CAPÍTULO 18 — Consecuencias inmediatas
POV: Aurora
La gala terminó en caos total. Los organizadores intentaron retomar el evento pero nadie prestaba atención. Todos murmuraban. Todos nos miraban a Frida y a mí como si fuéramos un reality show en vivo.
Patricio Villarreal me buscó entre la multitud. Su expresión era una mezcla de furia y vergüenza.
—Señora Torres, le debo una disculpa. Si hubiera sabido…
—No tiene que disculparse. Usted también fue engañado.
—Ese hombre —escupió la palabra con asco— se sentó en mi mesa. Comió en mi casa. Jugó con mi nieta. Y todo era mentira.
—Lo sé. Lo siento.
—No. Yo lo siento. Por usted. Por Frida. Por ambas.
Frida estaba rodeada de gente. Amigos, familiares, todos preguntando qué había pasado, si estaba bien, si necesitaba algo. Ella mantenía la compostura pero yo podía ver las grietas. Estaba al borde del colapso.
Me acerqué. Toqué su hombro.
—¿Quieres que nos vayamos?
—Por favor.
—Señorita Villarreal —intervino Dante—, mi auto está afuera. Puedo llevarlas a donde necesiten.
Frida lo miró agradecida.
—Gracias.
Salimos por la puerta lateral para evitar a los fotógrafos que ya se estaban amontonando en la entrada principal. El Aston Martin de Dante nos esperaba. Frida se subió atrás. Yo adelante. Ninguna habló durante los primeros diez minutos.
Finalmente, Frida rompió el silencio.
—¿De verdad acabo de hacer eso?
—Sí.
—Dios mío. Destruí mi propia gala. Humillé a mi familia. Todos van a pensar que soy una idiota.
—No eres idiota. Fuiste valiente.
—No me siento valiente. Me siento estúpida. ¿Cómo no me di cuenta? Cinco años, Aurora. Cinco años y nunca sospeché.
—Porque es bueno mintiendo. Es lo que hace. Es todo lo que hace.
Dante nos miraba por el espejo retrovisor.
—¿A dónde las llevo?
—A mi apartamento —dijo Frida—. Necesito estar sola.
—¿Estás segura? ¿No quieres quedarte con alguien esta noche?
—No. Solo… necesito procesar.
Dante la llevó a su edificio en Park Avenue. El mismo edificio donde la había visto por primera vez con Máximo. Donde todo había empezado a derrumbarse.
Antes de bajar, Frida me abrazó.
—Gracias. Por estar ahí. Por no dejarme enfrentarlo sola.
—Somos un equipo ahora. Quieras o no.
Sonrió débilmente.
—El equipo más jodido del mundo.
—Pero un equipo al fin.
Se bajó. La vimos entrar al edificio. Luego Dante arrancó.
—¿A tu casa?
—Sí. Por favor.
Manejó en silencio. Su mano encontró la mía sobre mi regazo. No dijo nada. Solo la sostuvo. Y por alguna razón, eso me hizo sentir más segura que cualquier palabra.
Llegamos a mi casa a las once de la noche. Las luces estaban apagadas. Rosa y Valeria dormían.
—Gracias —le dije a Dante—. Por todo. Por estar ahí. Por no juzgar.
—No hay nada que juzgar. Hiciste lo correcto.
—¿De verdad? ¿Humillar a mi esposo en público fue lo correcto?
—Él te humilló durante quince años en privado. Yo diría que están a mano.
Tenía razón. Pero aun así…
—Va a venir por mí. Va a contraatacar.
—Que venga. Yo estaré aquí.
—¿Por qué? ¿Por qué haces todo esto por mí?
Dante me miró con esos ojos negros que siempre me desarmaban.
—Porque te lo mereces. Porque alguien debió protegerte hace años y nadie lo hizo. Y porque…
—¿Porque qué?
—Porque me importas. Más de lo que debería.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono empezó a sonar. Máximo.
Ignoré la llamada. Sonó de nuevo. Y de nuevo.
—Responde —dijo Dante—. Que escuche tu voz. Que sepa que no estás asustada.
Respiré profundo. Contesté.
—¿Qué quieres?
—¿Qué quiero? —La voz de Máximo era pura furia—. ¿Te volviste loca? ¿Armaste ese circo en público?
—Yo no armé nada. Frida dijo la verdad. Yo solo la confirmé.
—¡Me humillaste! ¡Frente a cien personas! ¡Frente a mis clientes, mis socios, todos!
—Tú te humillaste solo. Yo solo aceleré el proceso.
—¿Sabes lo que acabas de hacer? ¿Sabes las consecuencias?
—Perfectamente. Sarah Goldstein me explicó cada una.
Silencio del otro lado. Luego:
—¿Sarah Goldstein? ¿La abogada de divorcios?
—La misma. Presenta los papeles el lunes.
—No puedes divorciarte de mí.
—Observa.
—Aurora, escúchame bien. Si sigues con esto, te vas a arrepentir. Voy a pelear por la custodia de Valeria. Voy a demostrar que eres una madre inestable. Que saliste con tu jefe mientras estabas casada. Que abandonaste a tu familia.
La amenaza me hizo hervir la sangre.
—¿Madre inestable? Yo no soy quien tiene tres familias secretas.
—Nadie va a creer tu versión. Yo soy Máximo Torres. Tengo reputación, conexiones, dinero. ¿Tú qué tienes?
