CAPÍTULO 16 — La gala del infierno
POV: Aurora
El viernes llegó demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.
Pasé la mañana en un estado de nervios que me tenía al borde del vómito. Máximo se había ido a “Los Cabos” el día anterior. Me besó en la puerta, me dijo que me amaba, que volvería el lunes. Actuó perfecto hasta el final.
Yo también actué. Le dije que lo extrañaría. Que tuviera buen viaje. Que cuidara los negocios.
Apenas cerró la puerta, marqué a Frida.
—Ya se fue.
—El mío también. Dijo que tenía una reunión con inversionistas asiáticos. Que volvía mañana.
—¿Estás lista para esta noche?
—No. Pero voy a hacerlo de todos modos.
—Yo tampoco. Nos vemos allá.
Colgué. Me temblaban las manos.
Pasé tres horas arreglándome. El vestido verde esmeralda me quedaba como una segunda piel. Me hice un chongo bajo, elegante, con mechones sueltos enmarcando mi cara. Maquillaje perfecto: ojos ahumados, labios rojos. Los aretes de diamantes brillaban cada vez que movía la cabeza.
Cuando me miré al espejo, no reconocí a la mujer que me devolvió la mirada. No era la esposa sumisa. No era la editora profesional. Era alguien peligroso.
Rosa entró con Valeria.
—Mami, te ves hermosa —dijo mi hija con los ojos muy abiertos.
—Gracias, mi amor.
—¿A dónde vas tan elegante?
—A una gala de trabajo. Nada importante.
—¿Va a ir papá?
La pregunta me atravesó. Mi niña. Mi pobre niña que todavía no sabía nada.
—No, cariño. Papá está de viaje.
—¿Y ese señor? ¿El de la otra vez?
—Dante. Sí, él va a estar.
Valeria me miró con esa expresión demasiado madura para sus nueve años.
—Mami, ¿estás saliendo con él?
—No, Valeria. Es solo mi jefe. Es un evento de trabajo.
—Pero te arreglaste mucho.
—Así son estas cosas. Hay que verse bien.
No pareció convencida pero Rosa la distrajo.
—Ven, princesa. Vamos a hacer galletas mientras tu mami está fuera.
Cuando se fueron, me serví una copa de vino. Las manos aún me temblaban. En dos horas estaría frente a Máximo. Con Frida. Con Dante. Todo explotaría o todo permanecería en esta tensión insoportable.
El timbre sonó a las siete en punto. Dante. Puntual como siempre.
Abrí la puerta y vi su reacción. Se quedó completamente inmóvil, los ojos recorriéndome de arriba abajo. Había algo oscuro en su mirada. Hambre pura.
—Joder —susurró.
—¿Está bien el vestido?
—El vestido está perfecto. Tú estás… joder, Aurora.
Él también se veía letal. Smoking negro impecable, camisa blanca, corbatín. El cabello peinado hacia atrás. La cicatriz en su ceja haciéndolo ver aún más peligroso.
—¿Lista? —preguntó.
—No. Pero vamos.
El trayecto al hotel fue silencioso. Dante manejaba su Aston Martin con una mano, la otra descansando peligrosamente cerca de mi muslo. Cada vez que cambiaba de velocidad, sus dedos rozaban mi pierna a través de la abertura del vestido.
—¿Sabes que vas a hacer cuando lo veas? —preguntó finalmente.
—No tengo idea.
—¿Quieres que intervenga?
—No. Esto lo hago yo.
—Está bien. Pero si necesitas que lo golpee, solo dime.
Sonreí a pesar de los nervios.
—¿Golpearías a mi esposo por mí?
—Haría cosas mucho peores que eso.
La forma en que lo dijo me hizo creerle.
Llegamos al Plaza Hotel. Luces, fotógrafos, alfombra roja. Dante le dio las llaves al valet y me ofreció su brazo.
—Respira. Eres la mujer más hermosa aquí. Recuérdalo.
Tomé su brazo. Entramos.
El salón de baile estaba lleno. Mesas redondas con manteles blancos. Arreglos florales enormes. Gente elegante por todas partes. Música de cuarteto de cuerdas.
Y entonces lo vi.
Máximo.
Al otro lado del salón, impecable en su smoking. El cabello perfectamente peinado. Sonriendo. Hablando con un grupo de personas como si no tuviera tres familias secretas.
Y a su lado, Frida.
Deslumbrante en un vestido azul medianoche. El cabello suelto en ondas. Sonriendo. Actuando como la prometida perfecta.
Nuestros ojos se encontraron a través del salón. Ella me vio primero. Vi cómo se tensaba. Cómo su sonrisa se volvía forzada. Luego tocó el brazo de Máximo.
Él se giró.
Y me vio.
El color desapareció de su cara. Completamente. Se puso blanco como papel.
—Creo que nos vio —murmuró Dante.
