CAPÍTULO 9 — La amiga traidora
POV: Aurora
Esa noche no pude dormir. Me quedé despierta mirando el techo mientras Máximo roncaba a mi lado, completamente ajeno a que su mundo estaba a punto de colapsar. Tenía la carpeta de Maxwell escondida en mi oficina de la editorial, el USB en mi bolso. Evidencia suficiente para arruinarlo.
Pero había algo que no dejaba de molestarme. Una pregunta que daba vueltas en mi cabeza desde que vi el nombre de Frida en ese reporte: ¿cómo nadie se dio cuenta? ¿Cómo pudo mantener dos, no, tres familias durante años sin que ninguno de nuestros amigos dijera algo?
Y entonces me acordé de Sofía.
Mi mejor amiga desde la universidad. La madrina de Valeria. La mujer que supuestamente me conocía mejor que nadie. Sofía vivía en Nueva York desde hace cinco años. Trabajaba en finanzas, se movía en los mismos círculos sociales que Frida probablemente frecuentaba.
¿Era posible que supiera?
Me levanté de la cama a las seis de la mañana, con esa pregunta clavada como una astilla. Máximo seguía dormido. Bajé a la cocina, preparé café y saqué mi teléfono. Busqué en Instagram el perfil de Sofía.
Lo que vi me heló la sangre.
Foto de hace tres semanas: Sofía en una gala benéfica. Y ahí, en el fondo, borrosa pero inconfundible, estaba Frida Villarreal. Vestido rojo, sonriendo. Como si fueran del mismo círculo.
Seguí scrolleando. Más fotos. Una cena de recaudación de fondos, seis meses atrás. Sofía etiquetada con otras veinte personas. Entre ellas: Frida Villarreal.
El café se me derramó sobre la mesa. No lo limpié. Seguí buscando con manos temblorosas.
Encontré una foto de hace dos años. Un brunch de “mujeres emprendedoras”. Sofía, Frida y otras seis mujeres brindando con mimosas. El caption de Sofía: “Rodeada de mujeres increíbles que están cambiando el mundo.”
Sabía. La muy hija de puta sabía.
Llamé a Sofía a las nueve de la mañana. Contestó al tercer tono, con voz alegre que me dio ganas de atravesar el teléfono y estrangularla.
—¡Aurora! Qué milagro. No me habías llamado desde que te mudaste.
—Necesito verte. Hoy.
—Uy, suenas seria. ¿Todo bien?
—No. ¿Puedes venir a mi casa a las once?
Hubo una pausa. Demasiado larga.
—Claro. Ahí estaré.
Colgué sin despedirme. Máximo bajó a desayunar media hora después, con el cabello mojado de la ducha.
—Buenos días, amor. ¿Por qué estás despierta tan temprano?
—No pude dormir.
—¿Trabajo?
—Algo así.
Me besó la frente. Le sonreí. Actuaba cada vez mejor.
—Me voy a la oficina. Llegaré tarde, tengo cena con un cliente.
Otra mentira. Probablemente cena con una de sus familias secretas.
—Está bien. Que tengas buen día.
Se fue. Yo me quedé contando los minutos hasta las once.
Sofía llegó puntual, como siempre. Llevaba un abrigo Burberry y tacones Louboutin. Su cabello rubio perfectamente ondulado, maquillaje impecable. La imagen de la mujer exitosa de Nueva York.
La abracé cuando entró. Olía a Chanel No. 5.
—Te ves cansada —dijo, estudiando mi cara—. ¿Estás durmiendo bien?
—No mucho. Ven, siéntate.
La llevé a la sala. Rosa había salido con Valeria al parque. Estábamos solas. Perfecto.
Le ofrecí café. Ella aceptó. Me senté frente a ella, estudiándola. Buscando señales de culpa, de nerviosismo. Pero Sofía era buena actriz. Siempre lo había sido.
—Cuéntame —dijo, tomando un sorbo de café—. ¿Qué pasa? Me preocupaste con esa llamada.
—¿Conoces a Frida Villarreal?
El café casi se le derrama. Casi. Pero lo atrapó a tiempo, dejando la taza sobre la mesa con demasiado cuidado.
—¿Frida? Sí, la conozco. ¿Por qué?
—¿De dónde la conoces?
—De eventos benéficos. Tiene una clínica para niños traumatizados. Nos hemos cruzado en galas, ese tipo de cosas. ¿Por qué preguntas?
Me levanté. Caminé hacia la ventana. Necesitaba no verla a la cara para hacer la siguiente pregunta.
—¿Sabías que es la amante de mi esposo?
El silencio fue ensordecedor. Cuando me giré, Sofía estaba pálida. Completamente pálida.
—¿Qué?
—No me trates como idiota, Sofía. Te lo voy a preguntar una vez más: ¿sabías que Frida Villarreal es la amante de Máximo?
Vi cómo tragaba saliva. Cómo sus manos apretaban el bolso sobre su regazo.
—Aurora…
—Responde la pregunta.
—Es complicado.
