CAPÍTULO 7 — La propuesta del enemigo
POV: Aurora
Los días después de la cena romántica con Máximo se sintieron como caminar sobre vidrios rotos.
Cada mañana me levantaba, lo veía dormir a mi lado, y me preguntaba cómo alguien podía mentir tan bien.
Me besaba antes de irse al trabajo. Me decía “te amo” con esa voz ronca que alguna vez me derretía.
Y yo sonreía. Asentía. Fingía que todo estaba bien.
Pero por dentro me estaba pudriendo.
Tres días después de su llegada, estaba en mi oficina revisando un manuscrito cuando mi teléfono vibró. Mensaje de Dante: “Mi oficina. Ahora.”
No era una solicitud. Era una orden. Me levanté, ajusté mi falda y caminé hacia el ascensor con el estómago hecho nudo. Cada vez que estaba cerca de él, sentía que el aire se volvía más espeso.
Toqué a la puerta de su oficina. Su voz grave me hizo estremecer:
—Pasa.
Entré. Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con las manos en los bolsillos del pantalón. El traje negro se ajustaba a su espalda ancha.
—Cierra la puerta —dijo sin voltear.
Lo hice. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte en el silencio.
Se giró lentamente. Sus ojos negros me recorrieron de arriba abajo, sin disimulo, sin vergüenza. Sentí calor subirme por el cuello.
—Necesito que me acompañes a un evento —dijo directo, sin preámbulos—. La Gala Benéfica Villarreal. Dentro de dos semanas.
El apellido me golpeó como un puñetazo. Villarreal. Frida Villarreal. La clínica. La familia de ella.
—¿Por qué yo? —pregunté, manteniendo la voz firme, aunque el corazón me latía en la garganta.
Dante caminó hacia mí. Cada paso era calculado, me miro como un depredador. Se detuvo a menos de medio metro. Podía oler su perfume: algo oscuro, caro, adictivo.
—Porque necesito una acompañante que no se desmaye cuando vea a su esposo con su amante en público.
El aire se me escapó de los pulmones.
—¿Cómo…?
—¿Cómo sé que Máximo estará ahí? —terminó la pregunta por mí. Sonrió, pero no había humor en esa sonrisa—. Porque yo le di a Daniel ese artículo para que te lo pasara a ti.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
—¿Qué?
—No fue casualidad, Aurora. Yo quería que supieras la verdad. Quería que vieras quién es realmente tu esposo antes de que te castigues más pensando que fuiste tú quien falló.
La rabia me subió por la garganta como lava.
—¿Quién mierda te crees para manipular mi vida?
—Alguien que no soporta ver a una mujer extraordinaria destruyéndose por un hombre que no la merece.
Di un paso atrás, necesitaba espacio para pensar, para respirar. Pero él dio un paso adelante.
—No te acerques —advertí.
—¿Por qué? ¿Porque sabes que, si te toco, vas a dejar de fingir que no sientes esto?
Su voz era puro terciopelo sobre acero. Peligrosa. Tentadora.
—No siento nada —mentí.
—Mentirosa.
Levantó la mano. Por un segundo pensé que iba a tocarme. Pero solo tomó un mechón de mi cabello que se había escapado del recogido, lo enrolló entre sus dedos, lo soltó despacio.
—Ven conmigo a esa gala —dijo en voz baja—. Muéstrale a Máximo que no eres la esposa sumisa esperando en casa. Muéstrale que hay hombres que matarían por tenerte en su brazo.
—¿Y tú qué ganas con esto?
Sus ojos negros me atravesaron.
—Verte sonreír cuando él se dé cuenta de lo que perdió.
Tragué saliva. No confiaba en él. Pero tenía razón: quería que Máximo me viera. Quería que supiera que no me quedaba en casa llorando. Que yo también podía jugar.
—Acepto —dije antes de arrepentirme—. Pero esto es solo por negocios. No significa nada más.
