DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 13 — Frente a frente con Frida
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CAPÍTULO 13 — Frente a frente con Frida

POV: Aurora

Me desperté a las siete con un nudo en el estómago. Hoy era el día. En tres horas estaría sentada frente a Frida Villarreal.

Máximo ya se había ido. Otra reunión temprana, otra mentira. Valeria desayunaba con Rosa en la cocina. Me serví café con manos temblorosas.

—Mami, ¿estás bien? —preguntó Valeria—. Te ves pálida.

—Estoy bien, cariño. Solo cansada.

—Papá dijo que se va de viaje mañana.

—Sí, a Los Cabos.

—¿Por qué nunca nos lleva? Antes siempre íbamos todos juntos.

La pregunta me atravesó. Porque antes no tenía una familia secreta allá, quise decirle. Porque ahora nos esconde.

—El trabajo es aburrido, cariño. Es mejor que te quedes aquí con tus amigas.

No pareció convencida. Pero Rosa la distrajo con la promesa de panqueques.

Subí a arreglarme. Elegí un atuendo cuidadosamente: jeans oscuros, blusa blanca simple, poco maquillaje. Quería verme normal. Invisible. No como la esposa de Máximo Torres. Solo otra clienta buscando terapia.

Revisé mi bolso tres veces. Identificación falsa que conseguí a través del investigador privado. Nombre: Ana Beltrán. Mismo apellido de mi madre. No podía arriesgarme a que Frida reconociera “Domínguez.”

A las nueve y media salí de casa. El trayecto a la clínica en el Upper East Side duró veinte minutos. Cada semáforo en rojo sentía como una eternidad.

La Clínica Villarreal estaba en un edificio elegante de piedra caliza. Discreta. Cara. El tipo de lugar donde la gente rica lleva a sus hijos con problemas que no quieren que nadie más sepa.

Entré. La recepción olía a lavanda y dinero. Paredes color crema, muebles modernos, una fuente de agua en la esquina. Música suave de fondo.

La recepcionista me sonrió. Joven, bonita, probablemente estudiante de psicología.

—Buenos días. ¿Tiene cita?

—Sí. Ana Beltrán. Con la doctora Villarreal a las diez.

Tecleó en su computadora.

—Perfecto. Por favor llene estos formularios mientras espera. La doctora estará con usted en unos minutos.

Me dio una tableta electrónica. Formularios estándar. Nombre, edad, motivo de consulta. Llené todo con información falsa. Treinta y dos años en lugar de treinta y ocho. Soltera. Sin hijos. Ansiedad por estrés laboral.

Me senté a esperar. Cada segundo era una tortura. ¿Y si me reconocía? ¿Y si Máximo le había mostrado fotos? Respiré profundo. No. Máximo era demasiado cuidadoso para eso. Nos mantenía en compartimentos separados.

—¿Ana Beltrán?

Levanté la vista. Y ahí estaba.

Frida Villarreal en persona.

Las fotos no le hacían justicia. Era hermosa.

No de la forma clásica, sino de esa manera que hace que la gente voltee.

Cabello rubio hasta los hombros, ondulado natural.

Ojos azules claros. Piel perfecta. Delgada pero no frágil.

Llevaba un vestido color beige y tacones discretos.

Sin joyas ostentosas. Solo un anillo de compromiso que brilló cuando extendió la mano.

El anillo que Máximo le compró. Probablemente con mi dinero.

—Mucho gusto, soy la doctora Villarreal. Pasa, por favor.

Estreché su mano. Suave. Manicura perfecta. Me sonrió con calidez profesional.

La seguí a su consultorio. Amplio, luminoso. Dos sillones cómodos frente a frente. Estantes llenos de libros. Un escritorio en la esquina. Fotos enmarcadas en la pared.

Me congelé al verlas.

Frida con Emma. Frida con Máximo. Frida, Máximo y Emma como familia perfecta. Una foto de playa. Él la cargaba, ambos riendo. Emma en sus brazos.

La fecha en la esquina: Junio 2025. Hace cinco meses.

—¿Te gustaría algo de tomar? ¿Agua, café?

—Agua está bien.

Me senté en uno de los sillones. Ella sirvió agua de una jarra en dos vasos y se sentó frente a mí.

—Bueno, Ana. Cuéntame qué te trae aquí hoy.

Había ensayado esto cien veces. Pero ahora que estaba aquí, frente a ella, las palabras se atascaban.

—Estoy pasando por una situación difícil. Con mi pareja. Bueno, ex pareja.

—¿Quieres hablar de eso?

—Descubrí que me engañaba. Y no sé cómo procesarlo.

Frida asintió con expresión compasiva.

—Eso debe ser muy doloroso. ¿Hace cuánto lo descubriste?

—Unas semanas.

—¿Y cómo te enteraste?

—Lo vi. Con ella. Juntos.

—Eso es devastador. ¿Has hablado con él al respecto?

—No. Todavía no sé qué decir. Ni siquiera sé si quiero confrontarlo o solo irme.

Frida tomó notas en una libreta.

—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

—Quince años. Pensé que íbamos a estar juntos para siempre.

Vi algo cruzar su rostro. ¿Empatía? ¿Lástima?

—Quince años es mucho tiempo. Es normal sentir que tu mundo se derrumbó.

—¿Cómo se supone que confíe en alguien otra vez? Si él pudo mentirme durante tanto tiempo, ¿cómo sé que cualquier otra persona no hará lo mismo?

—La confianza es algo que se construye con acciones, no con palabras. Pero primero necesitas sanar esta herida antes de poder abrirte a alguien más.

Qué irónica. Consejos sobre confianza de la mujer que se cogía a mi esposo.