—No. No es complicado. Es sí o no.
Lágrimas empezaron a formarse en sus ojos. Lágrimas que no me conmovieron ni un poco.
—Sí —susurró—. Lo sabía.
La rabia me explotó en el pecho como una bomba.
—¿Desde cuándo?
—Hace tres años. Los vi juntos en una gala. Él tenía su mano en su espalda. La besó. Yo… no sabía qué hacer.
—¿Qué hacer? —Mi voz subió de volumen—. ¿Qué tal decirme la verdad? ¿Qué tal llamarme y advertirme?
—¡No sabía si era algo serio! —Sofía se levantó, las lágrimas cayendo ahora—. Pensé que era solo un desliz. Una aventura de una noche. No quería arruinar tu matrimonio por algo que quizás no significaba nada.
—¿Una aventura de una noche? —Me reí. Una risa amarga, rota—. Tiene una hija con ella, Sofía. Una niña de cuatro años. ¿Te parece una aventura de una noche?
Sofía se tapó la boca con la mano.
—No sabía de la niña. Te lo juro, Aurora. No lo sabía.
—Pero sabías de ella. Sabías que mi esposo me engañaba y no dijiste nada. Durante tres años me dejaste vivir en la mentira.
—¡Tenía miedo de perderte! —gritó—. Eres mi mejor amiga. Si te lo decía, ibas a odiarme por arruinar tu matrimonio.
—Y ahora te odio por no hacerlo.
Las palabras cayeron entre nosotras como piedras. Sofía sollozaba abiertamente ahora.
—Por favor, Aurora. Por favor, perdóname. Cometí un error. Un error horrible. Pero no quería lastimarte.
—¿No querías lastimarme? —Me acerqué a ella, mi voz peligrosamente baja—. Me dejaste regalar quince años de mi vida a un hombre que nunca me fue fiel. Me dejaste mudarme a Nueva York pensando que estaba salvando mi matrimonio. Me dejaste ser la idiota.
—No eres idiota.
—¡Claro que lo soy! ¡Confié en ti! ¡Confié en que si algo estuviera mal, tú me lo dirías! Pero no. Preferiste proteger a Máximo que a mí.
—No protegí a Máximo. Yo solo… no supe cómo decírtelo.
—Tres años, Sofía. Tuviste tres putos años para encontrar las palabras.
Me di la vuelta. No podía verla más. No sin querer golpearla.
—Necesito que te vayas.
—Aurora, por favor…
—Vete. Ahora.
—No puedes terminar nuestra amistad por esto. Somos hermanas.
Me giré bruscamente.
—Las hermanas no se traicionan. Las hermanas se protegen. Tú no me protegiste. Me vendiste.
—Eso no es justo.
—¿Sabes qué no es justo? Que tú sabías y yo no. Que tú veías a Frida en tus eventos elegantes, sabiendo que se cogía a mi esposo, y nunca dijiste nada. Que me llamabas por teléfono a preguntarme cómo estaba, cómo estaba mi matrimonio, y yo te contaba todo mientras tú guardabas ese secreto.
Sofía se acercó, intentó tomar mi mano. La aparté con violencia.
—No me toques.
—Por favor. Dame una oportunidad de arreglarlo.
—No hay nada que arreglar. Quiero que salgas de mi casa y de mi vida.
—Aurora…
—¡Vete! —grité—. ¡Vete antes de que haga algo de lo que me arrepienta!
Sofía retrocedió, asustada. Tomó su bolso con manos temblorosas. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—Siento mucho haberte fallado.
—Yo también.
La puerta se cerró. Me quedé sola en la sala, temblando de rabia y dolor. Dieciocho años de amistad. Dieciocho años de secretos compartidos, risas, lágrimas, confidencias. Todo destruido.
No por Máximo. Por ella.
Porque Máximo era mi esposo. Se suponía que debía amarme. Pero Sofía era mi amiga. Mi hermana elegida. Y había elegido el silencio.
Me dejé caer en el sofá y lloré. Lloré por la amiga que perdí. Por la confianza que nunca recuperaría. Porque si Sofía me había mentido durante tres años, ¿quién más lo sabía? ¿Quién más me veía como la esposa estúpida que no se enteraba de nada?
Mi teléfono vibró. Mensaje de Dante: “¿Cómo estás?”
Esa simple pregunta me rompió más. Porque ni siquiera sabía cómo responderla. ¿Cómo estaba? Destrozada. Traicionada. Furiosa. Rota.
Pero también… decidida.
Escribí: “Necesito que esa reunión con la abogada sea mañana.”
Su respuesta fue inmediata: “Hecho. Te mando la dirección.”
Limpié mis lágrimas. Me levanté del sofá. Subí a mi habitación y saqué la carpeta de Maxwell del fondo de mi clóset.
Máximo me había quitado mi matrimonio. Sofía me había quitado mi amistad. Mi confianza en la gente estaba hecha pedazos.
Pero nadie me iba a quitar mi dignidad.
Ni mi venganza.