DESTRUYENDO A NUESTRO ESPOSO CAPÍTULO 5 — Finjo Amarte
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CAPÍTULO 5 — Finjo Amarte

POV: Aurora

Esa misma mañana, mientras releía el informe que acababa de enviar, mi teléfono vibró con un nuevo mensaje de Máximo: “Llego en dos días, amor. No veo la hora de verte. Te extraño”.

El nudo en mi estómago se apretó. Dos días.

Tenía que fingir que no sabía nada de Frida, de la niña, de la boda planeada para Navidad —nuestra fecha—.

Fingir que aún era la esposa devota, ignorante de su traición.

Pero por dentro, el odio bullía como veneno: ¿cómo podía decir que me extrañaba cuando tenía otra familia esperándolo en Park Avenue?

Y aun así, una parte traidora de mí lo seguía amando, ese amor que se había enquistado en mis huesos durante quince años.

Lo odiaba por romperme, pero no podía apagarlo del todo. No todavía.

No dejaría nada al azar. Deseaba que nuestra primera noche juntos en esta casa fuera perfecta, un momento memorable que lo atara a mí… antes de cortarle las alas.

Le pedí a Nora el contacto de un restaurante exclusivo y contraté a un chef privado para que se encargara de la cena en nuestra vivienda.

El menú era sublime, tenia que decirle que no estaba en México, darle la nueva dirección y esperar como lo tomaba, le envié un mensaje con un poema, lo más cursi que pude, tenía que hacerle creer que seguía sin saber nada de su engaño y que vine a esta ciudad para estar más cerca de él.

Los dos días pasaron volando, esa tarde, me preparé con especial esmero. Llevaba un sofisticado vestido de seda roja que se ajustaba a mi figura de manera perfecta; mi cabello caía en suaves ondas y mi maquillaje realzaba el brillo de mis ojos verdes.

El reloj seguía avanzando. Máximo aún no había respondido.

Cuando el reloj marcó las 7:45 p.m., una inquietud penetrante cruzó mi mente. ¿Y si no aparecía? ¿Y si ya conocía todo y me estaba evitando?

Ding-dong.

El timbre sonó.

Me apresuré a la puerta con el corazón acelerado.

Y allí estaba él.

Máximo.

Sostenía un enorme ramo de rosas rojas y me miraba con una sonrisa tan luminosa que, por un segundo, el odio se diluyó en el amor residual que aún me ataba a él.

Sin dudarlo, me arrojé a sus brazos y lo besé con intensa pasión.

Máximo correspondió con el mismo fervor, como si el tiempo y la distancia no hubieran tenido relevancia… o como si su doble vida no existiera.

Al separar nuestros labios, me miró con profunda emoción.

—Ese poema me dejó sin palabras —susurró con un tono grave—. Eres increíblemente especial.

Acaricié su rostro y sonreí con ternura, aunque por dentro lo maldecía.

—Sabía que te gustaría. Lamento no haber mencionado antes la mudanza. Todo sucedió tan de repente… me trasladaron sin previo aviso y vi la oportunidad perfecta para no estar más lejos de ti.

Máximo me observó durante un instante. Su expresión era difícil de interpretar.

—Eso lo discutiremos más adelante —dijo con una leve sonrisa—. Ahora entremos, tengo curiosidad por conocer la casa.

Asentí y tomé su mano.

La cena resultó ser magnífica. El vino amenizaba la conversación, el ambiente cálido nos envolvía y las miradas que nos intercambiábamos estaban cargadas de anhelo.

Máximo me miraba con intensidad. Me sentía deseada, querida, y única…

aunque sabía que no lo era. Cada sorbo de vino avivaba el conflicto en mi pecho: lo amaba por los recuerdos, pero lo odiaba por las mentiras.

Tras el postre, cuando las luces comenzaron a atenuarse y la música de fondo se volvió un susurro suave, Máximo tomó mi mano y la besó suavemente.

—Nunca dejas de impresionarme.

No contesté verbalmente. Me incliné hacia él y le ofrecí un beso, compartiendo todo lo que sentía en ese momento: amor fingido, rabia real.

Sus labios devoraron los míos, y pronto sus manos estaban en mi cintura, levantándome de la silla.

Lo seguí al dormitorio, mi cuerpo respondiendo por instinto, pero mi mente gritando traición.

Me quitó el vestido con urgencia, sus dedos recorriendo mi piel como si fuera la primera vez.

Me tumbó en la cama, su boca bajando por mi cuello, mis pechos, lamiendo y mordisqueando hasta que arqueé la espalda con un gemido que no pude reprimir.

