CAPÍTULO 24 — La tercera mujer aparece
POV: Aurora
La reunión con el fiscal fue brutal. Tres horas explicando cada transferencia, cada cuenta, cada mentira de Máximo. El asistente del fiscal, un hombre joven llamado Thomas Rivera, tomaba notas sin levantar la vista.
—Entonces su esposo creó empresas fantasma usando los nombres de sus amantes sin su consentimiento.
—Correcto.
—Y usó esas empresas para mover dinero de su fideicomiso a cuentas offshore.
—Sí.
—¿Tiene idea de cuánto dinero total está involucrado?
—Quince millones de mi fideicomiso. Pero Maxwell cree que hay más. Otras inversiones que no hemos rastreado todavía.
Rivera silbó bajo.
—Esto es grande. Fraude, lavado de dinero, evasión fiscal. Estamos hablando de veinte años mínimo si lo condenamos.
—¿Si?
—Estos casos son complicados. Necesitamos testimonios sólidos de las otras mujeres. Necesitamos que cooperen.
—Frida ya aceptó testificar. Lin Chen también.
—¿Y Carolina Méndez?
—Todavía no he podido contactarla directamente.
—Necesitamos su testimonio. Es crucial.
Salí de la oficina del fiscal con dolor de cabeza. Sarah me esperaba afuera con café.
—¿Cómo estuvo?
—Quieren a Carolina. Dicen que sin su testimonio el caso es más débil.
—Maxwell está intentando localizarla. Tiene una dirección en Los Ángeles pero nadie contesta.
—Tal vez huyó. Si Máximo le advirtió…
Mi teléfono sonó. Número desconocido de Nueva York.
—¿Hola?
—¿Aurora Torres? —Voz femenina con acento suave.
—Sí, ¿quién habla?
—Carolina Méndez. Necesito verte. Ahora.
Se me detuvo el corazón.
—¿Dónde estás?
—En tu oficina. Vesper & Blackwell. La recepcionista no me deja pasar sin cita.
—¿Cómo supiste dónde trabajo?
—Internet. Tu cara está en todas partes desde la gala.
—Dame veinte minutos.
Colgué y miré a Sarah.
—Carolina está aquí. En mi oficina.
—¿En Nueva York?
—Sí.
—Voy contigo.
Manejamos rápido hacia la editorial. Mi mente corría. ¿Por qué Carolina había venido? ¿Qué quería? ¿Máximo sabía que estaba aquí?
Llegamos en quince minutos. Subimos directo al piso de recepción. Ahí estaba.
Carolina Méndez era más joven de lo que esperaba.
Veintiocho, tal vez treinta. Cabello oscuro largo, ojos cafés, piel bronceada.
Hermosa de esa forma natural que no necesita maquillaje.
Llevaba jeans, blusa blanca simple y una mochila.
A su lado, un niño de unos seis años jugaba con un camión de juguete.
Nuestras miradas se encontraron. Vi mi propio dolor reflejado en sus ojos.
—¿Carolina?
—¿Aurora?
Asentí. Ella se levantó. El niño la miró.
—¿Es ella, mami?
—Sí, mi amor. Dame un minuto.
Me acerqué. No sabía si abrazarla, darle la mano, qué hacer. Ella tomó la decisión por mí.
—Gracias por verme.
—Gracias por venir. ¿Quieres ir a algún lugar más privado?
—Por favor.
Sarah habló con la recepcionista. Nos consiguió una sala de juntas vacía. Carolina tomó la mano de su hijo.
—Este es Mateo.
El niño me miró con esos ojos grises inconfundibles. Los ojos de Máximo. Los ojos de Valeria.
—Hola, Mateo.
—Hola.
Su voz era suave, tímida. Tan inocente. No merecía nada de esto.
—¿Quieres algo de tomar? ¿Jugo? ¿Galletas?
Mateo miró a su mamá. Ella asintió.
—Sí, por favor.
Sarah salió a conseguir algo para el niño. Nos sentamos en la mesa de conferencias. Carolina no soltaba la mano de Mateo.
—¿Cuánto tiempo llevas en Nueva York?
—Llegué anoche. En bus. Dieciocho horas desde Los Ángeles.
—¿Máximo sabe que estás aquí?
—No. Dejé de contestarle hace dos días. Cuando me enteré de todo.
—¿Cómo te enteraste?
—Vi el video. De la gala. Alguien lo compartió en Facebook. Al principio no lo podía creer. Pensé que era algún tipo de broma. Pero luego investigué. Tu nombre, Frida Villarreal. Encontré artículos. Fotos. Todo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Siete años. Estuve con él siete años creyendo que éramos su única familia.
—¿Te dijo que estaba divorciado?
—Peor. Dijo que nunca había estado casado. Que había tenido novias pero nada serio. Que yo era su primera familia real.
—Hijo de puta.
—Cuando quedé embarazada de Mateo, estaba tan feliz. Dijo que finalmente iba a ser padre. Que era el mejor día de su vida.
Pensé en Valeria. Máximo había dicho exactamente lo mismo cuando nació. Las mismas palabras. El mismo guión.
—¿Vivían juntos?
—No. Tenía un apartamento para nosotros. Venía tres o cuatro días al mes. Decía que viajaba mucho por trabajo. Que ojalá pudiera estar más pero que tenía que mantener su empresa.
—¿Te daba dinero?
—Ochenta mil al mes. Decía que era para asegurarse de que Mateo tuviera todo. Educación, ropa, todo.
—Ese dinero era de mi herencia.
Carolina se encogió.
—No lo sabía. Juro que no lo sabía.
