DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 6 — El juego de las máscaras
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CAPÍTULO 6 — El juego de las máscaras

POV: Aurora

Colgué el teléfono con las manos aún temblando.

Dos semanas. En dos semanas estaría sentada frente a Frida Villarreal, la mujer que había robado mi matrimonio sin que yo lo supiera.

¿Me reconocería? ¿Sabría quién era yo, la esposa “oficial” que Máximo había mantenido en México como un secreto sucio?

La idea me ponía la piel de gallina, pero también me llenaba de una adrenalina oscura.

Necesitaba distraerme, enfocarme en el trabajo antes de que la rabia me consumiera.

Estaba revisando un manuscrito cuando alguien tocó a la puerta de mi oficina. Levanté la vista y allí estaba Dante, apoyado en el marco como si el mundo le perteneciera. Su traje negro impecable, esa cicatriz en la ceja que lo hacía ver peligroso, y esos ojos oscuros que parecían leer mi alma.

—Aurora —dijo con esa voz grave que me ponía los nervios de punta—. Llevo días sin verte. ¿Café? Necesitamos hablar de trabajo.

Sabía que era mentira. “Trabajo” era su excusa para acercarse, para meterse en mi cabeza como lo había hecho aquella noche en el hotel. Pero necesitaba salir, respirar, dejar de pensar en Máximo y en Frida. Acepté.

—Está bien. Pero solo trabajo.

Salimos a un café a dos cuadras de la editorial, un lugar pequeño con mesas de madera y aroma a espresso fresco. Al sentarnos, Dante sacó una carpeta de su maletín y me la pasó.

—Revisa estos contratos. Son para la nueva línea latina. Tus notas en el último informe fueron brillantes.

Leí los documentos, y por un momento, la tensión bajó.

Era trabajo de verdad: cláusulas, plazos, autores prometedores.

Me sumergí en eso, ignorando su mirada penetrante, esa que me hacía sentir expuesta, como si pudiera ver el caos dentro de mí.

Me ponía nerviosa, el pulso acelerado, pero me mantuve firme, anotando correcciones con mano steady.

De pronto, dejó su taza y se inclinó hacia adelante.

—¿Ya pensaste en cómo te vengarás?

Lo miré confundida.

—¿De qué hablas?

—De tu marido. Sé que viste el artículo sobre su boda en un par de meses.

El aire se me escapó. ¿Cómo lo sabía? Claro, Daniel era su amigo, y él me había dado el artículo. Mi vida privada no era de su incumbencia.

—Estamos aquí por trabajo, Dante. No por mi vida personal.

—No te enojes. Solo siento curiosidad por saber qué harás.

—Te repito: no es de tu incumbencia.

Sonrió, esa sonrisa lobuna que me erizaba la piel.

—¿Qué te parece si vas conmigo a una gala dentro de dos semanas? Es de la fundación Villarreal. Podrás ver a tu esposo con su amante en público.

Me quedé helada. Dos semanas. El mismo día de mi cita con Frida. Podría verla en la mañana, sonsacarle si sabe de mi existencia, y en la noche… ver la cara de Máximo al verme llegar. La idea me gustó. Demasiado. Era perfecta para mi plan.

—Acepto —dije, conteniendo la excitación—. Pero no intervengas más. Es mi vida y yo decido.

—Lo sé. Solo quiero que dejes de desperdiciar tu tiempo con él.

No dije nada más. Di por terminada la reunión y salimos.

Caminamos de regreso en silencio, el aire fresco de noviembre golpeándonos. Al llegar a la editorial, vi a Máximo en la puerta, con Valeria a su lado. Mi hija corrió hacia mí, abrazándome fuerte.

—Mamá, papá y yo vinimos para llevarte a cenar.

—Pero hija, aún es muy temprano.

—Lo sé, mamá, pero papá dice que estás por salir.

Dante observaba en silencio, su presencia como una sombra.

—Vaya tranquila, Aurora. Terminamos mañana —dijo, y entró al edificio sin más.

Máximo me miró con ojos entrecerrados, su mandíbula tensa.

—¿Quién es él y por qué venían tan cerca?

—Es el dueño de la editorial y solo fuimos a una reunión. No veníamos cerca, Máximo —respondí, calmada por fuera, pero hirviendo por dentro. ¿Celoso? ¿Él, que tenía una amante y una hija secreta? El descarado.

No dijo nada más, pero su mirada seguía oscura mientras nos llevaba al coche.

Valeria charlaba emocionada sobre su día en el colegio, ajena a la tensión que flotaba entre nosotros como una niebla espesa.

Máximo eligió un restaurante italiano en el Midtown, pero no cualquiera: uno con cabinas privadas, escondidas en el fondo, como si fuéramos amantes furtivos y no una familia.

Eso me molestó hasta el alma. ¿Yo era la esposa y me trataba como la amante?

¿Escondiéndome mientras a Frida la llevaba a galas públicas, besándola en Park Avenue sin pudor?

Nos sentamos en la cabina, las cortinas gruesas aislando el mundo exterior. Valeria pidió pasta con albóndigas, feliz de tenernos a los dos juntos. Máximo pidió vino tinto y me miró por encima del menú.

—Valeria me contó que le encanta su nueva escuela. ¿Estás segura de que esto es lo mejor? Nueva York es caótica. En México todo era más estable.

Su tono era casual, pero yo veía la trampa: quería que regresáramos, que yo volviera a ser la esposa lejana, fácil de engañar.

—Es lo mejor para todos —respondí, sonriendo—. Así estás más cerca cuando viajas. No más meses separados.

Me miró fijo, como midiendo mis palabras.

—Mis viajes no van a parar, Aurora. La empresa lo requiere. Si estás aquí, complicas las cosas. No podré verte tan seguido.

El odio me subió por la garganta. ¿Complico las cosas? ¿Yo, que me mudé por él? Pero el amor residual, esa maldita chispa, me hizo dudar un segundo. Lo amaba por lo que fuimos, pero lo odiaba por lo que era ahora.

—Podemos manejarlo —dije, tocando su mano sobre la mesa—. Por Valeria. Por nosotros.

Valeria intervino, contando una anécdota del colegio, y la tensión se diluyó un poco.

Comimos, reímos forzadamente. Máximo me rozaba la pierna bajo la mesa, su mano subiendo por mi muslo, y por un momento, el deseo viejo me traicionó.

Pero luego pensaba en Frida, en la niña, y el toque se volvía ácido.

Al salir del restaurante, Valeria iba entre nosotros, tomada de nuestras manos. Parecíamos la familia perfecta. Pero yo sabía la verdad.

De regreso en casa, mientras Valeria dormía, Máximo me abrazó por detrás en la cocina.

—Me voy de viaje en dos semanas, debo resolver asuntos de la fábrica.

Justo el día de la gala, ya no podía engañarme. Ya sabía la verdad, así que no discutí. Solo sonreí, girándome para besarlo.

—Está bien, amor. Te esperaré.

Pero en mi cabeza, los planes giraban: la cita con Frida por la mañana, la gala por la noche con Dante. Máximo no sabía lo que se avecinaba. Y yo no podía esperar para ver su cara romperse.

Tienes razón. Voy a reescribir el capítulo más corto, solo desde el POV de Aurora, y te lo cargo directamente en el chat:

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