CAPÍTULO 20 — Secretos del fideicomiso
POV: Aurora
Llevé a Valeria a casa después de la escuela. No quise dejarla allí, expuesta a las miradas, a los comentarios crueles de niños que repetían lo que escuchaban de sus padres. Mi hija no habló en todo el camino, solo miraba por la ventana con los ojos rojos.
Rosa nos recibió en la puerta con galletas recién horneadas y chocolate caliente. Valeria subió directamente a su cuarto sin tocar nada. Escuché el portazo desde la cocina.
—Déjala —dijo Rosa cuando intenté seguirla—. Necesita tiempo.
—No tengo tiempo. Mañana es la audiencia preliminar y tengo que prepararme.
—Entonces prepárate. Yo cuido a la niña.
Me encerré en mi oficina con una botella de vino y la carpeta que Maxwell había actualizado esa mañana. Páginas y páginas de números, transferencias, cuentas que no reconocía. Cada línea era un cuchillo en el estómago.
El total final me hizo vomitar literalmente. Corrí al baño y vacié todo el contenido de mi estómago.
Quince millones de dólares. No doce como pensaba. Quince. Mi padre había muerto dejándome quince millones y solo quedaban dos punto tres. El resto había desaparecido en un agujero negro de mentiras.
Cuando regresé a mi escritorio, marqué a Sarah.
—Acabo de ver el reporte actualizado de Maxwell.
—Yo también. Es peor de lo que pensábamos.
—Quince millones, Sarah. Me robó quince millones.
—Y tenemos evidencia de cada transferencia. Esto ya no es solo divorcio, Aurora. Es fraude criminal.
—¿Qué significa eso?
—Significa que podemos presentar cargos. La fiscalía del distrito estaría muy interesada en esto.
—¿Prisión?
—Potencialmente. Dependiendo de qué más encontremos.
Miré los documentos otra vez. Había algo que no cuadraba. Transferencias a una compañía llamada VillaReal Investments. Cinco millones en tres años.
—¿Quién es VillaReal Investments?
—Espera, déjame buscar.
Escuché teclear del otro lado.
—Empresa registrada en Delaware. Dueña nominal, Frida Villarreal. Pero ella no aparece como signataria en ninguna cuenta bancaria asociada.
—¿Qué significa eso?
—Que usaron su nombre para crear una compañía fantasma. Probablemente sin su conocimiento.
Marqué a Frida inmediatamente. Contestó al tercer tono con voz cansada.
—¿Aurora?
—¿Sabías que tienes una empresa de inversión a tu nombre?
—¿Qué? No. ¿De qué hablas?
—VillaReal Investments. Registrada en Delaware hace tres años. Máximo transfirió cinco millones de dólares ahí.
Silencio del otro lado. Luego un grito ahogado.
—Ese hijo de puta. Me usó para lavar dinero.
—¿Firmaste algo? ¿Cualquier documento corporativo?
—No lo sé. Máximo siempre me traía papeles para firmar. Decía que eran para la clínica, para proteger mis activos. Yo confiaba en él.
La misma historia. Las mismas mentiras. Diferentes víctimas.
—Necesito que busques todos los documentos que firmaste. Todo. Y me los mandes.
—¿Estoy en problemas legales?
—No si cooperas. Vas a tener que testificar que no sabías nada.
—Lo haré. Dios, Aurora, ¿qué más va a salir?
—No lo sé. Pero cada vez que pensamos que tocamos fondo, aparece otro sótano.
Colgué y volví a los documentos. Había más. Cuentas en las Islas Caimán que Maxwell no había podido rastrear completamente. Transferencias a Panamá. A Suiza. Máximo no solo me robó, había construido un imperio financiero en las sombras.
Mi teléfono vibró. Mensaje de un número desconocido.
“Deja de escarbar o vas a arrepentirte. Última advertencia.”
Se me heló la sangre. Tomé captura de pantalla y se la mandé a Sarah y a Dante.
Sarah respondió primero: “Guarda ese mensaje. Es evidencia de intimidación.”
Dante llamó inmediatamente.
—¿Dónde estás?
—En mi casa.
—¿Hay alguien contigo?
—Rosa y Valeria.
—Quédate ahí. Voy para allá.
—Dante, no es necesario…
—No me importa. Dame veinte minutos.
Colgó antes de que pudiera protestar. Miré el mensaje otra vez. Las palabras no eran directamente amenazantes pero la implicación era clara. Máximo quería asustarme para que parara.
No iba a funcionar.
Seguí leyendo. Encontré algo más. Transferencias mensuales a una cuenta en Los Ángeles. Carolina Méndez. Pero no eran cincuenta mil como Maxwell había estimado antes. Eran ochenta mil. Cada mes. Durante seis años.
Hice las cuentas mentalmente. Casi seis millones solo para Carolina.
¿Qué le había prometido? ¿Qué mentiras le vendió para justificar ese dinero?
Busqué su número en los reportes de Maxwell. Marqué antes de pensarlo dos veces.
Una voz femenina contestó.
—¿Hola?
—¿Carolina Méndez?
—¿Quién pregunta?
—Me llamo Aurora. Soy la esposa de Máximo Torres.
Silencio. Largo. Incómodo.
—No sé de qué me habla.
—Sí sabes. Tienes un hijo con él. Mateo. Seis años. Máximo te ha estado mandando ochenta mil dólares al mes durante seis años.
—¿Cómo consiguió este número?
—No importa. Necesito hablar contigo.
—No tengo nada que decirle.
