DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 14 — El mundo de Frida se derrumba
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CAPÍTULO 14 — El mundo de Frida se derrumba

POV: Aurora

Me quedé en el auto llorando durante diez minutos. Las lágrimas no eran solo de rabia. Eran de algo peor: lástima.

Frida no sabía. Era inocente. Bueno, tan inocente como puede ser alguien que se acuesta con un hombre comprometido, pero ella creía que estaba libre. Creía que yo era su hermana viuda. Que Valeria era su sobrina.

Máximo nos había borrado del mapa.

Limpié mis lágrimas con rabia. No. No iba a dejar que esto quedara así. Frida merecía saber la verdad. Y yo merecía ver su cara cuando se diera cuenta de quién era realmente.

Salí del auto. Mis piernas temblaban pero las obligué a caminar de regreso a la clínica. La recepcionista me miró sorprendida.

—¿Olvidó algo?

—Necesito hablar con la doctora Villarreal otra vez. Es urgente.

—Ella está con otro paciente…

—Dígale que es Ana Beltrán. Que es una emergencia.

La chica dudó pero tomó el teléfono. Habló en voz baja. Colgó.

—Dice que la espere. Termina en quince minutos.

Me senté. Cada minuto fue una eternidad. Ensayé las palabras en mi cabeza. “Soy Aurora. La esposa de Máximo. La hermana viuda que no está muerta ni es su hermana.”

No sonaba bien de ninguna forma.

Finalmente, la puerta del consultorio se abrió. Salió una señora mayor, secándose los ojos. Frida la acompañó hasta la salida con palabras suaves. Luego me miró.

—¿Ana? ¿Qué pasó?

—Necesito hablar contigo. Por favor.

Algo en mi voz debió alertarla porque su expresión cambió. Me hizo pasar de nuevo a su consultorio. Cerró la puerta.

—¿Estás bien? Te ves muy alterada.

—No me llamo Ana.

Se quedó quieta.

—¿Perdón?

—Mi nombre es Aurora. Aurora Domínguez de Torres.

Vi cómo las palabras la golpeaban. Cómo su cerebro intentaba procesar. Torres. Ese apellido que conocía tan bien.

—No entiendo…

—Soy la esposa de Máximo Torres. Su esposa legal. No su hermana viuda. Su esposa.

El color desapareció de su cara.

—Eso no es posible. Máximo está divorciado. Él…

—No está divorciado. Estamos casados. Hace quince años nos casamos. El 25 de diciembre de 2010. Tenemos una hija. Valeria. Tiene nueve años. No es su sobrina. Es su hija.

Frida retrocedió como si la hubiera golpeado.

—Estás mintiendo. ¿Por qué me mientes?

Saqué mi teléfono. Busqué fotos. Nuestra boda. Valeria de bebé en brazos de Máximo. Foto familiar del año pasado. Se las mostré una por una.

Frida las miraba con los ojos cada vez más abiertos. Con las manos temblando.

—No… no puede ser…

—Es cierto. Todo es cierto. Y hay más. Tengo documentos. Acta de matrimonio. Acta de nacimiento de Valeria. Pruebas bancarias de que él ha estado vaciando mi fideicomiso para mantenerlas a ti y a Emma.

—Para —susurró—. Para, por favor.

—¿Quieres que pare? ¿Cómo paré yo cuando descubrí que mi esposo tiene otra familia? ¿Cómo paré cuando vi el artículo sobre tu boda planeada para el mismo día que nos casamos nosotros?

—¿Qué artículo?

—El de la revista. La boda del año en Los Cabos. 25 de diciembre. El cumpleaños de Emma. Que también es nuestro aniversario de bodas.

Frida se dejó caer en su silla. Pálida. Temblando.

—Él dijo que estaba divorciado. Que su ex era tóxica. Que no tuvieron hijos. Que…

—Te mintió. Como me mintió a mí. Como probablemente le miente a otras más.

—¿Otras?

—Hay una tercera. Carolina. En Los Ángeles. Con un hijo de seis años. Mateo.

Frida se tapó la boca. Las lágrimas empezaron a caer.

—No puede ser. No puede ser cierto. Máximo me ama. Él…

—También me amaba a mí. O eso decía. Cada noche. Cada viaje. Cada mentira.

—¿Por qué? —Frida sollozaba abiertamente ahora—. ¿Por qué haría esto?

—No lo sé. Tal vez es un sociópata. Tal vez solo puede. Pero lo hizo. Y lo sigue haciendo.

Frida me miró con los ojos rojos.

—¿Él sabe que estás aquí? ¿Que me buscaste?

—No. Pensé que tú sabías. Pensé que eras la villana. Pero no lo eres. Eres otra víctima.