—Sí. Definitivamente nos vio.
Máximo dijo algo a Frida. Ella asintió. Él empezó a caminar hacia nosotros. Cada paso era rígido, controlado.
—Aquí viene —dijo Dante—. ¿Quieres que me quede o te doy espacio?
—Quédate. Por favor.
Dante me apretó la cintura. Un gesto posesivo que no pasó desapercibido para Máximo.
—Aurora —dijo cuando llegó, su voz tensa—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a una gala. ¿Tú qué haces aquí? Pensé que estabas en Los Cabos.
Vi cómo tragaba saliva. Buscando una mentira. Siempre tan rápido con las mentiras.
—El viaje se canceló. Un cliente me invitó a última hora. ¿Y tú?
—Dante me invitó. Es un evento importante para la editorial.
Máximo miró a Dante con odio apenas disimulado.
—Señor Rivas.
—Señor Torres —respondió Dante con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Qué coincidencia encontrarnos aquí.
—Sí. Qué coincidencia.
El silencio fue tenso. Máximo me miraba como si intentara descifrar cuánto sabía. Yo le sostuve la mirada sin parpadear.
—¿No vas a presentarme a tu acompañante? —pregunté con dulzura venenosa.
Máximo se tensó aún más.
—Es… una colega. Frida Villarreal. Dueña de la clínica que organiza este evento.
—Qué interesante. Me encantaría conocerla.
—No creo que…
—Insisto.
Caminé hacia donde Frida esperaba. Máximo no tuvo opción más que seguirme. Dante venía detrás, una presencia oscura y protectora.
Frida me vio acercarme. Su actuación fue perfecta. Sorpresa educada. Sonrisa profesional.
—Buenas noches —dijo con voz firme.
—Buenas noches. Soy Aurora. Aurora Torres.
Vi cómo Máximo se atragantaba. Literalmente. Tosió, intentando disimular.
Frida extendió la mano. La estreché. Sus dedos apretaron los míos un segundo más de lo normal. Un mensaje silencioso: “Estoy contigo.”
—Frida Villarreal. Un placer.
—El placer es mío. Máximo me ha hablado tanto de su trabajo benéfico.
Mentira. Nunca me había mencionado a Frida. Pero él no podía decir eso.
—¿De verdad? —Frida miró a Máximo con expresión inocente—. No sabía que hablabas de mí con tu… ¿familia?
—Ocasionalmente —mintió Máximo, sudando—. En contexto de negocios.
—Por supuesto. Negocios.
Dante intervino, cortando la tensión.
—Señorita Villarreal, permítame felicitarla por este evento. La causa es admirable.
—Gracias, señor…
—Rivas. Dante Rivas.
—¿El dueño de Vesper & Blackwell?
—El mismo.
—Es un honor. Aurora debe ser muy valiosa para que la acompañe personalmente.
—Lo es. Invaluable, de hecho.
Dante puso su mano en mi espalda baja. Justo donde la piel quedaba expuesta. Sus dedos eran fuego contra mi columna.
Máximo lo notó. Su mandíbula se tensó tanto que pensé que se le romperían los dientes.
—Aurora, ¿podemos hablar? —dijo bruscamente—. En privado.
—Estoy con mi acompañante. Sería grosero.
—Insisto.
—Y yo declino.
—Aurora…
—Señor Torres —interrumpió Dante, su voz peligrosamente suave—, la señora claramente no desea hablar con usted en este momento. Respete eso.
Máximo dio un paso hacia Dante. Por un segundo pensé que lo golpearía.
—No me diga qué hacer con mi esposa.
—¿Esposa? —Frida fingió sorpresa perfectamente—. Máximo, dijiste que estabas divorciado.
El silencio fue absoluto.
Máximo se giró hacia Frida, pánico en los ojos.
—Frida, yo…
—¿Estás divorciado o no? —presionó ella, actuando confundida.
—Es… complicado.
—No suena complicado. Suena como una pregunta simple. Sí o no.
La gente alrededor empezaba a notar. A voltear. A susurrar.
—Esto no es el lugar —siseo Máximo.
—Tienes razón —dijo Frida, su voz subiendo ligeramente—. No lo es. Discúlpenme.
Se dio la vuelta y caminó hacia el baño. Perfecta. Dejando a Máximo expuesto.
Él me miró. Luego a Dante. Luego de regreso a mí.
—Esto no termina aquí —amenazó en voz baja.
—No —respondí con calma—. Apenas comienza.
Máximo se alejó, abriéndose paso entre la gente.
Dante me giró hacia él.
—¿Estás bien?
—Mejor que bien. ¿Viste su cara?
—Pensé que le daría un infarto.
—Ojalá.
Sonreí. Por primera vez en semanas, sonreí con genuina satisfacción.
La noche apenas comenzaba. Y Máximo ya estaba sangrando.
* * *