DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 8 — Investigación privada
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CAPÍTULO 8 — Investigación privada

POV: Aurora

Dos días después de aceptar ir a la gala con Dante, me desperté con una certeza que me quemaba por dentro: necesitaba saber exactamente con qué estaba lidiando. No podía seguir peleando a ciegas. Necesitaba municiones reales.

Máximo se había ido temprano esa mañana, besándome la frente como si fuera el esposo más devoto del mundo. Me dieron ganas de vomitar. En cuanto escuché la puerta cerrarse, saqué mi laptop y busqué “investigadores privados Nueva York”.

Me tomó tres horas leer reseñas, comparar precios y finalmente decidirme por uno. Maxwell & Associates. Discretos, efectivos, caros. Marqué el número antes de arrepentirme.

—Maxwell & Associates, habla Jennifer.

—Necesito contratar sus servicios. Es urgente.

—¿Puede venir a la oficina esta tarde? Digamos a las dos.

—Ahí estaré.

Colgué con las manos temblando. ¿Realmente iba a hacer esto? ¿Investigar a mi propio esposo como si fuera un criminal?

Sí. Porque eso era exactamente lo que era.

La oficina de Maxwell & Associates estaba en el distrito financiero, piso quince de un edificio de cristal que gritaba dinero. La recepcionista me hizo pasar a una sala de conferencias donde un hombre de unos cincuenta años, cabello gris perfectamente peinado y traje azul marino, me esperaba.

—Señora Torres, soy Robert Maxwell. Siéntese, por favor.

Me senté. Él puso una grabadora sobre la mesa.

—¿Le molesta si grabo? Es para mantener un registro exacto de lo que necesita.

—Adelante.

Presionó el botón rojo.

—Cuénteme qué necesita.

Respiré hondo.

—Necesito que investigue a mi esposo. Máximo Torres. Quiero saber todo sobre sus finanzas, propiedades, cuentas bancarias. Todo lo que pueda encontrar.

Maxwell no pareció sorprendido. Probablemente escuchaba esto todos los días.

—¿Sospecha infidelidad?

—Ya no es sospecha. Es un hecho. Tiene otra familia. Una amante, una hija de cuatro años. Pero necesito saber si hay más. Y necesito saber qué ha hecho con el dinero de mi fideicomiso familiar.

Eso captó su atención.

—¿Su fideicomiso?

—Heredé quince millones de dólares cuando murió mi padre hace diez años. Máximo lo administra. O supuestamente lo administra. Quiero saber dónde está ese dinero ahora.

Maxwell tomó notas en una libreta de cuero.

—¿Tiene acceso a las cuentas?

—Limitado. Él siempre manejó todo. Decía que era mejor que yo me concentrara en mi carrera y él en las inversiones.

—¿Tiene los nombres de los bancos?

—Algunos. Puedo enviárselos por correo.

—Perfecto. ¿Algo más que deba saber?

—La amante se llama Frida Villarreal. Tiene una clínica psicológica en el Upper East Side. Quiero saber si hay propiedades o cuentas a su nombre que Máximo pueda haber financiado.

—Entendido. Mis honorarios son cinco mil dólares por adelantado, más gastos. El reporte completo lo tendrá en una semana.

Saqué mi tarjeta de crédito. La que Máximo no monitoreaba porque era de mi salario, no del fideicomiso.

—Hágalo en cinco días. Le pago el doble.

Maxwell sonrió.

—Tres días. Y tiene un trato.

Los siguientes tres días fueron un infierno de ansiedad.

Trabajaba en la editorial, sonreía en las reuniones, revisaba manuscritos, pero mi mente estaba en otra parte.

Máximo seguía en Nueva York, jugando al esposo perfecto.

Llevó a Valeria al parque el sábado. El domingo cocinó el desayuno. Me besaba cada noche antes de dormir.

Y yo actuaba. Sonreía. Respondía a sus besos. Dejaba que me tocara.

Pero cada caricia se sentía como traición a mí misma.

El martes por la tarde, recibí el correo de Maxwell: “Reporte listo. Venga a recogerlo cuando pueda.”

Salí de la oficina a las cuatro, inventando una excusa sobre una cita con el dentista. Llegué a Maxwell & Associates en veinte minutos. Esta vez me hizo pasar directamente a su oficina privada.

Sobre el escritorio había una carpeta gruesa de manila. La miré como si fuera una bomba.

—¿Está lista? —preguntó Maxwell con voz suave.

—No. Pero ábrala de todos modos.

Él deslizó la carpeta hacia mí. La abrí con manos temblorosas.

La primera página era un resumen ejecutivo. Mis ojos escanearon las líneas y sentí que el mundo se detenía:

CUENTAS BANCARIAS SECRETAS:

· Chase Bank, cuenta #****7821: $2,300,000

· Bank of America, cuenta #****4532: $1,800,000

· Wells Fargo, cuenta #****9104: $900,000

PROPIEDADES:

· Apartamento Park Avenue (a nombre de Frida Villarreal): valor estimado $3,500,000

· Casa en Los Cabos (a nombre de Máximo Torres): valor estimado $2,200,000

· Oficina comercial en LA (a nombre de Carolina Méndez): valor estimado $1,100,000

Ese último nombre me golpeó como un balde de agua helada.