—¿Y tú? —pregunté, señalando las fotos—. ¿Estás casada?

Sonrió. Esa sonrisa que me dio ganas de borrarle de un puñetazo.

—Comprometida. Nos casamos en diciembre.

—Qué emocionante. ¿Cuánto tiempo llevan juntos?

—Cinco años. Es el amor de mi vida.

Cinco años. Toda la relación de Frida cabía dentro de mi matrimonio. Y ella pensaba que era especial.

—Se ve feliz en las fotos.

—Lo soy. Máximo es un hombre increíble. Trabajador, dedicado, amoroso. Es el mejor padre para Emma.

Cada palabra era un cuchillo. Pero no dejé que mi cara lo mostrara.

—¿Emma es su hija?

—Sí. Tiene cuatro años. Es nuestra vida entera.

—¿Máximo tiene otros hijos?

—No. Emma es su primera hija. Por eso la adora tanto.

Mentira. Valeria tenía nueve años. Máximo había sido padre mucho antes de Emma.

—¿Él viaja mucho por trabajo?

—Bastante. Tiene una empresa de autos de lujo. Sedes en varios países. Pero siempre hace tiempo para nosotras. Incluso cuando viaja, llama todas las noches. Nunca nos descuida.

Mentiras. Todas mentiras que él le contaba y ella se tragaba feliz.

—Suena perfecto.

—Lo es —dijo con esa sonrisa de enamorada—. Por eso siempre les digo a mis pacientes que sí existe el amor verdadero. Solo hay que encontrar a la persona correcta.

No pude más. Tenía que saber.

—¿Alguna vez has tenido dudas sobre él? ¿Sospechas de que te oculte algo?

Frida me miró sorprendida por la pregunta directa.

—No. Máximo es transparente conmigo. Sé dónde está siempre. Me presenta a sus colegas, a sus amigos. No hay secretos entre nosotros.

—¿Estás segura? Porque mi ex también parecía transparente. Hasta que descubrí que no lo era.

—Entiendo tu escepticismo después de lo que viviste. Pero no todos los hombres son iguales. Máximo es diferente.

Quería gritarle. Quería mostrarle las fotos de Maxwell. Quería destruir esa burbuja perfecta en la que vivía.

Pero me contuve. Porque necesitaba saber más.

—¿Conoces a su familia?

—Su familia está en México. Son muy unidos. Su hermana viuda vive allá con su hija. Máximo la ayuda económicamente. Es muy generoso con ella.

Me quedé helada.

Su hermana viuda. Con su hija.

Yo era la hermana viuda. Valeria era la sobrina.

El hijo de puta nos había borrado. Nos había convertido en parientes de caridad. En personajes secundarios de su vida real con Frida.

—¿Estás bien? —preguntó Frida, notando mi silencio—. Te pusiste pálida.

—Sí. Solo… me recordó algo.

—¿Quieres que paremos?

—No. Sigue, por favor. Me ayuda escuchar sobre relaciones que sí funcionan.

Frida sonrió, halagada.

—Máximo y yo nos conocimos en una gala benéfica. Fue amor a primera vista. Él estaba separado en ese momento. Me contó que había estado en una relación tóxica que terminó mal. Sin hijos gracias a Dios, porque eso habría complicado todo. Cuando nos conocimos, estaba listo para empezar de nuevo.

Separado. No divorciado. Y sin hijos.

Máximo le había vendido una fantasía completa.

—¿Nunca te mostró documentos de divorcio?

—¿Por qué lo haría? Confío en él.

—Pero si se va a casar, ¿no necesitan esos papeles?

—Ya los tiene. Los tramitó hace años. Antes de conocerme.

Mentira. Estábamos casados. Legalmente casados. Sin ningún proceso de divorcio iniciado.

—¿Y su familia? ¿Sus amigos? ¿Alguno mencionó algo sobre su ex?

Frida me miró extrañada.

—Ana, ¿por qué tantas preguntas sobre mi prometido?

Mierda. Me estaba pasando.

—Perdón. Es que… mi ex me mintió tanto que ahora veo señales de alarma en todas partes. No era mi intención incomodarte.

Se relajó un poco.

—Entiendo. El trauma de la infidelidad puede hacerte hipervigil ante. Pero no todos los hombres son mentirosos. Máximo me demostró con acciones que soy su prioridad.

—¿Cómo?

—Compró esta clínica para mí. Bueno, me ayudó a comprarla. Y el apartamento donde vivimos está a mi nombre. Dice que quiere que tenga seguridad, pase lo que pase.

Mi apartamento. Mi dinero. Comprándole propiedades a su amante.

—Eso es muy generoso.

—Es un hombre generoso. Por eso lo amo.

Miré el reloj. Habían pasado cuarenta minutos. No podía seguir aquí sin explotar.

—Creo que eso es todo por hoy. Me ayudó mucho hablar.

—Me alegra. ¿Quieres agendar otra cita?

—Te llamo para confirmar.

Mentira. Nunca volvería.

Nos levantamos. Me acompañó a la puerta.

—Ana, algo que quiero que recuerdes: no todos los hombres son como tu ex. Todavía puedes confiar. Todavía puedes amar.

Me sonrió con genuina bondad. Porque ella no sabía. Realmente no sabía que era la otra mujer. Que Máximo le mentía tanto como a mí.

—Gracias, doctora Villarreal.

Salí de ahí sin mirar atrás.

Llegué a mi auto y me derrumbé. Las lágrimas vinieron sin control.

Frida no sabía. No tenía idea de que Máximo estaba casado. De que tenía otra hija. De que todo lo que le había contado era mentira.

Era víctima tanto como yo.

Y eso de alguna forma lo hacía peor.

* * *