DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 17 — Explosión en público
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CAPÍTULO 17 — Explosión en público

POV: Aurora

Frida volvió del baño diez minutos después, con el maquillaje retocado y una expresión de acero. Me buscó con la mirada. Le hice una seña sutil. Ella asintió.

El juego continuaba.

Dante me llevó a nuestra mesa. Éramos ocho personas: dos parejas de ejecutivos de la editorial que no conocía, una senadora estatal con su esposo, y nosotros. Conversación educada. Vino caro. Nadie mencionó la tensión obvia de hace unos minutos.

Pero yo podía sentir los ojos de Máximo quemándome desde su mesa al otro lado del salón. Cada vez que miraba en su dirección, él me observaba con una mezcla de furia y pánico.

Frida estaba a su lado, sonriendo con los invitados, actuando como si nada. Pero yo podía ver la tensión en sus hombros. La forma en que evitaba tocar a Máximo.

—¿Más vino? —ofreció Dante, su voz baja contra mi oído.

—Necesito mantener la cabeza clara.

—Entonces agua. No quiero que te desmayes antes del espectáculo principal.

—¿Espectáculo principal?

—El discurso. El padre de Frida va a presentar a Máximo como su futuro yerno. ¿Recuerdas?

Mierda. Lo había olvidado.

—¿A qué hora?

—En veinte minutos.

Veinte minutos. Tiempo suficiente para que Máximo intentara algo.

No me equivoqué.

Estaba volviendo del baño cuando una mano me agarró del brazo y me jaló hacia un pasillo lateral. Máximo.

—Suéltame.

—No hasta que me expliques qué mierda crees que estás haciendo.

Su voz era veneno puro. Sus dedos apretaban mi brazo con fuerza que dolía.

—Vine a una gala. ¿Eso es un crimen?

—¿Con él? ¿Con Dante Rivas? ¿Estás cogiendo con tu jefe, Aurora?

La hipocresía me dio risa. Risa real, histérica.

—¿En serio? ¿Tú me vas a preguntar eso?

—Responde la maldita pregunta.

—No. Pero aunque lo estuviera haciendo, ¿qué importa? Tú te coges a Frida. Y a Carolina. Y a quien sabe cuántas más.

Se quedó helado. Completamente inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Me oíste. Sé todo, Máximo. Frida. Carolina. Emma. Mateo. Las cuentas en las Caimán. Los doce millones que robaste de mi fideicomiso. Todo.

El color drenó de su cara.

—Aurora…

—No. No me vengas con excusas. No me vengas con mentiras. Ya terminó.

—¿Cómo…? ¿Cuándo…?

—¿Cómo lo descubrí? Te seguí. Hace tres semanas. Los vi salir juntos. Tu familia perfecta. Y luego contraté a un investigador. Uno bueno. Uno que encontró todo.

Máximo me soltó el brazo. Retrocedió un paso.

—No es lo que piensas.

—¿No? ¿Entonces qué es? ¿Ilumíname?

—Frida… ella es… complicado.

—¿Y Carolina? ¿Ella también es complicada?

—Eso terminó. Hace años.

—Mentira. Le transferiste dinero el mes pasado. Ochenta mil dólares. ¿También eso es complicado?

—Estás sacando las cosas de contexto.

—¿Contexto? ¿Qué contexto hace que esté bien tener tres familias, Máximo? ¿Qué contexto justifica robarme millones?

—¡Ese dinero era nuestro! ¡De los dos!

—Era mío. Mi padre me lo dejó a mí. Y tú lo usaste para comprarle propiedades a tus putas.

Me agarró de los hombros. Fuerte. Demasiado fuerte.

—Cuida tus palabras.

—¿O qué? ¿Me vas a pegar? Adelante. Hazlo aquí. En público. Para que todos vean qué clase de hombre eres.

Sus manos temblaban. Vi algo oscuro cruzar su mirada. Algo que me asustó.

—Dante Rivas es un hombre peligroso, Aurora. No sabes con quién te estás metiendo.

—Y tú eres un mentiroso patológico. Creo que puedo manejar a Dante.

—Te está usando. Para llegar a mí. A mi empresa.

—¿Tu empresa? La empresa que construiste con el dinero que me robaste. Qué conveniente.

—No te robé nada. Hice inversiones.

—Inversiones. ¿Así le llamas ahora a comprarle un apartamento de tres millones a tu amante?

—¡Frida no es mi amante!

—¿No? ¿Entonces qué es? ¿Tu prometida? ¿Tu futura esposa? ¿La madre de tu hija? ¿Cuál de esas cosas que también se supone que soy yo?

Máximo cerró los ojos. Respiró profundo.

—Podemos arreglar esto. Si me das tiempo. Si me escuchas…

—No. Ya no quiero escucharte. Ya contraté abogada. Sarah Goldstein. ¿La conoces? Es la mejor en divorcios de alto perfil. Va a destruirte.

—No puedes divorciarte de mí.

—Observa.

—¡Valeria! ¿Vas a hacerle esto a nuestra hija?

Ahí estaba. El golpe bajo. Usando a nuestra hija como escudo.

