DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 15 — Alianza inesperada
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CAPÍTULO 15 — Alianza inesperada

POV: Aurora

Después de despedirnos, ya estaba en el pasillo cuando escuché su voz.

—Aurora, espera.

Me giré. Frida estaba en la puerta de su consultorio, con el rímel corrido y los ojos hinchados. Ya no era la psicóloga perfecta de las fotos. Era solo una mujer rota.

—¿Tienes tiempo? —preguntó—. Necesito… necesito hablar más. Por favor.

Miré mi teléfono. Las once y media. Dante esperaba mi llamada. Valeria estaba en la escuela. Máximo creía que yo no sabía nada.

—Sí. Tengo tiempo.

—Hay una cafetería a dos cuadras. Más privada que aquí.

Canceló sus citas de la mañana. La recepcionista nos miró extrañada cuando salimos juntas, pero no dijo nada.

La cafetería era pequeña, escondida en una calle lateral. Mesas de madera, luz tenue, música jazz de fondo. Pedimos café. Ninguna probó el suyo.

Frida me miraba como si todavía no pudiera creer que yo era real.

—¿Desde cuándo sabes? —preguntó finalmente.

—Hace tres semanas. Lo seguí una noche. Los vi salir juntos. Tú, él, Emma. Como familia.

—¿Dónde?

—De su oficina. Torres Luxury Motors en la 57.

—Ahí trabaja. Dios, yo pasé por ahí mil veces. Podríamos habernos cruzado.

—Probablemente lo hicimos. Él es muy cuidadoso con sus horarios. Nunca coincidimos.

Frida soltó una risa amarga.

—¿Sabes qué es lo más enfermo? Que yo admiraba eso de él. Que siempre supiera dónde estar. Que organizara todo perfectamente. Pensé que era eficiente. Era solo un mentiroso profesional.

—El mejor que he conocido.

—¿Cómo lo hace? —Frida negó con la cabeza—. ¿Cómo mantiene tres familias sin que nadie se dé cuenta?

—Viajes. Siempre viajes de negocios. A mí me dice que viene aquí a Nueva York. A ti probablemente te dice que va a México.

—Y a Los Ángeles. Dice que tiene proveedores allá.

—Carolina.

—La tercera.

Nos quedamos en silencio. El peso de todo cayendo sobre nosotras.

—¿Qué más te dijo de mí? —pregunté—. De su “hermana viuda.”

Frida se sonrojó de vergüenza.

—Que te quedaste sola con una niña pequeña cuando tu esposo murió en un accidente. Que eras frágil. Que él te ayudaba económicamente porque era lo correcto. Que tú dependías de él.

La rabia me hirvió en el pecho.

—¿Frágil? ¿Yo?

—Por eso nunca insistí en conocerte. Dijo que eras muy privada. Que no te gustaban las visitas. Que era mejor darte tu espacio.

—Me aisló. Nos aisló a ambas.

—¿Alguna vez mencionó a Frida? —preguntó ella—. Antes de que supieras.

—Nunca. Ni una palabra. Ni siquiera cuando hablábamos de sus días. Era un fantasma en su vida.

—Yo tampoco sabía de ti. Él borraba su teléfono constantemente. Decía que era por seguridad, por los negocios. Nunca sospeché.

—¿Y Carolina? ¿Te habló de ella?

—Jamás. ¿Cuántos años tiene el niño?

—Seis. Mateo.

Frida hizo cuentas mentalmente.

—Entonces estaba conmigo cuando ella quedó embarazada. Dios mío. Estaba conmigo, contigo, y embarazando a otra.

—¿Emma cuándo nació?

—Hace cuatro años. Julio de 2021.

—Valeria tenía cinco años. Yo estaba en México. Probablemente embarazada sin saberlo mientras tú dabas a luz.

—¿Te visitaba en México?

—Cada dos meses. Se quedaba una semana. Decía que me extrañaba. Que el trabajo era duro pero que volver conmigo valía la pena.

—A mí me decía lo mismo —Frida susurró—. Cada vez que volvía de “México” o “Los Ángeles”, decía que los viajes eran un infierno pero que regresar a casa conmigo lo hacía feliz.

—Mentiras. Todo mentiras.

Frida sacó su teléfono. Buscó algo. Me lo pasó.

—Mira.

Era un chat de WhatsApp. Mensajes de Máximo.

“Te amo, mi vida. Solo tres días más y estaré en casa contigo y con Emma.”

“Extraño tus besos. Extraño despertarme a tu lado.”

“Eres lo mejor que me pasó en la vida.”

Fechas: la semana pasada. Cuando estaba conmigo en Nueva York. Cuando me hacía el amor cada noche. Cuando me decía que yo era su mundo.

Saqué mi teléfono. Le mostré mis mensajes.

Los mismos. Palabra por palabra. Solo cambiaban los nombres.

Frida se tapó la boca.

—Es un copy-paste. Nos manda el mismo mensaje a las dos.

—Probablemente a las tres.

—¿Cómo puede ser tan…?

—¿Desalmado? No lo sé. Pero lo es.

Frida guardó su teléfono con manos temblorosas.

—¿Sabes qué es lo peor? Que yo le presenté a mi familia. A mis padres. Están emocionados por la boda. Mi mamá ya compró su vestido. Mi papá va a caminar conmigo al altar. Y todo es mentira.

—Yo renuncié a mi carrera en México por él. Me mudé aquí pensando que iba a salvar nuestro matrimonio. Gasté años siendo la esposa perfecta mientras él construía otras vidas.

—¿Cuánto dinero dices que robó?

—Doce millones. De mi fideicomiso.

—Doce millones —repitió Frida—. ¿En cuánto tiempo?

