DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 11 — El pasado de Dante
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CAPÍTULO 11 — El pasado de Dante

POV: Dante

Salí de la casa de Aurora con la erección todavía doliéndome en los pantalones y la culpa comiéndome vivo. Casi me la cojo en su propio sofá, en la casa que comparte con su esposo, con su hija a punto de llegar. ¿En qué mierda estaba pensando?

No estaba pensando. Ese era el problema.

Cuando se trataba de Aurora Domínguez, dejaba de ser el hombre calculador que había construido un imperio. Me convertía en un idiota desesperado por tocarla.

Manejé hasta mi penthouse en Tribeca, necesitando distancia. Necesitando pensar. Cuando llegué, me serví un whisky y me senté frente a las ventanas que daban a toda la ciudad.

Nueva York. La ciudad que me había dado todo y me había quitado todo.

Mi teléfono sonó. Luca.

—¿Qué?

—Tienes una llamada de Italia. Tu tío.

Cerré los ojos. Por supuesto.

—Pásalo.

La voz de Marco Rivas atravesó la línea con ese acento napolitano que nunca perdió.

—Dante, nipote. Hace meses que no llamas a tu familia.

—He estado ocupado.

—¿Muy ocupado para tu sangre? Tu madre pregunta por ti.

La culpa me apretó el pecho. Mi madre. La única persona en este mundo que todavía creía que yo era bueno.

—Dile que estoy bien. Que pronto la visito.

—Eso dijiste el año pasado. Y el anterior. ¿Cuándo vas a volver a casa?

—Esta es mi casa ahora, tío.

—Nueva York no es tu casa. Nápoles es tu casa. Donde naciste. Donde tu padre murió defendiendo el honor de la familia.

Apreté el vaso hasta que pensé que se rompería.

—Mi padre murió en una guerra estúpida por territorio. No había honor en eso.

—¡Cuidado con tus palabras!

—O qué, ¿me vas a mandar matar? Ya lo intentaste una vez. No funcionó.

Silencio del otro lado. Luego, su voz más suave:

—Eso fue un malentendido. Ya te lo expliqué.

—Un malentendido que me dejó esta cicatriz —me toqué las costillas donde la navaja casi me mata hace diez años—. Gracias por el recordatorio, tío.

—Dante…

Colgué.

Me tomé el whisky de un trago y me serví otro. Los recuerdos vinieron sin permiso, como siempre.

FLASHBACK - NÁPOLES, 1998

Tenía ocho años cuando vi morir a mi padre.

No fue heroico. No fue rápido. Fue sucio, violento, en un callejón de mierda donde nadie vino a ayudarlo. Tres balas. Una en el estómago, dos en el pecho.

Me escondí detrás de un contenedor de basura y vi cómo se desangraba, llamándome. “Dante, no mires. Cierra los ojos.” Pero no pude. Lo vi morir con los ojos abiertos.

Mi tío Marco llegó después, cuando ya era tarde. Me levantó del suelo donde estaba arrodillado junto al cuerpo de mi padre, cubierto de su sangre.

—Ahora eres el hombre de la familia —me dijo—. Tienes que ser fuerte.

Ocho años. Y me convirtieron en hombre ese día.

Mi madre lloró durante meses. Yo no lloré ni una lágrima. Algo se rompió en mí esa noche. Algo que nunca se arregló.

Crecí rápido en las calles de Nápoles. Aprendí que la lealtad era una ilusión. Que la familia te traicionaba por dinero. Que nadie te regalaba nada en este mundo.

A los dieciséis, ya trabajaba para mi tío. Cobrando deudas, moviendo mercancía, haciendo el trabajo sucio que nadie más quería hacer. Era bueno. Demasiado bueno. Y eso los asustó.

—Te estás volviendo ambicioso —me dijo Marco un día—. Eso es peligroso.

—Solo hago mi trabajo.

—Tu trabajo es obedecer. No pensar.

Pero yo sí pensaba. Pensaba cómo salir de esa vida. Cómo llegar más alto. Cómo nunca más ser el niño escondido detrás de un contenedor de basura viendo morir a su padre.

A los dieciocho, robé medio millón de euros de una de las operaciones de mi tío. No fue difícil. Confiaban en mí. Error de ellos.

Usé ese dinero para irme a Estados Unidos. Nueva York. La ciudad donde nadie te pregunta de dónde vienes si tienes dinero.

Mi tío mandó gente a buscarme. Tres veces intentaron matarme. La tercera vez, me encontraron en un bar en Brooklyn. Un tipo con navaja. Me abrió las costillas de lado a lado.

Sobreviví. Apenas. Y decidí que si iba a vivir, viviría mejor que todos ellos.

NUEVA YORK, 2005-2015

Empecé desde abajo. Lavaplatos en un restaurante italiano. Luego mesero. Luego gerente. Ahorré cada centavo. Aprendí inglés. Estudié finanzas en cursos nocturnos. Leí todo lo que caía en mis manos sobre inversiones, negocios, mercados.