—Lo sé. Él te usó como nos usó a todas.
Sarah regresó con jugo y galletas. Mateo comió feliz, ajeno a la conversación de adultos.
—¿Por qué viniste? —pregunté.
—Porque necesito la verdad. Toda. Y porque… porque no tengo dinero.
—¿Qué pasó?
—Máximo dejó de mandar las transferencias. Hace dos semanas. Al principio pensé que era un error. Lo llamé. No contestó. Le mandé mensajes. Nada. Entonces vi el video y entendí por qué.
—Te cortó el dinero.
—Sí. Tenía ahorros para dos meses. Pero no puedo pagar la renta. No puedo pagar la escuela de Mateo. No tengo nada.
—¿Tienes familia?
—Murieron. Mis padres en un accidente cuando Mateo tenía dos años. No tengo hermanos. Estoy sola.
La desesperación en su voz me partió el corazón.
—¿Qué necesitas?
—Necesito saber si lo que vi es real. Si realmente tiene otras familias. Si realmente me mintió durante siete años.
—Es real. Todo es real.
Le mostré la carpeta de Maxwell. Las fotos. Los documentos. Las transferencias. Cada pedazo de evidencia de las mentiras de Máximo.
Carolina lloró en silencio mientras leía. Mateo dejó sus galletas y abrazó a su mamá.
—No llores, mami.
—Estoy bien, mi amor. Solo estoy triste.
—¿Por qué?
—Porque las personas a veces mienten. Y eso duele.
Mateo me miró.
—¿El señor Máximo mintió?
Carolina se quedó helada. No sabía qué decir.
—Sí —respondí por ella—. Mintió mucho.
—¿Es malo mentir?
—Muy malo.
—Entonces él es malo.
La simplicidad de un niño de seis años. Tan clara. Tan honesta.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Sarah.
—No lo sé. No tengo dinero para volver a Los Ángeles. No tengo dónde quedarme aquí.
—Puedes quedarte conmigo —las palabras salieron antes de pensarlas.
—¿Qué?
—Tengo espacio. Cuarto de huéspedes. Puedes quedarte hasta que resolvamos esto.
—No puedo aceptar eso.
—¿Por qué no? Somos víctimas del mismo hombre. Tenemos que ayudarnos.
—Pero tu hija…
—Valeria va a tener que aceptarlo. Además, Mateo y ella son medio hermanos. Deberían conocerse.
Carolina me miró como si le hubiera ofrecido el mundo.
—No sé qué decir.
—Di que sí. Y acepta testificar contra Máximo. Ayúdanos a hacer que pague.
—¿Testificar?
Sarah intervino.
—El fiscal del distrito está construyendo un caso criminal. Fraude, lavado de dinero. Tu testimonio sería crucial.
—¿Me van a arrestar a mí también? Por recibir el dinero.
—No si cooperas. Fuiste víctima de fraude también. No sabías que el dinero era robado.
—¿Y voy a tener que ver a Máximo?
—Eventualmente sí. En corte.
Carolina respiró profundo.
—Lo haré. Voy a testificar. Ese hijo de puta merece pagar por lo que nos hizo a todas.
—Bien —Sarah sacó documentos—. Voy a necesitar que firmes algunas cosas. Declaración jurada. Consentimiento para revisar tus cuentas bancarias. ¿Trajiste documentos?
—Todo lo que tengo está en mi mochila. Estados de cuenta. Mensajes de texto. Fotos. Todo.
Pasamos las siguientes dos horas revisando la evidencia de Carolina. Era devastadora. Mensajes de Máximo prometiendo amor eterno. Fotos de los tres como familia. Transferencias mensuales que pararon abruptamente hace dos semanas.
Cuando terminamos, llamé a Rosa.
—Prepara el cuarto de huéspedes. Vamos a tener visitas.
—¿Quién?
—Te explico cuando llegue.
Llevé a Carolina y Mateo a mi casa. En el camino, Mateo hablaba sin parar sobre sus camiones favoritos, su escuela, sus amigos. Carolina solo miraba por la ventana en silencio.
—¿Estás bien? —pregunté.
—No. Pero voy a estarlo. Tengo que estarlo por él.
—Lo sé. Yo también.
Cuando llegamos a casa, Rosa nos recibió en la puerta. Vi su expresión cambiar cuando vio a Mateo. Los ojos de Máximo eran imposibles de no reconocer.
—Rosa, ella es Carolina. Y este es Mateo.
—Mucho gusto.
—Gracias por recibirnos.
—Esta casa siempre tiene espacio para quien lo necesite.
Valeria bajó las escaleras. Se detuvo en seco cuando vio a Mateo.
—¿Quién es él?
—Valeria, ella es Carolina. Y este es Mateo. Tu hermano.
Vi cómo procesaba las palabras. Cómo su cara pasaba de confusión a comprensión a furia.
—No.
—Valeria…
—¡No! ¡No es mi hermano! ¡No quiero conocerlo!
—Valeria, él no tiene la culpa de…
—¡No me importa! ¡Quiero que se vayan!
Mateo se escondió detrás de su mamá, asustado.
—Valeria, contrólate.
—¡Es tu culpa! ¡Trajiste a esta gente aquí! ¡Todo es tu culpa!
Subió corriendo a su cuarto. Otro portazo.
Carolina me miró con lágrimas.
—Lo siento. No debimos venir.
—No. Hiciste bien. Valeria solo necesita tiempo.
Pero mientras decía esas palabras, me preguntaba si el tiempo sería suficiente.
O si mi hija me iba a odiar para siempre.
* * *