—Tres años. Cuatro millones y medio para ti. Tres para Carolina. El resto escondido en las Caimán.

—Nunca me dijo eso. Que te robó. Solo dijo que me ayudaba porque me amaba.

—Te compró con mi dinero. Literalmente.

Frida cerró los ojos.

—¿Qué vas a hacer?

—Ya contraté abogada. Sarah Goldstein. La mejor de Nueva York. Voy a divorciarlo, quitarle la custodia de Valeria, recuperar mi dinero y mandarlo a la cárcel si puedo.

—¿La cárcel?

—Fraude. Malversación. Lavado de dinero. Las cuentas en las Caimán son ilegales. El IRS va a estar muy interesado.

—Bien. Que se pudra.

La fiereza en su voz me sorprendió. Ya no quedaba nada de la mujer enamorada de hace una hora.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué vas a hacer?

—No lo sé. Cancelar la boda, obviamente. Pero… —dudó—. No quiero decirle todavía que sé.

—¿Por qué no?

—Porque quiero ver hasta dónde llega. Quiero que llegue a la gala pensando que todo está bien. Que ambas somos sus idiotas felices. Y entonces…

—¿Entonces qué?

—No lo sé. Pero algo. Algo que le duela tanto como nos duele a nosotras.

Me incliné hacia adelante.

—¿Estás pensando lo que creo que estás pensando?

—¿Qué estoy pensando?

—Venganza. Coordinada.

Frida me sostuvo la mirada.

—¿Estás dispuesta?

—Más que dispuesta. Estoy ansiosa.

—Porque si hacemos esto, tiene que ser perfecto. Él no puede saber que sabemos hasta que sea demasiado tarde.

—Puedo actuar. He estado actuando tres semanas.

—Yo también. Cinco años, resulta.

Nos sonreímos. Era una sonrisa sin humor. Pura oscuridad.

—Cuéntame sobre la gala —dije—. Todo. Quién va, qué espera Máximo, cómo se supone que va a ser la noche.

Frida respiró profundo.

—Es para recaudar fondos para la clínica. Cien invitados. Gente rica, importante. Políticos, empresarios. Mi familia completa. Máximo se supone que llegará conmigo. Como mi prometido. Mi padre va a dar un discurso presentándolo oficialmente como mi futuro esposo.

—¿Y yo voy a estar ahí con Dante?

—¿Quién es Dante?

—Mi jefe. El nuevo dueño de la editorial. Es… complicado.

—¿Te gusta?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Eso no importa.

—Claro que importa. ¿Te gusta?

—Sí. Pero todavía estoy casada. Todavía…

—Todavía nada. Máximo te engañó con dos mujeres. Mínimo. Tú tienes derecho a rehacer tu vida.

—¿Y tú? ¿Hay alguien más?

—No. Máximo era mi todo. Qué estúpida.

—No eres estúpida. Eres humana. Confiaste.

—Los dos confiamos. Y él abusó de eso.

Pedimos más café. Ninguna lo tocó.

—¿Qué pasa si le decimos ahora? —propuso Frida—. Las dos juntas. Lo confrontamos.

—No. Es demasiado fácil. Se va a inventar algo. Va a llorar, va a suplicar, va a prometer cambiar. Conozco el patrón.

—Tienes razón. Necesita doler más.

—¿Qué es lo que más le importa? —pregunté—. ¿Su reputación? ¿Su dinero?

—Su control. Le encanta controlar todo. Todos. Sentir que es más listo que los demás.

—Entonces le quitamos eso. El control.

—¿Cómo?

—Todavía no lo sé. Pero entre las dos, podemos pensarlo.

Frida tomó una servilleta. Sacó una pluma.

—Empecemos. ¿Qué sabemos de él que no debería saber nadie?

Pasamos las siguientes dos horas comparando notas. Cada mentira. Cada inconsistencia. Cada promesa rota.

Frida descubrió que Máximo le dijo que su madre había muerto. Mi suegra estaba viva y vivía en Guadalajara.

Yo descubrí que le dijo a Frida que vendió su empresa familiar para empezar Torres Luxury Motors. Mentira. La empresa era herencia de su padre.

Comparamos fotos. Los mismos restaurantes con ambas. Los mismos hoteles. Hasta las mismas poses.

—Es como un robot —dijo Frida con asco—. Tiene un script y lo sigue con todas.

—Un sociópata. Literal.

Cuando terminamos, teníamos una lista de treinta mentiras documentadas. Treinta formas en que nos engañó a ambas.

—¿Y ahora? —preguntó Frida.

—Ahora esperamos. Actuamos normal. El viernes, vamos a esa gala. Yo con Dante. Tú con Máximo. Y vemos qué hace cuando nos vea a las dos en el mismo cuarto.

—Va a entrar en pánico.

—Bien. Quiero verlo sufrir.

—Yo también.

Nos levantamos para irnos. En la puerta, Frida me detuvo.

—Aurora, sé que debería odiarte. Eres su esposa legal. Yo soy la otra.

—Tú no sabías. Yo tampoco. Las dos somos víctimas.

—Aun así… gracias. Por decirme. Por no dejarme en la ignorancia.

—Gracias por escuchar. Por creerme.

Nos abrazamos. Fue extraño. Torpe. Pero real.

—¿Nos vemos el viernes? —preguntó.

—Nos vemos el viernes.

Intercambiamos números. Prometimos mantenernos en contacto. Planear cada detalle.

Mientras caminaba a mi auto, sentí algo que no había sentido en semanas: poder.

Ya no estaba sola. Tenía una aliada. Alguien que entendía. Alguien que quería ver a Máximo caer tanto como yo.

Y juntas, íbamos a destruirlo.

* * *