DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Acercamiento peligroso

POV: Aurora

Después de que Sofía se fuera, me quedé en la sala sin saber qué hacer conmigo misma. La rabia todavía me quemaba por dentro, mezclada con un dolor que no sabía cómo procesar. Dieciocho años de amistad destruidos en veinte minutos.

Me serví un vaso de vino. Eran apenas las doce del día, pero me importó una mierda. Me lo tomé de un trago y me serví otro.

El timbre sonó.

Maldije en voz baja. Probablemente Sofía regresando a suplicar más. No pensaba abrir. Pero el timbre sonó otra vez. Y otra.

—¡Ya voy! —grité, caminando hacia la puerta con el vaso de vino en la mano.

Abrí de golpe, lista para echar a Sofía a patadas.

Era Dante.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, tan sorprendida que olvidé estar enojada.

Él me miró de arriba abajo. Yo todavía traía puesta la ropa con la que había dormido: pants grises y una camiseta vieja. El cabello recogido en un chongo desastroso. Sin maquillaje. Con los ojos rojos de llorar.

—Tu mensaje —dijo simplemente—. Sonaba mal.

—Estoy bien.

—Mentirosa.

Entró sin esperar invitación, cerrando la puerta tras él. Olía a ese perfume que me ponía los nervios de punta. Llevaba jeans oscuros y un suéter negro que se le ajustaba al pecho de una forma que no debería notar.

—¿Dónde está tu esposo?

—En el trabajo. O con una de sus putas. Quién sabe.

—¿Y Valeria?

—En el parque con Rosa. Vuelven en una hora.

Dante me quitó el vaso de vino de la mano y lo dejó sobre la mesa.

—¿Qué pasó?

—Mi mejor amiga sabía. Desde hace tres años. Vio a Máximo con Frida y nunca me dijo nada.

Sentí las lágrimas volver. No quería llorar frente a él. Ya había llorado suficiente. Pero no pude evitarlo.

—Todos sabían menos yo. Todos me veían como la idiota.

Dante me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo.

—No eres idiota. Eres leal. Confiaste en las personas equivocadas.

—¿Y en ti? ¿Debería confiar en ti?

Sus ojos negros me estudiaron con una intensidad que me hizo sentir desnuda.

—No lo sé. Pero nunca te mentiría sobre algo así.

—¿Por qué? ¿Por qué te importa tanto?

—Porque desde que te vi en ese bar, llorando pero sin rendirte, supe que eras diferente. Supe que valías la pena pelear.

Su pulgar rozó mi labio inferior. Ese simple contacto me envió una descarga eléctrica por todo el cuerpo.

—Dante…

—Dime que pare y lo haré.

No dije nada. No pude.

Se acercó más. Su otra mano bajó a mi cintura, jalándome contra él. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa. Su aliento contra mis labios.

—Dime que no me deseas y me voy ahora mismo.

—No puedo.

—¿No puedes qué? ¿Decir que no me deseas? ¿O no puedes porque sería mentira?

—Ambas.

Sonrió. Esa sonrisa de lobo que me hacía olvidar mi nombre.

—Soy un hombre paciente, Aurora. Pero tengo límites.

—¿Y si no quiero que seas paciente?

Sus ojos se oscurecieron. Me apretó más contra él y sentí su erección contra mi estómago. El deseo me golpeó tan fuerte que casi me dolió.

—No digas eso a menos que lo digas en serio.

—Lo digo en serio.

Me levantó del piso como si no pesara nada. Mis piernas se enredaron alrededor de su cintura por instinto. Me llevó hacia el sofá, depositándome sobre los cojines. Se inclinó sobre mí, sus manos a cada lado de mi cabeza, atrapándome.

—Si hacemos esto, no hay vuelta atrás.

—No quiero vuelta atrás.

Me besó. No fue suave ni tierno. Fue hambre pura. Su lengua invadió mi boca, demandante, posesiva. Gemí contra sus labios y sentí cómo sonreía.

Sus manos bajaron por mi cuerpo, levantando mi camiseta. Sus dedos rozaron mi estómago, subieron hasta mis pechos. No traía sujetador. Apretó con la fuerza justa y arqueé la espalda.

—Dante…

—Dime qué quieres.

—A ti. Te quiero a ti.

Su boca bajó por mi cuello, mordiendo, chupando. Iba a dejar marcas y no me importó. Quería que me marcara. Quería evidencia de que esto era real.

Me quitó la camiseta de un tirón. Sus ojos recorrieron mi cuerpo como si estuviera memorizando cada centímetro. Luego su boca estaba en mi pecho, su lengua rodeando mi pezón, sus dientes mordiéndolo suavemente.

Metí mis manos bajo su suéter, necesitando sentir su piel. Él se lo quitó, revelando un torso marcado, músculos definidos, una cicatriz que le cruzaba las costillas.

—¿Qué te pasó?

—Te lo cuento después. Ahora cállate y déjame tocarte.

Su mano bajó por mi estómago, metiéndose dentro de mis pants. Sus dedos encontraron lo mojada que estaba y gruñó contra mi cuello.