Dante sonrió. Esa sonrisa de lobo que me ponía la piel de gallina.
—Como digas, preciosa. Como digas.
Esa noche llegué a casa más tarde de lo usual. Máximo estaba en la sala, con Valeria acurrucada a su lado viendo una película de Disney. La imagen perfecta de la familia feliz. Me dieron ganas de vomitar.
—¡Mami! —Valeria saltó del sofá y corrió a abrazarme—. Papi dice que mañana nos llevará a cenar a un lugar especial.
Miré a Máximo por encima de la cabeza de mi hija. Él me devolvió la mirada con esa sonrisa encantadora que alguna vez me hacía creer que era el hombre más afortunado del mundo por tenerme.
—¿A qué hora saliste de la oficina? —preguntó con tono casual, pero yo sabía reconocer el control cuando lo escuchaba.
—Tuve una reunión con el nuevo dueño —respondí, dejando mi bolso en el recibidor.
—¿El tipo con el que te vi la otra vez?
—Dante Rivas, sí.
Algo oscureció su mirada. Celos. Qué irónico.
—No me gusta que trabajes tan cerca de él.
Me reí. No pude evitarlo. La risa salió amarga, cortante.
—¿Perdón? ¿No te gusta? Máximo, es mi jefe. No tengo opción.
—Podrías buscar otro trabajo.
—O tú podrías confiar en tu esposa.
Valeria nos miraba confundida, sintiendo la tensión en el aire, aunque no entendiera de qué se trataba. Máximo apretó la mandíbula.
—Hablamos después —dijo cortante.
Subí las escaleras hacia nuestra habitación. Me cambié de ropa, me quité el maquillaje, me recogí el pelo. Cuando bajé, Máximo ya había acostado a Valeria y me esperaba en la sala con una copa de vino.
—Ven —dijo palmeando el sofá a su lado.
Me senté, pero dejé espacio entre nosotros. Él lo notó.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó con esa voz suave que usaba cuando quería manipularme.
—Nada. Estoy cansada.
—Aurora, mírame.
Lo miré. Esos ojos grises que alguna vez me parecieron el cielo ahora me parecían hielo.
—Sé que has estado estresada con el trabajo nuevo. Y entiendo que quieras demostrar que eres buena en lo que haces. Pero ese hombre… Dante… no me da buena espina.
—Es mi jefe, Máximo. Solo eso.
—¿Y por qué te mira como si quisiera devorarte?
La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Me miraba así? ¿O Máximo solo proyectaba su propia culpa?
—Estás paranoico.
—Soy tu esposo. Conozco cuando un hombre quiere a mi mujer.
Las palabras casi se me escaparon: “¿Como tú conoces a Frida?” Pero me mordí la lengua. Todavía no. Aún no era el momento.
—No seas ridículo —dije en su lugar—. Dante Rivas es un hombre de negocios. Rico, poderoso, probablemente tiene cientos de mujeres haciendo fila. ¿Por qué querría a una editora casada y con una hija?
Máximo me tomó la barbilla, obligándome a mirarlo de frente.
—Porque eres hermosa. Inteligente. Apasionada. Cualquier hombre con ojos querría tenerte.
Sus labios rozaron los míos. Suave al principio, luego más insistente. Su mano bajó por mi cuello, mi hombro, mi cintura. Y mi cuerpo respondió. Odiaba que respondiera.
—Prométeme que mantendrás distancia de él —susurró contra mis labios.
—Te lo prometo —mentí.
Me besó con más fuerza, empujándome contra el respaldo del sofá. Sus manos subieron por mi camiseta, encontraron mis pechos, apretaron. Gemí sin querer. Él sonrió contra mi boca.
—Eres mía, Aurora. Solo mía.
Pero yo no dije nada. Porque mientras él me tocaba, yo pensaba en Dante. En esos ojos negros. En esa voz grave. En la forma en que me había mirado cuando le dije que aceptaba ir a la gala.
Y me odié por eso.
* * *