DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 19 — La guerra legal comienza
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CAPÍTULO 19 — La guerra legal comienza

POV: Aurora

El lunes amaneció con mi cara en todos los periódicos.

“Escándalo en gala benéfica: empresario expuesto con doble vida.”

“Esposa y amante confrontan a Máximo Torres en evento público.”

“El imperio de mentiras de magnate automotriz se derrumba.”

Rosa me trajo café y el New York Post. La foto de portada era Frida y yo abrazándonos en el escenario. El titular: “Hermanas en Traición.”

—No lo leas —dijo Rosa—. Solo te va a hacer enojar.

Pero lo leí. Todo. Cada artículo. Cada comentario. Algunos me apoyaban. Otros me llamaban dramática. Algunos culpaban a Frida por ser la otra mujer. Otros decían que yo debí saberlo.

Nadie culpaba a Máximo. Claro que no.

Mi teléfono había explotado. Trescientos mensajes sin leer. Cincuenta llamadas perdidas. La mayoría de números que no reconocía. Reporteros queriendo mi versión. Revistas ofreciendo dinero por entrevistas exclusivas.

Los ignoré a todos. Excepto uno.

Sarah Goldstein: “Nos vemos en mi oficina a las 10. Traiga todo.”

Llegué a su oficina a las nueve y media. No podía esperar más. Sarah me recibió personalmente, con una expresión que no lograba descifrar.

—Señora Torres. O debería decir, la mujer más famosa de Nueva York esta mañana.

—No quería fama. Solo quería justicia.

—Bueno, consiguió ambas. Siéntese.

Me senté. Ella puso tres periódicos sobre el escritorio.

—Esto nos ayuda y nos perjudica. Ayuda porque la opinión pública está de su lado. Perjudica porque Máximo va a argumentar que usted orquestó una campaña de difamación.

—Yo no orquesté nada. Frida dijo la verdad.

—Lo sé. Pero los jueces odian los circos mediáticos. Vamos a tener que jugar esto muy cuidadosamente.

Abrió una carpeta gruesa.

—Hablemos de estrategia. Presenté la demanda de divorcio esta mañana a las ocho. Máximo ya la recibió. Su abogado me llamó hace veinte minutos.

—¿Quién es su abogado?

—Richard Castellanos. De Castellanos & Associates. Especialista en divorcios de alto perfil. Bueno, pero no mejor que yo.

—¿Qué dijo?

—Que su cliente niega todas las acusaciones. Que está dispuesto a negociar una separación amigable. Cincuenta-cincuenta en los bienes. Custodia compartida de Valeria.

—No.

—Eso le dije. Entonces subió la apuesta. Sesenta-cuarenta. A favor de usted. Custodia primaria para usted, visitas para él.

—¿Y mi fideicomiso?

—Ahí es donde se pone interesante. Dice que el fideicomiso es patrimonio conjunto. Que las inversiones fueron consensuadas. Que usted firmó documentos autorizando las transferencias.

—Eso es mentira.

—¿Firmó algo? ¿Cualquier cosa?

Pensé. Años de papeles. Declaraciones de impuestos. Documentos bancarios. Máximo siempre me traía cosas para firmar.

—Probablemente. Pero nunca leí los detalles. Confiaba en él.

Sarah asintió.

—Vamos a necesitar todos esos documentos. Cada firma. Vamos a traer un experto en fraude financiero para revisar todo.

—¿Cuánto va a costar eso?

—Mucho. Cincuenta mil solo en el experto. Otros cien mil en honorarios legales. Y eso es solo para empezar.

El número me golpeó como un puñetazo.

—No tengo ese dinero. Máximo controla todo.

—Por eso presenté una moción de emergencia esta mañana. Congelamiento de activos hasta que se resuelva el caso. El juez va a decidir mañana.

—¿Y si dice que no?

—Entonces vamos al plan B.

—¿Cuál es el plan B?

Antes de que pudiera responder, mi teléfono sonó. El banco.

—¿Señora Torres? Habla James Morrison del Chase Bank. Necesito informarle que su cuenta corriente ha sido congelada.

—¿Qué? ¿Por quién?

—Por orden del señor Máximo Torres. Como titular conjunto de la cuenta, tiene derecho a…

—Esa es mi cuenta. Mi dinero.

—Técnicamente, señora, es una cuenta conjunta. Necesitaríamos que ambos titulares autoricen cualquier movimiento.

Colgué. Llamé a mi otro banco. La misma historia. Todas mis cuentas congeladas.

—Hijo de puta —susurré—. Me bloqueó el acceso a mi propio dinero.

Sarah tomó notas.

—Eso es ilegal. Voy a presentar otra moción. Pero mientras tanto, ¿tiene efectivo? ¿Tarjetas de crédito a su nombre?

—Algunas. Pero no suficiente para…

—Para vivir. Para pagar abogados. Para mantener a su hija.

La realidad me golpeó. Sin acceso a las cuentas, estaba atrapada. Dependiente. Exactamente donde Máximo me quería.

—Esto no puede estar pasando.

—Está pasando. Es su primera jugada. Cortarle los recursos. Obligarla a negociar.

—No voy a negociar.

—Entonces necesita dinero. Rápido.

La puerta de la oficina se abrió. Sarah miró molesta.

—Disculpe, tengo una reunión…

Dante entró sin esperar permiso.

—Lo sé. Vine a ofrecerle una solución.

—Señor Rivas —Sarah se levantó—. Esto es inapropiado.

—Escúcheme dos minutos. Luego me voy.

Me miró directamente.