—¿Sabías que está casado? ¿Que tiene otra hija? ¿Que hay otra mujer en Nueva York?
—Eso no es mi problema.
—Sí lo es. Porque ese dinero que te manda es robado. De mi herencia. Y cuando la policía investigue, tú también vas a estar implicada.
Otro silencio. Esta vez con respiración pesada.
—Él dijo que estaba divorciado. Que tú eras solo una ex difícil que no lo dejaba en paz.
—Mentira. Estamos legalmente casados. Y él me robó quince millones de dólares para mantenerlas a ti y a Frida.
—No sé nada de ninguna Frida.
—Otra mujer. En Nueva York. Con otra hija. Emma. Cuatro años.
Escuché algo rompiéndose del otro lado. Vidrio tal vez.
—Ese maldito. Ese maldito mentiroso.
—Únete al club. Somos tres hasta ahora.
—¿Tres?
—Tú, yo, Frida. Todas engañadas. Todas usadas.
—¿Qué quiere de mí?
—Quiero que testifiques. Sobre el dinero. Sobre las promesas que te hizo. Sobre todo.
—No puedo. Tengo un hijo que mantener. Si Máximo deja de mandarme dinero…
—Ese dinero se va a acabar de todos modos. Porque voy a recuperar hasta el último centavo que me robó. Puedes cooperar ahora y tal vez salvarte, o puedes esperar a que los federales toquen tu puerta.
—¿Los federales?
—Lavado de dinero. Fraude fiscal. Las cuentas en las Caimán son ilegales, Carolina. Y tú has estado recibiendo dinero de esas cuentas.
—Yo no sabía.
—Entonces demuéstralo. Testifica.
La escuché llorar suavemente.
—Necesito pensarlo.
—Tienes hasta mañana. Después, todo esto va al fiscal y ya no podré ayudarte.
Le di el número de Sarah y colgué. Mis manos temblaban. Tres llamadas y ya había armado un caso que podía mandar a Máximo a prisión.
El timbre sonó. Dante. Rosa lo dejó pasar. Entró a mi oficina como una tormenta, revisando cada rincón con la mirada.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo fue un mensaje.
—Un mensaje de amenaza.
—No me va a intimidar.
—Ese no es el punto. El punto es que está escalando. Primero te corta el dinero. Luego te amenaza. ¿Qué sigue?
No quise pensar en eso.
Dante se sentó frente a mí. Vio los documentos esparcidos sobre mi escritorio.
—¿Qué encontraste?
—Quince millones. Lavado de dinero. Empresas fantasma. Suficiente para mandarlo a prisión por veinte años.
—Bien.
—¿Bien? Dante, estoy hablando de mandar al padre de mi hija a la cárcel.
—Estás hablando de hacer justicia. Él te robó. Robó a Frida. Probablemente a Carolina también. Y quien sabe a cuántas más.
—Valeria va a odiarlo. Va a crecer sabiendo que su padre es un criminal.
—Va a crecer sabiendo que su madre es fuerte. Que no se dejó vencer. Que peleó por lo que era correcto.
Tenía razón pero dolía igual.
—Sarah dice que podemos presentar cargos criminales.
—Hazlo.
—Es irreversible. Una vez que involucre a la fiscalía…
—Máximo tomó su decisión cuando te robó el primer dólar. Tú solo estás respondiendo.
Mi teléfono sonó otra vez. Sarah.
—Aurora, acabamos de recibir los documentos de Frida. Es peor de lo que pensábamos. Máximo no solo usó su nombre, falsificó su firma en al menos doce documentos corporativos.
—¿Falsificó su firma?
—Sí. Trajimos a un experto en grafología. Puede testificar que las firmas no son de Frida.
—Eso es fraude.
—Fraude federal. Estamos hablando de años de prisión, Aurora. ¿Quieres seguir adelante?
Miré a Dante. Él me sostuvo la mirada sin parpadear. Sin presionarme. Solo esperando.
Pensé en mi padre. En el dinero que dejó para protegerme. En Valeria. En todas las mentiras. En todo el dolor.
—Sí. Presenta los cargos.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Entonces mañana no solo vamos a corte de familia. Vamos a hablar con el fiscal del distrito.
Colgué. Dante tomó mi mano.
—Hiciste lo correcto.
—Entonces ¿por qué me siento tan mal?
—Porque eres humana. Porque alguna vez lo amaste. Pero eso no significa que merece clemencia.
Valeria apareció en la puerta. Había estado escuchando. Tenía los ojos rojos.
—¿Van a meter a papá a la cárcel?
Me levanté pero ella retrocedió.
—Valeria, cariño…
—¿Van a hacerlo?
No podía mentirle. No más mentiras en esta familia.
—Tal vez. Si hizo cosas ilegales.
—¿Y yo qué? ¿Me voy a quedar sin papá?
—Nunca te vas a quedar sin mí.
—Pero quiero a mi papá. Aunque sea malo. Aunque haya mentido. Es mi papá.
Se fue corriendo a su cuarto. El portazo resonó en toda la casa.
Dante me abrazó mientras yo temblaba.
—Va a estar bien. Dale tiempo.
—No sé si alguna vez va a estar bien.
—Lo estará. Porque tiene una madre que la ama lo suficiente para hacer lo difícil. Para protegerla incluso cuando duele.
Esa noche no dormí. Revisé documentos hasta las cuatro de la mañana. Cada página era más evidencia. Cada número era otra prueba de que Máximo no solo era un mentiroso.
Era un criminal. Y mañana, todo el mundo lo sabría.
* * *