Entró en mí con un empujón profundo, lento al principio, sus caderas moviéndose en un ritmo familiar que me hacía jadear.

“Te amo”, murmuró contra mi oído mientras aceleraba, sus manos aferradas a mis caderas, embistiendo con fuerza, sudor perlando su frente.

Sentí el placer construir, ola tras ola, pero en mi mente, las imágenes me torturaban: ¿le hace esto mismo a Frida?

¿La besa así, la penetra con la misma pasión, le susurra las mismas mentiras?

El orgasmo me golpeó como un puñetazo, contradictorio, dulce y amargo, mientras él se derramaba dentro de mí con un gruñido.

Lo abracé, fingiendo éxtasis, pero por dentro me sentía sucia, rota, dividida entre el amor que se negaba a morir y el odio que crecía como una enredadera venenosa.

Cuando finalmente nos encontramos envueltos en las sábanas, Máximo acarició mi espalda desnuda y me susurró al oído:

—No deseo que esta noche concluya.

Sonreí, apoyando mi cabeza en su pecho, aunque el contacto me quemaba.

—No tiene por qué acabar, Máximo.

Sin embargo, en mi interior, comprendía que el verdadero desafío aún estaba por comenzar. Lo odiaba por hacerme esto, por hacerme dudar de mí misma, pero esa chispa de amor me mantenía atada, complicándolo todo.

La luz del amanecer se colaba a través de las cortinas de la habitación, bañando todo en un delicado brillo dorado.

La velada pasada había sido ideal en la superficie, pero por dentro era un torbellino de emociones contradictorias.

El perfume de su piel y el deseo cumplido aún persistía en el ambiente.

Máximo dormía a mi lado, con un rostro sereno, mostrando una expresión de calma que no había visto en él desde hacía mucho tiempo.

Me levanté con delicadeza, envuelta en las sábanas, y me dirigí a la cocina.

La casa aún poseía ese aroma fresco, combinado con las flores recién cortadas que había colocado sobre la mesa del comedor.

Cada espacio de este hogar estaba diseñado para él, para nosotros, para que pudiera dejar atrás su vida anterior y permaneciera a mi lado… o para atraparlo en mi red.

Preparé su desayuno preferido: tortitas con fresas y miel, café negro fuerte y un poco de jugo de naranja. No importaba lo que sintiera en mi interior, ni la dura verdad que ahora conocía. Hoy, más que nunca, debía desempeñar mi papel de manera impecable.

Al regresar a la habitación, él se movió entre las sábanas y abrió lentamente los ojos.

—Buenos días, mi amor —le susurré sonriendo mientras me sentaba a su lado con la bandeja en las manos.

Él parpadeó, aún en estado de somnolencia, y una auténtica sonrisa iluminó su rostro.

—Dios… esto es un despertar perfecto.

—Acostúmbrate —le guiñé un ojo—. Me aseguraré de que cada mañana te haga querer quedarte aquí para siempre.

Máximo tomó mi mano y la besó de manera tierna.

—Sabes que te amo, ¿verdad?

Asentí en silencio, ya que era consciente de que las palabras carecían de valor si no eran acompañadas por hechos. Pero esa declaración avivó el conflicto: lo amaba, sí, pero el odio por su traición era un fuego que no se apagaba.

Una vez que terminó su desayuno, me levanté para prepararme. Máximo me miraba desde la cama con los brazos detrás de la cabeza, mostrando una expresión divertida al verme ponerme los tacones.

—¿Realmente vas a trabajar? ¿Después de la noche que tuvimos?

—Por supuesto —respondí sonriendo mientras ajustaba mi chaqueta frente al espejo—. Tengo poco tiempo en este puesto para darme días libres.

Él hizo un gesto de puchero como un niño.

—Vamos, quédate un poco más conmigo.

Me acerqué y dejé un beso en su frente.

—Prometo compensarte cuando regrese.

Máximo suspiró con resignación y sonrió.

—Voy a creer en tu promesa.

Me dirigí hacia la puerta, pero antes de salir, me volví con la pregunta que me había inquietado desde la noche pasada.

—Máximo… ¿cuándo traerás todas tus pertenencias a casa?

Él se tensó al instante. Su sonrisa se desvaneció y su mirada se endureció, como si no hubiera anticipado que la conversación tomara ese rumbo.

—En este momento no puedo dedicarme a eso —dijo rápidamente, levantando su taza de café y tomando un sorbo sin dirigirme la mirada.