—Máximo te cortó el dinero. Todas tus cuentas están congeladas. ¿Cierto?

—¿Cómo sabes eso?

—Porque es lo primero que haría cualquier bastardo en su posición. Y porque mi gente monitorea sus movimientos bancarios desde hace una semana.

Sarah intervino.

—Eso es…

—Ilegal. Lo sé. Pero efectivo. Y ahora sé exactamente cuánto dinero tiene Máximo disponible. Cuánto puede gastar en abogados. Cuánto tiempo puede sostener esta guerra.

—¿Y?

—Seis meses. Máximo puede pelear seis meses antes de que sus recursos se agoten. Pero solo si tú te rindes primero.

—No me voy a rendir.

—Lo sé. Por eso estoy aquí. Voy a cubrir tus gastos legales. Todos.

—No puedo aceptar eso.

—No es caridad. Es un préstamo. Me pagas cuando recuperes tu fideicomiso.

—Dante…

—Doscientos mil dólares. Transferidos a la cuenta de Sarah esta tarde. Para que puedas pelear sin preocuparte por el dinero.

Sarah nos miraba a ambos.

—Señor Rivas, esto crea un conflicto de interés. Si usted financia el divorcio…

—No lo financio. Le presto a una amiga en necesidad. Perfectamente legal.

—Con intereses, asumo.

—Cero intereses. Y si no puede pagar, lo perdono. ¿Eso es un problema?

Sarah lo estudió. Luego a mí.

—Es su decisión, señora Torres.

Mi orgullo decía que no. Que me las arreglara sola. Pero mi cabeza sabía la verdad: sin dinero, no tenía oportunidad contra Máximo.

—Acepto. Pero con un contrato. Voy a pagar cada centavo.

Dante sonrió.

—Como quieras. Sarah, prepara los documentos.

—Ya lo están haciendo —dijo ella con un suspiro—. Supongo que esto estaba planeado.

—Desde esta mañana. Cuando supe que Máximo iba a jugar sucio.

—¿Qué más sabes? —pregunté.

Dante sacó su teléfono. Me mostró un email.

Era de Richard Castellanos al abogado de Máximo en México. El asunto: “Estrategia de custodia - evidencia de adulterio.”

Leí el contenido. Se me heló la sangre.

“Necesitamos fotografías de la señora Torres con el señor Rivas. Preferiblemente en situaciones comprometedoras. También declaraciones de empleados, vecinos, cualquiera que pueda testificar sobre su relación. El objetivo es demostrar ambiente inestable para la menor.”

—Me está vigilando.

—Ha estado vigilándote desde la gala. Tiene un investigador privado siguiéndote.

—¿Cómo conseguiste esto?

—No preguntes.

Sarah intervino.

—Si esto es evidencia robada…

—No lo es. Me lo mandaron por error. Un destinatario equivocado. Muy conveniente.

Mentira. Obvio que era mentira. Pero no me importó.

—¿Qué hacemos con esto?

—Usamos su propia estrategia contra él —dijo Sarah—. Si va a argumentar adulterio, nosotros argumentamos abandono. Tres familias. Años de ausencia. Fraude financiero. Vamos a enterrarlo.

—¿Y la custodia de Valeria?

—Ahí es donde tienes ventaja. Eres su madre primaria. Has estado ahí todos los días. Máximo viaja constantemente. No tiene tiempo para ser padre de tiempo completo.

—Pero tiene dinero. Puede contratar niñeras, escuelas privadas…

—El dinero no importa tanto como crees. Los jueces prefieren estabilidad. Y tú eres estabilidad.

—¿Y si él miente? ¿Si inventa cosas?

—Que lo intente. Tenemos evidencia sólida. Él solo tiene humo.

Mi teléfono sonó otra vez. Esta vez era Valeria. La escuela.

—¿Señora Torres? Soy la directora Martínez. Necesito que venga. Hubo un incidente con Valeria.

El corazón se me detuvo.

—¿Qué pasó? ¿Está bien?

—Está físicamente bien. Pero emocionalmente… necesita hablar con usted.

—Voy para allá.

Colgué. Miré a Sarah.

—Tengo que irme.

—Entiendo. Nos vemos mañana. Audiencia preliminar a las nueve.

Dante se levantó conmigo.

—Te llevo.

—No. Esto tengo que hacerlo sola.

—Aurora…

—Por favor. Necesito… necesito pensar.

Asintió. Pero vi la preocupación en sus ojos.

Manejé a la escuela con las manos temblando. ¿Qué le había pasado a Valeria? ¿Habría visto las noticias? ¿Alguien le habría dicho algo?

Llegué en quince minutos. La directora me esperaba en su oficina. Valeria estaba sentada en una silla, con los ojos rojos de llorar.

—¿Qué pasó?

—Una compañera le mostró un video. De la gala. Del escándalo.

Cerré los ojos. Por supuesto. Niños con teléfonos. Padres chismosos. Era inevitable.

—¿Valeria?

Mi hija me miró con esos ojos grises de su padre. Pero ahora había algo más. Traición. Confusión. Dolor.

—¿Es cierto, mami? ¿Papá tiene otra familia?

Y ahí estaba. La pregunta que había estado evitando. La conversación que temía tener.

—Sí, cariño. Es cierto.

Valeria rompió a llorar. La abracé. Y mientras la sostenía, mientras sentía sus lágrimas empapar mi blusa, supe una cosa:

Máximo no solo nos había robado dinero.

Nos había robado la inocencia. La confianza. El futuro. Y eso nunca se lo iba a perdonar.

* * *