A los veinticinco, tenía mi primer negocio: una pequeña inmobiliaria en Queens. Compraba propiedades baratas, las renovaba, las vendía caras. No era glamoroso pero funcionaba.

A los treinta, tenía cinco edificios. A los treinta y cinco, cincuenta. Invertí en tecnología, en startups, en cualquier cosa que oliera a dinero.

Nunca volví a Nápoles. Nunca volví a hablar con mi tío hasta que le mandé un millón de dólares con una nota: “Estamos a mano. No me busques más.”

No me buscó. Al menos no personalmente.

Para cuando cumplí cuarenta, era multimillonario. Legítimo. Todo legal. Bueno, casi todo.

Pero algo faltaba. El dinero no llenaba el vacío. El poder no me hacía sentir menos solo.

Hasta que la vi.

FLASHBACK - MIAMI, 2023

Conferencia editorial en Miami. Yo estaba ahí buscando inversiones. El mercado de libros en español estaba creciendo en Estados Unidos. Había dinero que hacer.

Ella estaba dando una charla sobre el futuro de la literatura latina en Norteamérica. Aurora Domínguez, directora editorial de Vesper & Blackwell México.

No fue amor a primera vista. Fue obsesión.

La forma en que hablaba. Apasionada, inteligente, sin disculparse por ocupar espacio. El cabello negro cayendo sobre sus hombros. Los ojos verdes brillando cuando mencionaba un libro que amaba.

Y el anillo en su dedo. Casada.

Investigué. Por supuesto que investigué. Aurora Domínguez de Torres. Esposa de Máximo Torres, dueño de Torres Luxury Motors. Una hija. Vivían en Ciudad de México.

Debí olvidarla. Pero no pude.

Durante dos años, seguí su carrera. Leí cada artículo que publicaba. Vi cada entrevista. Como un acosador, lo sé. Pero no podía parar.

Y entonces descubrí algo. Algo que lo cambió todo.

Su apellido de soltera: Domínguez.

Aurora Domínguez. Hija de Ricardo Domínguez.

El mismo Ricardo Domínguez que me dio mi primer préstamo cuando nadie más confiaba en mí. El hombre que me ayudó a comprar mi primera propiedad en Nueva York cuando yo era un inmigrante sin papeles, sin crédito, sin nada.

—Veo hambre en tus ojos —me dijo Ricardo ese día en su oficina hace veinte años—. Esa hambre te va a llevar lejos o te va a matar. Apuesto a que te lleva lejos.

Me prestó cincuenta mil dólares. Sin garantías. Solo un apretón de manos.

—Págame cuando puedas. Y cuando llegues arriba, acuérdate de ayudar al próximo.

Le pagué tres años después. Con intereses que él no pidió. Intenté agradecerle. Invitarlo a cenar. Conocer a su familia.

—No hace falta —dijo—. Solo haz algo bueno con tu vida. Esa es mi paga.

Un año después, estaba muerto. Cáncer. Nunca llegué a decirle cuánto significó ese préstamo. Cuánto cambió mi vida.

Y ahora su hija estaba casada con un imbécil que la engañaba. Que robaba su herencia. Que la trataba como si no valiera nada.

Ricardo Domínguez me salvó la vida. Lo mínimo que podía hacer era salvar a su hija.

Compré el 51% de Vesper & Blackwell en una operación hostil. Costó ochenta millones de dólares. No me importó. Eché al viejo CEO. Reestructuré todo. Y me aseguré de que Aurora fuera transferida a Nueva York.

No fue casualidad. Nada de esto fue casualidad.

Planeé todo. Desde el artículo hasta la gala. Desde hacerme su jefe hasta ponerme en su camino constantemente.

Porque le debía a su padre. Y porque ella me obsesionaba.

Dos razones. Una honorable, una egoísta.

PRESENTE

El whisky se había acabado. Miré mi teléfono. Un mensaje de Aurora: “Gracias por hoy. Por venir. Por… todo.”

Sonreí como un idiota.

Escribí: “Siempre.”

Luego llamé a Luca.

—Necesito que investigues algo más sobre Máximo Torres.

—¿Qué cosa?

—Quiero saber si tiene conexiones con alguna familia del crimen organizado. Italiano, mexicano, lo que sea. Si tiene deudas, si ha lavado dinero, cualquier cosa que pueda usar.

—¿Esto es personal?

—Muy personal.

—Dante, ten cuidado. Si te metes demasiado en esto…

—Ya estoy metido hasta el cuello. Solo consígueme la información.

Colgué.

Aurora pensaba que la ayudaba por bondad. Por justicia. Y en parte era cierto.

Pero la verdad era más complicada.

La ayudaba porque le debía a su padre.

La protegía porque estaba obsesionado con ella. Y destruiría a Máximo Torres porque nadie lastimaba lo que era mío. Aunque ella todavía no supiera que era mía.

* * *