—¿Por qué me lo dices? Podrías haberlo dejado así. Divorciarte y ya. ¿Por qué venir aquí?

—Porque merecías saber la verdad. Y porque… necesitaba ver tu cara. Necesitaba saber si sabías. Si eras cómplice o víctima.

—Víctima —susurró—. Soy tan idiota.

—No. Yo soy idiota. Estuve casada con él quince años. Tú solo cinco.

—Cinco años de mi vida. Cinco años creyendo que había encontrado al hombre perfecto. Que íbamos a ser una familia.

Se limpió las lágrimas con rabia.

—¿Emma? ¿Es su hija?

—Según él, sí. Pero no lo sé. Tal vez también eso es mentira.

—Ella es su hija. Tiene sus ojos. Sus gestos.

—Valeria también.

Nos quedamos en silencio. Dos mujeres destrozadas por el mismo hombre.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Frida finalmente.

—Divorciarme. Quitarle la custodia. Recuperar mi dinero. Destruirlo.

—¿Y yo?

—Eso depende de ti.

Frida se levantó. Caminó hacia la ventana. Miraba hacia afuera sin realmente ver nada.

—Me compró esta clínica. El apartamento. Todo está a mi nombre, dijo que para protegerme. Ahora entiendo que era para protegerse él. Para que no hubiera rastro.

—Lo compró con mi dinero. Con la herencia de mi padre.

Se giró bruscamente.

—¿Tu dinero?

—Heredé quince millones cuando murió mi papá. Máximo lo administraba. O supuestamente. Ahora solo quedan tres. El resto lo usó para comprarte propiedades a ti, a Carolina, y esconder dinero en las Caimán.

—Dios mío.

—Sí. Dios mío.

Frida volvió a sentarse. Parecía haber envejecido diez años en media hora.

—¿La gala del viernes? —preguntó con voz rota—. ¿Vas a ir?

—Sí. Con mi jefe. Dante Rivas. Máximo me dijo que viajaba a Los Cabos por negocios. Pero va contigo, ¿verdad?

—Se suponía que sí. Que veníamos juntos. Como pareja. Era nuestra presentación oficial ante mi familia.

—Ya no será tan oficial.

—¿Vas a confrontarlo ahí? ¿Frente a todos?

—No lo sé. Todavía no decido cómo hacer esto. Pero quiero que sepa que sé. Que ambas sabemos.

Frida respiró profundo. Vi algo cambiar en su expresión. El shock dando paso a algo más duro. Más peligroso.

—Yo también voy a estar ahí. Y voy a mirarlo a los ojos cuando llegue. Voy a ver si puede mentirme a la cara sabiendo lo que sé.

—¿No vas a cancelar?

—No. Quiero ver qué hace. Cómo actúa. Si realmente puede seguir mintiendo incluso cuando su mundo se está desmoronando.

—Es un sociópata. Puede.

—Entonces lo veremos juntas.

Nos miramos. Dos mujeres que deberían odiarse. Pero en ese momento, lo único que sentí fue solidaridad.

—Lo siento —dijo Frida de repente—. Siento haberte quitado a tu esposo. Aunque no supiera que lo estaba haciendo, lo siento.

—Tú no me lo quitaste. Él eligió irse. Eligió mentir. Eligió esto.

—¿Qué le vas a decir a tu hija?

La pregunta me golpeó. Valeria. Mi niña. Que todavía pensaba que su padre era bueno.

—No lo sé. Aún no sé cómo explicarle que su padre es un monstruo.

—Emma tampoco va a entender. Es muy chiquita.

—Lo van a odiar. Ambas.

—Se lo merece.

Sí. Se lo merecía.

Me levanté para irme. Frida me detuvo.

—Aurora. Gracias por decirme. Sé que no tenías que hacerlo. Podrías haberme dejado en la ignorancia.

—No podía. Ya viví demasiado tiempo en la ignorancia. No se lo deseo a nadie.

—¿Qué hacemos ahora?

—No lo sé. Pero el viernes, en esa gala, vamos a estar las dos. Y él va a tener que explicar cómo puede estar comprometido con dos mujeres al mismo tiempo.

—Tres —dijo Frida—. Si Carolina también existe.

—Tres.

Nos despedimos sin abrazarnos. Sin promesas de amistad. Solo dos mujeres unidas por el mismo trauma.

Salí de la clínica con una mezcla de satisfacción y vacío. Frida sabía. El mundo de mentiras de Máximo estaba empezando a colapsar.

Pero todavía faltaba lo peor.

Todavía faltaba la gala. Todavía faltaba verle la cara cuando se diera cuenta de que lo sabíamos todo.

Y eso sería en dos días.

* * *