favorita. La real. Las demás éramos solo…
—¿Juguetes? ¿Experimentos? ¿Qué somos exactamente?
—Víctimas —dijo Frida con voz firme—. Todas somos víctimas. Incluyendo a Aurora.
—Pero ella tiene el anillo legal. El apellido. Los quince años.
—Y yo tengo doce millones de dólares menos —respondí—. Y una hija que me odia. Y una vida destruida públicamente. No me siento favorita.
El silencio cayó pesado. Bebimos más vino.
—¿Saben qué es lo que más me jode? —dijo Carolina—. Que fui tan predecible. Veintiún años cuando lo conocí. Mesera en un restaurante caro. Sin familia. Vulnerable. Fui el blanco perfecto.
—Yo también —Frida suspiró—. Veintisiete. Recién egresada de la maestría. Quería abrir mi clínica pero no tenía capital. Apareció como mi salvador.
—Yo tenía dinero —dije—. Eso es lo que él quería de mí. No amor. Solo acceso a mi fideicomiso.
—Nos eligió por razones diferentes —dijo Frida—. Pero el patrón es el mismo. Encontrar necesidad. Llenarla. Crear dependencia.
—¿Ustedes dependen de él? —preguntó Carolina—. ¿Económicamente?
—Yo sí —admitió—. Mi clínica está a mi nombre pero él puso el dinero. Si me voy, pierdo todo.
—Yo también —dijo Carolina—. Sin sus transferencias no puedo pagar nada. Por eso vine. No tengo opción.
Las miré a ambas.
—Entonces tenemos que asegurarnos de que paguen. Ambas. Legalmente.
—¿Cómo? —preguntó Frida.
—Sarah dice que podemos demandar. No solo divorcio. Demanda civil por fraude. Contra Máximo y recuperar lo que usó para ustedes.
—Eso me hundiría —dijo Frida—. Perder la clínica…
—O Máximo paga lo que te debe. Con intereses. Como parte del acuerdo.
—¿Y yo? —preguntó Carolina—. No tengo nada a mi nombre.
—Pensión alimenticia. Para Mateo. Retroactiva. Seis años. Más daños por engaño intencional.
Carolina negó con la cabeza.
—Eso suena a millones. Él nunca va a aceptar.
—No tiene que aceptar. Si presentamos cargos criminales, si lo mandan a prisión, sus bienes pasan a un fideicomiso. Podemos reclamar de ahí.
Frida se enderezó.
—¿Prisión? ¿En serio crees que irá a prisión?
—El fiscal dice que sí. Con nuestros testimonios. Con la evidencia. Veinte años mínimo.
—Dios mío.
—Emma va a crecer sin padre —susurró Frida.
—Mateo también —agregó Carolina.
—Valeria ya creció sin padre —dije con amargura—. Solo que ella no lo sabía porque él fingía bien.
Bebimos más. La botella uno estaba vacía. Frida abrió la segunda.
—¿Y Lin? —preguntó Carolina—. ¿La de Miami? ¿Ella sabe?
—Maxwell la contactó. Al principio no quería hablar. Luego vio las noticias. Ahora está dispuesta a testificar también.
—¿Cuántas más creen que haya? —preguntó Frida.
—Maxwell está investigando. Hay transferencias sospechosas a cuentas en Houston, Seattle, Atlanta. Podrían ser más mujeres o solo inversiones reales. No sabemos todavía.
—Si hay más… —Carolina se tapó la cara—. ¿Cuántas familias puede mantener una persona?
—Aparentemente cuatro confirmadas —respondí—. Tal vez más.
—Es enfermo.
—Es sociópata. Literal. Tiene diagnóstico.
Les mostré los reportes médicos. Las notas del terapeuta. El diagnóstico de trastorno narcisista de personalidad.
Frida los leyó con expresión profesional. Era psicóloga después de todo.
—Esto explica mucho. La falta de empatía. La manipulación. La habilidad para compartimentar.
—¿Compartimentar?
—Mantener vidas separadas sin sentir culpa. Para él no éramos personas reales. Éramos objetos que servían diferentes propósitos.
—¿Qué propósito servía yo? —preguntó Carolina.
Frida lo pensó.