—Tú le hiciste esto a nuestra hija. Cada vez que elegiste a Frida. Cada vez que volaste a ver a Carolina. Cada vez que mentiste. Tú destruiste esta familia, no yo.

—Aurora, por favor…

—Señor Torres.

Ambos nos giramos. Dante estaba al final del pasillo, con los brazos cruzados y una expresión letal.

—La señora necesita volver a su mesa. El evento está por comenzar.

—Esto no es tu problema, Rivas.

—Se convirtió en mi problema cuando pusiste tus manos sobre ella.

Dante caminó hacia nosotros. Cada paso era amenaza pura.

—Si vuelves a tocarla así, no vas a tener manos. ¿Entendido?

Máximo dio un paso adelante. Estaban frente a frente. Dos hombres, dos egos, a punto de explotar.

—¿Me estás amenazando?

—Estoy haciendo una promesa.

—Ella es mi esposa.

—Por ahora.

—Vete a la mierda.

Dante sonrió. Esa sonrisa de lobo que me ponía la piel de gallina.

—Con gusto. Pero primero, saca tus manos de mi acompañante.

Máximo me miró. Luego a Dante. Su mandíbula trabajando.

—Esto no termina aquí.

—No —dije—. Termina en la corte. Con una orden de divorcio y una demanda por fraude. Nos vemos ahí.

Me alejé. Dante me siguió, su mano en mi espalda baja. Protectora. Posesiva.

—¿Estás bien? —preguntó cuando estuvimos lejos.

—Sí. Gracias por intervenir.

—Iba a golpearlo.

—Lo sé. Vi tus manos. Estaban hechas puño.

—Todavía quiero golpearlo.

—Guarda esa energía. La vas a necesitar.

Volvimos a la mesa justo cuando las luces se atenuaban. Un hombre mayor subió al escenario. Patricio Villarreal. El padre de Frida. Cabello blanco, traje impecable, presencia imponente.

—Buenas noches a todos. Gracias por acompañarnos en esta noble causa…

Habló sobre la clínica. Sobre los niños que ayudaban. Sobre el futuro. Aplausos educados.

Y entonces llegó el momento.

—Antes de terminar, quiero compartir algo personal.

Como muchos saben, mi hija Frida es la luz de mi vida.

Y este año, ella ha encontrado a su compañero.

Un hombre extraordinario que la ama y adora a mi nieta Emma.

Quiero presentarles oficialmente a Máximo Torres, futuro yerno y miembro de nuestra familia.

Los reflectores buscaron la mesa de Máximo. Él se levantó, sonriendo esa sonrisa perfecta. Saludando con la mano. El empresario exitoso. El hombre de familia.

Frida también se levantó. Pero no sonreía.

—Papá —dijo con voz clara que cortó el aplauso—. Necesito decir algo.

Patricio la miró confundido.

—¿Hija?

Frida caminó hacia el escenario. Tomó el micrófono de las manos de su padre.

—Hay algo que todos deben saber sobre Máximo Torres.

El salón se quedó en silencio absoluto.

Máximo se puso blanco. Empezó a caminar hacia el escenario.

—Frida, no…

—Está casado —dijo ella, su voz amplificada por todo el salón—. Legalmente casado. Tiene una esposa y una hija de nueve años. Su nombre es Aurora Domínguez de Torres. Y está aquí esta noche.

Todas las cabezas voltearon. Buscándome.

Me levanté. Despacio. Con dignidad.

—Es cierto —dije con voz firme—. Soy su esposa. Y no tenía idea de que mi esposo tenía otra familia hasta hace tres semanas.

El salón explotó. Murmullos. Gritos ahogados. Teléfonos sacándose para grabar.

Máximo subió al escenario.

—Esto es un malentendido…

—¿Un malentendido? —Frida se giró hacia él—. ¿Me mentiste durante cinco años y es un malentendido?

—Frida, por favor, déjame explicar…

—¡No hay nada que explicar! —gritó—. Me dijiste que estabas divorciado. Que no tenías hijos. ¡Me mentiste sobre todo!

Patricio Villarreal estaba rojo de furia.

—¿Esto es cierto? ¿Estás casado?

—Señor Villarreal, si me permite…

—¡Responde la pregunta!

Máximo me miró. Derrotado.

—Sí. Estoy casado.

El salón estalló. Frida le quitó el anillo de compromiso y se lo aventó.

—Vete. Vete de aquí ahora mismo.

—Frida…

—¡Que te vayas!

Seguridad empezó a acercarse. Máximo bajó del escenario, caminando rápido hacia la salida. La gente se apartaba como si tuviera una enfermedad.

Cuando pasó junto a mi mesa, se detuvo. Me miró con odio puro.

—Esto no termina aquí, Aurora. Te vas a arrepentir.

—Ya me arrepentí —respondí—. De casarme contigo.

Se fue. Las puertas se cerraron detrás de él.

Frida bajó del escenario. Caminó directamente hacia mí. Todo el salón nos observaba.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. ¿Tú?

—Mejor que bien.

Nos abrazamos. En medio del escándalo. En medio de cien personas grabando. Dos mujeres traicionadas por el mismo hombre.

Y por primera vez, no me sentí sola.

* * *