DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 12 — Preparativos para la confrontación
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CAPÍTULO 12 — Preparativos para la confrontación

POV: Aurora

Faltaban tres días para la gala Villarreal. Tres días para ver a Máximo con Frida en público. Tres días para que mi mundo explotara de una forma u otra.

Pero antes de eso, tenía mi cita con Frida. Mañana a las diez de la mañana. Terapia con la amante de mi esposo que no sabía quién era yo realmente.

No había dormido bien en una semana. Cada noche era la misma pesadilla: Máximo riéndose de mí, Sofía mirando hacia otro lado, Frida sosteniendo a su hija mientras me decía que él nunca me amó.

Me levanté a las seis de la mañana. Máximo ya no estaba. Había dejado una nota sobre la almohada: “Salí temprano. Reunión importante. Te amo.”

Arrugué la nota y la tiré a la basura.

Valeria seguía dormida. Rosa preparaba el desayuno en la cocina. Me serví café y revisé mi teléfono. Mensaje de Dante: “¿Lista para hoy?”

Hoy. La reunión con Sarah Goldstein, la abogada de divorcios.

Escribí: “Lista.”

Su respuesta fue inmediata: “Te recojo a las dos.”

La oficina de Sarah Goldstein estaba en el piso cincuenta de un rascacielos en Midtown. Paredes de cristal, vista a todo Manhattan, muebles que costaban más que mi auto. Esta mujer no jugaba.

Dante me acompañó. Nos sentamos frente a Sarah, una mujer de unos cincuenta años, cabello corto plateado, traje impecable y ojos que no perdían detalle.

—Señora Torres, he revisado los documentos que me envió el señor Rivas —dijo, señalando la carpeta de Maxwell sobre su escritorio—. Su esposo es un imbécil.

Me reí. No pude evitarlo. Fue tan directo que me tomó por sorpresa.

—Sí, lo es.

—Y va a pagar por serlo. Esto es fraude, malversación de fondos, posible lavado de dinero. Podemos destruirlo legalmente. Pero necesito que me responda una pregunta primero.

—¿Cuál?

—¿Qué quiere? ¿Justicia o venganza?

—¿Cuál es la diferencia?

Sarah sonrió. Una sonrisa de tiburón.

—La justicia es recuperar su dinero, obtener la custodia de su hija y seguir adelante. La venganza es asegurarse de que él pierda todo. Dinero, reputación, libertad. ¿Qué quiere?

Miré a Dante. Él me observaba sin expresión, dejándome decidir.

—Quiero las dos cosas.

—Bien. Eso puedo hacerlo. Voy a presentar la demanda de divorcio la semana que viene. Vamos a pedir custodia completa de Valeria, pensión alimenticia, división de bienes y daños punitivos por fraude. También voy a contactar al IRS sobre las cuentas en las Caimán.

—¿Cuánto tiempo tomará?

—Depende de qué tan sucio quiera pelear él. Pero con esta evidencia, seis meses máximo.

Seis meses. Medio año para deshacer quince años de matrimonio.

—Hágalo.

Sarah extendió un contrato. Lo leí. Lo firmé. Ya no había vuelta atrás.

Cuando salimos de la oficina, Dante me tomó de la mano.

—¿Estás bien?

—No lo sé. Acabo de firmar mi divorcio.

—Firmaste tu libertad.

Tal vez tenía razón.

Esa tarde fui sola a Saks Fifth Avenue. Necesitaba un vestido para la gala. Algo que hiciera que Máximo se arrepintiera de cada mentira. Algo que le dijera a Frida: “Este hombre era mío primero.”

La vendedora me mostró veinte vestidos. Los rechacé todos. Muy conservadores. Muy predecibles. Demasiado “esposa.”

—¿Qué busca exactamente? —preguntó con paciencia profesional.

—Algo que haga que mi esposo se arrepienta de haberme engañado.

Ella sonrió. Entendió perfectamente.

—Tengo justo lo que necesita.

Regresó con un vestido que me quitó el aliento. Verde esmeralda, el mismo tono de mis ojos. Escote en V profundo. Abertura lateral hasta el muslo. Espalda descubierta. Era peligroso. Era perfecto.

Me lo probé. Me quedaba como si hubiera sido hecho para mí. La seda se ajustaba a cada curva. La abertura mostraba mi pierna sin ser vulgar. El escote era suficiente para provocar sin ser demasiado.

—Se ve increíble —dijo la vendedora.

No me veía increíble. Me veía letal.

—Me lo llevo.

Costó cuatro mil dólares. No me importó. Pagué con mi tarjeta personal. Máximo no iba a financiar mi venganza.

Compré zapatos a juego. Plateados, tacones de aguja. Luego fui a una joyería y gasté otros tres mil en aretes de diamantes. Pequeños, discretos, caros.