Su contestación me dejó un amargo sentimiento. No deseaba confrontarlo en aquel instante, pero tampoco permitiría que se escapara sin más.

—Si no tienes disponibilidad, puedo encargarme de recoger tus pertenencias —propuse con una dulzura calculada.

Máximo dejó la taza sobre la mesa de noche con más fuerza de la que era necesaria y me miró intensamente.

—No hace falta. Aurora, escúchame: debemos volver a México. Mis viajes no pararán, y si estás aquí, no podré verte tan seguido. Es mejor que regreses con Valeria. Yo iré cuando pueda.

Sus palabras me golpearon como un latigazo. ¿Volver a México? ¿Para que él pudiera seguir con su vida secreta sin interrupciones? El odio creció, pero el amor residual me hizo dudar un segundo. No, no lo permitiría.

—Lo entiendo —mentí, forzando una sonrisa que intentaba mostrar confianza—. Mientras los viajes sean solo de dos días, podré lidiar con ello.

Me acerqué y acaricié su rostro con ternura. Necesitaba que él creyera en mi inocencia.

Máximo sonrió a cambio, satisfecho con mi respuesta.

Pero yo ya no era la misma.

Salí del cuarto antes de que encontrara una nueva justificación para evitar la conversación. Mi corazón latía desbocado, pero no por amor, sino por la ira reprimida.

“Ahora estoy plenamente consciente de sus engaños. Pero intentaré soportarlo… al menos hasta que llegue al punto de ya no poder más.”

El cielo en Nueva York se mostraba gris, cubierto por una densa capa de nubes que presagiaban lluvia. Caminé por las calles de Manhattan con la mente concentrada en un solo asunto: identificar a la otra mujer.

Al llegar a mi oficina, me senté frente a mi escritorio y tomé una profunda inhalación.

Si iba a actuar, era necesario hacerlo de inmediato.

Presioné el botón del intercomunicador y mi asistente, Nora, respondió de inmediato.

—¿Sí, señora?

—Necesito que indagues toda la información disponible sobre la Clínica Villarreal. Necesito la dirección, números de contacto, médicos y la programación de Frida Villarreal.

Un silencio tenso se estableció al otro lado de la línea.

—¿La Clínica Villarreal? —preguntó cautelosamente—. ¿Surgió algún inconveniente?

—Simplemente es un asunto personal.

—Entendido.

Era consciente de que mi petición había despertado su curiosidad, sin embargo, Nora era una profesional competente y reservada.

Cualquier duda que tuviera probablemente se la reservaría.

Transcurrió una hora y escuché pasos firmes acercándose a mi oficina.

La vi ingresar con un voluminoso folder en las manos.

—Aquí tienes toda la información que solicitaste.

Colocó el folder en mi escritorio y permaneció de pie, observándome con interés.

—He incluido un informe exhaustivo del lugar y de la doctora Villarreal. También verifiqué su agenda. Está ocupada, pero tiene un hueco disponible en dos semanas.

Abrí el folder con manos temblorosas. Allí se encontraba toda la información.

La clínica era de alta gama, ubicada en un elegante edificio en el Upper East Side. Atendían a familias acomodadas, empresarios y niños que enfrentaban traumas severos. Y Frida Villarreal era impecable.

La imagen en la parte superior del informe mostraba a una mujer cautivadora, con una expresión tranquila y segura, labios rosados esbozando una leve sonrisa y un cabello rubio perfectamente estilizado. Irradiaba la presencia de alguien que siempre había sabido pertenecer a la alta sociedad.

Mi estómago se revolvió.

Mi corazón latía rápidamente, como si cada golpe en mi pecho me advirtiera que no prosiguiera.

No obstante, desestimé la voz de mi conciencia.

Sosteniendo el teléfono, marqué el número de la clínica.

—Clínica Villarreal, buenas tardes.

—Quisiera programar una cita con la doctora Frida Villarreal.

La recepcionista empezó a teclear en su computadora.

—Lo siento, la doctora tiene su agenda completamente ocupada. Pero, si lo desea, puedo agendarla dentro de dos semanas.

Dos semanas.

Podría parecer un período prolongado, pero ya había esperado años sin conocer la verdad.

Esperar catorce días adicionales no me iba a causar la muerte.

—Prográmame en la primera fecha libre.

Colgué el teléfono y respiré profundamente, ya mi destino estaba sellado, imaginaba el momento en que vería a Frida. ¿Sería capaz de reconocerme? ¿Tendría idea de quién soy?