—Evidencia. Doce millones de dólares en transferencias fraudulentas. Cuentas en las Caimán. Documentos de propiedades a nombre de tus amantes. ¿Quieres que siga?
—Eso es confidencial. No puedes usarlo.
—Ya se lo di todo a Sarah. Y al IRS. Y al FBI. Resulta que lavar dinero es ilegal. ¿Quién lo diría?
—Estás mintiendo.
—¿Quieres apostar? Porque yo tengo copias de todo. Firmadas, selladas, verificadas.
—Perra. Maldita perra.
—Eso es lo mejor que tienes? Después de quince años, ¿solo insultos?
—Te voy a quitar todo. La casa, el dinero, a Valeria. Todo.
—Inténtalo. Pero antes que nada, tienes que explicarle a un juez por qué robaste de mi fideicomiso. Por qué tienes cuentas secretas. Por qué le mentiste a dos mujeres sobre tu estado civil.
—No puedes probar nada.
—Puedo probar todo. Y lo voy a hacer. En corte. Bajo juramento. Con testigos.
—¿Testigos? ¿Quién va a testificar contra mí?
—Frida. Carolina. Mi investigador privado. Tu contador. Tu asistente. ¿Sigo?
Otro silencio. Más largo.
—Aurora, no tiene que ser así. Podemos arreglar esto. Como adultos.
—No. Ya no quiero arreglar nada contigo.
—Piensa en Valeria. ¿Quieres que crezca en un hogar roto?
—El hogar ya estaba roto. Tú lo rompiste hace años. Yo solo estoy limpiando los escombros.
—Te estoy dando una última oportunidad. Retira la demanda. Olvidamos todo esto. Volvemos a empezar.
La oferta me habría tentado hace un mes. Tal vez hasta hace una semana. Pero ahora solo me daba asco.
—No.
—¿No?
—No. No retiro nada. No olvido nada. Y definitivamente no vuelvo contigo.
—Entonces es guerra.
—Siempre lo fue. Solo que ahora yo también tengo armas.
—Te vas a arrepentir, Aurora. Te lo juro.
—Ya me arrepentí. De conocerte. De casarme contigo. De perder quince años de mi vida creyendo tus mentiras.
—Nos vemos en la corte.
—Ahí te veo.
Colgué. Las manos me temblaban. Dante me las tomó.
—Respirar. Respira.
—Eligió pelear. No va a dejarme ir fácil.
—No esperábamos que lo hiciera.
—Va a ir por Valeria. Lo dijo. Va a intentar quitármela.
—No puede. Eres su madre. Has estado ahí todos los días. Él apenas la ve.
—Pero tiene dinero. Tiene abogados. Tiene…
—Y tú tienes la verdad. Y evidencia. Y a Sarah Goldstein que no pierde casos.
—¿Y si no es suficiente?
Dante me giró para que lo mirara.
—Escúchame. Máximo va a pelear. Va a mentir. Va a intentar destruirte. Pero no va a ganar. No mientras yo esté aquí.
—No puedes prometerme eso.
—Acabo de hacerlo.
Me besó. Suave al principio. Luego más profundo. Sus manos en mi cara, su aliento mezclándose con el mío. No era como los besos de Máximo. No había mentira en esto. Solo verdad cruda.
Me separé.
—No puedo. Todavía estoy casada.
—Entiendo.
—Cuando el divorcio sea final…
—Te estaré esperando.
Se fue. Yo entré a mi casa con las piernas temblando.
Rosa me esperaba en la sala.
—Señora Aurora, ¿está bien? Vi las noticias.
—¿Las noticias?
Me mostró su teléfono. El video ya estaba por todas partes. Twitter, Instagram, Facebook. “Empresario descubierto con doble vida en gala benéfica.” “Dos mujeres confrontan a esposo infiel en evento público.”
Miles de vistas. Miles de comentarios. Mi vida explotada para el mundo entero.
—Dios mío.
—¿Es cierto? ¿El señor Máximo tiene otra familia?
—Sí, Rosa. Es cierto.
—Ese desgraciado. Ese maldito desgraciado.
Me abrazó. Y yo rompí. Lloré en sus brazos como no había llorado en semanas. Todo salió. El dolor, la rabia, el miedo, todo.
—¿Qué le voy a decir a Valeria? —sollozaba—. ¿Cómo le explico que su padre…?
—Le dirás la verdad. Cuando esté lista. Pero ahora descansa. Mañana será otro día.
Me ayudó a subir a mi cuarto. Me quité el vestido verde. Los tacones. Las joyas. Me metí a la cama.
Mi teléfono no paraba de sonar. Mensajes. Llamadas. Reporteros. Amigos. Familia.
Todos queriendo saber qué había pasado. Todos con opiniones sobre qué debía hacer.
Los ignoré todos. Excepto uno.
Frida: “¿Estás bien?”
Yo: “No. ¿Tú?”
Frida: “Tampoco. Pero lo estaremos.”
Yo: “¿Cómo puedes estar tan segura?”
Frida: “Porque ya tocamos fondo. Lo único que queda es subir.”
Sonreí en la oscuridad.
Yo: “Gracias. Por todo. Por ser valiente.”
Frida: “Tú también. Nos hablamos mañana.”
Apagué el teléfono. Cerré los ojos.
Máximo tenía razón en una cosa: era guerra.
Pero lo que no sabía era que yo ya no estaba sola.
Tenía aliados. Tenía evidencia. Tenía razón de mi lado.
Y esta vez, iba a ganar.
* * *