Para cuando terminé, había gastado casi diez mil dólares. Dinero que gané yo. Dinero que era mío.

Llegué a casa a las siete. Máximo estaba en la sala, con Valeria haciendo tarea. La escena doméstica perfecta. Me dieron ganas de vomitar.

—Hola, amor —dijo al verme—. ¿Dónde estabas?

—Comprando cosas para el trabajo.

—¿Necesitabas tantas bolsas para el trabajo?

—Eventos de la editorial. Necesito verme bien.

Se levantó, caminó hacia mí. Me besó. Olía a ese perfume que alguna vez me encantaba. Ahora solo me recordaba a las mentiras.

—Te ves cansada.

—Lo estoy.

—¿Cenamos juntos? Pedí comida italiana.

—Claro.

Comimos los tres. Valeria hablaba sobre la escuela. Máximo hacía chistes. Yo asentía, sonreía, fingía.

Después de acostar a Valeria, Máximo me encontró en el baño. Se paró detrás de mí mientras me quitaba el maquillaje.

—Tengo que decirte algo —dijo.

Mi corazón se detuvo. ¿Sabía? ¿Había descubierto algo?

—¿Qué?

—Tengo que viajar el viernes. A Los Cabos. Un asunto urgente con la casa que estamos construyendo allá.

El viernes. El día de la gala.

—¿El viernes? Pensé que estarías aquí toda la semana.

—Surgió algo. Es solo por el fin de semana. Vuelvo el lunes.

Mentira. Iba a la gala con Frida. A celebrar su familia perfecta mientras me dejaba aquí como la idiota.

—Está bien —dije con voz neutra.

—¿No estás molesta?

—¿Para qué? Ya me acostumbré a tus viajes.

Lo dije con más veneno del que pretendía. Él lo notó.

—Aurora…

—Estoy cansada, Máximo. Hablamos mañana.

Me fui a la cama. Él se quedó en el baño. Cuando finalmente se acostó a mi lado, fingí estar dormida.

Sentí su mano en mi cintura. Luego en mi estómago. Subiendo hacia mis pechos.

—Sé que estás despierta —susurró contra mi oído.

—Estoy cansada.

—Nunca estás demasiado cansada para mí.

Su mano se metió bajo mi camiseta. Apretó mi pecho. Normalmente habría respondido. Normalmente habría dejado que me tocara.

Pero esta noche, pensé en Dante. En cómo me había tocado en el sofá. En cómo me había hecho sentir viva por primera vez en años.

—No esta noche —dije, apartando su mano.

Se quedó quieto. Sorprendido. Probablemente era la primera vez que le decía que no.

—¿Estás segura?

—Segura.

Se dio la vuelta, dándome la espalda. A los cinco minutos estaba roncando.

Yo me quedé despierta, mirando el techo, planeando.

Mañana vería a Frida. Descubriría si sabía de mí. Si sabía que Máximo estaba casado.

Pasado mañana me encontraría con Dante para los últimos preparativos de la gala.

Y el viernes, cuando Máximo pensara que estaba seguro en Los Cabos con su amante, yo aparecería en esa gala del brazo de otro hombre.

El juego estaba por comenzar.

A las tres de la mañana, Máximo seguía durmiendo. Me levanté con cuidado, bajé a la cocina y abrí mi laptop.

Busqué información sobre la Gala Villarreal. Era un evento benéfico para la clínica de Frida. Cien personas. Entrada de mil dólares por persona. Black tie.

Busqué fotos de galas anteriores. Ahí estaba Frida. Hermosa, sonriente, rodeada de gente importante. En una foto del año pasado, Máximo estaba a su lado. Su mano en su espalda. Mirándola como alguna vez me miraba a mí.

Cerré la laptop antes de que la rabia me consumiera.

Mi teléfono vibró. Mensaje de Dante: “¿Duermes?”

“No.”

“Yo tampoco. ¿Nerviosa?”

“Aterrada.”

“No tienes que hacer esto sola. Estoy aquí.”

Esas palabras me rompieron algo en el pecho. Porque Máximo nunca me decía eso. Nunca me hacía sentir que teníamos un equipo.

“Gracias.”

“Duerme. Mañana va a ser un día largo.”

“Tú también.”

No respondió. Pero vi los tres puntos aparecer y desaparecer varias veces. Como si escribiera y borrara mensajes.

Finalmente: “Buenas noches, Aurora.”

“Buenas noches, Dante.”

Subí de regreso a la habitación. Máximo seguía roncando. Me acosté lo más lejos posible de él.

En doce horas, estaría sentada frente a Frida Villarreal. La mujer que me robó a mi esposo. La mujer que no sabía que yo existía.

O tal vez sí sabía.

Mañana lo descubriría. Y después de eso, nada volvería a ser igual.

* * *