—Juventud. Validación. Tal vez escape de las responsabilidades de las otras familias.
—¿Y yo? —pregunté.
—Estabilidad. Legitimidad social. Y dinero.
—¿Y tú?
—Estatus. Una clínica reconocida me daba prestigio. Y Emma le daba otra familia que controlar.
—Nos usó —dijo Carolina—. A todas. Para diferentes cosas.
—Sí —confirmé—. Y ahora vamos a usarlo a él. Para obtener justicia.
Abrí mi laptop. Saqué un documento nuevo.
—Hagamos una lista. Todo lo que queremos que pierda.
Frida se acercó.
—Yo quiero la clínica. Completamente a mi nombre. Sin deudas.
—Anotado. ¿Qué más?
—Pensión para Emma. Cincuenta mil al mes hasta que cumpla dieciocho.
Carolina agregó:
—Para Mateo también. La misma cantidad.
—Yo quiero mi fideicomiso completo —dije—. Los quince millones. Con intereses. Y pensión para Valeria.
—¿Cuánto es eso en total? —preguntó Carolina.
Hice cuentas rápidas.
—Veinticinco millones. Más o menos.
—No tiene tanto.
—Su empresa vale cuarenta millones según Maxwell. Vamos a tomar más de la mitad.
—Va a pelear.
—Que pelee. Tenemos evidencia. Testimonios. La ley de nuestro lado.
Frida sirvió más vino.
—¿Y si contraataca? ¿Si trata de quitarnos a nuestros hijos?
—No puede. Es el padre ausente. El mentiroso. El criminal. Ningún juez le daría custodia.
—Pero puede pagar buenos abogados.
—Nosotras también. Dante está financiando mi defensa. Y Sarah es la mejor.
—¿Dante? —preguntó Carolina—. ¿Tu jefe?
—Sí.
—¿Hay algo entre ustedes?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Es complicado.
—Eso es un sí —dijo Frida con una sonrisa—. Bien. Mereces a alguien que te trate bien.
—No estoy lista para eso.
—Nadie está lista para nada después de Máximo. Pero eventualmente vamos a tener que reconstruir.
Carolina levantó su copa.
—Por reconstruir. Después de destruir.
Brindamos. La segunda botella estaba por la mitad.
—Entonces —dijo Frida—. ¿Cuál es el plan exacto?
—Presentamos las demandas civiles la próxima semana. Las tres al mismo tiempo. Coordinadas.
—¿Y criminalmente?
—El fiscal presenta cargos en dos semanas. Después de que todas declaremos.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, no contactamos a Máximo. Nada. Todas las comunicaciones a través de abogados.
—¿Y si él nos contacta?
—Documentamos todo. Grabamos si es posible. Usamos cada palabra contra él.
—Va a volverse loco —dijo Carolina.
—Bien —respondí—. Que sufra como nos hizo sufrir.
Frida abrió la tercera botella.
—Por hacer que sufra.
Bebimos. Hablamos. Lloramos. Reímos. Nos convertimos en hermanas de guerra sin planearlo.
A las dos de la mañana, las tres estábamos borrachas. Carolina se quedó dormida en el sofá. Frida llamó un Uber.
Antes de irse, me abrazó.
—Gracias. Por organizarnos. Por no dejarme caer sola.
—Somos equipo ahora. Nos cuidamos.
—¿Crees que Lin querrá unirse?
—Maxwell dice que sí. Va a venir la próxima semana.
—Cuatro contra uno. Me gusta esas probabilidades.
—A mí también.
Cuando Frida se fue, cubrí a Carolina con una manta. La miré dormir. Tan joven. Tan rota. Pero también tan fuerte por haber venido.
Subí a mi cuarto. Valeria dormía. Me asomé a verla. Mi niña. Tan herida por todo esto.
Mañana tendría que hablar con ella otra vez. Explicarle por qué Carolina y Mateo estaban aquí. Por qué esto era necesario.
Pero esta noche, solo quería dormir.
Soñé con fuego. Con ver el imperio de Máximo arder. Con todas nosotras alrededor, mirando las cenizas.
Y cuando desperté, supe que ese sueño se iba a hacer realidad.
* * *