—Joder, Aurora. ¿Todo esto es por mí?

—Sí…

Presionó su pulgar contra mi clítoris mientras dos dedos entraban en mí. Me arqueé contra su mano, gimiendo sin control.

—Así. Déjame escucharte.

Moví mis caderas contra su mano, buscando más fricción, más presión. Estaba tan cerca, tan…

—¡Mami!

La voz de Valeria desde la entrada.

Nos separamos como si nos hubieran quemado. Dante se puso el suéter en dos segundos. Yo busqué mi camiseta desesperadamente, poniéndomela al revés. Mi cabello era un desastre, mis labios hinchados, mi respiración irregular.

—Un segundo, mi amor —grité, intentando que mi voz sonara normal.

Miré a Dante. Él estaba tenso, la mandíbula apretada, ajustándose los jeans donde su erección era obvio.

—Escóndete en la cocina —susurré.

—No voy a esconderme.

—Dante, por favor.

Valeria entró corriendo a la sala antes de que pudiéramos hacer nada. Se detuvo en seco al ver a Dante.

—¿Quién es él?

Rosa apareció detrás de ella, con los ojos muy abiertos al ver la escena.

—Señora Aurora, no sabía que tenía visita. Disculpe.

—No te preocupes, Rosa. Este es… —miré a Dante, buscando ayuda.

—Dante Rivas —dijo él con una sonrisa encantadora—. Trabajo con tu mamá.

Valeria lo estudió con esos ojos grises que heredó de su padre. Demasiado inteligentes para su edad.

—¿Por qué estás aquí? Mami dijo que papá no estaba.

—Vine a traerle unos documentos importantes —mintió Dante sin perder la compostura—. Del trabajo.

—¿Qué documentos?

—Valeria, no seas grosera —la regañé.

Ella me miró. Luego a Dante. Luego otra vez a mí. Pude ver las ruedas girando en su cabeza.

—Mami, ¿por qué tienes la camiseta al revés?

Mierda.

—Yo… me la puse apurada esta mañana.

—Y tienes el cabello todo despeinado.

—Valeria…

—Y tus labios están rojos.

Rosa se llevó a Valeria de la mano, salvándome.

—Ven, princesa. Vamos a preparar tu merienda. Dejemos que tu mami termine con su reunión de trabajo.

Valeria se dejó llevar pero no dejó de mirarme con sospecha. Cuando desapareció en la cocina, me dejé caer en el sofá.

—Por poco.

—Demasiado poco —Dante se pasó las manos por el cabello—. Esto fue un error.

—¿Un error?

—Tienes una hija, Aurora. Una hija que acaba de vernos en una situación comprometedora. Esto se complica demasiado.

—Entonces vete.

Me miró sorprendido.

—¿Qué?

—Si crees que es un error, vete. No te necesito aquí.

—No dije que te arrepientas. Dije que es complicado.

—Todo en mi vida es complicado ahora. ¿Quieres estar aquí o no?

Se acercó, tomó mi cara entre sus manos.

—Quiero estar aquí. Pero no así. No escondidos. No con tu hija haciendo preguntas que no puedes responder.

—¿Entonces qué quieres?

—Quiero que te divorcies. Quiero que seas libre. Y entonces voy a tenerte como mereces. Sin secretos. Sin escondernos.

—Eso va a tomar tiempo.

—Tengo paciencia.

Me besó. Suave esta vez. Dulce. Una promesa.

—Me voy antes de que tu hija salga y me mate con la mirada.

Sonreí a pesar de todo.

—Es protectora.

—Como su madre.

Se fue. Yo me quedé en el sofá, tocando mis labios donde todavía podía sentirlo.

Cinco minutos después, Valeria salió de la cocina. Se sentó a mi lado, estudiándome con esa mirada de adulta que a veces me asustaba.

—Mami, ¿ese señor es tu amigo?

—Es mi jefe, cariño.

—Los jefes no visitan las casas de sus empleados.

—A veces sí. Cuando hay trabajo importante.

—¿Qué trabajo? No tenía papeles.

Dios, era demasiado lista.

—Hablamos de un proyecto. No todo es papeles.

Valeria se quedó callada un momento. Luego:

—¿Papi sabe que viene aquí?

—No hay nada que papi deba saber. Es solo trabajo.

—¿Estás enojada con papi?

La pregunta me golpeó como un puñetazo.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque ya no lo miras igual. Y él tampoco te mira igual.

Lágrimas me quemaron los ojos. Mi hija de nueve años podía ver lo que yo había intentado esconder.

—Las cosas entre adultos son complicadas, cariño.

—¿Se van a divorciar?

—No lo sé.

Era la primera vez que decía esas palabras en voz alta. Y se sintió como rendición y liberación al mismo tiempo.

Valeria se acurrucó contra mí.

—No quiero que se divorcien. Pero tampoco quiero que estés triste.

La abracé fuerte, inhalando el olor a shampoo de niña.

—Pase lo que pase, tú y yo vamos a estar bien. ¿Me crees?

—Sí.

Pero yo no estaba segura de creerme a mí misma.

* * *