—¿Quién es Carolina Méndez? —pregunté con voz apenas audible.

Maxwell pasó a la siguiente página. Una foto. Una mujer morena, hermosa, de unos treinta y tantos años. Al lado, un niño de unos seis años con los ojos grises de Máximo.

—Otra familia —dijo Maxwell sin emoción—. En Los Ángeles. El niño se llama Mateo. Nacido en 2019.

Cerré los ojos. No podía respirar. No era solo Frida. Había otra. Otra mujer. Otro hijo.

—¿Cuántas más? —susurré.

—Hasta donde pude confirmar, solo esas dos. Pero no puedo garantizarlo.

Seguí leyendo. Cada línea era un puñetazo en el estómago:

FIDEICOMISO FAMILIAR (AURORA DOMÍNGUEZ):

· Saldo original: $15,000,000

· Saldo actual: $3,200,000

· Diferencia: $11,800,000

TRANSFERENCIAS SOSPECHOSAS (últimos 3 años):

· A Frida Villarreal: $4,500,000

· A Carolina Méndez: $2,800,000

· A cuentas offshore (Islas Caimán): $3,100,000

· A “inversiones” no verificables: $1,400,000

El hijo de puta había robado casi doce millones de dólares de mi herencia. El dinero que mi padre dejó para mí, para Valeria, para nuestro futuro. Y lo había usado para mantener a sus amantes.

—Hay más —dijo Maxwell, pasando a otra sección—. Las transferencias a las Islas Caimán son particularmente interesantes. Parecen ser para evitar impuestos, lo cual es ilegal. Podría enfrentar cargos federales si esto llega al IRS.

Levanté la vista.

—¿Tiene evidencia sólida?

—Toda la que necesite para un divorcio devastador. Y si quiere hundirlo legalmente, tengo suficiente para que el FBI se interese.

Cerré la carpeta. Las manos me temblaban tanto que apenas podía sostenerla.

—Quiero copias de todo. Digital y físico.

—Ya está en este USB —dijo, deslizando una memoria flash sobre el escritorio—. Y la carpeta es suya.

Me levanté. Las piernas apenas me sostenían.

—Gracias, señor Maxwell.

—Señora Torres, si me permite un consejo: consiga un abogado de divorcios antes de que él sepa que usted sabe. Un buen abogado. De los caros.

—Ya tengo uno en mente.

Mentía. Pero sabía exactamente a quién llamar.

Salí del edificio con la carpeta apretada contra mi pecho. El aire frío de noviembre me golpeó la cara pero apenas lo sentí. Caminé dos cuadras antes de que las lágrimas empezaran a caer.

No eran lágrimas de tristeza. Eran de rabia pura.

Máximo no solo me había engañado. Me había robado. Había usado el dinero de mi padre muerto para comprarle apartamentos a sus putas. Había financiado familias enteras mientras yo trabajaba como idiota, creyendo que estábamos ahorrando para el futuro.

Marqué el número de Dante. Contestó al segundo tono.

—Aurora.

—Necesito verte. Ahora.

—¿Dónde estás?

—A dos cuadras de tu edificio.

—Sube a mi oficina. Te espero.

Colgué y caminé rápido, casi corriendo. La recepcionista me dejó pasar sin preguntas. El ascensor me llevó directo al piso ejecutivo. Dante me esperaba en la puerta de su oficina, con el saco quitado y las mangas de la camisa arremangadas.

—¿Qué pasó?

Entré a su oficina. Él cerró la puerta detrás de mí. Le aventé la carpeta sobre el escritorio.

—Léela.

Dante abrió la carpeta. Vi cómo sus ojos recorrían las páginas, cómo su mandíbula se tensaba más con cada línea. Cuando terminó, cerró la carpeta despacio y me miró.

—Voy a destruirlo.

—No —dije con voz firme—. Yo voy a destruirlo. Tú solo vas a ayudarme.

Dante caminó hacia mí. Me tomó la cara entre las manos, obligándome a mirarlo.

—Lo que necesites. Abogados, investigadores, dinero, lo que sea. Es tuyo.

—Necesito al mejor abogado de divorcios de Nueva York. El que le quite hasta la última moneda. El que lo deje en la calle.

—Conozco a la persona perfecta. Sarah Goldstein. Es una tiburona. Te la presento mañana.

Asentí. Las lágrimas seguían cayendo pero ya no me importaba.

—¿Por qué me ayudas? —pregunté—. ¿Qué ganas tú con todo esto?

Dante me limpió las lágrimas con los pulgares. Sus ojos negros me miraban con una intensidad que me asustaba y me atraía al mismo tiempo.

—Ya te lo dije. Verte sonreír cuando ese bastardo pierda todo.

—No estoy sonriendo.

—Todavía no. Pero lo harás.

Y en ese momento, con Dante sosteniéndome mientras yo temblaba de rabia, me di cuenta de algo: esto ya no era solo sobre recuperar a Máximo o salvar mi matrimonio.

Esto era guerra.

Y yo iba a ganar.

* * *